sábado 11 de julio de 2009

Remington Maná Maná Redux

sábado 11 de julio de 2009 0
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viernes 10 de julio de 2009

Remington Maná Maná

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miércoles 1 de julio de 2009

Territorio prohibido

miércoles 1 de julio de 2009 1
Fragmento de la novela La Mala Fe



Jugaba a los mareados en el patio de su casa. El juego consistía en dar vueltas y vueltas hasta sentir ganas de vomitar. Y esto mismo es lo que ahora hacía. Detuvo bruscamente el giro, miró el tronco de la parra que crecía hacia el fondo del patio; el gris de la corteza salía constantemente de su lugar, iba hacia la derecha, siempre iba hacia la derecha en un desplazarse eterno de apenas centímetros, llegando y volviendo a partir sin que por eso él pudiera advertir el corte y el recomienzo; sintió un cosquilleo en el entrecejo, trastabilló y cayó al piso. Apenas el mareo comenzaba a disiparse, se echó a reír.

–Dejá de hacer eso– le dijo su madre, que lo observaba desde la ventana de la cocina–; te vas a lastimar.

Él se paró y volvió girar con los brazos extendidos, como un molinete, cada vez más rápido, más rápido, los ojos abiertos, las paredes desencajadas, el mundo desencajado y en movimiento, una gran mancha de colores que iba cambiando de intensidad, perdían fuerza los tonos más fuertes, los blancos se acentuaban, la mente alerta al giro y, también ahora, a la madre que lo observaba, que estaba allí aunque estuviese perdida en algún lugar detrás de la mancha en movimiento; era el mismo juego, pero ya no era divertido, no rió al caer de espaldas, al ver el techo girando como antes él, al sentir la mano que lo tomaba del brazo y lo levantaba bruscamente, lo arrastraba hacia el cuarto, lo arrojaba sobre la cama.

–¡Te dije que no volvieras a hacer eso!– gritó su madre antes de cerrar la puerta con furia.

Cuando estuvo seguro de que su madre ya había regresado a la cocina, al otro lado del patio, se asomó a la ventana y observó la parra gris, el rectángulo de tierra donde crecían dos malvones y una planta de hojas grandes y brillantes que ahora estaban algo marchitas y de la que desconocía el nombre, la pistola de plástico y la pelota que había dejado contra la pared, la columna blanca que sostenía el techo de chapas, un caracol que avanzaba lento hacia la zona más húmeda dejando tras de sí una leve estela plateada, la escalera que llevaba a la terraza; en el cuarto hacía frío; el vidrio estaba frío; el parquet estaba frío; y sus manos, sus manos, sus manos; sus manos estaban frías también. En pocos minutos más comenzaría a ocultarse el sol. Apenas un haz amarillo se dibujaba sobre la pared medianera, detrás de la escalera. Pensó que le gustaría jugar al sol, en la terraza; pararse sobre la claraboya y observar, como un vigía en la torre de un fuerte, el enjambre de antenas y cables y copas de árboles que se extendían hasta dónde daban sus ojos. Las copas más altas eran la de los pinos del cementerio. ¿Por qué nunca le habían permitido entrar a ese cementerio? Había ido a ese otro de las afuera de la ciudad, donde estaban enterrados sus abuelos y los abuelos de sus padres, los viejos tíos, primos lejanos, donde el silencio crepitante acentuaba el canto de las aves y los yuyos crecían en las rajaduras de las tumbas más viejas, donde un musgo verde cubría las losas de los nichos solitarios del sector de los judíos, al que se colaba siempre por entre unas rejas de la puerta que lo separaba del sector cristiano. En esa casona del fondo –le habían dicho alguna vez para que ya no molestara con preguntas–, le cortan el pelo y las uñas a los muertos; las uñas y el pelo de los muertos siguen creciendo durante mucho tiempo, y en esa casona del fondo era donde se los cortaban; y él pensaba, trataba de comprender, qué necesidad había de acicalar a un muerto; claro que por entonces no utilizaba palabras como acicalar, ni tampoco sabía que el semiderruido cementerio de los judíos era en verdad el sitio donde iban a parar las pupilas de los quilombos de Pichincha, los macró polacos, las fotos que se iban poniendo amarilla en los bordes y blancas en el centro, en el rostro, los cristales rotos, las tapas rotas, las baldosas rotas, el silencio roto por el canto de las aves. ¿Por qué en los cementerios había ese tipo de aves que en los árboles de la ciudad no? En la cuadra de su casa había gorriones, muchos gorriones que parecían renacer cada vez que caía el sol, como ahora, que los oía desde el cuarto. ¿En todos los cementerios del mundo habría pájaros que en la ciudad no? Cómo saberlo, sólo conocía uno, y ése uno bien podía ser la excepción de toda regla. Y aquél otro, el de los pinos altos que veía desde la terraza, era un sitio prohibido. ¿Por qué? ¿Por qué? En la vereda de ese cementerio, cuya entrada principal daba al bulevar, aprendió a andar en bicicleta. Cada vez que pasaba por el gran portal enrejado, furtivo y fascinado espiaba hacia ese mundo, hacia esa gran plaza verde enclavada en el centro de la ciudad, un gran espacio con palomas blancas y bancos blancos y estatuas blancas, y casitas también blancas, todo era blanco allí adentro, hasta el tronco de los pinos. ¿Por qué? ¿Por qué no podía subir los dos escalones del portal? ¿Por qué no podía investigar el cementerio? ¿Por qué le impedían ver las fotos de los muertos, leer sus nombres, respirar sus muertes, oír las aves que cantaban allí? ¿Por qué su madre a veces lo veía jugar sin interrumpirlo, sin sacarlo bruscamente de su ensueño arrastrándolo al cuarto, arrojándolo a la cama, y otras le recriminaba hasta que hiciese ruido al respirar? ¿Por qué justo esa tarde, con ese frío, con esas ganas de sol, lo encerraban en el cuarto y allá arriba las antenas, las copas de los árboles, y allá a un par de cuadras el cementerio, los pinos, las casitas blancas, las aves cantando? Tuvo ganas de golpear el vidrio hasta quebrarlo en mil pedazos. Pero no lo hizo. No se atrevió. Quizás temió la reacción de su madre; quizá el hacerse daño con las astillas. No lo hizo y una vez más se resignó a esperar la noche recostado en la cama, mirando el cielo raso, pensando que la vida, su vida, no era justa, que afuera había otro mundo del cual él no participaba, que en unas horas llegaría su padre, cenarían y luego se irían a dormir, y un día más habría pasado, y él sin terraza, sin antenas, sin la copa de los árboles, un día desperdiciado porque a su madre se le había antojado levantarse de mal humor, sin el cementerio de troncos blancos y aves desconocidas.

sábado 20 de junio de 2009

El día que fui Maradona

sábado 20 de junio de 2009 2

A mi viejo, el mejor de todos.

Puesto a remover la coctelera, la necesidad o el instinto saca del olvido tiempos y rostros que alguna vez nos permitieron una tregua, una sonrisa, una ilusión entre tanto manoseo impúdico; es que en esas lejanas treguas hallamos la excusa para el armisticio presente, ¿o me equivoco? Pero también traen consigo, agazapada, esa ingrata sensación tan ahora, tan contemporánea de que cada segundo desde allá hacia acá fue un paso con pies engrillados sobre un camino cubierto de lodo; pero no le des bola al desánimo, porque esto pretende ser una apología y no una condena a la memoria.

Cuesta, yo sé que cuesta inventarse una alegría, o peor, contagiarse de aquella tan lejana... Y me cuesta ver la forma de tu cruz, peruano; no logro apunarme con tu aire andino, boliviano, y sin embargo sé que aquí en Rosario es igual que en Lima o en La Paz, que en Caracas o en Bogotá, que en Asunción o qué sé yo... Cuesta inventarse una alegría en este Cono que apunta al Sur. Cuesta, todo cuesta. Hay que ser un poco egoísta y encerrarse para zafar; un poco nomás, no sea cosa que te excedas (y es tan fácil pasar de largo en esta existencia sudaca de ahora imposible mañana vemos pero tampoco)... Para mí, la tregua que rescato, es aquella que me regaló el día que fui Maradona.

Perdoname que insista con este blablabla melancólico y dé vueltas como un perro antes de llegar al punto, vos sabrás si querés quedarte, pero yo necesito decir esto, escribir esto. No busco tu permiso, como vos tampoco solicitarás el mío para huir de aquí, si ése es tu deseo... Y nuevamente te pido disculpas, esta vez por mi grosera destemplanza, es que soy así, algo inmaduro, sobre todo ahora, que revivo y me revuelco en la tristeza del fin de la adolescencia. Es que recordar tiene sus riesgos: ahí está lo bueno, ensombrecido por lo feo (adjetivos desmañados pero justos, qué querés).

Lo bueno, Maradona.

Lo feo... ¿No te pasó que, al alejarte de la adolescencia, te diste cuenta de un saque de que John Lennon no siempre había sido Lennon ni que Julio Cortázar, siempre Cortázar? Me juego el alma a que sí. Me juego a que has concebido a, no sé, Charly García, Fito Páez, Woody Allen, Carlos Gardel, o como sea que se haya llamado tu ídolo, como pósters despejados de humanidad (me refiero a una humanidad simple y rutinaria como la tuya); los veías como instantes divinos donde la imagen, la melodía y las palabras se conjugaban eternamente en eso que estaba ahí, en la pared, o descansando en la discoteca, en la memoria, en los anaqueles de una biblioteca, o sobre la mesa de luz, justo al lado de una taza olvidada con borra de café seco y añejo pegada en un fondo ya nunca más blanco, nunca más taza: eso de ahí, de todos los días de nuestras lejanas vidas, tan sólo fueron capítulos de las suyas, tal vez sólo horas, apenas un trámite, una foto por contrato o por favor, una música y una frase resultantes de un destello de inspiración y sin embargo para nosotros, la vida... ahí están, aún en mi entorno, apenas sonriente, con una remera I Love NY, el arquetipo Lennon; serio, trajeado y con un faso mudo colgado de la boca, tan Oliveira a los Ojos de Sara Facio, el ideal Cortázar; ahí están, sin miserias, sin escándalos, sin fallas ni desamores, como juegos de fantasía, infantil deseo de que sigan siendo ídolos, porque en esa existencia fueron (son, Dios mío, deben ser) la extensión palpable de nuestros sueños. ¿Te acordás? Eran los días en que descubrimos a Lennon en Don´t let me down y a Cortázar entre Famas, de modo que John había nacido Beatle, y Julio, Cronopio. ¿Podía existir otra realidad? No, mil veces no.

Sin embargo, antes, durante y después de esos retazos de existencia que sujetábamos a tan mezquinos instantes, hubieron huecos, espacios vedados, minutos enteros perdidos en la contemplación de un verde, en la tibieza dulce de una ducha de verano, días arrojados a las desconexiones del sueño, años apabullados por los temores y las dudas, y también los momentos Criollitas, claro, esos de cosas simples: una caricia de Yoko, una mirada cómplice de Carol... Verdad de perogrullo: hubieron hombres como vos y como yo, además de canciones, libros y pósters. Y son esos huecos desconocidos la verdad de la persona Lennon, de la persona Cortázar o de la que quieras imaginarte; de manera que cuando te diste cuenta de que John Lennon no era Lennon todo el tiempo, ni Julio Cortázar, Cortázar, en realidad adivinabas que Vos, pendejo inmortal, apenas si eras un vos de v minúscula con un sogaca de la madre frente a una vida que te hacía temblar hasta el pescuezo... Cuando entendiste que tu juventud no era un bien adquirido a perpetuidad y que el tiempo volaba con la velocidad del Concorde, te apuraste, te ganó la ansiedad, quisiste hacer algo sin saber muy bien qué, algo impreciso pero ya... Hiciste... ¿Y?

Hoy no sé si la felicidad y la vida de un hombre la constituyen sus obras, porque estas obras son, al fin y al cabo, desembocaduras alquímicas de risas y de llantos, de lamentos y de euforias; de vida y de hechos antecedentes, al fin de cuentas.
Ellos mismos, Lennon y Cortázar, seguramente se desconocían pósters; se mirarían en el espejo y verían a Jhony Long Jhon o a Julito Buffallo Bill, aquellos chicos ansiosos que alguna vez habían deseado ser como Elvis o como Poe, como Carroll o como Parker, y que los habría hecho tan dichosos saberse aprobados por Elvis, Poe, Carroll o Charly Parker... por sus padres (y mirá qué justo vengo a pegarla, te juro que recién ahora lo noto: Lennon y Cortázar buscando la aprobación de sus padres, ellos, abandonados por sus padres); ahí, delante del espejo, después de la foto, seguirían buscando el por qué de sus vidas: por eso Yoko y la paz, por eso Nicaragua y el Che.

¿Habrá sido así en verdad? No sé, es una especulación, la estúpida manía de dar por sentado que el resto del mundo siente y piensa como yo, aún los ídolos inmortalizados por instantes; porque yo, que no soy póster ni nada ni nadie más que para mí, que cargo casi treinta y dos años, hoy, 23 de mayo, me miro en este espejo, en este día donde no llueve porque sería redundante (como escribió Juan Sasturain por algún lado y yo pensé: puta madre... Gracias, Juan) y veo al pibe que alguna vez deseó ser como Lennon, o como Cortázar...

...Y que alguna vez fue (pudo ser) Maradona... ¿Por qué la tristeza, entonces?
Qué ultrajante que tantas penas le quiten lustre a los buenos días. La oscuridad, aún la ineludible, trae consigo estas ingratitudes; el paño cubre todo: lo malo, lo no tan malo, y las pocas, poquísimas cosas que pudieron haber habido buenas (qué ingrato, pero qué ingrato soy).

Tal vez por eso, puesto a pensarme mientras remuevo la coctelera, es que me propuse a soltar este recuerdo; quizá como un desagravio a la vida, o, simplemente, como una excusa para darme ánimos en este día de un gris más que obvio, tardecita de In my Life mientras releo Los Venenos... Tal vez.

...Recuerdo, te veo allá, distante, detrás del árbol de mierda que cubre el muladar; te veo con sol, ahora sé que había sol sobre el potrero -un brillantísimo y poco habitual sol de junio-, que Maíto ya había elegido a Torito y a Maro, y que, sorteando dignamente el pan y queso, me habían adscrito a ese equipo...

...Maíto, Javier, Horacio, yo; y Maro y Torito de nuestro lado, de manera que, aun cuando Cuca jugase para los de Ñandú, contábamos con inmejorables ventajas; es que, jugando en yunta Torito y Maro, o Maro y Cuca, o el resto de las combinaciones posibles, eran imparables (imaginate cuando jugaban los tres juntos, pero eso se daba solamente en los desafíos contra otros barrios); ellos solos prácticamente definían los partidos sin que los demás tuviésemos demasiada participación, mucho menos yo, que jamás me destaqué en el fútbol... En nada, a decir verdad, porque mis hazañas ocurrían siempre cuando no había nadie para testificarlas, puta suerte; aunque eso no me molestaba tanto como el que no me creyeran; y encima la incredulidad estaba más que justificada, porque cada vez que pretendía repetir mis proezas delante de amigos, familia, o quien fuera que sirviera para dar fe, fallaba, invariablemente fracasaba; es un destino que deja huellas: desde entonces cargo con la convicción de que el mundo se ha perdido la realización de un genio solitario, de un prohombre individual; que la civilización seguirá huérfana de la perfecta melodía que toqué y olvidé mientras improvisaba con la guitarra en la soledad del baño, o de los versos más hermosos que pensé o soñé una noche de duermevela sin papel ni lápiz a mano, o de la limpia ejecución de doscientos jueguitos con el pie derecho sin que la pelota tocase el piso ni una vez... y así con todo, viejo, con todo, héroe solitario incapaz de romper los moldes cuando alguien me acompañaba.

Sin embargo aquella mañana fui Maradona, pude ser el Diego, y hoy quiero gritarlo con quien quiera hacerme coro, porque ésta es la puteada que guardaba para las putas sombras que ocultan todo y no la van con gratitudes.

Dejame decirte que el partido fue poca cosa. Goles acá, goles allá, tanteador parejo y ya se iba haciendo la hora de almorzar; el que hacía un gol, ganaba; en eso Javier, el patadura de Javier, no sé cómo va y le quita limpiamente la pelota al estilizado Cuca y se manda derecho hacia el área rival dejando en el camino a tres; viste como son los partidos cuando pibes: todo el mundo corriendo detrás de la pelota, un malón de manos y pies saliendo imprecisos de un humito blanco y compacto, como en los dibujitos animados cuando se dan la biaba... sin embargo yo andaba por la otra punta, solo, y no porque tuviera luces tácticas más desarrolladas que las del resto, sino porque estaba cansado y no tenía ganas de seguir corriendo: la verdad es que ya no veía lo hora de terminar para ir a casa a comer... Pucha, ahora que caigo, si aquello no era más que la misma desidia de todos los días, esos momentos indeseados que te mantienen al margen, un milímetro más allá, como un testigo más que como un protagonista, esa actitud del que analiza todo en la distancia; todo, hasta un orgasmo... En fin, la cosa es que la pelota cayó mansita justo a mis pies luego del desparramo que armó Javier. (Tampoco vayas a creer que por la generosidad de Javier que, viéndome tan libre, me cedía la gloria de convertir el gol decisivo, sino más bien porque en su carrera inusual y desenfrenada la había empujado con más fuerza de lo necesario, tropezando en la arremetida final y cayendo de bruces sin posibilidad de nada). Ahí quedé, entonces, en el borde del área, con la pelota dormida a mis pies; la turbamulta que se acercaba peligrosamente, y yo detenido en un instante de indecisión; la polvareda encima y yo ahí, seco, inmóvil hasta que... No me pregunten cómo, no esperen detalles de esto, sólo sé que eludí un millón de piernas que buscaban tanto la pelota como mis pantorrillas, que quebré cintura y sorteé dos bultos gigantescos que me impedían alcanzar el arco y así, sumido en ese hálito de genialidad que sólo cuando estaba solo, cuando nadie me veía, le pegué de puntín mirando fijamente los ojos del arquero; vi, desenfocada, periférica, la pelota que se elevaba en una sutil diagonal hacia la derecha, y cerré los ojos, como tratando de desengañarme de algo que era demasiado bueno para ser cierto, de un lujoso final que, de otorgarle la credibilidad que da la percepción visual, inexorablemente se desvanecería como en humos de película de Daniel Tinneyre, y transmutaría sus formas en un estanque de aire salado, o en secuencias de autos inmóviles en una carretera hiperveloz, o en edificios derrumbándose o... ¡Gol!, oí que gritaron los de mi equipo. ¡Era cierto! ¡Gol!, seguían gritando, sobre todo Javier, que fue el primero en venir a abrazarme en la actitud de quien reclama los laureles de una gloria que le ha sido injustamente esquiva. Gol, era cierto, era verdad, y no estaba solo, estaban Horacio, Torito, Gustavo, César, estaba la barra de testigo... Yo, el héroe tapado por la adversidad de un destino confabulado con Dios y la existencia, había logrado eludir andá saber a cuántos y la había clavado en el ángulo para euforia de los míos y tristeza de los adversarios... Yo, el cero a la izquierda futbolístico, había generado sendos sentimientos... efímeros, debo admitir, porque enseguida olvidaron el asunto y emprendimos la retirada con rodillas sucias y codos arañados, hablando de discos, de chicas, del colegio, de cualquier cosa menos de los goles, de las fintas de Maro, de las astucias de Cuca, de las delicadezas de Torito... o de mi hazaña, puta madre, la vez que me salía una buena... Tal vez en mitad de camino, alguien se haya destapado con un “che, hoy sí que la rompiste” que sonó más a cachada que a real congratulación, pero ahí quedó; ahí y ya no más, y tampoco estoy seguro...

...Así como le dábamos categoría de instante eterno y absoluto a las maravillas Lennon o Cortázar, yo hubiese querido inmovilizar el tiempo ahí, ojos cerrados y sangre ardiendo, cuando la pelota se escabullía de la puntita de los dedos de Pato y se metía perfecta para ganar el partido. En ese grito de gol hubiese deseado eternizarme; pero ahí estaba, sumido en la triste indiferencia del regreso. Es claro que este sentimiento nos agita a los dotados mediocremente, a quienes sabemos que nos será muy difícil, si no imposible, repetir un instante similar. Hoy, visto en la distancia, me resulta inverosímil que Maro, o Cuca o Torito hayan intentado, como yo, de soslayo, regresar al tema del partido con el sólo fin de recrear una fugaz hazaña. No, los tipos como ellos, como Lennon, o como Cortázar, por más que me emperre en creer lo contrario para excusarme, no se detenían ni se conformaban con el saborcito dulce y vanidoso de un gol bien hecho, de Strowerry Fields Forever o de Circe, sino que seguían, iban por más; dejaban atrás y silenciosos el justo logro, y desgajados de toda soberbia (como ellos, como sólo los grandes) se mandaban al próximo caño, a Imagine, a Rayuela. Pero los tipos que como yo... en fin, la certeza de que ya nunca (con público, se entiende) se repetirá la proeza...

Es feo, es realmente feo ser tan imbécil como para sabotear la propia alegría, porque, como habrás adivinado, regresé a casa con un sabor a derrota parecido a este de hoy (qué feo, qué feo ser tan imbécil), pensando que hubiese sido mejor no haber hecho el puto gol, porque de esa manera me hubiese ahorrado aquel vacío. Era eso, aunque suene a lugar común (no pidan genialidades cuando escribo, mis mejores palabras son aquellas que pienso y olvido), un vacío que me succionaba el ánimo y me dejaba en esa actitud tan mía, tan proféticamente mía. Así llegué a casa, dispuesto a bañarme y salir rumbo al colegio sin almorzar. Cuando entré, ni saludé a mi viejo que me miraba con esa lucecita que tenía en los ojos cada vez que me iba a dar un regalo, era esa alegría por saberme alegre, no sé si entendés... le miré las manos, busqué el paquete, algo, lo que fuese que iba darme y que seguramente no lograría quitarme la pena, pero no encontré nada... y sin embargo esa mirada...

-Recién, cuando venía del taller, pasé con el auto por la canchita...-me dijo.

-¿Sí?-pregunté, sin saber muy bien a qué venía el comentario, porque todos los días pasaba por ahí a la hora del almuerzo.

-Me quedé un rato mirando...¡Qué golazo te mandaste!-me dijo con esa lucecita, ¿entendés lo que te digo? Puta, digo.

Me apoyó una mano en el hombro, me sonrió... y esa mirada, la lucecita, mi corazón latiendo a cien mil por hora... Y ahí, ¿entendés?, ahí... Qué suerte que para hoy tengo ese día. El día que me dice a gritos que, de haberse detenido el tiempo en el instante del golazo, jamás hubiese sido Maradona. Fui Maradona, viejo... El Diego, Lennon y Cortázar, todos juntos. Fui Gardel, por si no te queda claro... Y el mundo siguió andando. Y seguirá, te juro que para mí seguirá; por aquél día, por todos los días... Por eso, cuando me miro en el espejo y veo a ese pibe que se sigue preguntando el por qué de su vida, ya sospecho la respuesta.

jueves 18 de junio de 2009

Luna Amarilla

jueves 18 de junio de 2009 2

Luna amarilla, la que yo veo, la de los malos presagios; luna de un sucio amarillo, el alma atravesada por un color que le es impropio; luna de los pobres, luna del dolor, luna de los que no tienen compasión, anoche estabas frente a mí. Luna amarilla, la que yo veo, la que deseo ausente, porque aún deseo; luna que me recuerda que soy movimiento y soy voluntad, que me demuestra lo lejos que estoy de la impasibilidad de los perfectos, de la entrega de los justos, del valor de los que aman. Luna estridente, sucio espejo. Luna. Luna. Luna. Trinidad de los páganos. Hipóstasis; la razón, la necesidad, el temor. La fe. En qué. En qué.

Fumo mi desidia. Noche que regresa. Humo que se esparce anárquico en mi habitación, en mi vida, única noción del albedrío. Mi instinto, como el humo que se eleva, se aquieta, desaparece y deja apenas una huella, un aroma que con el día y las ventanas que se abren, y el amanecer, el nuevo día, lo harán desaparecer hasta el próximo cigarrillo y la próxima luna.

Luna amarilla, la misma que vi de plata reflejada en aquél río; la que me hizo feliz, me mostró lo bello, la necesidad de ella ahí, yo ahí, el mundo a mis pies. Luna ahora amarilla, en el mismo cielo que ha variado, como el río de Heráclito, como los días de la vida, que son iguales y distintos.





Fragmento de la novela Páginas Sepia, Luna Amarilla

martes 9 de junio de 2009

Trece

martes 9 de junio de 2009 1


Capítulo trece de la novela corta El zanjón donde la Luna, que terminé hace unos días y ahora estoy corrigiendo.




Un minuto pasan de las dos de la mañana; esta vez Manuel demoró un poco más el momento de sentarse a escribir. No importa, es la madrugada del domingo; podrá luego dormir todo el día, si lo desea. La perspectiva de una noche de frases arrancadas al tiempo lo incentiva, lo relaja. Ha leído, ha visto alguna película, tal vez Operación Valquiria, un filme en el cual se cuenta el último de los quince atentados contra Hitler. En otros tiempos, Manuel no sólo había escrito sobre la Alemania Nazi, sino que además había actuado en ese mundo. Dice bien, Manuel: mundo, porque en aquella novela que fueron tres, el Eje había ganado la Segunda Guerra y Hitler dominaba el mundo occidental. Era en los setentas, Perón gobernaba la Argentina como un virrey del führer y la resistencia peleaba contra la opresión. Tuvo ganas de rever aquellas novelas, necesitaban correcciones, sin dudas; pero ahora estaba con el zanjón, había llegado Antonio, el camino era otro aunque siempre el mismo, y de no mantener la mente centrada en el trabajo presente, terminaría escribiendo, finalmente, otra novela distinta. Ahora era la no novela, era el proyecto de lo que jamás tendría un sentido, una ilación sencilla para el lector inexistente; no había lógica, sólo había un arma, malditas las armas. Manuel se preguntó por qué razón encaraba un proyecto que moriría nonato con un arma como centro. Odiaba las armas, odiaba la violencia. Y sin embargo cuántas de las mejores obras del arte surgieron de una y de la otra. Basta de divagues inconsecuentes. Estaba Antonio desde hacía horas con un arma en la mano, con el sudor en la frente; debía darle otra vez la palabra en lugar de detenerse en tonterías, en escribir cualquier cosa que le viniera en mente, como ahora, que mientras trataba de visualizar a Antonio a orillas del zanjón donde la Luna, se vio a sí mismo en una calle de Banfield, a una hora que había vivido, en un instante intrascendente que por alguna razón se había grabado en su memoria como una fotografía, o más bien un pequeño registro de video; veía el contorno de los anteojos, porque no se veía a él, sino que era él el que veía aquél día, hacía diez años; y era de mañana, era otoño, era lunes y la temperatura agradable.

Como vino, la imagen desapareció. Otra vez soy consciente de mi ahora. Y no sólo del lugar y de mi historia, sino que además de las de cada uno de los que ahora aparecieron por aquí. Conozco la idea central del relato; y sé también que se trata apenas de un proyecto. Puedo ver el cielo, el verde, el zanjón; y también puedo ver las manos de quien en este momento escribe mientras saborea una barra de chocolate semiamargo. Miro el arma, es una 38 larga, tal como me habían indicado; es la que vine a buscar. Ya se cargó varias vidas y sin embargo es tan liviana. Nada más al recogerla supe que yo no iba asesinar a nadie con ella. Le daría un nuevo muerto, una marca más para las cachas, pero yo no iba a asesinar. Me quité el sombrero y lo miré por dentro; estaba manchado y olía a cuero cabelludo sucio. Hacía días que no me lavaba el pelo; y es que estoy en una época donde el cabello no se lava diariamente; y a mí, con un día nomás que no lo enjabone, ya lo tengo engrasado y oliendo a perro. No vale la pena malgastar tanta vida en la descripción de un aroma propio del desaseo. No vale la pena, menos que menos, renegar de lo que ya he escrito. No, no la vale. Por eso, para huir del círculo dialéctico en el que me estaba encerrando, arrojé el sombrero al zanjón; los círculos concéntricos que interrumpía la orilla apenas nacidos, actuaron como la llave que abrió la posibilidad de los próximos pasos. Por eso fui caminando hacia la alameda desde la que, según recordaba, había arrancado desde hacía algunos párrafos atrás. Tuve el impulso de dar media vuelta para ver por última vez el zanjón donde la Luna; pero me detuve apenas iniciado el movimiento; recordé a Sara convertida en estatua de sal; encendí un cigarrillo y seguí avanzando. Al llegar a la alameda, me detuve en el sitio que recordaba como origen. Sentí temor de toparme con algún límite invisible; una pared que me impidiera continuar. No era un temor físico; porque de ningún modo, con el paso lento en el que iba, podría lastimarme si me topaba con un muro; mi temor era de otra especie, y se acrecentó aún más cuando descubrí que, tal como lo había profetizado, los tiempos verbales habían cambiado, y con ello también había cambiado mi propio tiempo. Mi vida eran las palabras, mi presente eran los verbos, la acción, y ahora que había regresado, descubría que no estaba caminando hacia el futuro, sino que había regresado no sólo a un sitio, sino a un recuerdo, los actos pasados, la vida que había muerto. Más allá de donde estaba parado, estaba mi historia; era ésa misma que reconocía mía y desde siempre, pero que había olvidado. No, olvidado no era la palabra. Mi pasado aún no existía. Y darme cuenta de ello me atemorizó todavía más. Palpé el arma en el bolsillo, tantas veces había leído a personajes de otras historias que se tranquilizaban por el sólo hecho de cargar con un revólver, para ellos la sola tenencia era una esperanza, una probable y futura salvación. Sin embargo, yo no iba hacia el futuro, no estaba construyendo un mañana. Avanzaba sobre mi pasado; retrocedía en mi memoria para hacerla; traté de imaginarme con una figura la situación por la que atravesaba, estúpida manía de escritor que me llevó a ver un castillo de naipes construido desde la cima. Casi un mandato zen: construya el castillo de naipes colocando primero la última carta. Temía dar un paso más porque intuía perfectamente hacia donde me dirigía. Comprendí que aquel ahora, era un ahora sobrante; mi vida ya había terminado más allá. Si doy un paso más, sabré. Será como con el fruto del árbol prohibido, me condenaré a errar fuera del paraíso. Tendré conciencia de la muerte y sufriré por saberla mía. Caminaré, gritaré, sudaré, sufriré el mismo desencuentro una vez más. Habrá el día en que volveré a conocerte, y sentiré el mismo deseo de tu piel y de tu aroma. Tomaremos cerveza y saldremos luego a comprar cigarrillos; con una excusa tonta, atarme los cordones, por ejemplo, dejaré que te adelantes algunos pasos para así poder apreciar tu hermoso culo. Lo desearé una vez más, y llegará la noche que serás mía. Me enamoraré, me dirás que me amás también, y luego te irás; te irás lejos, ya puedo verlo, y mientras te alejás me seguirás diciendo que me amás, pero de todos modos te irás y yo permaneceré solo, luchando para olvidarte, pero con esta herida que es ayer y es también ahora; será la herida una vez más, y será doble; sólo que ahora llevo un arma, la palpo y no funciona, no me siento salvo; las armas son ineficaces contra los golpes como lo será el tuyo. Pero de todos modos saldré a caminar, y volveré al zanjón donde la Luna para buscar un arma que allí se esconde; iré vestido un poco extraño, porque serán otras épocas, no serán las nuestras; será una falsa alegoría, el sombrero como un ineficiente disfraz; porque siempre serás ahora, y serás ayer, y será ahora y ayer la aguja que me pincha la nuca y extiende su dolor hasta el corazón; leerás la palabra corazón y no sé qué pensarás al respecto; sólo me queda excusarme: hablo con un lugar común, porque será fácil que así todos lo comprendan. Y no me sentiré culpable por haber acudido a tan recurrente figura, porque, ya sabés, y si no algún día lo sabrás, yo soy la carne misma de toda recurrencia. Encendí un cigarrillo más, y lo fumo. Lo fumo ahora. Lo fumo y siento un mareo. No es por el humo. Me marean el tiempo y los tiempos. Estoy aquí, ahora, estoy mirando hacia adelante, que es atrás, sentado al borde de una alameda que, sin embargo, alcanzo a ver como desde una alta colina.

Y es que ya no era Antonio, sino Manuel el que veía. Antonio permanecía sentado a la sombra de un álamo, que tal vez se llamara Carolina. Lo veía pequeño, como una mancha, una hormiguita; porque Manuel se había distanciado tanto que, efectivamente estaba sobre una colina. Haría mejor en aclarar, Manuel, que no se trataba de una colina literalmente hablando; era más bien una altura en la distancia, una contemplación que pretendía abarcar un todo, pero que en realidad escondía un abrirse de los compromisos. Otra vez había puesto en voz de un personaje el cuerpo de sus propios demonios. Se asustó al verlos, y huyó, se elevó, se apartó del alcance de tiro; tanto les temía; y tanto se conocía que, apenas se justificó pensando en las mejores perspectivas, se obligó a reconocer la mala fe, Jean-Paul. Miró la hora, pasaban de las tres. En una hora exacta había escrito 1.600 palabras.

lunes 25 de mayo de 2009

La posta

lunes 25 de mayo de 2009 4
Primera parte, click aquí



Lloraba porque la urgencia por ser, al fin ser, chocaba contra el impasible muro de mi estar ahí, rebelándome en proyectos, atisbando desde su seguro inconformismo de mamá en casa, novio si tengo ganas, del arte academizado, del calor que abolía el nacimiento de aquella semilla. Qué es el arte, le había preguntado algún idiota con pretensiones de gracioso; y ella no respondió de inmediato, porque pensaba en Leonardo ejecutor de planes, en Miguel Ángel demiurgo del caos para desmentir el azar; pensaba en que los dos iban en contra del azar, pensaba en la gubia y el martillo, pero también en telas y pinturas, en palabras en prosa y en verso. Cagarte de frío, remataba el imbécil con una sonrisa de publicidad de dentífrico.

Pero quién lloraba. Ella o yo. Ella lloraba. Ella que soy yo.

La piedra era una piedra y tenía sabor a piedra; y la gubia sabía a gubia. Los pinceles, sin embargo, tenían sabor a rojos y a azules, a amarillos, y a todos los colores que pudieran salir de ahí. Mi universo estaba limitado. Su universo era limitado. Y ahora comprendía por qué. Ella, yo. Comprendíamos por qué. El infinito tenía un límite, y ese límite se lo daba ella, yo, nosotros.

¿Podía plantearle una conversación así al novio cuando tenía ganas? A ése lo único que le importaba eran las motos, mientras más grandes y ruidosas, mejor. ¿Y al idiota con sonrisa de Colinos? Menos que menos, porque era igual de imbécil. ¿Cómo es que caía siempre en brazos de tipos como aquellos?

Quizá la respuesta estuviera en aquél germen que se negaba. En la urgencia de ser chocando con el impasible estar. To be desmembrado, Cástor y Pólux enemistados.

Estaba tan cómoda en su seguro inconformismo. Ella quería arte. Yo quiero arte. Y el arte es cagarte de frío, como decía don dientes perfectos.

-¿No tenías dentista?

-Sí, mamá, pero mejor voy otro día.

-¿Y adónde vas, entonces?

-Salgo.



Santiago del Río me propuso continuar un relato comenzado por él (Click acá) y luego pasarle la posta a quien yo considere que puede interesarle la propuesta. Se la paso a Silvia alias Rayuela, que arma su zigurat en el espacio que enlazo aquí.