viernes, 28 de diciembre de 2007

Puta fina

viernes, 28 de diciembre de 2007 0
Felicidad es una puta fina (Ariel Roth)

Cómo se puede ser feliz cuando se piensa en el cómo y el por qué de la felicidad. Están quienes van al cine y ven lo que el director les planta en la pantalla; están los que, incapaces de someterse al engaño de la imagen y someterse al entretenimiento, ven detrás del beso, o de la explosión, o de la caída desde una terraza, el equipo oculto de técnicos y extras, ve al director planificando la escena, ve al protagonista a salvo mientras otro pone el cuerpo en las escenas de riesgo, ve a las maquilladoras retocando el color de la estrella que se prepara para la próxima escena, y ve que todo eso ya ha pasado, que es tiempo muerto, que fueron días ya pasados, ve que los espectadores ríen o lloran según sea o no efectiva la historia, y ve detrás de cada lágrima al escritor que se plantó delante del teclado para definir en qué momento del guión insertaría ese golpe de efecto emocional, y ve, antes de que lleguen los créditos, que todo ha sido una mentira, que una vez fuera del cine la historia recomenzará para otros que serán a su vez sometidos al engaño. Y están los que viven la vida como quien mira una película, y los que vamos por la vida como ese otro que piensa en el making off, pero sin lograr darse una idea de lo que hay ahí detrás, si es que algo hay.

lunes, 17 de diciembre de 2007

Capítulo uno de Cosquillas en el culo....

lunes, 17 de diciembre de 2007 3
Cuando la mañana del primer viernes de abril el cartero depositó el sobre en nuestro buzón, una corazonada nos inquietó al punto de demorarnos en ir a retirarla. No, hablar de premoniciones sería simplificar las cosas; del compendio de noticias ambiguas que fuimos acumulando desde hacía meses, dedujimos que el desenlace se acercaba y que Noemí no tardaría en hacérnoslo saber. ¿Qué palabras utilizaría? Arriesgamos algunas hipótesis perfiladas hacia el carácter y las formas que le conocíamos; sin embargo, Noemí evitó el excesivo palabrerío al que nos tenía acostumbrados y con un dejo de acusación nos escribió: Mamá murió.

De Noemí sabíamos que no podíamos esperar un fax y mucho menos un e-mail. Pero, dadas la gravedad y la urgencia nos molestó que usara el correo simple y no nos telefoneara o al menos nos enviara un telegrama para ponernos al tanto.

Prefirió hacerse cargo de todo sola; nuestra presencia no hubiese hecho más que molestarla, porque le habríamos quitado el protagonismo absoluto. Algunas veces, debo confesarlo, siento ganas de ahorcarla; aunque yo no dejo de ser tan imbécil como ella. Desconozco de qué manera hubiese actuado, pero sospecho que me habría comido el orgullo y la hubiese llamado para decirle con las palabras de mi voz que mamá había muerto. Creo que hubiese actuado así, pero quién sabe, somos tan imbéciles como ella, lo he dicho, y tal vez nos hubiese tentado no decirle nada hasta varios días después, y por intermedio de algún pariente, de algún amigo en común, o peor: de un simple conocido.

Clara pidió permiso en el trabajo y esa misma tarde partimos hacia Rosario. La autopista estaba despejada, llegamos en menos de tres horas. Nos tomó veinte minutos más para bordear la ciudad hasta llegar al cementerio. La bóveda de la familia permanecía rodeada de flores y coronas; le pregunté al encargado cuándo habían traído el féretro; en el registro figuraba el martes. La indignación hizo que la sangre me subiera al rostro; una lágrima brotó de mis ojos pero no llegó a caer. Había comprado, al florista de la entrada, un ramo de crisantemos que me llevé de vuelta; Clara me preguntó por qué no los dejaba con las demás flores. No le respondí. Las arrojé en el asiento trasero del auto y, con la cabeza apoyada en el volante, me eché a llorar.

No lloraba por la muerte de mi madre; lloraba por la mía.


Fragmento de la novela Cosquillas en el culo de San Minuto de las horas simples, que terminé de escribir hace muy poquito.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Políticamente Correctos II (ampliado y mejorado)

miércoles, 5 de diciembre de 2007 1



Desde hace años, el nombre de ningún escritor argentino contemporáneo pesa tanto artística y políticamente como en su momento lo hicieron Julio Cortázar, Jorge Luis Borges y, el único vivo de los tres, Ernesto Sabato. Tal vez Osvaldo Bayer, pero la negación refiere a las nuevas generaciones y el santafesino, por edad y calidad, va más unido a las tres patas del tríptico, todos ellos admirados, criticados e incluso odiados.

Para analizar la obra de un autor, y al autor mismo, hay que comprender primero el contexto social en la que se produjo, en el que interactuaba. Voy a Cortázar, de quien es conocida su militancia política en favor de los movimientos revolucionarios de Latinoamérica; para que esto se diera, primero debió migrar hacia un país donde ya, por aquél entonces, pesaba la palabra del existencialismo, de Sartre, que exigía del intelectual un compromiso de acción; eran los años en los que Fidel Castro derrotaba a Batista; eran los tiempos en los que ya se gestaba la conciencia estudiantil que derivó en la revuelta de mayo del 68, con estandartes rojos y una imagen icono del Che. Como él mismo contó –trivializando la explicación –, dejó Buenos Aires huyendo de un peronismo gobernante que con los altavoces en las esquinas le impedían leer o escuchar música a gusto. De la primera época de su actividad intelectual, quedan como testimonio, por ejemplo, los cuentos de Bestiario; de su proceso de transformación, el más interesante, surgió Rayuela; de su conciencia definitiva, Libro de Manuel.



La narrativa de Borges, sin embargo, dista de reflejar un pensamiento político concreto; la universalidad temática, la ironía metafísica y la precisión gramática hacen la suma de una obra irreprochable. La crítica recae sobre el Borges que dice con la voz, no con la pluma. Para este caso también cabe, claro, el presupuesto anterior: se debe conocer el contexto. ¿Es posible, teniendo presente la historia del escritor, un Borges condescendiente con el peronismo, con Isabel Perón? El peronismo, por citar un ejemplo conocido, removió a Borges de su puesto en la biblioteca municipal y lo designó inspector de aves, cargo que rechazó. Más tarde, derrocado Perón, se lo designó al frente de la Biblioteca Nacional. En 1980 firmó una solicitada que las Madres de Plaza de Mayo lograron publicar en Clarín. Borges era un autor que producía de plena conciencia un sentido, por supuesto, pero un sentido que apuntaba a su única filiación política y religiosa verdadera: la literatura.

Tan polémico como el anterior, Ernesto Sábato alternó durante su juventud entre Europa y Argentina, entre la física y la literatura, entre el surrealismo y el comunismo. En 1976 asistió a una cena que ofreció el entonces presidente de facto, Jorge Rafael Videla; lo acompañaron otros intelectuales, entre quienes se encontraban Borges y el padre Leonardo Castellani; para entonces, otros escritores habían “desaparecido”, como Haroldo Conti, por quien Castellani preguntó al militar. En 1984, el presidente Raúl Alfonsín lo convocó para que encabezara la Comisión Nacional Sobre la Desaparición de Personas, CONADEP, cuyo resultado fue el documento titulado Nunca Más.



Del primero se dijo que la militancia política contaminó su producción literaria; los neófitos sin valor le escapan a la etapa política de Cortázar y se pierden una gran obra. Sobre el segundo pesan prejuicios nacionalistas y muchos de los que se autoproclaman “patriotas” y se pierden una gran obra. Para el tercero se reservan pruritos intelectuales sumados a los prejuicios políticos y se pierden una gran obra. Que ya no escribió como escribía; que es un vendepatria, que es un charlatán y escribe mal… Los que dicen esto es porque no han leído ni leerán lo mejor de las letras argentinas, las que escribieron las tres puntas de esta hipóstasis divina en el cielo de la literatura. Eran, son, escritores; a eso dedicaron la vida y fueron consecuentes con ella. Fueron, para sí mismos, políticamente correctos.

viernes, 23 de noviembre de 2007

Paraísos

viernes, 23 de noviembre de 2007 1
Manuel deliró muchas veces imaginando cómo sería su paraíso ideal. Era un juego recurrente de los últimos meses. Las guardias solitarias favorecían estas perversiones metafísicas.

Lo concibió una biblioteca, como Borges, pero le resultó incompleto, porque siendo que Manuel sabía que podía pasarse la vida leyendo, temía que leyendo se le pasase la vida, aún la inmortal. De manera que si una biblioteca, habría de estar acompañada de lagos y montañas, de ríos y llanuras, de mujeres, muchas mujeres, y manzanas del árbol del bien y del mal, a las que mordería sin esperar que una de las chicas lo tentase.

Había pensado también en un gran estadio repleto de gente, un escenario, luces, una banda: The Beatles; John Lennon invitándolo a sumarse para tocar Twist and Shout; y esa canción, y él tocándola y cantándola eternamente con John, era el paraíso.
Otra de las imágenes era la de una larga carretera atravesando lagos y montañas; una carretera sin fin, donde sólo era posible viajar, pues no había origen ni destino. Y las fuerzas inagotables para transitarla, el espíritu grandioso para apreciarla, eran también el paraíso.

Otra de las opciones descartaba de plano cualquier sonido y cualquier color; nada que llegara mediante los cinco sentidos corporales y tampoco que pudiese corromperse con el filtro conceptual de la mente. Una gran paz exceptuada del dolor, y una conciencia firme y eterna de esa paz y ese no-dolor. Eso también era un paraíso.


fragmento de la novela La Marquesa Salió a las Cinco

jueves, 1 de noviembre de 2007

Instante de eternidad

jueves, 1 de noviembre de 2007 4
Como si las hojas no fueran a caer alguna vez, como si el viento no se detuviera jamás, como si el agua fuese siempre el mismo flujo sobre el cual navegan los barcos, como si los peces jamás perecieran, como si nosotros fuéramos nosotros desde siempre y para siempre. Es un instante, lo que tardan los párpados en lubricar los ojos; es sólo un instante y sin embargo nos deja durante largo rato ese gustito a eternidad. No hubo Cristos ni emperadores romanos, no hubo conquistas ni matanzas, no hubo una bomba en Hiroshima, no hubo los campos de concentración, ni allá ni acá, no hubo las rebeliones ni el naufragio del Titanic, no hubo un hombre saltando como payaso sobre el polvo de la Luna, no hubo la bandera yankee reclamándola en propiedad; no hubo el fusilamiento de Ernesto porque tampoco hubo Ernesto, ni el asesinato de Lennon porque Lennon nunca fue, y no hubo los barcos de obligados inmigrantes ni las epidemias ni las inundaciones. Nada hubo antes que ese instante, ni nada pudo haber después de él. Porque ese instante era todo, era el universo, la eternidad. Y duró lo que tarda un párpado en cerrarse. Fue nada. Y sin embargo...

Fue un instante, fue mi instante; en medio de la ciudad, rodeado de gente, pero nadie más que vos y yo estábamos ahí. Yo, en mi instante; vos, porque ausente, estabas en mi mente. Y en mi mente era todo: el tiempo, el universo, la eternidad y también yo y por eso vos... El círculo; o la esfera para este plano de realidad tridimensional. La forma perfecta de la naturaleza: la esfera. Mi burbuja. Y yo dentro de ella tan débil, tan parecida a una torre de cristal y sin embargo tan distinta, al ras del suelo, siempre a punto de estallar. Mi burbuja, la burbuja de mi instante, ahí donde el mundo fue perfecto porque era yo el mundo. Y no lo creí perfecto porque yo me creyera perfecto, entendeme. Soy la imperfección en pinta. Pero era mi mundo y era perfecto para mí. Perfecto y efímero, un instante con sabor a eternidad. Y estabas ahí, creeme. Vos estabas ahí.

Fragmento de la novela La Mala Fe

domingo, 21 de octubre de 2007

Manos en Goya

domingo, 21 de octubre de 2007 2

miércoles, 17 de octubre de 2007

Gracias a todas las manos!!!!!!!!!!!

miércoles, 17 de octubre de 2007 5

sábado, 6 de octubre de 2007

Manos por el hambre

sábado, 6 de octubre de 2007 0
Somos un grupo de personas que unimos nuestras manos en pro de un proyecto solidario: Juntar la mayor cantidad de alimentos no perecederos, útiles escolares y juguetes para llevar a escuelas rurales de la provincia de Corrientes.
Estos chicos se mueren de hambre y no hay exageración en la expresión. La esperanza de vida de estos niños no supera los 15 años, dado que la ingesta de alimentos es irregular. Y decimos irregular, cuando podríamos decir a ciencia cierta que en muchísimos casos, reciben un plato de comida nutritivo, dos o tres veces a la semana.
Tristemente los datos llegan a nosotros o para decirlo de otro modo, son de público conocimiento, cuando la ignorancia y el desamor de quienes pueden o deben hacer algo lleva a los niños a la muerte por desnutrición. La desnutrición infantil en nuestro país es una realidad, como en muchos otros países latinoamericanos.
Nuestra intención es reunir la mayor cantidad de alimentos no perecederos, útiles escolares y juguetes para acercar a los niños correntinos, específicamente, niños de Goya.
Para ello estamos en contacto con el Coordinador de Educación rural de Corrientes, Señor Juan Quiroz y con la Lic. Emilia Aliaga, directora de Planes, Programas y Proyectos especiales dependiente del Ministerio de Educación de la Provincia de Corrientes.
En la ciudad de Goya, nos aguarda la directora de la escuela rural Nº 446, señora Susana Machuca, quien hace poco mas de un mes, rogó ante los medios de comunicación, colaboración y concientización ante los elevados índices de desnutrición infantil que azota la región.
Para lograr nuestro objetivo, decidimos organizar un festival artístico y cultural, que contará con el apoyo de bandas de rock y folclore local, el 15 de octubre de 2007, en el anfiteatro Humberto de Nito, a partir de las 14 hs.

Cuanto mayor cantidad de alimentos juntemos, mayor cantidad de niños se beneficiaran con la ayuda, es por ello que agradeceremos infinitamente su colaboración para la difusión del evento.

Agradecemos infinitamente su colaboración y desde ya los invitamos al festival el día 15 de octubre de 2007.


P/Manos por el hambre
154-682326//425-8732
manosporelhambre@gmail.com


EL LUNES 15 DE OCTUBRE DE 2007, SE LLEVARÁ A CABO EL FESTIVAL SOLIDARIO “MANOS POR EL HAMBRE”, EN EL ANFITEATRO MUNICIPAL “HUMBERTO DE NITO”.

LA ENTRADA SERÁ DE UN ALIMENTO NO PERECEDERO Y/O UTILES ESCOLARES.


El evento se organiza para reunir la mayor cantidad de alimentos no perecederos y útiles que serán distribuidos entre los niños de las escuelas rurales de Goya, provincia de Corrientes, localidad en la que se registran altos índices de desnutrición infantil.


DESDE LAS 14 Y HASTA LAS 22 HORAS SE PRESENTARÁN DISTINTAS BANDAS DE ROCK Y FOLCLORE LOCAL, ENTRE ELLAS:

Segmento Folclore:

GRUPO AURA
ISABEL PUEBLA JUNTO A BAILARINES AMIGOS
AJO TINTO (AFROPERUANO)

Segmento Jazz / Swing /Reggae

MUSICOS DE LA ROSARIO SMOWING JUNTO A NARGUILE
LOS CORNALITOS
LAS SEXTETAS
ALEGRE NO TANTO

Segmento Rock / Blues

HOGUERA
CACHORRO LOKO
PATAGONIA REVELDE
El VAGÓN


ORGANIZAN ESTE FESTIVAL ARTISTICO Y CULTURAL:
AGRUPACIÓN MANOS POR EL HAMBRE

Esta agrupación, sin fines de lucro, está formada por personas autoconvocadas en pro de un proyecto solidario, sin distinción política ni religiosa.

CONTACTO PARA DONACIONES: manosporelhambre@gmail.com


Ana Troxler
Carlos Cavallero
Carlos Paladini
Estefanía Giménez
Federico Ramírez
Franco Bordes
Georgina Lainatti
Guillermo Paniaga
Mauro Vallejos
Mauro Egidi
Ma. Laura Berón
Miriam Aguirre
Natalie Pilagatto
Norma Savarecio
Ovidio Villegas
Vanesa Milisenda

miércoles, 3 de octubre de 2007

Sofía nunca estaba sola

miércoles, 3 de octubre de 2007 4
Cuánta ilusión... y cuánto dolor, pobre Sofía. Mirala, ahora... Y tan fuerte, tan viva que era Sofía cuando peleábamos... Ella que había zafado; no de la picana pero sí de los vuelos... Mirala, ahora; ella que nos buscaba... Cómo fue que se enamoró así, tan ciega. Qué la atrajo de ese tipo, ese traidor... ¿Los tatuajes? Quién sabe, quién sabe; mirala, pobre, tan viva que era cuando peleábamos, y después, cuando nos buscaba; porque ella nunca dejó de buscarnos... Y nos encontró. Aquí estamos, Sofía, nos encontraste y no te guardamos ningún rencor. Nosotros vinimos para consolarte, no para torturarte...

¿Qué hicimos mal? No sé por qué pregunto, si lo sé... Actuamos con mucha torpeza.

Habíamos pretendido alivio desterrando el recuerdo, nos resultaba fácil mentirle sin palabras, surgiendo sólo para acompañarla, pero cuando el estudiado descuido de Irene nos obligó a inventar una realidad distinta, no supimos, no quisimos, o no tuvimos el valor para sostenerla.

No la culpo; el que Irene haya comenzado a hablar, después de tantos meses silenciosos, y el que haya mencionado a Juan, cuando parecía que contaba un chisme sobre Luis, nos demostró, sin recriminaciones, que habíamos equivocado desde el primer día nuestro proceder. La verdad hubiese debido ser una constante.

Irene, siempre Irene; la lúcida Irene que nos había advertido que debíamos rajar, abandonar el país, pero nosotros no, porque acá las cosas, acá la gente, la querencia; porque acá, siempre acá... Y tenía razón. Como siempre, Irene tenía razón. ¿Quién cayó primero? No lo sé, no importa el orden; caímos todos... Jorge, Marta, Irene y yo... y Sofía. Sí, era Sofía esa voz que me llegaba desde afuera; era ella el grito detrás de la música estridente; era ella el dolor mudo que renacía con cada gol de Kempes; era ella y éramos nosotros...

¿Por qué fuiste tan ciega? ¿Por qué te aferraste al dolor pasado tanto como para permitirle el presente? ¿Por qué el amarillo de las últimas hojas o la tibieza del primer sol no fueron suficientes para despejarte las miserias del alma? ¿De qué te sirven los ojos en la cara si los pasos van siempre hacia atrás; siempre? ¿Por qué nos llamaste? Hubieras hecho bien en seguir el consejo de los sensatos, esos que te recomendaban el olvido... Pero vos no, no quisiste olvidar, o no pudiste, o no tuviste el valor para cagarte en nosotros... No me hagas caso, Sofía; ya ves que sigo siendo un hombre y como tal me equivoco; si te increpo es para ocultar mis culpas, los errores del hombre que sigo siendo, Sofía... Tantos errores... Porque sigo siendo, Sofía, y vos lo sabías desde siempre mejor que nosotros...

Fuimos tan negligentes con ella; no quisimos reconocer su constante deterioro. Allí sentada, en la mecedora incansable, con el cabello gris y ajado (de pronto gris y ajado), con la mirada vacía y la piel transparente; no era ni la sospecha de lo que había sido apenas tres meses antes, cuando los ojos le brillaban en brazos de Juan.

¿Tres meses? ¡Años! Tantos años buscándonos. Perdón Sofía, la medida del tiempo es algo que se nos escapa en este lugar. Perdón, perdón por ser tan inoportunos... ¡Cómo no estar con ella, con vos, cuando más nos necesitabas! Pero erramos, fallamos, pretendíamos olvido.

En lugar de Luis, Irene dijo Juan; y ya no pudimos fingir ignorancia. Irene, la lúcida Irene. Su voz repentina nos sobresaltó. Jorge se atragantó con el carozo de un damasco y Marta derramó el café. Cuando Jorge pudo respirar y Marta terminó de secar la alfombra, nos sentamos en la sala y nos miramos como tratando de adivinar quién de nosotros rompería el silencio; con simulada indecisión acrecentábamos la ansiedad de Sofía... ahora por fin Sofía nos miraba, por fin había una pequeña, muy pequeña lucecita en sus ojos...

Hacía poco que habíamos comenzado a frecuentarla; primero esporádicamente, cuando lo creíamos necesario; luego todos los días, convencidos de que, aún en silencio, serviríamos a su consuelo.

Pero el silencio era un error e Irene se encargó de subsanarlo, claro que a destiempo. ¿Quién hablaría, ahora? Sabíamos de sobra que sería Marta. Así debía ser; ella sabría discernir las palabras.

Pero qué decirle. No estábamos preparados, aunque siempre supimos que Irene terminaría por romper nuestro acuerdo tácito; siempre supimos que éramos nosotros los equivocados. Tanto tiempo contenido y bastó un instante para que las consecuencias se accionaran a la vez, como si decenas de pisos cedieran al peso del último y el primero a la suma de todos. El primero, claro, era la realidad pendular de Sofía.

Recuerdo cuando la visitamos por primera vez, el deterioro de la casa nos espantó: las pinturas y los platos que cubrían las paredes del living atesoraban el polvo de meses; las guardas del empapelado comenzaban a desprenderse y permitían inseguros parantes para las telarañas repletas de insectos; el cabello de Sofía conservaba algún color, aunque el brillo y el peinado habían desaparecido. Algunas veces oímos el teléfono, pero ella lo ignoraba; con el tiempo dejó de importunarla. Si comía algún alimento, era por los servicios de la señora Hilda, que cada mediodía llegaba con un plato de comida y no se retiraba hasta que Sofía lo terminaba; y todo esto lo hacía por caridad; jamás aceptó un centavo de Carlos, el hijo mayor de Sofía.

Tanto nos había buscado, tanto había deseado el reencuentro, que nos pareció extraño la aparente indiferencia con la cual nos trató; era como si en verdad no nos hubiese percibido hasta que Irene, la siempre lúcida Irene, mencionó a Juan.

Tratábamos de generar conversaciones agradables, queríamos motivarla, sacarla de su eterno vaivén, pero nuestras palabras mudas se perdían como las de una radio que sólo se enciende para mitigar la soledad. Algunas veces lográbamos arrancarle la intención de una sonrisa o de los ojos un destello, y eso nos enterraba aún más en nuestro error. Ahora entiendo la mirada acusadora de Irene; ahora entiendo por qué la mirada de Irene nos parecía acusadora.

Con el silencio sólo logramos que nuestra tarea haya sido menos carga que respuesta; nos tranquilizaba creer que Sofía mantenía una calma extraña, cuando en realidad hubiésemos debido preocuparnos más por que saliera de su equivocado encierro.

Durante meses, día y noche acompañamos a Sofía; a veces nos turnábamos, otras coincidíamos; ella nunca estaba sola. Con el transcurrir de las semanas, la obligación fue rutinaria y la meta casi un descuido; hubo días en que nos entreteníamos leyendo o jugando naipes sin tenerla en cuenta, a la pobre, ignorándonos desde su mecedora. De la casa, me gustaba el hogar de la sala; alguna noche quise encender el fuego y darle un motivo para los ojos extraviados; una llama azul, blanca y amarilla donde las figuras hubieran sido más de lo mismo: un disfraz para desatender la culpa y el dolor.

Hasta que Irene dijo Juan y entonces por fin nos permitimos hablar, y por fin le oímos de nuevo la voz... Juan, repitió... No estábamos preparados para establecer ese tipo de contactos, nos sentíamos presionados, no supimos qué decir; el tema era Juan, eso era claro, pero qué decir... Nos miramos... y Marta, de puro torpeza y nervios, le dijo que ahí donde estábamos nosotros tampoco teníamos noticias de Juan...

-El está vivo; él nos delató, Sofía.

Quizá fue por lo precipitado de los hechos, pero Sofía reaccionó mal. Por primera vez en meses hizo un movimiento distinto al de los pasos involuntarios que la empujaban, llegada la noche, hacia el frío de la cama; nos asustó, saltó de la mecedora y golpeó con un puño la vieja foto de colación, donde el ímpetu de Marta y la ansiedad de Sofía se abrazaban inexpertas. Lloró ocultándonos el rostro; arrojó al piso los polvorientos adornos de la sala; destruyó floreros vacíos y espejos salpicados por el sarampión del tiempo. Irene intentó tranquilizarla, le recordó las intenciones de Carlos, le aconsejó que no le ofreciera en bandeja las excusas que él necesitaba; Sofía no quería oírla más y vanamente le arrojó un platillo de porcelana que impactó de lleno en el retrato de Juan.

Es tan absurdo, visto en la distancia; tanto tiempo ocultándole el sol con las manos, tantos esfuerzos por evitar un recuerdo que siempre fue presente. Porque no era a Juan sino su a recuerdo y su verdad lo que pretendíamos evitar.

Necios.

Sofía sangró mucho, por dentro y por fuera. Esa tarde, cuando llegó a la casa, Carlos sólo vio lo que sus ojos quisieron ver: a Sofía ensangrentada, sostenida de los brazos por la señora Hilda; una mecedora inmóvil; la sala destrozada; la decisión de una sentencia ya meditada.


En el piso, el retrato de Juan soportaba el cristal astillado. Carlos lo alzó, le quitó el polvo y, otorgándole un lugar que no merecía, lo acomodó junto con los nuestros en aquel improvisado panteón de instantáneas.

martes, 25 de septiembre de 2007

El tiempo detrás del tiempo

martes, 25 de septiembre de 2007 2
Dice una canción de Calamaro: "cada vez que toco un poco fondo, cada vez que el tiempo vuela..."
... Y sólo el Johnny de Cortázar supo sospechar el tiempo.


domingo, 23 de septiembre de 2007

Capítulo 28

domingo, 23 de septiembre de 2007 3
El texto que sigue es un capítulo de la novela El origen de las especies, que escribí en 2003.

Había sido una premonición; el dolor que hubo presentido en la noche no había sido más que un eco del ahora, de la angustia silenciosa, de la increíble realidad que le decía a gritos que su padre había muerto. No lo podía creer; sentía el dolor, pero un dolor que nacía de la combinación de las palabras muerte y padre, de las ideas que representaban por separado, de la sustancia entremezclada de los conceptos, pero no era el dolor que había imaginado (si es que alguna vez se había permitido pensarlo) para el momento posterior a la muerte de su padre; aquello era algo irreal, insensible, como si la ausencia no fuera más que pasajera, ya que por las noches él regresaría y la besaría, y se marcharía al cuarto luego de haber cenado.

Había leído, en las novelas, escenas que le arrancaron lágrimas de piedad, deseos de arrojarse en las páginas y abrazar al hijo huérfano, porque de alguna manera, mientras leía, ella era ese hijo como había sido también el padre, en la vida y en la agonía; Esperanza, en los libros, era todo y era todos, y sentía como ellos, sentía las palabras que explicaban el dolor, sentía el dolor mudo, el sugerido, pero también sentía otro que era la suma de todos los dolores, los de esa historia y los de las anteriores, sumándose a los propios, nunca tan profundos como los de quienes vivían en los libros; los viejos dolores renacían con la muerte y la piedad y el deseo de estar allí para abrazar al héroe, para abrazarse a ella misma, aunque en ella los dolores pareciesen tan fútiles.

Este dolor era distinto de aquél que se curaba con lágrimas y olvido, con un nuevo libro, con risas, o con aventuras. Este dolor era inmarcesible y no provocaba llantos. La idea padre estaba a un lado, la idea muerte al otro, y bajo sus pies descalzos quemaba la abertura que se abría para no tragarla, para mostrarse profunda y peligrosa, definitiva y consoladora, pero dejándola allí, en el borde, abrasándole los pies. Ese dolor no podía llorarse, no podía drenarse. Y era imposible, un dolor imposible para una realidad imposible. Muerte y padre. Padre y muerte, los conceptos cercanos le provocaban la angustia. Muerte y padre, padre y muerte, pero se negaba a enlazarlos y conformar padre muerto, muerto el padre, su padre ha muerto, ha muerto papá. Imposible, imposible, imposible, por eso no lograba llorar, por eso era el dolor, por su imaginación sádica, por sus pensamientos indeseados, por el miedo. Era mentira; era una verdad mentirosa, ¿qué le diría al capitán? ¿Que había muerto su padre?

Esperanza no sabía mentir.

Golpeó Antonio. No hubo respuesta. Esperaron. ¿Cuánto debía esperarse para volver a llamar a la puerta de un capitán? ¿Qué le dirían?

Si fuese Antonio quien hablara, diría que ha muerto un hombre, Guido G., pasajero del camarote treinta y cinco del María Fioravanti, y esas palabras serían ciertas. Pero si fuese Esperanza, debería decir que quien ha fallecido fue su padre, y eso no sería verdad; habían las palabras, los conceptos, y el idioma para formar las frases, pero faltaban la sustancia y los hechos, porque nada de lo que Esperanza dijera podría sonar cierto. Esperanza no sabía mentir; hubiese deseado cerrar el libro, que todo hubiese sido una historia ajena, propia pero ajena, y abrazarse, y llorar, junto con ella, llorar.

jueves, 20 de septiembre de 2007

El día que fui Maradona

jueves, 20 de septiembre de 2007 0
El martes pasado murió mi papá. Esto lo escribí hace algunos años, nunca se lo di para que lo lea. Es para él. Por favor, no hagan comentarios; yo sé que están ahí.

Puesto a remover la coctelera, la necesidad o el instinto saca del olvido tiempos y rostros que alguna vez nos permitieron una tregua, una sonrisa, una ilusión entre tanto manoseo impúdico; es que en esas lejanas treguas hayamos la excusa para el armisticio presente, ¿o me equivoco? Pero también traen consigo, agazapada, esa ingrata sensación tan ahora, tan contemporánea de que cada segundo desde allá hacia acá fue un paso con pies engrillados sobre un camino cubierto de lodo; pero no le des bola al desánimo, porque esto pretende ser una apología y no una condena a la memoria.

Cuesta, yo sé que cuesta inventarse una alegría, o peor, contagiarse de aquella tan lejana... Y me cuesta ver la forma de tu cruz, peruano; no logro apunarme con tu aire andino, boliviano, y sin embargo sé que aquí en Rosario es igual que en Lima o en La Paz, que en Caracas o en Bogotá, que en Asunción o qué sé yo... Cuesta inventarse una alegría en este Cono que apunta al Sur. Cuesta, todo cuesta. Hay que ser un poco egoísta y encerrarse para zafar; un poco nomás, no sea cosa que te excedas (y es tan fácil pasar de largo en esta existencia sudaca de ahora imposible mañana vemos pero tampoco)... Para mí, la tregua que rescato, es aquella que me regaló el día que fui Maradona.

Perdoname que insista con este blablabla melancólico y dé vueltas como un perro antes de llegar al punto, vos sabrás si querés quedarte, pero yo necesito decir esto, escribir esto. No busco tu permiso, como vos tampoco solicitarás el mío para huir de aquí, si ése es tu deseo... Y nuevamente te pido disculpas, esta vez por mi grosera destemplanza, es que soy así, algo inmaduro, sobre todo ahora, que revivo y me revuelco en la tristeza del fin de la adolescencia. Es que recordar tiene sus riesgos: ahí está lo bueno, ensombrecido por lo feo (adjetivos desmañados pero justos, qué querés).

Lo bueno, Maradona.

Lo feo... ¿No te pasó que, al alejarte de la adolescencia, te diste cuenta de un saque de que John Lennon no siempre había sido Lennon ni que Julio Cortázar, siempre Cortázar? Me juego el alma a que sí. Me juego a que has concebido a, no sé, Charly García, Fito Páez, Woody Allen, Carlos Gardel, o como sea que se haya llamado tu ídolo, como pósters despejados de humanidad (me refiero a una humanidad simple y rutinaria como la tuya); los veías como instantes divinos donde la imagen, la melodía y las palabras se conjugaban eternamente en eso que estaba ahí, en la pared, o descansando en la discoteca, en la memoria, en los anaqueles de una biblioteca, o sobre la mesa de luz, justo al lado de una taza olvidada con borra de café seco y añejo pegada en un fondo ya nunca más blanco, nunca más taza: eso de ahí, de todos los días de nuestras lejanas vidas, tan sólo fueron capítulos de las suyas, tal vez sólo horas, apenas un trámite, una foto por contrato o por favor, una música y una frase resultantes de un destello de inspiración y sin embargo para nosotros, la vida... ahí están, aún en mi entorno, apenas sonriente, con una remera I Love NY, el arquetipo Lennon; serio, trajeado y con un faso mudo colgado de la boca, tan Oliveira a los Ojos de Sara Facio, el ideal Cortázar; ahí están, sin miserias, sin escándalos, sin fallas ni desamores, como juegos de fantasía, infantil deseo de que sigan siendo ídolos, porque en esa existencia fueron (son, Dios mío, deben ser) la extensión palpable de nuestros sueños. ¿Te acordás? Eran los días en que descubrimos a Lennon en Don´t let me down y a Cortázar entre Famas, de modo que John había nacido Beatle, y Julio, Cronopio. ¿Podía existir otra realidad? No, mil veces no.

Sin embargo, antes, durante y después de esos retazos de existencia que sujetábamos a tan mezquinos instantes, hubieron huecos, espacios vedados, minutos enteros perdidos en la contemplación de un verde, en la tibieza dulce de una ducha de verano, días arrojados a las desconexiones del sueño, años apabullados por los temores y las dudas, y también los momentos Criollitas, claro, esos de cosas simples: una caricia de Yoko, una mirada cómplice de Carol... Verdad de perogrullo: hubieron hombres como vos y como yo, además de canciones, libros y pósters. Y son esos huecos desconocidos la verdad de la persona Lennon, de la persona Cortázar o de la que quieras imaginarte; de manera que cuando te diste cuenta de que John Lennon no era Lennon todo el tiempo, ni Julio Cortázar, Cortázar, en realidad adivinabas que Vos, pendejo inmortal, apenas si eras un vos de v minúscula con un sogaca de la madre frente a una vida que te hacía temblar hasta el pescuezo... Cuando entendiste que tu juventud no era un bien adquirido a perpetuidad y que el tiempo volaba con la velocidad del Concorde, te apuraste, te ganó la ansiedad, quisiste hacer algo sin saber muy bien qué, algo impreciso pero ya... Hiciste... ¿Y?

Hoy no sé si la felicidad y la vida de un hombre la constituyen sus obras, porque estas obras son, al fin y al cabo, desembocaduras alquímicas de risas y de llantos, de lamentos y de euforias; de vida y de hechos antecedentes, al fin de cuentas.
Ellos mismos, Lennon y Cortázar, seguramente se desconocían pósters; se mirarían en el espejo y verían a Jhony Long Jhon o a Julito Buffallo Bill, aquellos chicos ansiosos que alguna vez habían deseado ser como Elvis o como Poe, como Carroll o como Parker, y que los habría hecho tan dichosos saberse aprobados por Elvis, Poe, Carroll o Charly Parker... por sus padres (y mirá qué justo vengo a pegarla, te juro que recién ahora lo noto: Lennon y Cortázar buscando la aprobación de sus padres, ellos, abandonados por sus padres); ahí, delante del espejo, después de la foto, seguirían buscando el por qué de sus vidas: por eso Yoko y la paz, por eso Nicaragua y el Che.

¿Habrá sido así en verdad? No sé, es una especulación, la estúpida manía de dar por sentado que el resto del mundo siente y piensa como yo, aún los ídolos inmortalizados por instantes; porque yo, que no soy póster ni nada ni nadie más que para mí, que cargo casi treinta y dos años, hoy, 23 de mayo, me miro en este espejo, en este día donde no llueve porque sería redundante (como escribió Juan Sasturain por algún lado y yo pensé: puta madre... Gracias, Juan) y veo al pibe que alguna vez deseó ser como Lennon, o como Cortázar...

...Y que alguna vez fue (pudo ser) Maradona... ¿Por qué la tristeza, entonces?
Qué ultrajante que tantas penas le quiten lustre a los buenos días. La oscuridad, aún la ineludible, trae consigo estas ingratitudes; el paño cubre todo: lo malo, lo no tan malo, y las pocas, poquísimas cosas que pudieron haber habido buenas (qué ingrato, pero qué ingrato soy).

Tal vez por eso, puesto a pensarme mientras remuevo la coctelera, es que me propuse a soltar este recuerdo; quizá como un desagravio a la vida, o, simplemente, como una excusa para darme ánimos en este día de un gris más que obvio, tardecita de In my Life mientras releo Los Venenos... Tal vez.

...Recuerdo, te veo allá, distante, detrás del árbol de mierda que cubre el muladar; te veo con sol, ahora sé que había sol sobre el potrero -un brillantísimo y poco habitual sol de junio-, que Maíto ya había elegido a Torito y a Maro, y que, sorteando dignamente el pan y queso, me habían adscrito a ese equipo...

...Maíto, Javier, Horacio, yo; y Maro y Torito de nuestro lado, de manera que, aun cuando Cuca jugase para los de Ñandú, contábamos con inmejorables ventajas; es que, jugando en yunta Torito y Maro, o Maro y Cuca, o el resto de las combinaciones posibles, eran imparables (imaginate cuando jugaban los tres juntos, pero eso se daba solamente en los desafíos contra otros barrios); ellos solos prácticamente definían los partidos sin que los demás tuviésemos demasiada participación, mucho menos yo, que jamás me destaqué en el fútbol... En nada, a decir verdad, porque mis hazañas ocurrían siempre cuando no había nadie para testificarlas, puta suerte; aunque eso no me molestaba tanto como el que no me creyeran; y encima la incredulidad estaba más que justificada, porque cada vez que pretendía repetir mis proezas delante de amigos, familia, o quien fuera que sirviera para dar fe, fallaba, invariablemente fracasaba; es un destino que deja huellas: desde entonces cargo con la convicción de que el mundo se ha perdido la realización de un genio solitario, de un prohombre individual; que la civilización seguirá huérfana de la perfecta melodía que toqué y olvidé mientras improvisaba con la guitarra en la soledad del baño, o de los versos más hermosos que pensé o soñé una noche de duermevela sin papel ni lápiz a mano, o de la limpia ejecución de doscientos jueguitos con el pie derecho sin que la pelota tocase el piso ni una vez... y así con todo, viejo, con todo, héroe solitario incapaz de romper los moldes cuando alguien me acompañaba.

Sin embargo aquella mañana fui Maradona, pude ser el Diego, y hoy quiero gritarlo con quien quiera hacerme coro, porque ésta es la puteada que guardaba para las putas sombras que ocultan todo y no la van con gratitudes.

Dejame decirte que el partido fue poca cosa. Goles acá, goles allá, tanteador parejo y ya se iba haciendo la hora de almorzar; el que hacía un gol, ganaba; en eso Javier, el patadura de Javier, no sé cómo va y le quita limpiamente la pelota al estilizado Cuca y se manda derecho hacia el área rival dejando en el camino a tres; viste como son los partidos cuando pibes: todo el mundo corriendo detrás de la pelota, un malón de manos y pies saliendo imprecisos de un humito blanco y compacto, como en los dibujitos animados cuando se dan la biaba... sin embargo yo andaba por la otra punta, solo, y no porque tuviera luces tácticas más desarrolladas que las del resto, sino porque estaba cansado y no tenía ganas de seguir corriendo: la verdad es que ya no veía lo hora de terminar para ir a casa a comer... Pucha, ahora que caigo, si aquello no era más que la misma desidia de todos los días, esos momentos indeseados que te mantienen al margen, un milímetro más allá, como un testigo más que como un protagonista, esa actitud del que analiza todo en la distancia; todo, hasta un orgasmo... En fin, la cosa es que la pelota cayó mansita justo a mis pies luego del desparramo que armó Javier. (Tampoco vayas a creer que por la generosidad de Javier que, viéndome tan libre, me cedía la gloria de convertir el gol decisivo, sino más bien porque en su carrera inusual y desenfrenada la había empujado con más fuerza de lo necesario, tropezando en la arremetida final y cayendo de bruces sin posibilidad de nada). Ahí quedé, entonces, en el borde del área, con la pelota dormida a mis pies; la turbamulta que se acercaba peligrosamente, y yo detenido en un instante de indecisión; la polvareda encima y yo ahí, seco, inmóvil hasta que... No me pregunten cómo, no esperen detalles de esto, sólo sé que eludí un millón de piernas que buscaban tanto la pelota como mis pantorrillas, que quebré cintura y sorteé dos bultos gigantescos que me impedían alcanzar el arco y así, sumido en ese hálito de genialidad que sólo cuando estaba solo, cuando nadie me veía, le pegué de puntín mirando fijamente los ojos del arquero; vi, desenfocada, periférica, la pelota que se elevaba en una sutil diagonal hacia la derecha, y cerré los ojos, como tratando de desengañarme de algo que era demasiado bueno para ser cierto, de un lujoso final que, de otorgarle la credibilidad que da la percepción visual, inexorablemente se desvanecería como en humos de película de Daniel Tinneyre, y transmutaría sus formas en un estanque de aire salado, o en secuencias de autos inmóviles en una carretera hiperveloz, o en edificios derrumbándose o... ¡Gol!, oí que gritaron los de mi equipo. ¡Era cierto! ¡Gol!, seguían gritando, sobre todo Javier, que fue el primero en venir a abrazarme en la actitud de quien reclama los laureles de una gloria que le ha sido injustamente esquiva. Gol, era cierto, era verdad, y no estaba solo, estaban Horacio, Torito, Gustavo, César, estaba la barra de testigo... Yo, el héroe tapado por la adversidad de un destino confabulado con Dios y la existencia, había logrado eludir andá saber a cuántos y la había clavado en el ángulo para euforia de los míos y tristeza de los adversarios... Yo, el cero a la izquierda futbolístico, había generado sendos sentimientos... efímeros, debo admitir, porque enseguida olvidaron el asunto y emprendimos la retirada con rodillas sucias y codos arañados, hablando de discos, de chicas, del colegio, de cualquier cosa menos de los goles, de las fintas de Maro, de las astucias de Cuca, de las delicadezas de Torito... o de mi hazaña, puta madre, la vez que me salía una buena... Tal vez en mitad de camino, alguien se haya destapado con un “che, hoy sí que la rompiste” que sonó más a cachada que a real congratulación, pero ahí quedó; ahí y ya no más, y tampoco estoy seguro...

...Así como le dábamos categoría de instante eterno y absoluto a las maravillas Lennon o Cortázar, yo hubiese querido inmovilizar el tiempo ahí, ojos cerrados y sangre ardiendo, cuando la pelota se escabullía de la puntita de los dedos de Pato y se metía perfecta para ganar el partido. En ese grito de gol hubiese deseado eternizarme; pero ahí estaba, sumido en la triste indiferencia del regreso. Es claro que este sentimiento nos agita a los dotados mediocremente, a quienes sabemos que nos será muy difícil, si no imposible, repetir un instante similar. Hoy, visto en la distancia, me resulta inverosímil que Maro, o Cuca o Torito hayan intentado, como yo, de soslayo, regresar al tema del partido con el sólo fin de recrear una fugaz hazaña. No, los tipos como ellos, como Lennon, o como Cortázar, por más que me emperre en creer lo contrario para excusarme, no se detenían ni se conformaban con el saborcito dulce y vanidoso de un gol bien hecho, de Strowerry Fields Forever o de Circe, sino que seguían, iban por más; dejaban atrás y silenciosos el justo logro, y desgajados de toda soberbia (como ellos, como sólo los grandes) se mandaban al próximo caño, a Imagine, a Rayuela. Pero los tipos que como yo... en fin, la certeza de que ya nunca (con público, se entiende) se repetirá la proeza...

Es feo, es realmente feo ser tan imbécil como para sabotear la propia alegría, porque, como habrás adivinado, regresé a casa con un sabor a derrota parecido a este de hoy (qué feo, qué feo ser tan imbécil), pensando que hubiese sido mejor no haber hecho el puto gol, porque de esa manera me hubiese ahorrado aquel vacío. Era eso, aunque suene a lugar común (no pidan genialidades cuando escribo, mis mejores palabras son aquellas que pienso y olvido), un vacío que me succionaba el ánimo y me dejaba en esa actitud tan mía, tan proféticamente mía. Así llegué a casa, dispuesto a bañarme y salir rumbo al colegio sin almorzar. Cuando entré, ni saludé a mi viejo que me miraba con esa lucecita que tenía en los ojos cada vez que me iba a dar un regalo, era esa alegría por saberme alegre, no sé si entendés... le miré las manos, busqué el paquete, algo, lo que fuese que iba darme y que seguramente no lograría quitarme la pena, pero no encontré nada... y sin embargo esa mirada...

-Recién, cuando venía del taller, pasé con el auto por la canchita...-me dijo.
-¿Sí?-pregunté, sin saber muy bien a qué venía el comentario, porque todos los días pasaba por ahí a la hora del almuerzo.
-Me quedé un rato mirando...¡Qué golazo te mandaste!-me dijo con esa lucecita, ¿entendés lo que te digo? Puta, digo.

Me apoyó una mano en el hombro, me sonrió... y esa mirada, la lucecita, mi corazón latiendo a cien mil por hora... Y ahí, ¿entendés?, ahí... Qué suerte que para hoy tengo ese día. El día que me dice a gritos que, de haberse detenido el tiempo en el instante del golazo, jamás hubiese sido Maradona. Fui Maradona, viejo... El Diego, Lennon y Cortázar, todos juntos. Fui Gardel, por si no te queda claro... Y el mundo siguió andando. Y seguirá, te juro que para mí seguirá; por aquél día, por todos los días... Por eso, cuando me miro en el espejo y veo a ese pibe que se sigue preguntando el por qué de su vida, ya sospecho la respuesta.

domingo, 16 de septiembre de 2007

Mariana

domingo, 16 de septiembre de 2007 4
Nada nuevo: cada vez que leo o releo un texto que me colma de ese deseo de haber sido yo quien lo escribió, tomo una hoja, un lápiz (que no es un lápiz, pero me resultan horrendas las palabras birome o lapicera) y comienzo a garabatear historias que bien pueden provenir de la más pura invención o de lo más profundos recuerdos... o de una simbiosis entre ambos.

Y como ahora, cada vez trato de analizar el por qué de esta reacción siempre bienvenida, aunque la noche y el sueño conspiren contra todo intento de coherencia. Deduzco que podría tratarse de mis ansias de ser, de también ser, de poder escribir como él, que me mira con el pucho en la boca desde una foto y me obliga a pelear, junto con el estilo, contra los errores de ortografía y de sintaxis; es una lucha que se bate sobre la originalidad de un ego a veces demasiado grande y otras muy pequeño. Como sea, desde hace tiempo me propuse ganarle tiempo al tiempo y no desechar las oportunidades.

Por eso me armo de un lápiz (que no es un lápiz) e intento las primeras frases de esta historia que es un recuerdo pero que también es un cuento que terminará por deformarse a la medida de mi mente dictatorial. Confundido por la subjetividad desde la cual esbozo mi historia-cuento-recuerdo, sólo me queda una certeza: el nombre.

Ahora que cada palabra prepara un instante que es ella y un exorcismo que también es ella, me pregunto de qué manera puedo contar algo que nunca ocurrió. Porque, para aclarar las cosas desde el vamos, es imprescindible decir que en mi vida Mariana nunca pasó.

Cómo transformar en palabra escrita el amor que sentí por ella en los días de la absoluta irresponsabilidad; cómo confesarme lo que no fui capaz de confesarle. Cómo decirme que jamás tuve el valor para enfrentarla.

Esto que intento contar, esta historia que es recuerdo y cuento y que nunca fue, es, precisamente, la inacción que me condena a invocar su nombre con nostalgia cobarde (y está muy bien llamar las cosas por su nombre).

Porque mirá que tuve (que inventé, con ayuda de mis amigos) oportunidades para plantarme frente a ella y decirle: "Estoy acá porque te quiero, porque tus labios y tus ojos y tu pelo..." Pero cada vez era igual, risas y distancia: la careta del perfecto idiota que no encontraba el atajo salvador, la cercanía necesaria. En verdad la quise; no era sólo deseo, sino que además la sentía y la presentía tan frágil y yo tan torpe...

Si hasta le escribí una canción cursi como esta historia, sin dudas que le canté una tarde de mates y amigos, acompañado por una guitarra a la que le faltaban un par de cuerdas. Recuerdo cómo me temblaban las manos y la voz. Esa tarde le regalé una hoja con la canción en una página y un dibujo en el reverso. El dibujo, tantas veces repetido, era más o menos así: en la costanera, un chico fumaba apoyado contra un farol y su mirada se perdía en algún punto del margen izquierdo; al otro lado del farol, una chica miraba hacia el margen derecho.

El dibujo y la canción le gustaron (eso fue lo que me dijo) y bromeamos con el supuesto valor económico que tendría ese documento en algunos años, cuando yo me hubiera convertido en un músico exitoso. Claro, eran los días en que todo era posible, incluso esperar, esperar, esperar, esperar, a que los sueños se hicieran realidad, realidad, realidad, realidad...

Tantas las excusas, tanto los encuentros... como el de aquella tarde casual en la que coincidimos en la arena de La Florida y al caer la tarde terminamos todos (ella y sus amigas; mis amigos y yo) en su casa, en la pileta de su casa, y mates y Coca Cola y Laura, que con sus 15 años me hablaba y me decía y me repetía que a ella le gustaban los chicos como yo, que fueran serios como lo era yo, altos como yo, y que supieran mantener una conversación tan agradable como lo hacía yo, que sólo me limitaba a poner cara de "te escucho, seguí hablando que te escucho", cuando en realidad mi cabeza estaba en Mariana y mis ojos miraban a Mariana saltando fuera de foco, y mis oídos eran para la voz de Mariana cantando “Polaroid de locura ordinaria”.

Y otra vez nada, porque la tarde se fue y con ella nosotros, taza taza cada cual a su casa; con Laura, y por eso el camino lento y juntos; ella conmigo pero yo todo Mariana, todo estúpida tristeza.

Cuántas veces intenté escribir sobre Mariana, sobre este recuerdo historia que en realidad nunca fue. Lo comencé una tarde, con nombres diferentes, con la impunidad de la aparente ficción. Escribí finales felices y también trágicos, pero con encuentros concretos en la trama; cada uno de esos intentos terminó merecidamente en el cesto de los papeles, que será, quizás, el destino final de estas páginas.

Sin embargo, hoy me propuse contarlo desde mi engañosa verdad, a confesarme como sólo lo haría en un diario íntimo. Podría empezar diciendo que Mariana era cada una de mis horas, de mis palabras. Pero no: es tan cursi, aunque real. Y además, quien más, quien menos, sintió lo mismo alguna vez, y yo intento escribir para descubrir, no para recaer sobre lo ya conocido.

Entonces podría, quizá, comenzar el relato la noche en que la descubrí tan enamorada de su novio; pero, ¿eso quiero? ¿Quiero contar una historia que no fue justificando mi cobardía? No, claro que no. Quiero ser objetivo desde mi subjetividad, pero cómo. Porque Mariana es imposible de contar sin mentirme, aún mencionando los dos o tres encuentros casuales después de muchos años, encuentros de miradas furtivas en los que ni siquiera un saludo...

A esta altura sospecho que la tarea será, una vez más, imposible. Para qué comenzar, entonces... y mentir... porque todo lo que pueda decirme será una mentira.

Mejor será dormir; quizá sueñe con ella.

Pero eso también será irreal.

¿O tal vez la única verdad?

lunes, 10 de septiembre de 2007

Carta y buenas noticias

lunes, 10 de septiembre de 2007 9
Hoy recibí un mail donde me anuncian la edición de una colección de cuentos en la cual se incluyen dos de los míos (ja, ni se imaginan mi ego por dónde anda). Uno de ellos, Historia escrita con la pluma de un ángel, lo subí a estas páginas. Tengo ganas de meter el otro -Sólo quedábamos nosotros-, pero es más largo todavía y la verdad... tal vez en los próximos días. Lo que sigue, también larguito, es una carta que posteo a sugerencia de Cherry. La incluí en la novela que dio nombre a este blog: Páginas sepia, luna amarilla. Una versión de la obra, llamémosle beta, se puede descargar dando unas vueltitas por aquí.

Deberías verme aquí, sentado, a los pies del monumento. Fin de agosto, mañana clara, y el calor de primavera. Hay una brisa tan suave que me hiere doblemente por no estar bien así, por seguir herido. Es que estoy un poco cansado de andar gastando días en un hueco que ya no me acepta; de tener miedo, de mirar siempre hacia atrás y ver la larga estela, esas huellas de mis pies, surcos en el aire y en el agua, que de tan extenso parece recta y es un círculo, vos lo sabés.

Deberías verme aquí, como me veo yo, rodeado de este sol, de aquellos colores de verde y río, del aroma del rocío, la letanía de los pájaros ganándole por un palmo a los motores de la avenida. Es que, bueno, he caminado un poco, ahora estoy en la barranca. Desde aquí veo el monumento, gris, blanco sucio, de dónde sale su belleza. No me lo explico.

Deberías verme aquí, yo escribiéndote, mirándome escribir. ¿Por qué me miro en lugar de sólo escribirte? ¿Por qué siempre los dos? Será porque espero sorprender mi gesto cuando por fin te diga esto que no me atrevo.

Deberías estar aquí; entonces yo, tranquilo, con deseos, con fuerzas, con descuido, te diría que anoche soñé con mis manos; quiero decir con mis dedos. Si estuvieras aquí, oirías los acentos y la intención, verías mis expresiones, serías testigo de algo más que sólo palabras. Pero no estás y mi único consuelo es plasmar en el papel lo que deseo contarte, mi sueño, con el riesgo de asustarte, de herirte, de que no comprendas. Exagero, como siempre, ya lo sé. ¿Por qué habría de asustarte un sueño que no es tuyo? Es a mí a quien ha inquietado y por eso te escribo, te cuento, te canso.

Deberías estar aquí, me harías tan feliz; verte a mi lado, contener tus ojos en los míos, un mechón de cabello cruzándote la cara, más obediente a la brisa que a tus inútiles intentos por mantenerlo en su sitio.

Deberías estar aquí, extendiendo de pronto una mano sobre mi frente, comprendiendo mi angustia, siendo mi aliada, consolándome con tus besos.

Deberías, pero no; las cosas nunca son como las quiero, como deberían. Las cosas ocurren sin importarles si las quiero, si las acepto. En el fondo no me queda más que aceptarlas: lo siento como un deber y yo sí debo cumplirlo. ¿Para quién? Para Dios, diría Agustín. Pero yo no, no sé... Deberías estar aquí.

Deberías, sí; deberías estar aquí y regresar conmigo a los años de esos chicos que se acercan pateando latas, y chupina, y cigarrillos, amigos para siempre, palabras mentirosas. Deberías, sí, porque a vos también te haría bien revivir esta sorpresa que da la luz de la mañana, ese algo inédito cuando de 9 a 17 la vida se nos pasa volando al otro lado de las ventanas.

Deberías verlo: un color tan brillante, cálido en invierno, primera primavera, el río que brilla como si sólo él yaciera en la lejana imagen de una ciudad vista desde las colinas. Salvo que en lugar de amarillos sobre negros, aquél blanco repentino.

Deberías estar aquí para pellizcarme el brazo y recriminarme esa tontería de las películas, la cajuela del coche, la cerveza en la nevera, luces desde la colina... Deberías, pero no. Y en verdad, aunque estuvieras, nada harías porque a vos también te gustan esas tonterías.

Deberías.

Pero lo que es, lo único que es, lo que hay, que veo, que sé: tu ausencia... Y mi sueño... Y mis miedos... Y la culpa.

Es la brisa, otra vez, ensañada con mi página a falta de tus cabellos. Es una hormiguita roja que invade mi lazo de tinta y que aplasto casi sin pensarlo, y que enchastra el blanco de la hoja ya nunca más inmaculado. No importa, quedará la mancha, ella será testigo y fe de todo cuanto digo. No importa, son sólo manchas; qué de real le harían a una hoja si a mi conciencia no la matan; sólo la torturan: no les conviene que muera. Si yo muero, ellas mueren conmigo.

Es también un cigarrillo (en esto también la brisa se ensaña conmigo) que enciendo y es el quinto. Boca seca, empastada, y yo sin chicles, caramelos de mentol. Es la tinta negra y es mi letra primero compacta y ahora liberada, gastando espacios, dejando blancos no tan blancos, tantos blancos. Es la frase que se empeña en circunloquios (¿o es mi mente? ¿o es mi mano?) para no llegar al punto, la razón por la cual te escribo.

Es esta pausa, levantar los ojos de la página, aspirar el humo, ver el sol, verlo una vez más. Y el río. El mismo sol, el mismo río, le guste o no al griego del fuego fundamental.

Es esto, regresar a vos, buscarte y escribirte, porque anoche soñé con manos; quiero decir con dedos. Mis dedos. Se habían inflado como berenjenas, los vieras. Desperté asustado; busqué ese libro que vos sabés, ese que me avergüenza: el diccionario de lo simbólico y profético que guardan los sueños. Y leí que los dedos representan a los parientes, la familia, los amigos, y que verlos deformados significa enfermedad. De los parientes, la familia, los amigos, se entiende. Una tontería, ya lo sé, pero que querés con tanta angustia. Eran manos, eran dedos, y vos ahí, tan cerca, en mi sueño, con tu cuello entre mis manos, entre mis dedos.

Deberías estar aquí, me siento tan solo entre tanta ciudad. Ahora, aquí, a los pies del monumento, tan cerquita del río (deberías verme). Pero también en la calle que desando, las del centro, las del barrio, en la arena vespertina de melancolía y otoño en La Florida.

Deberías, pero no estás. Y ha pasado tanto tiempo. Dicen que soy joven, pero yo, cómo decirte: no sólo es mi piel arrugándose, resecándose, o mi calvicie ganando terreno; no es solo un dolor en la cintura, en los pies, en los riñones; es más que eso: es la sequedad de mis ojos, el gesto adusto, la tristeza, telarañas en el alma, un botón que no funciona, algo falla si es que soy joven. Y yo sin repuestos (ya no se fabrican); y la garantía que ha expirado.

Quizá no. Quizá no deberías estar aquí; te asustaría el personaje que inventé para mis días. Éste soy yo, el que sueña dedos y te escribe, porque vos ahí tan cerca, con tu cuello entre mis manos, porque la angustia... porque excusa para venir al río, fumar y escribirte mientras me miro escribir que deberías estar aquí, y verme, aquí, sentado... The time is over, me dice una voz sarcástica, la mía, una de las tantas que utiliza ese otro que soy yo: quién sabe si la sintaxis de la frase es la correcta, el inglés no es nuestro fuerte, ya lo sabés.

¿Debería seguir con esta carta, enviártela allí donde estés? No lo sé, nada sé.

Debería, sí, porque comencé a contarte un sueño y no llegué ni siquiera a la mitad. ¿Cómo sabrías el por qué de mi angustia? No es por lo del libro, habrás sospechado. Sabés que mi mente es bastante más compleja como para que una cosa semejante la calme por mucho tiempo.

Deberías estar aquí, de pronto me dieron ganas de comentarte otro tipo de idioteces, como las que acabo de pensar mientras veía acercarse a esos muchachos de apenas veinte; y a una mamá, algo más allá, que no los supera por mucho en edad. Te diría: ¿yo soy joven? Ellos lo son. Ellos, que sienten como yo hora y a los veinte. Y cuando yo con veinte ellos apenas el jardín de infantes, sala celeste, chocolate y masas secas. Y yo hace trece años aquí, como ellos, joven, despreocupado, con vos. Uf, mi ánimo apesta. Mi espíritu sangra, escribí hace tanto y tan poco. ¿Te acordás? Han pasado muchos años; y yo en el aire; yo a un costado.

Lunes, lunes, mi rutina sin peso, sin dueño, aletargada.

Lunes, lunes. Deberías estar aquí.

Lunes, lunes, madrugada y un sueño horrible.

Lunes, lunes, otros te viven sin tantos dramas, o con el único posible, el de tu gris, el de que seas lunes. Pero yo más. Da lo mismo que sea lunes, jueves o domingo. Decir lunes es apenas un estar acá, un aceptar la realidad que nos encajan los fabricantes de almanaques.

PD: Verás, amor, que mi letra ha variado un poco; ya no dibujo formas imprecisas, aristas violentas, sílabas fragmentadas. Es una tontería pensar que de este modo comprenderás mejor mis palabras. Es decir: podrás leerlas, notarás que son redondas, que las a tienen sus dos bracitos, que las o llevan su rulito, que a todas las i he puesto su punto, que los tildes son pronunciados, que las horizontales cortan donde deben y entonces las t asemejan t, que las m amontonan tres lomitos en lugar de dos y uno en veremos (el primero), que las g, las j y las z cargan con su correspondientes pancitas, así como las q (pero en ellas a la derecha); que ya no hago esas d tan gordas y esas l tan solitarias... Me tomo el tiempo que haga falta para dibujar perfecta mi letra, y todo para que leas la misma vida que te ha dolido, y que nos ha distanciado... ¿Es una tontería pensar que de este modo entenderás mis palabras? Sería mejor que te contara cosas agradables, supongo, ahora que descifrarás la letra.

Si llegaste hasta acá, entonces nada te impedirá seguir leyendo y enterarte de que hoy soñé un día provechoso: vi gaviotas a la orilla del río; caminé entre botes, el viento me golpeó en la cara; conté veinte piedras amarillas (eran tan bonitas); aspiré el perfume de un jazmín; inventé un millar de vidas, todas diferentes, todas maravillosas; acaricié dos perros (uno marrón, el otro negro); saludé a los vecinos; le sonreí a alguna chica (lo menciono no por darte celos: ya sabés lo hermosa que son las mujeres cuando estoy de buen humor); alguna chica me sonrió (lo menciono no por darte celos: ya sabés lo hermoso que soy cuando voy pensando en vos); esperé a las seis el tren de las cinco; tomé chocolate en el bar de Corrientes y Córdoba; aplasté dos hormigas coloradas con el pie y después me sentí muy culpable; me olvidé de las hormigas y despanzurré tres moscas; me encontré con mi amigo Lucas y le gané a quién escupe más lejos; tocamos un par de timbres y salimos corriendo (un muchacho nos miró y nos gritó “¡gente grande!”, pero no le hicimos mayor caso); tomamos cerveza en un bar del Bajo; subimos por Entre Ríos pateando una latita; nos cruzamos con doña Eulogia, que nos miró con mala cara y nos preguntó, ¿cuándo van a madurar pedazo de boludones?; entonces me acordé por enésima vez de vos; compré dos lápices (uno rojo) y un cuaderno, y me puse a escribirte que mi letra ha variado un poco, ya no dibujo formas imprecisas; que deberías verme aquí, sentado a los pies de tu recuerdo...

miércoles, 5 de septiembre de 2007

No hay nostalgia peor...

miércoles, 5 de septiembre de 2007 9
Daría lo que no tengo para dormirme siglo XXI y despertarme mesopotámico, o medieval, o bidú cola por lo menos. La vida en esta era es tan desalmada como los robots y las computadoras que la simbolizan. Ya no puede, cualquier mortal, volar en globo y ser leyenda. Ni atravesar por primera vez el Atlántico en un biplano, proyectar movimientos en una pantalla, descubrir los restos de una civilización perdida, componer Las Cuatro Estaciones o Yesterday, escribir Le Rouge et le Noir, dar la vuelta al mundo en ochenta días, cruzar a nado el canal de la mancha, recorrer el Nilo desde el lago Tanganyka hasta el delta, perderse en una isla, robar un banco y huir a caballo hacia la frontera, construir hacia adelante (no hacia arriba), hacer cima en el Himalaya... y ser leyenda: todo hecho; lo "nuevo" es imitación.
Hubiera querido enterarme de las noticias al arribo de los barcos.

lunes, 3 de septiembre de 2007

A un gato

lunes, 3 de septiembre de 2007 2
Hace unos cuantos años, Aznar musicalizó poemas de Borges y grabó Caja de Música. Esta es una pequeña muestra. Ojalá que lo disfruten tanto como yo



A un gato
(Jorge Luis Borges)

No son más silenciosos los espejos
ni más furtiva el alba aventurera;
eres, bajo la luna, esa pantera
que nos es dado divisar de lejos.
Por obra indescifrable de un decreto
divino, te buscamos vanamente;
más remoto que el Ganges y el poniente,
tuya es la soledad, tuyo el secreto.
Tu lomo condesciende a la morosa
caricia de mi mano. Has admitido,
desde esa eternidad que ya es olvido,
el amor de la mano recelosa.
En otro tiempo estás. Eres el dueño
de un ámbito cerrado como un sueño.

El aguante

La multitud amorfa se desvanece en un continuo vaivén de sonidos prepotentes. Alza los ojos al cielo, sube al máximo el volumen del amplificador y marca el compás de la próxima explosión. Púa en mano, el mundo a sus pies, la vida en algún lugar. Todo da vueltas y él es el centro. Púa en mano, brazo alzado, la multitud rugiente; es el vacío, la nada de un paisaje que ha dejado de conmoverlo. Es el fondo de una botella; el sabor de un mundo molido, alineado y aspirado; la reiteración continua de un futuro que llegó, se quedó y no logra marcharse; presente asqueante, pasado mejor. Un mundo entre mil mundos. Uno más. Brazo alzado, púa en mano; marcar tres y desatar la euforia. Él como detonador, herramienta, icono, predicador, paracaidista, excusa. Púa en mano, gritos abovedados, percepción extradimensional. Marcar tres y darle sentido a qué. Jún-do-tre... ¿Y? ¿Qué? Paso, puente a un día más; aferrarse a personas; excusas.

Flaquea antes de comenzar.

¿Y ahora qué?

Marcar tres. Brazo alzado, el resplandor ciego de la púa que espera el golpe para el primer acorde. Arrancar; otra vez; arrinconar contra las cuerdas al tiempo que lo desafía con sarcasmos ajenos. No es el tiempo, son los otros. Noveno piso. Lo obligan a saltar cada vez, a ser irrompible delante de los ojos de quienes necesitan ver para creer. Brazo en alto, púa en mano, entrada gratis, salida vemos. Pero, ¿alguno querrá salir? Prisión voluntaria, excusas.

Gira el mundo, giran las luces: universo conocido. Brazo en alto, sudor inevitable. Un mechón sobre el rostro agrietado, unos ojos que declaman "yo viví, vivo y viviré lo que me queda". ¿Qué más queda? Jún-do-tre, gritos imposibles de identificar.

Mito consciente, pasado mejor. Piensa en el pasado, presente puto; puto presente porvenir en dudas. Luz, cámara, acción. Representar el papel.

Brazo en alto, púa en mano.

No lo veo, lo imagino.

Hace rato que no lo veo.

Pero lo escucho, lo imagino: lo completo.

Brazo en alto.

Cae la púa y la explosión llega: es.

Al fin llega.

Otra vez.

¿Qué más hay?

Nada, ya no hay nada.

Hay que gritarlo.

¡Ya no hay nada!

Una explosión de nada.

Un grito al vacío.

Lo imagino, lo veo.

Lo armo.

Él es el aguante.

¡Say no more!

martes, 28 de agosto de 2007

La frase perfecta

martes, 28 de agosto de 2007 10
Busco las palabras precisas para la frase perfecta.

Los japoneses perfeccionaron la electrónica reduciendo dimensiones; la perfección literaria debería apuntar hacia el mismo sentido.

No seré yo quien logre esa perfección, claro; acaso tampoco llegue a conocerla.

Si alguien lograra articularla, ¿qué diría tal frase? (¿Para quién diría?) Me inclino por una voz activa de construcción simple. ¿Quién o qué sería el sujeto? ¿Cuál la acción?

De algo estoy seguro: muy pocos sabrán reconocerla; menos, valorarla.

Quizá ya fue redactada y cruzó la vida sin pena ni gloria. Tal vez pernocta en algún cajón, dentro de un sobre que jamás se reabrirá; tal vez el fuego se alimentó con su rica sustancia. Me duele la idea de que alguien pudiera ocultarla por la vana soberbia de reconocerse dueño de algo único.

Alguien (muchos para mi gusto) dirá que no pueden existir las frases perfectas porque no existen vidas perfectas en las que puedan representarse. Dar crédito a esta postura significaría negar la imaginación.

Nunca habrá vidas perfectas pero sí frases justas para desmentirlas.

Acaso nunca acceda al contenido de la frase perfecta.

La perfección es la cima y las cimas son el último puerto; y no me siento en un momento particularmente mesiánico.

Entiendo que palabras como cosas (en cualquiera de sus géneros y número) deberían tener el acceso restringido al idioma. Son tantas las palabras castellanas que servirían para descosificar la escritura... Cosa es, en boca de los legos, lo que gente en voz de los políticos: un término vago, soso (ni siquiera es generalizador de aspectos comunes: pensarlo como tal es casi nazi); una elipsis mental obligada por la ignorancia y la pereza intelectual. Basta de cosos y cosas, que sólo el desconocimiento y la inexperiencia apuntalan la inefabilidad. Además, esa palabra debería ser de las primeras en tacharse de la frase perfecta (lo mismo que el además con el cual comencé ésta).

¿La frase perfecta hablará de amor? Hoy creo que no, mañana quién sabe. Hoy pienso que no; los amores que impulsan a escribir mejor son los no correspondidos, los lejanos, los ausentes, los latentes; el amor efectivo y presente es privativo de la acción: nadie que ame y sea amado perfectamente podría dedicarse a escribir (no, al menos, frases perfectas). Y un amor imperfecto, solo en su soledad, no merece una frase perfecta.

Una frase sin revelaciones jamás podría aspirar a la perfección.

Mucho me temo que si esa frase surgiera de un argentino contemporáneo pasaría inadvertida (qué va a escribir, ese coso).

La frase perfecta debería resumir en su simple construcción un mensaje capaz de despertar los sentidos humanos, aún los desconocidos. Quien la leyera debería experimentar encuentros y desencuentros; premios y castigos; justicia e iniquidad; vida y muerte (pero, ¿debo pensar la muerte como antagonista de la vida? ¿No es, acaso, parte de ésta?... Son extrañas las maneras de sospechar a Dios, diría el bardo ciego).

La frase perfecta debería incluir la posibilidad del error; incluso, someterse al error; y ese sometimiento debería ser al mismo tiempo voluntario e indeseado; azaroso, o negligente, y disfrutado, etc. Debería aspirar a la abstracción del todo y a la realidad individual (una idea semejante a debo preservar la especie; amo a esa mujer).

Quizá nazca del esfuerzo colectivo, aunque sólo uno (o ninguno) se alce con la gloria temporal. Quiero creer que, una vez reconocida, la frase perdurará más allá de la vida y del recuerdo de quien la plasmó.

La frase perfecta no saldrá de mi mano (quisiera decir de mi mente, pero sería una injusticia para con mi mano, que es la que siempre trabaja y no siempre acompañada); sin embargo, insisto en la tarea; leo y escribo atento al posible hallazgo. Sufro cuando sospecho que quizá la leí y no supe reconocerla.

viernes, 24 de agosto de 2007

Escritores anónimos (cuento)

viernes, 24 de agosto de 2007 7
Admito que este cuento es también un poco largo para un blog, para las rápidas lecturas que suelen hacerse en estos espacios; pero lo subo a pedido de mi lectora más crítica: Ludmila, mi hija. La Editorial Municipal de Rosario cometió el bienvenido error de publicarlo hace un par de años en una antología de cuentistas rosarinos.





Mi nombre es Liberato -dijo el hombre a quien primero cedieron la palabra-, soy escritor compulsivo y lector voraz. Hoy hace dos meses que no escribo una palabra y no leo ni siquiera el ticket del supermercado.

El resto del grupo premió su fuerza de voluntad con aplausos. El hombre tomó asiento. Uno a uno, los escritores anónimos repitieron el latiguillo y dieron cuenta del tiempo de la abstención; nadie, al menos esa semana, había traicionado los principios del grupo.

Había unas veinte personas, mujeres y hombres en partes casi iguales, que iban desde los treinta hasta los cincuenta años. Presidía el grupo una mujer de cabellos negros y lacios, de piel gris y mirada de miope que ha extraviado los anteojos. Se llamaba Florencia y desde hacía más de un año no tocaba una cuartilla ni un lápiz ni una Olivetti y mucho menos un libro. Su liderazgo era meritorio.

“Sólo por hoy evitaré escribir y leer”, éste era el mantra que los hermanaba y los fortalecía frente a la tentación que, sabían, los acechaba a la vuelta de cada esquina. Sin embargo, no todo eran rosas los miércoles por la noche; era común, cada dos o tres semanas, oír confesiones como la siguiente:

-Me atreví a un aforismo, creyendo que podría controlarlo, pera luego perdí el control y la frase me llevó a otra y a otra y a otra hasta que ya no pude detenerme; seguí escribiendo sin pausa durante días, ocultándome, descuidando mi trabajo; mi familia me presionaba, sospechando que les mentía; y tenían razón. Tuve que confesarles y confesarme que a esas alturas estaba ya en mitad de una novela y...
Llegado a este punto, los desdichados se largaban a llorar, prologando el rosario de complicaciones que la recaída les había espetado: muchas, muchas palabras, y muchas lágrimas para glosar un mismo destino: la marginación, el odio, la pérdida de empleos, y lo que era aún peor, un nuevo rechazo editorial.

Esta noche en particular, los anónimos parecían de mejor humor que lo habitual. Alguien había soltado un chiste a costa de Liberato. Y todos rieron, a pesar de que la humorada era un clisé... o tal vez por eso. Apenas se apagaron las risas, Florencia presentó al nuevo miembro: un hombre de unos treinta y cinco años, delgado, y con todos los rasgos físicos de la enfermedad: cabellos despeinados, anteojos algo torcidos, ropa arrugada, zapatos gastados y sucios, barba de varios días, un leve tic en el ojo derecho, mirada dispersa y agotada, expresión paranoide.

-Mi nombre es Manuel -dijo-, soy un escritor compulsivo y un lector voraz.
-Hola, Manuel - le respondieron a coro.
-Contanos cómo fue que llegaste a nosotros-dijo Florencia.
-Oí del grupo en una reunión de... bueno...
-Vamos, no tengas miedo de hablar-lo arengaron desde el fondo.

Manuel se restregó las manos, visiblemente nervioso.

-Oí del grupo en una reunión que organizamos hace años con unos amigos para...
-Para leer los propios e insuperables manuscritos y regocijarse con el papelón de los demás, no tengas miedo de decirlo-completó Florencia.

Manuel la miró como rogándole piedad.

-Vamos, Manuel, tenés que dar el paso; de vos depende.
-Sí, bueno, nos burlábamos de ustedes en realidad, de los anónimos.
-Sí, típico, claro, es lógico-murmuraron.
-Y qué pasó, Manuel, cuándo advertiste que vos también eras huésped del infierno-preguntó Sebastián, uno de los más veteranos, pronunciando cuidadosamente cada palabra.
-Bueno, no fue cuándo, sino cómo-aclaró Manuel. Y todos asintieron ruidosamente para dar a entender que eran capaces de comprender la diferencia aludida.
-Cómo fue.

Manuel abrió la boca, amagó una palabra, tartamudeo una sílaba ininteligible y, vencido, se cubrió el rostro con las manos.

-¡No, no puedo!-gritó.

Estaba llorando.

Florencia le posó una mano en el hombro y con toda la ternura de la que fue capaz, intentó consolarlo. Sin palabras. Nadie habló. Estaban acostumbrados a estas reacciones y sabían que ninguna anónima frase ajena procuraba alivio; lo único que les quedaba era esperar a que el desdichado se calmara y dijera las suyas.

-Perdón-dijo, tratando de recuperar la compostura.

El grupo consintió con gesto magnánimo.

-Sé fuerte, Manuel- dijo Florencia, llevando el índice al entrecejo, como si quisiese acomodarse unos anteojos inexistentes.

Manuel miró a los anónimos con aire ausente; en verdad no estaba allí, sino enterrado debajo del enjambre de remordimientos que le aplastaban el alma, de lo contrario hubiese reparado en la unánime postura de su auditorio: piernas cruzadas, codos sobre el pupitre, mentones apoyados entre el índice y pulgar derechos. Pero no los vio, y él siguió considerándose distinto, el único desgraciado sobre quien caían las peores secuelas de la adicción.

-Mi nombre es Manuel -recomenzó-; soy escritor compulsivo y lector voraz. Arrastro mi condición desde la infancia -se detuvo un instante; suspiró y prosiguió-: Fueron las historietas. Recuerdo Meteoro, en colores, que mis padres me compraban accediendo a mis ruegos, aunque yo no supiera leer. ¿Por qué la revista si podía verlo en la TV? No lo sé, necesitaba tenerla, hojearla, palparla, olerla, imaginarme los diálogos según las viñetas... Después, cuando comencé el colegio, fueron el Anteojito, y el Billiken... Las compraban, según recuerdo, para complacer a las maestras que exigían figuritas de San Martín, de Belgrano, gráficos de la germinación del poroto y de los tres estados de la materia... del agua... sí, era del agua. Pilas de Anteojitos amontonándose debajo de mi cama, las oía respirar. Pero era la respiración de algunas páginas, no de todas... Pelopincho y Cachirula, Pi-pío y Calculín, Larguirucho, Luky Luke, Tintín, sólo las historietas... Recuerdo algún libro de cuentos también, uno de tapas amarillas cuyo autor era Constancio Vigil, el mismo nombre que figuraba en el staff del Billiken, sólo que con una inicial intermedia diferente... recuerdo que pasé toda una tarde conjeturando el parentesco. Puedo nombrar infinidad de revistas -suspiró-: las he leído todas.

-¡Oh!- exclamaron los anónimos.

-Tal vez nada malo habría ocurrido si mi tendencia adictiva, que también se apreciaba en la escritura, pues me pasaba las horas copiando los diálogos de las historietas en un cuaderno, se hubiese limitado a las revistas. Entonces, creía, me atraían los colores más que las palabras, o el deseo de estrenar un lápiz, más que el acto de escribir. Mis padres, quizá conscientes del peligro o tal vez, como argüían, por razones económicas, evitaban comprarme libros. Sólo en algunas ocasiones especiales, algún cumpleaños, cosas así. Pero tuve la mala ocurrencia de acercarme una tarde a la biblioteca de la escuela. ¿Qué tenía que hacer allí en lugar de estar corriendo con mis amigos? Ellos jugando a Ladrón y Policía y yo husmeando entre los raquíticos anaqueles. Una maestra hacía las veces de bibliotecaria. Me asocié porque bastaba con dar mi nombre y con eso podía llevarme libros a casa... Por primera vez sentí la avidez que... Bueno, ese impulso que se siente en las librerías, el deseo de llevárselo todo; hasta robándolo si no se tiene dinero... Elegí al azar un libro: La vuelta al mundo en ochenta días... ¡Dios, Dios santo! ¡Jamás hasta entonces había vivido lo que viví leyendo ese libro! Comencé a leerlo esa misma tarde, después de tomar la leche y ver al Capitán Piluso.... ¡Y no pude soltarlo sino por las malas, por mi madre que me lo arrebató de las manos para obligarme al baño y a la cena! Durante dos tardes y dos noches no existí más que para ese libro. Regresé por más. Me llevé Veinte mil leguas de viaje submarino, y luego Cinco semanas en Globo, Los hijos del Capitán Grant, Viaje al centro de la Tierra... ¡Dios, con Verne me habían atrapado! Cuando acabé con los libros de Verne, descubrí otros nombres: Salgari, Leroux, Conan Doyle; los libros comenzaron a exigirme la vida y yo se las entregaba... La bibliotecaria, al verme tan interesado en la lectura (yo era uno de los pocos alumnos, si no el único, que retiraba volúmenes periódicamente), trajo de su casa, para prestármelo, el primer libro que logró hacerme llorar: Mi planta de naranja-lima. ¿Por qué, me pregunto hoy, si es verdad que existe, Dios puso en mi camino a esa maestra y ese libro? ¿Por qué esas duras pruebas a un niño que no sabe discernir no ya entre el bien y el mal, sino en lo que le conviene o no? Conforme aumentaba mi interés por los libros, decaía mi actividad física. Ya no iba a los entrenamientos de fútbol, y en los partidos de la escuela, al momento del pan y queso, pocas veces me salvaba de la vergüenza de ser seleccionado al final. Mis padres advirtieron que algo olía mal en Dinam... perdón, que algo andaba mal, y aprovecharon el que yo hubiese dejado entrever un interés por la música para comprarme una guitarra e inscribirme para tomar lecciones. Ellos creyeron que estaban salvándome, pero no hicieron otra cosa que empeorar la situación. Aprendí no sólo a tocar, sino que además a escuchar. El interés por la música me llevó a descubrir una poesía que hasta entonces había pasado sin pena ni gloria por mi vida. Comprendí que había una música distinta a las canciones de Palito Ortega y la discografía del Club del Clan. Ellos esperaban de mí que me aburriese con la Vestido celeste y Merceditas y me fuese a jugar a la pelota. Pero consiguieron que supiera de los Beatles, de Spinetta, de Charly García... ¡Dios Misericordioso! ¡Consiguieron que me pusiese a escribir consciente de mi querer escribir!

-¡Oh!
-Mis primeras palabras fueron canciones.
-¡Ooohhh! ¡Pobrecito!
-Enamoré a mis novias componiéndoles canciones de amor.
-¡OOOOHHHHH!

Manuel bajó el rostro, avergonzado.

-Ánimo, Manuel, soltá todo-le dijo Florencia.
-Con una de ellas me casé, luego nos divorciamos... Y todo por... Maldita ilusión... Nunca pude soportar la vida normal, la existencia honorable de ser un empleado, un ciudadano que vota y paga sus impuestos. Yo, sencillamente, no podía ser lo que se debe ser. Necesitaba soñar, escribir, leer, tocar, cantar... Lo necesitaba para mí, por mí... ya era un adicto, y como todo adicto era, soy, un egoísta -Manuel suspiró, miró a Florencia-: desde aquellos primeros libros me encerré cada vez más en mí. Escribía canciones, escribía relatos y escribía creyéndome un gran escritor... Años así; hasta que a mis manos llegó Rayuela. Y.. ¡Dios! ¡Dios Santo!... Me di cuenta de lo nada que yo era, de lo estúpido que había sido; Dios, creí que aquello era el final.

Manuel se cubrió los ojos, restañó una lágrima, inhaló profundamente y continuó:

-Hubo un final, efectivamente: el de mi matrimonio; mi familia, aquél disfraz de vida normal. Es que nada, mi vida, el mundo, la realidad, nada pudo ser como antes. Nada ni nadie. Mi mujer no era la Maga, ya no pude fingir amor... No fue un final, en realidad, sino un segundo principio. Tal vez el real comienzo. Y tanto mi recobrada soledad como Cortázar fueron un mapa, una guía en esa inmensa meseta de tinieblas que oculta la literatura. Descubrí nombres y hombres, prosas, y mujeres. Cada uno de ellos era un nuevo golpe, un nuevo desafío. ¡Él éxtasis, la extrema felicidad, el lado perfecto y engañoso de toda adicción! Leer Camus y necesitar más. Leer Sartre y más. Lispector e ir por más. Borges y por más... Y Nietzsche, Kierkegaard, Jarry, Miller... Tantos, Dios, y yo alejándome de la realidad, sin un centavo, recurriendo a lo más bajo para procurarme unas páginas que leer, unas cuartillas para escribir... Días pasaron en que no comía porque gastaba mi dinero en libros y en las fotocopias de los cuentos y novelas que enviaba a editoriales para recibir como respuesta un cordial rechazo que sin embargo dejaba puertas abiertas, invitaciones para que continuara escribiendo y enviándoles el material...

-Sí, es el engaño al que nos sometemos-dijo Florencia.
Manuel la miró con el rabillo del ojo y continuó como si no la hubiese oído.

-Mentía, pedía sumas que, sabía, no podría devolver, me vi tentado, yo, un yo al mismo tiempo ajeno a mí, a quedarme con libros prestados, negaba descaradamente que los tuviese en mi poder... -se limpió la nariz y continuó-: Mi mujer vino un día para hablarme, intentaba recomponer nuestra relación, pero la eché de mi casa, y ese mismo día vendí la alianza para comprar más libros y una resma.
-¡Oh!
-Gasté todos mis ahorros en lectura, y mientras tanto seguía escribiendo, cada día, cada tarde, cada noche, apenas dormía unas horas, no conocía la luz del sol... -hizo un pausa-: Un día descubrí a Vian y...

Una lágrima le recorrió la mejilla.

- Manuel, calma, sacá todo.
-Nunca llegaba la cima. Yo quería leerlo todo, saberlo todo, entenderlo todo, pero el camino era infinito y mi alma desesperaba. Cuando un libro me demandaba más de dos días de lectura, comenzaba a odiarlo, culpándolo por el tiempo que le robaba a los demás. El único remedio para sanar ese odio era escribir. Y entonces la página en blanco, la mente en blanco, el mundo en sepia, y una nueva variante de la angustia hasta que por fin aparecía la primera palabra y luego otra y otra y otra hasta lograr mi enajenación, mi natural desahogo, la sublimación de mi odio hacia los libros que ninguna culpa tenían. Responsabilicé después al tiempo y de ese modo me las tomé con Dios, hasta comprender que el tiempo tampoco era responsable de nada, sino yo, el único verdaderamente efímero y mortal en todo este asunto... Mi vida no alcanzaría para leerlo todo y saberlo todo, y jamás lograría escribir todo lo que quería, y todo lo bien que quería... Yo era el único responsable, yo... ¡Me odié tanto!... ¡Me odio tanto!

Se echó a llorar una vez más.

-Manuel, diste un paso fundamental: reconocer la adicción -dijo Florencia-. Ahora depende de tu fuerza de voluntad. Tu historia es la misma historia de cada uno de nosotros... Jamás podrás curarte, lamentablemente, pero al menos podés intentar cada día llevar una vida normal. Mirá, por ejemplo, a Tomás: el llegó hace un mes, tan desesperado como vos. Y hoy ha logrado recuperar su trabajo como empleado postal y luchará por conservarlo hasta la jubilación; pronto se casará con una mujer que le ha prometido despertar a su lado cada día del resto de su vida. Igualmente yo, Manuel, desde hace un año no toco un libro; cada mañana me levanto diciéndome: hoy, sólo por hoy, evitaré leer y escribir. Desde hace un año vivo el mismo día todos los días, resistiéndome a la tentación, digitando como una máquina sin alma los números de una caja comercial. Es posible vivir sin sueños, Manuel, es posible resistir la realidad sin escudarse detrás de una ficción; es posible no ya ser uno en la ciudad, sino ser la ciudad, confundirse con ella, seguir la manada: ser, en definitiva, una persona normal. Es posible y vos podés, Manuel. Vos podés. Mirame a mí. Mirame a mí.

Manuel asintió en silencio y se dirigió a su pupitre, sugestionado con el aroma de jazmines que expelían los ojos de Florencia.

La hora llegó a su fin y el grupo se despidió. Manuel acompañó a Florencia una cuadra; caminaron en silencio. En la esquina, ella detuvo un taxi.

-Adiós, Manuel, espero verte la próxima semana.
Manuel le respondió con una sonrisa lánguida. Creyó ver en el rostro de Florencia algo así como una corteza que cedía, algo que inventó como un signo a su favor. El taxi arrancó.

Florencia le había gustado. ¿Qué le atraía? No era joven ni tampoco una gran belleza; sin embargo esa noche -y el resto de la semana-, no pudo quitársela de la mente. Se alejó sabiendo que apenas llegara a su casa tomaría una cuartilla y escribiría. Escribiría, sí, no podría resistirlo. Escribiría para ella, por ella, sobre ella, aunque el texto contara la historia de un mandril o de una familia de lobisones. De pronto se detuvo, mareado, víctima de un arranque de escrúpulos: ¿Tan pusilánime era que no podía intentar la abstención al menos un día? El corazón se le aceleró, las rodillas se le aflojaron. Se apoyó en un árbol y respiró profundamente. Tuvo frío. Junto a él pasó una pareja abrazada; el hombre decía algo al oído de la mujer. Ella río y le besó el cuello. Manuel conjeturó un millón de frases que pudieron haber intercambiado esos dos; entrevió diversos finales: una cama de hotel, un asesinato en un terreno baldío, un accidente a la vuelta de la esquina, unos dientes de vampiros clavándose en la yugular... ¡No, no podía ser tan débil! ¡Debía esforzarse!

Una semana después, limpio, regresó dispuesto a conseguir la atención de Florencia. Estaba ansioso por contar su experiencia, los días que transcurrieron como por un túnel viciado de palabras pero anclados en la realidad. Mañanas temblando delante de una página, resistiéndose, torturándose; las tardes de espaldas a su altar, la biblioteca. Y todo mientras se programaba para aceptar de una buena vez que era la suya una vida miserable. “Yo puedo, yo puedo”, repetía delante del espejo donde veía crisparse su rostro escéptico.

No fue fácil; por más que les diera la espalda, allí estaban sus libros. En una reacción desesperada, los vendió a un librero de San Telmo. Pensó en Florencia para darse valor. Con el dinero de la venta pensaba invitarla a una cena y a una suite en el mejor hotel...

Florencia le atraía demasiado. Hasta creyó que podría enamorarse.
Y ahora estaba dispuesto a demostrarle que él también había logrado sobrevivir una semana sin su dosis de palabras. Era posible, sí, ella tenía razón, ella era el ejemplo.

Cuando llegó a la escuela, se enteró por los porteros que el grupo no se reuniría.

-Una de las chicas se suicidó. Florencia. En el pizarrón escribieron la dirección del sepelio. Es en Barrio Norte, ¿se la anoto?-le soltó el sujeto.

Manuel sintió una explosión en sordina, como si alguien le hubiese aplastado una bolsa de papel agujereado en el rostro.
El piso cedía, parecía de gelatina.

-¿Se la anoto?-repitió el portero.
-No, gracias-, creyó responder. Pero se alejó sin haber abierto la boca.

Le latían las sienes a rebato. Sudaba frío. El mundo parecía dar vueltas entre chispas azules y blancas.

Lloraba.

Instintivamente introdujo las manos en los bolsillos, contó el dinero, secó sus lágrimas con las mangas de la camisa... Como las ratas que huyen del fuego, corrió desesperado hacia la avenida Corrientes, donde las librerías no cerraban sino hasta muy entrada la noche.