martes, 31 de julio de 2007

El mundo según Manuel

martes, 31 de julio de 2007 5

(Humilde homenaje a don Henry)

Clara sonrió y dejó que los dedos de Manuel le recorrieran la cintura, los glúteos, la entrepierna. Buscó sus labios. Descendió por el pecho hacia el pubis, marcando sutilmente una huella de tibia saliva. Rodeó con la lengua el pene ya erecto, lo introdujo en su boca rozándolo apenas con los labios húmedos. Arriba, abajo, arriba, abajo; lo aferró con la mano, lo meneó suave; Manuel emitió un gemido apagado; Clara sonrió, se incorporó sobre Manuel y se empaló despacio, muy despacio, abrazándolo con su calor húmedo milímetro a milímetro. Manuel se arqueó bruscamente para completar la tarea. Clara gimió y se abalanzó sobre Manuel sujetándole las manos sobre la almohada. Manuel simulaba luchar para librarse. “No, no, no”, decía Clara mientras se balanceaba muy despacio, en círculos, y rozaba con sus pezones la nariz de Manuel.
Clara comenzó a gemir y balancearse con más velocidad. Más rápido, más, más rápido; soltó las manos de Manuel y literalmente cabalgó sobre él; más rápido, gimiendo, más, más, más. Sus gemidos comenzaron a ser gritos. Manuel respiraba pesado, estaba a punto de estallar.
De pronto se incorporó y tumbó a Clara de espaldas. La miró como enajenado y corrió hacia la Olivetti.

-Adónde vas -gritó Clara-.¡Adónde carajo vas!
Manuel, agitado, con la sangre en el rostro, comenzó a escribir vertiginosamente. Aporreaba la máquina como un loco golpearía las teclas de un piano, brim brom braum brum.
-Qué estás haciendo, Manuel. Vení acá, y terminá lo que empezaste.
Manuel ni siquiera se dignó mirarla, a interrumpir una milésima de segundo el tac tac de las los tipos golpeando sobre el papel, y ese otro plac más pesado de la barra espaciadora que intercalaba incesantemente sobre los tacs, como si las palabras que escribía no fueran más que monosílabos. Clara se acercó pero él la apartó con un determinante empujón que la devolvió a la cama.
-¡Loco, enfermo hijo de puta!-gritó Clara.
-Es ahora o nunca-se dignó a responder Manuel, mientras sus manos parecían flotar en ese frenético vaivén sobre la máquina, especialmente la derecha, que en su manejo dominante buscaba el tacto de las teclas que le correspondían por norma y aquellas que la zurda le dejaba a su arbitrio, pues esta última se conformaba con hacer uso de nada más que tres dedos.
En cambio la derecha destilaba adrenalina y sangre, y obedecía a los impulso de Manuel enajenado, excitado por ese rumor de palabras que le azotaba la mente y él escupía sin piedad sobre la página; sin piedad y sin culpa, sin proponerse una utilidad, solamente el gusto por escribir eso que estaba anidando, las palabras y la idea que surgió justo antes de eyacular, ese demonio que le preguntó: “¿Manuel, qué cosas escribirías, ahora, a punto de acabar? Ahora, Manuel, es cuando el yo se desconecta, ahora es el nirvana, ahora es la ocasión de saber qué oculta tu espíritu, ahora, ahora, ahora es el momento de escribir”.
Su pene latía esperando un envión, nada más que un envión para soltar el chorro marfil que estaba atragantándolo; Manuel sudaba, y se agitaba en la escritura, o es que ya estaba agitado, y en el mundo no existía otra cosa que el MUNDO, el ABSOLUTO, la TOTALIDAD en la cual eran inexplicable Clara y su ruegos, sus insultos, sus llantos, ahora llantos, pobre Clara, pobre infeliz que no comprendía que ella era apenas nada, un minúsculo grano de arena en la constelación Manuel, el mundo según él.
Algo, un chirrido, un gemido quizá, un llanto de Clara, lo sacó de un golpe del vacío al que se había arrojado sin red; la vio desnuda, llorando, boca abajo, de rodillas sobre la cama, con la cabeza oculta debajo de la almohada. Aporreó el punto final, y se abalanzó sobre ella... la penetró con violencia y empujó una, dos, mil veces hasta el grito mutuo, la explosión, el cielo abriéndose como pergamino, las trompetas del ángel, y nada importaba, nada, nada, nada, nada, Dios santo, nada más importó.

fragmento de Dritten Reich

domingo, 29 de julio de 2007

Las otras formas

domingo, 29 de julio de 2007 1

Las otras formas, el cielo, las nubes que lo cubren, el viento que se cuela entre las rendijas y silba grave y fantasmal, los pasos de un anciano, martilleos lejanos, una existencia ocupada en esos golpes ignorante de mí y yo apenas oyéndola, sospechándola, el dolor de una madre que llora la muerte del hijo, el éxtasis de un orgasmo que estalla en mil lugares y en uno solo, las aves indiferentes al cielo y al infierno, las hormigas, una hoja que baja y se arremolina junto con otras en cualquier esquina que no es mi esquina, la vida que sigue a pesar de las muertes, la vida que es en sí misma y es ajena, la vida que es ella misma, la vida que recibe a los que viven, y la muerte que sí es personal, el fin de alguien que no es uno y por eso uno sigue y vive, la muerte que nos mira y nos espera, la que un día tenderá sus brazos, hembra ardiente de ojos zarcos, para pedirnos en recompensa, y nos dirá que ya fue suficiente, se acabó, la vida para uno, la vida en uno, mientras que la vida seguirá, ella misma, ella que es nada, absurda, irracional, y uno se extinguirá y ya no será nada. Las otras formas, el cielo, las nubes que lo cubren, el río que Heráclito quiso distinto, ellos seguirán, estarán bajo el mismo sol, la misma luna, ellos seguirán siendo quienes son y quienes fueron. Quién sabe hasta cuándo, ellos también morirán (la vida no anda con chiquitas), pero mucho después de mí, de este yo que se aniquila mañana tarde noche mañana tarde noche mañana tarde noche hasta que ya no haya más tardes ni más noches ni mucho menos mañanas. Para mí, que soy quien las vive. Lo demás... Lo demás... Las otras formas, el cielo...

viernes, 27 de julio de 2007

El compromiso es la libertad

viernes, 27 de julio de 2007 6


Hace un par de días vi un reportaje a Sartre en la tele y encontré un fragmento en Youtube. Enjoy.

jueves, 26 de julio de 2007

Cuántas palabras

jueves, 26 de julio de 2007 2
Hay orquídeas, y madreselvas, hay Proust y hay Onetti, hay un poco Miles Davis y de Charly Parker, hay la flaca, vos, flaca, tu recuerdo, y una cerveza, y también un buen porrito que, como el Andrelo, me voy a fumar solito.
Tal vez fueran los genes, o las ganas; tal vez fuesen los años; mentiría si dijese que la mente; soy un genio, como los hay pocos, me convencía; pasé mi temporada Vang Gogh; me hubiese cortado con gusto una oreja por vos. Pasé mi temporada frívola, mis años rebeldes y mis horas reaccionarias. Pasé llantos, y ahogo de angustias; pasé deseos de matarme y explosiones de euforia; ganas de hundirme, de volar, de arrojarme y levitar. Pasé la etapa nauseabunda, y también la de la nada. Pasé la insensibilidad (a veces sigo un poco en ella); pasé la locura de los desplazados, a un costado; pasé escribiendo mis días, pasé mis días escribiendo. Y de esto se trata, de escribir. Es esto, después de todo, lo que soy, lo que me forjo. Es esto y no tu amor; ni pienses que lo deseo (¡lo necesito, flaca; te necesito!).
Ahora es una calle del barrio La Florida, una imagen que se interpone entre vos y la otra flaca, la que me la recordó hace unos años, hablando nada, acariciándome las manos.
Hay un cigarrillo, obviamente.
Y hay, no sé, una especie de alegría por estar así, solo; y a la vez este desgano, este puto desgano; y el teléfono, claro; cómo no habría de haber un teléfono (que feo suena, que feo escribirlo: habría de haber...). Un teléfono mudo de tus palabras (no me pidas originalidad a estas horas y con cervezas encima). Puedo pensar: hacia dónde van estas palabras; qué son estas palabras; pero de qué vale pensarlo si de inmediato las coloco en eso que escribía y ahí espera, después de tanto tiempo. Tiempo, eso es lo que necesito; más tiempo, más idea; no perderlo, Marcel. Recuperarlo. Y pasa, pasa, el tiempo está siempre; ni antes ni después: siempre.
En algún lugar de la vida está la vida, sus comas, sus acentos, la puntuación donde corresponde; en algún lugar de mi vida están los intentos de hacer sin reglas. Qué regla, sin embargo, me impide llamarte; la regla de la cordura, que no poseo. Quiero fumar, ahora, pero no es tiempo. Y escribirte sin decirte. Y amarte sin quererte. Y quererte sin desearte. Y desearte sin tenerte. Y Tenerte, ahora. Quiero tenerte.

Hoy unos verdes de otoño; mañana quién sabe. Hoy la racha de buenas ideas que se olvidan al pensarlas; mañana el vacío; hoy tus ojos ocultos detrás de un cristal, a veces esquivos, cuándo otra vez amantes.
No es olvido consciente, hay cosas que no domino. Por ejemplo esta de pensar en vos y pensarte fuera del mundo y del tiempo, fuera de los problemas que nos distancian fuera de vos mismas, porque es a vos y a tu cuerpo a los que extraño, y los necesito con urgencia a mi lado; sin embargo sé que de tenerte ahora, acá o allá, sentiría la abulia que me persigue, que soy yo mismo, sentiría el desprecio que te profeso cuando me estás robando el tiempo que podría aprovechar para leer o escribir o simplemente pensarte.
Nada personal, te lo aseguro; no soporto la compañía de nadie por más de media hora; me cuesta horrores sostenerles una conversación, interesarme por lo que dicen; me cuesta horrores decir lo mío porque necesariamente debería estar relacionado con lo que me cuentan, y no estoy interesado. O porque es mi turno de contar, lo que sea, y no tengo nada para contar, nada que les interese, nada que los convenza, nada que los retenga más de media hora conmigo; todo lo que necesito decir lo digo cuando escribo y rara vez escribo lo que venía pensando, todo sale de repente, mientras escribo, todo lo que sé lo sé mientras escribo, lo aprendo mientras escribo y luego lo olvido, luego unas páginas que leo, luego la saciedad, luego mirar la biblioteca, los libros que leí, todos esos libros que leí y pensar: ¡cuántas palabras!
Estas palabras.

Fragmento de La mala fe, novela que subí hace pocos días

martes, 24 de julio de 2007

Todavía no tenemos un muerto

martes, 24 de julio de 2007 3

“Todavía no tenemos un muerto -dijo él-. Uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo la tierra”.
Mirá las cosas que decía José Arcadio. Y tal vez en su conciencia esta sentencia era una verdad. Pero aquí, en Rosario, donde el muro de ruidos y grises conspira contra la realidad del río, no puede ser cierto, no para mí. Cuántos muertos tengo yo, cuántos nombres de mi nombre yacen bajo tierra, cuántos son míos; si ni siquiera los días que pasaron son míos, cómo pueden serlo las vidas que ya no son vida. La vida es el movimiento, es la fe y la esperanza, esto de adentro capaz de remontar vuelo hasta el décimo cielo y desde allí besar al mundo, pero no es el recuerdo de unos cuerpos desintegrados, de una carne putrefacta alimentando a los gusanos, de unos huesos blanqueados por el tiempo, anónimos, tan hueso como cualquiera en el “sagrado” depósito de huesos, no es la heredad tasada en cuatrocientos ciclos de plata que Abraham pagó sin protestar.
Todavía no tenemos un muerto. Nadie había muerto en Macondo, nadie actuaba de raíz. ¿y por qué un muerto los hubiese retenido? ¿Por qué la idea de sacralizar la desaparición, la nada, o la feliz continuidad hacia una existencia mejor, o hacia una similar luego de la encarnación, o... Yo soy Manuel, soy el que alguna vez ingresó al camposanto con la idea de recibir la bendición de los más grandes, de los sabios: de Borges, de Bioy (de Cortázar si el cementerio hubiese sido París).

Fragmento de la novela Quid pro quo... o Vos tampoco eras Wynona, como ahora prefiero llamarla.

lunes, 23 de julio de 2007

Géminis (cuento)

lunes, 23 de julio de 2007 0



La simetría era inversamente perfecta: mientras él la miraba, ella se concentraba en la lectura. Cuando ella notó su presencia, él ya estaba pidiendo la cuenta para mandarse a mudar.
Milanesas con papas fritas, había almorzado él. Ella, un tecito con limón. La Náusea, leía él. Los caminos del encuentro, devoraba ella. Sin dudas, las distancias eran infranqueables, pero por una de esas cosas que suceden cuando las simetrías son inversamente perfectas, una tarde se toparon en la puerta del bar mientras él salía y ella entraba.
Nunca mejor utilizada la expresión, (me refiero a topar) porque, literalmente, fue lo que ocurrió. Con el choque volaron varios papeles de ella hacia la calle y un libro de él, ya bastante maltrecho, fue a caer en la sopa de fideos que engullía una señora macilenta y entrada en años, una de esas mujeres que siempre se creen obligadas a informar sobre su estado civil y la entereza de su himen (¡Se-ño-ri-ta!).
Cualquiera podría imaginar un coro de puteadas, pero en realidad a él la situación le provocó una gracia espantosa y se echó a reír como un forajido... mientras ella secaba sus lágrimas con la única hoja que había logrado salvar de la catástrofe. Todo esto ante la indignada señorita de los fideos, que sí puteaba como una rea.
El se sintió un poco culpable por la risa frente al llanto... ella se decía que era una estúpida, por llorar.
Se disculparon mutuamente: los dos se atribuían la responsabilidad del accidente.
Se miraron... Como él tenía tiempo y ella estaba apurada, coincidieron en citarse a una hora que fijaron en el momento.
Ella, que entraba, se fue; él se quedó y pidió un café.
A las siete de la tarde, él todavía se preguntaba si valía la pena, si realmente valía la pena; ella esperaba. Cuando él por fin se decidió, ella salía del bar en busca de un taxi. Le gritó, y claro, ella no lo oyó.
Pero como, increíblemente y gracias a la providencia, los taxis libres no abundaban ese día, él pudo alcanzarla. No sabía su nombre, de manera que reflexionaba sobre la forma más amable de llamar su atención: tocarle el hombro con el índice le parecía desagradable, el adjetivo "flaca" era bastante vulgar y quizá la hubiera ofendido, porque ella era más bien entradita en kilos... Nunca tan bienvenido el gallo que se le atragantó y lo forzó al involuntario jra jram jhuas... sput. Ella, asqueada, volteó para mirar de reojo al maleducado y...
...Hablaron de libros y de cine (él de libros, ella de cine; al mismo tiempo). Él la invitó a caminar, pero ella prefería un taxi (y él que no tenía un mango).
Terminaron en un hotel.
Él ya se estaba durmiendo, pero ella... ella quería más.
Quedaron en que él la llamaría; ella le escribiría un mail.
Él nunca llamó y ella lo mandó, vía @.com , a la reputa madre que lo parió.
Él lo lamentó, porque después se dio cuenta de que la extrañaba. Ella lo olvidó pronto.
Él, aveces se llama Cástor. Ella, siempre Soledad.

Paul Auster: Cuento de navidad




Érase una vez un director de cine, Wayne Wang, y un escritor, Paul Auster. Allá por los 90 Wang leyó en el New York Times Cuento de navidad de Auggie Wren y de inmediato se contactó con el autor, Auster; Wang se proponía llevar el relato al celuloide y a Auster le pareció una buena idea. Tanto pensaron y tanto trabajaron que al final de tantas idas y vueltas nació Smoke. Aquí dejo el fragmento final en el que se relata, precisamente, la historia que dio origen a la película.
Ah! y de yapa, la música de Tom Waits!

sábado, 21 de julio de 2007

Kierkegaard y la libromancia

sábado, 21 de julio de 2007 1

Hace cuatro o cinco años era difícil conseguir las obras de Kierkegaard, salvo el Diario de un seductor; después aparecieron por ahí El Concepto de la angustia, y Página 12 sacó Temor y temblor; lo demás había que buscarlo en las bibliotecas. Me fui a la Nacional de Rosario y busqué en el fichero a ver qué había. Estaban los diarios. Los pedí enseguida; el libro, recuerdo, venía envuelto en un paquetito, porque era una edición muy vieja y estaba tan destruido que era imposible encuadernarlo; así me lo explicó la bibliotecaria; me pidió que lo tratara con mucho cuidado, seguramente para después dejarlo en los anaqueles por otros 50 años, hasta que uno como yo vaya y lo pida. La obra de Kierkegaard, sobre todo esta que menciono, no es para cualquier estado de ánimo; hay que estar más bien equilibrado, de lo contrario te destruye. En las páginas del libro encontré anotaciones de un lector. Estaban hechas a lápiz. Era letra de hombre, por lo despareja. No sé si esto es parte del recuerdo o me lo estoy inventando: veo subrayado los pasajes donde se mencionaba a Regina Olsen (sí, creo que me lo estoy inventando porque a ella nunca la mencionó con nombre y apellido) y acotaciones sobre la propia y desafortunada historia de amor del lector. Siempre me quedó la intriga por saber quién había pasado antes por esas páginas sepia; quién, sobre todo, era el que había anotado los mismos sentimientos e ideas que a mi también me surgían con esa lectura. Me hubiese gustado saber cuál fue el destino de aquél que seguramente había llegado al libro 40 o 50 años atrás, cuando todavía estaba en condiciones. Por las cosas que decía –y esto sí que no lo recuerdo textualmente; sólo que me sentí identificado– sospecho que voy siguiendo sus pasos. Tengo entre mis manos, para empezar a leer, un librito que compré la semana pasada. Se llama Johannes Climacus o el dudar de todas las cosas. Son menos de 100 páginas y poco menos de la mitad corresponden a un análisis que la responsable de la edición hace de don Soren. Espié el texto central; empieza contando la vida de Johannes, un estudiante que amaba la soledad. Es de esos libros con destino de lapicera impiadosa marcando aquí y allá los párrafos. Tal vez alguna vez me lo deje olvidado por ahí para que alguien lo lea y encuentre mis anotaciones. Y que luego se pregunte quién habré sido yo. Pero no le voy a dar pistas; voy a dejarlo revolcarse en la duda, que se haga cargo de su propio destino.

viernes, 20 de julio de 2007

¿Cuántas horas dura un instante?

viernes, 20 de julio de 2007 0
Fragmento de la novela Páginas sepia, luna amarilla


¿Cuántas horas dura un instante? Apenas he dejado de pensar, de escribir, de fumar y ya el día comienza a despuntar detrás del límite más real de mis ventanas. Recuerdo los silbatos de los guardias nocturnos, el toque de queda, los ladridos de un perro; estaba besándote cuando los oí y seguía besándote cuando descubrí el rosa pálido de las nubes entre los edificios. Y fue nada más que un beso. Nada más que un efímero e inocente beso. ¿Cuántas horas dura un instante?
Ahora hay como una línea de fuego entre las nubes; es un amarillo tan intenso que podría jurar que es el mismísimo sol sorprendido en sus formas secretas, las que sólo se permite cuando cree que el mundo duerme. Sí, ya lo sé: es una tontería desde que no en todos lados es esta hora y este despertar (la continuidad, bendita continuidad de las cosas), pero deja de serlo cuando descubro que el mundo es mundo sólo allí donde yo me encuentro. Éste es el mundo y no hay posibilidad de más. Yo soy el mundo, los hombres, el pecado: la humanidad. Yo. Vos también sos parte de mí.
Ah, qué de tonterías; debe de ser por la hora, el cansancio, ¿cuántas horas un instante? Es inútil recuperar el tiempo. Es tan inútil como pretender que el tiempo existe. Soy yo el que se ha perdido en esas horas, cuántas horas. Es inútil intentar recuperarme. Hoy tampoco podré dormir. Hoy tampoco podré escribir sobre Adán, sobre el capitán, sobre la puta historia que ya comienza a pudrirse en mi alma. Si no logro desprenderme de ella, apestará, me alcanzará la carne, me aniquilará. Pero hoy no, hoy no es el día.
Tengo ganas de salir a caminar. Hace tiempo que no respiro el aire de la madrugada, hace instantes, días.

jueves, 19 de julio de 2007

Chau, Negro

jueves, 19 de julio de 2007 2

Es al pedo llorar.. y también inevitable.
Chau, loco, buen viaje.

Libros imprescindibles para toda biblioteca

En Almacén, el blog que Gillespi escribe para Clarín, encontré una clase sobre literatura en la que se mencionan libros imprescindibles para cualquier biblioteca; la lista que elaboró el multifacético músico, como toda lista, es incompleta; aquí va mi aporte de los que, entiendo, son algunos de los títulos que todo lector debería tener a mano.


El misterio del cuarto amarillo, Gastón L´erró. Tres jóvenes comparten un departamento de la atestada Hong Kong; una mañana, al despertar, descubren que otra persona se ha instalado en el piso, alguien que conoce la historia de cada uno de los tres compañeros y actúa como un íntimo amigo de toda la vida. ¿De dónde viene, hacia dónde va? ¿Qué intenciones oculta el aparecido?


El que tiene Ted, Abel Dardo Castillo. La última y más aclamada obra del autor rioplatense; la novela narra el conflicto existencial en el que se sumerge un padre de familia norteamericano obligado a encontrar un regalo que le reclama su hijo, un juguete antiguo e inhallable que ha visto en la casa de su amigo Ted. La novela, con las obvias variantes de la industria del cine, se llevó a la pantalla grande con Arnold Schwarzenegger en el papel principal.

Plancha quemada, Ricardo Figlia. A Luis Fontana lo despidieron del trabajo, lo abandonó la novia, la policía le pide que circule cuando de sienta en los bancos de las plazas; cree que el mundo está en su contra, que el destino se ha empecinado con él; la depresión que lo llevará al borde del suicidio no le permitirá entender hasta muchos años después, ya mendigo y en la calle, que el suyo había sido un problema de imagen, que las ropas arrugadas habían conspirado contra su triunfo, que todo el problema se había generado por haber tenido la plancha quemada.

Elsery la nada, Juan Pablo Sastre. En Springfield, una pequeña comunidad del medio este de los Estados Unidos, de la noche a la mañana aparece una piscina en el centro mismo de la ciudad; las aguas negras y malolientes le suman un elemento más de misterio y confusión. La policía cerca el lugar hasta tanto los estudios científicos determinen si es peligrosa o no. Mientras tanto, los miembros de pandillas juveniles enemigas se desafían a meterse en las aguas servidas. Todos hablan pero ninguno se atreve; hasta que Elsery Cummington, a quien apodan gallina, entiende que es el momento de demostrar su valor.

El Castillo, Guido Kafka. Biografía no autorizada del afamado autor del best seller El que tiene Ted.

Al salón, al salón!, Willy FuckNerd. Magistral obra de Non fiction; no es muy buena, pero narra la vida de una maestra argentina; la pobre mujer no sólo debe lidiar con un magro sueldo, sino que además con un revoltoso cuarto grado que parece sordo a los timbres del fin de recreo.

miércoles, 18 de julio de 2007

Los gatos del Pasaje Santa Cruz

miércoles, 18 de julio de 2007 1
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martes, 17 de julio de 2007

Reencuentro (cuento)

martes, 17 de julio de 2007 2
(Un lindo tema de fondo, si gustan)


El cortejo avanzaba bajo una llovizna persistente que humedecía cada hueco, cada grieta, cada pared de las bóvedas grises, negras, tristes.


Natalia tomó las manos de Julián y las llevó lentamente hacia su pecho; Julián apenas pudo percibir los latidos como ausentes del corazón cansado y apenado de la mujer.

Los caballos retozaban nerviosos, afectados por el luctuoso instante; con la respiración exhalaban un vapor tibio y agridulce de alfalfa y miel, de caballeriza aseada; era un aroma inadecuado para el dolor porque recordaba infancias. La humedad sí era densa, como los ánimos; las ruedas del carruaje patinaban sobre un empedrado cubierto de arenilla y aserrín viejo. Se oía un bisbiseo de pasos lentos y arrastrados; la ausencia de palabras remarcaba la insistencia de los llantos mudos, del rodar de la carroza, del resoplo agridulce de las bestias.

Julián miró a Natalia y vio una cara demacrada, blanca, serena, vacía, llena, temerosa, valiente, resignada, orgullosa, poderosa, pordiosera: contradictoria. Alguien sollozó. Desde la sala llegó un rumor apagado. Julián se inquietó porque ella también notó que eran las voces de los chicos haciendo preguntas insistentes e imposibles de responder.

El viento silbaba entre los árboles. La neblina comenzaba a descender; la escena era cada vez más espectral. El golpe de las ruedas sobre el empedrado provocaba un leve temblor que se aferraba a los suelas, ganaba los pies y luego trepaba por la piernas para recaer en los estómagos, allí donde las almas reposaban; allí, en el último subsuelo de la caja carnal.

Julián la miró sin decir palabras. No fue necesario hablar: ella siempre supo, siempre entendió. Cuánto amor en tan poco tiempo. ¡Cuánto amor!

El carruaje, ahora, se había detenido delante de la puerta de hierro. La antigua placa de bronce había sido pulida para recibir a ésta nueva que esperaba, debajo de un exquisito género de tela negra, que la descubrieran las manos trémulas del cortejo. Los caballos seguían nerviosos.

Su aliento, con las horas, fue cada vez más débil. El cabello descolorido, seco, revuelto sobre la almohada, dibujó un complicado laberinto de cuerdas que Julián observó ensimismado para no pensar... o para intentar no pensar.

Las cortinas de encaje blanco, las velas, las flores, el silencio, la bruma, los pasos apagados, alguna tos solitaria, los sollozos, el empedrado húmedo, los caballos tensos, el chirrido de los ejes de las ruedas, las placas de bronce, las bóvedas grises, negras, tristes: todo conspiraba contra la vida.

Se ahogó, tosió mil veces como si el alma hubiese buscado necesariamente huir en esa acción; un hilo de sangre brotó de su pequeña nariz. Julián acercó la vela, tomó un pañuelo y delicadamente la higienizó (Natalia no vio cuando Julián, con el pañuelo, restañó una lágrima dulce, aquella con la cual le aseó la nariz).

Seis hombres asían los bronces en el último tramo, trasponían la puerta de hierro al tiempo que los sollozos se transformaban en llantos, en pañuelos aplastados sobre rostros dolidos, desfigurados.

Julián acomodó la almohada y la besó; le cerró los ojos... repasó con los dedos el borde seco y ya frío de sus labios.


Alguien hablaba, era el obvio “discurso para el hombre probo y el padre ejemplar”; nadie lo escuchaba.... todos lloraban...

El cura dijo una oración moviendo apenas los labios, dibujó una cruz en el aire y bajó la mirada hasta perderla en el empedrado. Los llantos recobraron intensidad. La bruma era espesa; el viento comenzó a ganar fuerzas. La lluvia rebotó sobre los cristales. La neblina se disipaba. La llovizna persistía, pero las gotas fueron más gruesas y picaban en los rostros. Los paraguas se abrieron. Los caballos intentaban un paso que el cochero censuró. Los movimientos se hicieron menos lentos. Una lágrima serpenteaba tímidamente en la mejilla de Natalia. La llovizna fue chaparrón. Los tiempos se acortaban. Los llantos se tornaron quejas y reclamos inútiles cuando la puerta de hierro se cerró bruscamente impelida por el viento. Las velas se apagaron. Los caballos por fin marchaban. El cortejo desaparecía en corridas y paraguas compartidos. Las placas de bronce quedaron descubiertas, una junto a la otra. Un rayo cayó sobre el pararrayos de la iglesia. El piso vibraba, el apuro fue confusión. Julián abría los ojos y vio a Natalia en un tiempo que no era aquel, la vería en un pretérito doloroso y ahora absurdo confundiéndose con el presente y sentenciando un futuro eterno. Los paraguas se voltearon; las calles se anegaban. El viento huracanado y la lluvia desesperada anunciaban el reencuentro de los amantes.

lunes, 16 de julio de 2007

Políticamente correctos I

lunes, 16 de julio de 2007 3

Para analizar la obra de un autor, y al autor mismo, hay que comprender primero el contexto social en la que se produjo, en el que interactuaba. Voy a Cortázar, de quien es conocida su militancia política en favor de los movimientos revolucionarios de Latinoamérica; para que esto se diera, primero debió migrar hacia un país donde ya, por aquél entonces, pesaba la palabra del existencialismo, de Sartre, que exigía del intelectual un compromiso de acción; eran los años en los que Fidel Castro derrotaba a Batista; eran los tiempos en los que ya se gestaba la conciencia estudiantil que derivó en la revuelta de mayo del 68, con estandartes rojos y una imagen icono del Che. Como él mismo contó –trivializando la explicación –, dejó Buenos Aires huyendo de un peronismo gobernante que con los altavoces en las esquinas le impedían leer o escuchar música a gusto. De la primera época de su actividad intelectual, quedan como testimonio, por ejemplo, los cuentos de Bestiario; de su proceso de transformación, el más interesante, surgió Rayuela; de su conciencia definitiva, Libro de Manuel.
La narrativa de Borges, sin embargo, dista de reflejar un pensamiento político concreto; la universalidad temática, la ironía metafísica y la precisión gramática hacen la suma de una obra irreprochable. La crítica recae sobre el Borges que dice con la voz, no con la pluma. Para este caso también cabe, claro, el presupuesto anterior: se debe conocer el contexto. ¿Es posible, teniendo presente la historia del escritor, un Borges condescendiente con el peronismo, con Isabel Perón?
En el posteo anterior se menciona a Walter Benjamin, creador del ensayo El autor como productor; tergiversando el escrito, es posible afirmar que Borges era un autor que producía de plena conciencia un sentido, por supuesto, pero un sentido que apuntaba a su única filiación política y religiosa: la literatura.
Una discusión de tantos años y todavía vigente.

Kafka según Benjamin


Sobre Kafka se ha escrito mucho y se sigue escribiendo todavía; siempre me pareció mejor leerlo a él que a los comentaristas de su persona y de su obra. Sin embargo, encontré en la Revista Contratiempo un excelente artículo escrito hace mucho más de medio siglo por Walter Benjamin. Lo dejo aquí para quien tenga interés.

domingo, 15 de julio de 2007

Los apostadores (cuento)

domingo, 15 de julio de 2007 0


Nos podría pasar, me crea.
Julio Cortázar, Un tal Lucas.

No es gran cosa, aunque si no fuera por el crematorio municipal... Suerte que se trata del municipal y no del nacional o del provincial, de lo contrario trabajar aquí hubiera sido una tortura difícil de concebir, sin mencionar el desvalor que hubiera significado para mi propiedad semejante infortunio. Pero siendo el municipal... ya se sabe que su actividad es casi exclusivamente administrativa.
No me quejo, el sexto piso es una buena ubicación: los ruidos llegan amortiguados y necesarios, apenas para recordarme que afuera existe una ciudad. En cuanto a mí, ya ve, soy un hombre tranquilo y predecible. Quien quiera verme, sólo debe mirar hacia esta ventana a las cinco en punto; todos los días, a esa hora, me asomo a la calle mientras bebo mi té; usted lo sabe: es la hora de la recolección.
Espero con ansiedad de tahúr el paso del recolector.
Pero no, no crea que mi handicap es obra de las trampas; la práctica y el esmero me lo permitieron.
Alcancé una efectividad casi absoluta.
Antes, cuando los diarios publicaban la nómina, era más fácil registrar el score; pero ahora... ¡Ah, los viejos tiempos!
Mi cuñado, Mr. Dereck, compartía conmigo esta afición deportiva... Pobre Dereck, lamento tanto su situación: él habita el número 25 de la calle Orden, es decir, frente al crematorio nacional. ¡Ay, la sufrida Maffy, siempre lidiando con la servidumbre, como si la negligencia del personal fuera la única culpable del persistente polvo sobre los muebles!
En fin, Dereck y yo, como le decía, éramos aficionados a este deporte y una tarde desgraciada decidimos medir nuestras habilidades bajo la presión de las apuestas. Eran apenas centavos, quizás algún billete, pero debido a que no se trataba tanto de las cifras como del honor, la cuestión nos obsesionó.
No recuerdo quién desafió a quién, pero jamás olvidaré que Dereck ganó la primera partida. Vaya suerte; aquel día fue uno de los pocos en que funcionó el crematorio municipal y las cenizas, flotando a la altura del tercer piso, me entorpecieron la visión.
Su triunfo fue injusto: apenas acertó la identidad de dos cadáveres cuando mi media de entonces era de cuatro. Doblemente injusto en tanto que el azar también jugó en su favor: uno de los cuerpos que él conocía perfectamente y no seré tan indiscreto como para señalar por qué había sido el de su antigua ama de llaves.
Acepté mi derrota con dignidad, pero exigí revancha.
Desde entonces apostamos religiosamente y debo reconocer que la capacidad (o la suerte) nos benefició por igual; sin embargo, sigo sosteniendo mi superioridad en la materia. Se lo probaré. ¿Ve aquellos pies desnudos que parecen germinar de aquel cuerpo adiposo y anciano? Esos pies son de un chiquillo de nombre Benjamín, un piojosillo que durante las últimas semanas pernoctó en la entrada de este edificio. Fíjese en los pies, ¿alcanza a ver la cicatriz de los tobillos? Le apostaría algunos centavos si, como en los viejos tiempos, los diarios de mañana publicaran la nómina y usted pudiera verificar que no lo he estafado.
Pero no sólo de la observación directa se basan los aciertos; han de tenerse en cuenta, además, las leyes de probabilidad. Con el tiempo y la experiencia se logra determinar por el color de la piel, por los días que una persona lleva sin alimentarse, por la edad y por la contextura física, la fecha casi exacta de su muerte.
Claro que la práctica continua facilita demasiado el juego, lo torna casi aburrido; de modo que con Dereck decidimos probarnos en situaciones más complejas. Nuestro flamante propósito sería, lisa y llanamente, embarrar el campo del adversario.
Seré sincero: si bien me reconozco instigador de la idea, ambos le dimos su forma definitiva. Para llevarla a cabo sería necesario transgredir las disposiciones municipales vigentes, y era éste, quizás, el ingrediente que la tornaba más atractiva.
Hasta entonces (y teniendo en cuenta que la recolección era semanal y no diaria, como ahora) habíamos totalizado dieciséis desafíos con una marca favorable en ocho para cada uno; yo fui el último vencedor de la modalidad original. Haciendo un cálculo veloz, tenemos que habían transcurrido no menos de tres meses y medio: el otoño y parte del invierno: un campeonato.
Quizá deba recordarle que aquél fue un invierno descarnado; desde entonces el recolector intensificó su trabajo: comenzó a cumplir el recorrido cada 72 horas.
Apenas tres días, ése era el tiempo del que disponíamos para plasmar nuestra estrategia. Comencé la mía con una investigación de campo: el promedio era de veinticinco mendigos por vereda, cien por cuadra; más de la mitad eran niños; de los restantes, seis de cada diez eran mujeres. (Ya ve que los hombres, mal llamados del sexo fuerte, somos los primeros en caer). Los más fuertes podrían resistir, a lo sumo diez días; confeccioné un censo en el cual los identifiqué con letras y números según la posible sobrevida. Por ejemplo, en quienes sospeché la muerte inmediata los nombré A (A1, A2, etc, para individualizarlos); a los que podrían soportar un día, B; y así sucesivamente hasta la F. El resultado de mi rápida observación fue de un ochenta por ciento de efectividad.
Nada mal.
De no haber mediado una apuesta, esto hubiera bastado para mi vanidad.
Mi plan era sencillo: alimentar mínimamente a los A, B y C como para que pudieran resistir hasta el próximo paso del recolector.
El resultado fue óptimo: Dereck no atinó un sólo nombre... Admito que yo tampoco, pero qué importaba desde que la meta no era ya acertar sino malograr los aciertos del contendiente.
Para la siguiente ronda, reconocida la lógica estratégica del adversario, empatamos en dos aciertos por bando: había que modificar el plan de juego.
Como en las dos últimas vísperas de recolección, alimenté apenas a los más débiles; pero esta vez ofrecí suculentas porciones a los más fuertes. Resultado: quienes debían morir esa noche, soportaron unas horas más; quienes morirían en los próximos días, perecieron en el acto entre dolorosos espasmos estomacales.
¡Éxito rotundo!... Aunque pronto hubo que renovar estrategias, pues Dereck ya sospechaba la mía, y yo estaba segura de la suya: un perezoso envenenamiento a los indigentes más robustos, lo primero que se le ocurriría a cualquiera; sin embargo, debo reconocer que aquella falta de estilo resultó mucho más prudente que mi originalidad.
Como le decía, la búsqueda de una solución innovadora y gloriosa me condujo hacia la que, sospeché entonces, me daría la victoria definitiva. Era, en esencia, el mismo método descrito anteriormente, pero con el aditamento del factor azar: una moneda determinaría quién de los indigentes comía cada noche y quién no. Previendo dificultades, contraté los servicios de tres agentes armados para que me acompañasen en las recorridas y cuidasen que los desgraciados más fuertes no intentaran arrebatarme las raciones.
Llegué en la madrugada, hacía frío, tanto que preferí arrojar la moneda ante cada desgraciado desde el auto; si cara, comía.
La primera noche fue de suerte regular: algunos comieron; los más, no. En la segunda oportunidad sólo dos comieron; en la tercera ninguno, al igual que en la cuarta.
Logré desconcertar a Dereck. Incluso yo mismo me desconcerté, pues advertí que ninguno de los zaparrastrosos intentaba birlar las raciones a los afortunados y permanecían en sus sitios, hasta aparentando alguna felicidad por la suerte del otro.
La quinta jornada fue extraña; a todos le tocó en suerte comer.
La racha irregular se mantuvo; durante tres semanas, cada 72 horas, alimenté suculentamente a esos vagos advirtiendo como fortalecían su cuerpo y, lo que resultó peor, su espíritu.
Y así fue cómo generé aquella horda de seres convencidos de que la comida les correspondía por derecho, y no sólo la que yo les proporcionaba. El periódico para el cual usted escribe no me trató muy bien, pero bien merecido lo tuve... El resto lo conoce, la policía actuó debidamente y eliminó a los infames antes de que fueran más allá del reclamo verbal.
Toda una tarde con la ciudad en vilo, eso fue lo que logré.
Las leyes son sabias y por algo prohiben alimentar a los pordioseros.
Créame que no sólo aprendí una lección, sino que además perdí el vicio de apostar (algo que celebran mi esposa y el párroco). Hoy sigo jugando pero sólo por el placer de jugar, apenas un pasatiempo. Además, sin las nóminas...
Llevo estadísticas confiables y si de apostar se tratara, podría aventurarle el porcentaje de aumento en la producción de cadáveres; si usted se molestara en comprobarlo con las cifras oficiales, vería que no estoy errado.
Mire, mire las calles... no está mal la vista desde aquí... pero los decesos han aumentado tanto que temo una reactivación del crematorio municipal. La calle se cubrirá de polvo y humo pestilente.
Es increíble que habiendo tantas muertes sigan ocupando el mismo espacio, ¿no lo cree?... La experiencia debería servirnos para comprender que este cáncer nunca se curará; son como las cucarachas, mi amigo, resurgen de los escombros, ¿de dónde salen tantos? ¿Cómo es que resisten? Ah, si no estuviésemos condicionados por esos estúpidos escrúpulos religiosos... ¿Cuántos han muerto ya? Y allí están, siempre están, y seguirán estando si no apuramos el paso... Créame que los envidio, esos seres interminables que se benefician con nuestros reparos serán los únicos que sobrevivirán al caos final, ya lo verá. En fin... ¿Le apetece un té?

sábado, 14 de julio de 2007

Querido y remoto Sabato

sábado, 14 de julio de 2007 0
Cuando las papas queman, algunos necesitan un Dios a quien rezarle, la parábola de la montaña, Cristo crucificado. Otros se conforman con las incongruencias del gordo Bucay, o las maravillosas posibilidades que pintan los libros del tipo “tú puedes”. Habrá a quien le sirva uno u otro, a mí no.
Sin embargo, hay días que cargo con la misma necesidad de consuelo y arenga que da de morfar a los curas y a ciertas editoriales. Son días en los que la pregunta “¿por qué escribo, para qué, para quién?” me acosa hasta agotarme. Entonces recurro a las páginas de Henry Miller, las de los trópicos y las de la crucifixión rosada; o al Auster de la Trilogía de Nueva York; o a cualquiera de Cortázar; o al Kierkegaard seductor; o al Nietzsche del Zaratustra; o al Kafka de los diarios; o a estas maravillosas palabras que ahora dejo en la voz de su autor, Ernesto Sabato (de la segunda parte espero que se encarguen ustedes; aclaración para neófitos: si se fijan en la pantalla, hay una opción “menú” y desde ahí pueden acceder a ése y otros videos).
Por último, y como dato al margen: cuando terminé de leer Abbadón el exterminador, que es donde está la carta, estuve varios días sin poder concentrarme en otra lectura. Es perturbador. Si alguien no lo ha leído todavía, no sé qué espera.


viernes, 13 de julio de 2007

Borges y una obsesión recurrente entre los escritores

viernes, 13 de julio de 2007 4
Otro maestro y uno de sus textos emblema: Borges y yo. Las dos personas que conviven en el escritor: el Dr. Jekill y Mr. Hyde, según Cortázar; o el lobo estepario que seguramente albergaba Hesse; y también esa voz que aparece mientras se escribe y va dictando cada texto; o esos ojos que se ven mirarse a sí mismos; la conciencia de ser consciente y de ser absurdos y de ser únicos y de llevar por nombre Legión... Por supuesto, estamos locos. Damos fe.

jueves, 12 de julio de 2007

La soledad según Cortázar... ¡Dibuje, maestro!

jueves, 12 de julio de 2007 0

Primera persona (cuento)

...Mientras escribo estas líneas pienso en mi próxima novela. Roberto Arlt, Los lanzallamas.

(Para oír mientras leen, si quieren)



La tercera persona me resulta inadmisible; escribir a otros es como un ocultamiento, una verdad forzada, una máscara hipócrita para mentir en bocas ajenas. Releo, pienso aquellos textos que intenté como un omnisciente dios personal y sufro con ese absurdo.
Por el contrario, con la primera persona no puedo mentir; soy verdadero en todo lo que cuento y lo que invento; aún cuando transite caminos equivocados, en la primera persona soy yo; por qué, entonces, insistir con recursos que no me conformarán, por qué desterrar la sinceridad de unas palabras que tienen una meta reconocida: la lectura de otros. Quiero que me lean otros, que otros me conozcan, pero no puedo contar a otros, porque, aunque me resista, esos otros siempre seré yo mismo mintiendo, y porque en la omnipresencia me pierdo (los límites omniscientes se extienden mucho más allá de mi entendimiento y mi conciencia).
Para ser verdadero en la historia de un asesinato, entonces, como ésta donde el asesino es el personaje central, debo explicar al sujeto y sus razones desde mi punto de vista, es más, debo ser él; con esto no quiero decir que deba matar a nadie, pero sí que necesito rebuscar en mi conciencia todas aquellas circunstancias que me empujarían a cometer un asesinato, repensar en mi propio ser los comportamientos psicópatas; sólo de esa manera podría escribir a un verdadero asesino.
La página en blanco, el terror, la desidia, el desdén y la imposibilidad intelectual conjuran contra el autor; en cada texto se descubre la psicología de quien lo escribió; en aquellas obras redactadas en la impersonalidad, sólo puedo concebir almas cobardes y compulsivamente mentirosas.
Por eso necesito la primera persona, por eso me hundo, por ejemplo, en la miseria de este personaje aberrante que, cada noche, recorre las calles de una ciudad imprecisa en busca de víctimas desprevenidas; este personaje debo ser yo, aunque su descripción física no concuerde conmigo; puedo decir que soy petiso, chueco, de largos cabellos rubios (debo decirlo de una manera indirecta, se entiende, de otra forma sería torpe y absurdo. ¡Cómo pretender que un asesino se diga chueco, petiso y rubio y que esa confesión resulte creíble! Imposible, además, debo confiar en la capacidad intelectual de mis lectores para descubrir las entrelíneas, los sesgos, el por qué de las digresiones muchas veces necesarias...).
Busco, entonces, maneras transversales de contarme, sabiendo que, sin embargo, mis pensamientos serán directos y se traducirán en palabras; ellas delatarán mis fobias y mis manías; serán palabras llaves que abrirán mi mente al lector, ese ser abstracto, amorfo y, sin embargo, tan sospechosamente tirano y malavenido como para provocarme este horror a la vergüenza, este miedo a verme desnudo en el más cierto de los pecados: la mentira.
Por eso la primera persona, la obsesión por la verdad me empuja hacia ella; debo contar mis textos como si en todos ellos fuera yo quien actúa, como si fuera yo quien dice lo que se dice (porque, vamos, en realidad siempre soy yo...); si escribo que camino por la calle agazapado y tratando de no descubrir mi rostro a la luz, es porque estoy poseso de tinieblas y misterio; si escribo que sigo sigilosamente a una mujer determinada, es porque la imagino ya en todas sus formas (pero qué absurdo suponer que un asesino, en un soliloquio mental, describa "camino agazapado”; son acciones, no dichos). Entre todos los problemas que se me presentan, encuentro un detalle aliviador: no necesito interferir en el pensamiento de esa mujer, la víctima; no me hace falta describir sus temores y preocupaciones para dar por sentada su sospecha de que alguien la acecha; además, no tengo por qué saber nada de su vida, no necesito pensarla una empleada que vuelve tarde a casa por trabajo atrasado, ni tampoco casada o madre de dos chiquitos con ganas de cenar cuanto antes: todos esos detalles son superfluos desde que se trata de un texto personal, de una mirada íntima, de las ideas de uno sólo mis personajes: el psicópata.
El tema está planteado: (placa roja, música estridente) asesino persigue a su víctima y, sin dudas, la matará; pero debo encontrar un recurso original para la historia; de ninguna manera podría aceptarme protagonista y testigo impávido, cruel hasta el absurdo con una mujer de talle grueso, de pasos apurados, de pelo corto y negro, que viste un grueso y cursi abrigo de lana roja. Quiero contarlo desde la óptica del asesino, en esta primera persona que me obliga a la percepción de una realidad distinta a la mía, pero que necesariamente debo aceptar como cierta para dar veracidad a mis palabras.
La tarea es engorrosa, pero ya dicen que nada de lo perdurable nació de la comodidad; reflexiono: escribo en un tiempo distinto al que me leen; y eso es tan cierto como la idea de escribir una vivencia en un tiempo distinto a éste en que aporreo las teclas. Existen, por un lado, mi tiempo escritor, mi tiempo invención de recuerdos; por el otro, un tiempo en que la noche húmeda me hiela la nariz y el frío se cuela en mis pulmones mientras apuro el paso detrás de la mujer; y, finalmente, otro en el que se habrán de leer estas palabras.
Pero debo atenerme a mis tiempos y trasladar al papel toda la realidad que los circunda. Toda: tanto la que percibo desde mi yo personaje como la de mi yo escritor; entonces, ahora que enciendo un cigarrillo y suelto el humo sobre la pantalla de mi ordenador, también lo enciendo en una esquina donde aguardo que los autos me permitan el paso para continuar con la persecución.
Es en la misma pantalla que veo la expresión preocupada de la mujer; ella me mira; puedo imaginar que es instinto, que sospecha que la sigo, pero eso sería desviarme otra vez hacia la omnipresencia de la tercera persona; no puedo salir de mi papel, porque caería nuevamente en la mentira, en la falsedad de decir y pensar en otros lo que, evidentemente, sería mi propia reacción; entonces me limito a decir que la mujer gira y me mira, y que, siendo yo la única persona que transita la noche a un hora desfavorable, apura el paso y dobla en la esquina; supongo que será para ver si yo también apuro el paso, lo cual trato de evitar para no motivar escándalos indeseados.
Cuando la veo doblar hacia la derecha, entonces sí acelero mi marcha; trato de no perderla; sé que ella es mi víctima y que morirá.
Hasta aquí, la historia en sí es bastante común; digamos que, para darle un giro y extender su agonía, me encuentro con que la mujer desaparece; ella no logró escapar, apenas está escondida, pero yo no puedo decirlo porque todavía no lo sé, de modo que aquí cuadra describir la sorpresa de mi asesino por la repentina evaporación de la señora del abrigo rojo; debo escribir mi sorpresa. Claro que el abrigo es demasiado chillón y cursi, y la mujer demasiado gruesa como para no advertir (yo, mi personaje criminal) que se oculta detrás de un arbusto; simulo no verla, y la sobrepaso unos cinco metros, siempre atento a ella. No me equivoco al creerla entorpecida por el miedo: apenas ve mi espalda, se lanza a correr hacia la esquina con una velocidad irrisoria (pobre, es tan gorda); mi reacción es rápida y la alcanzo sin esfuerzo.
Aquí estamos, frente a frente; podría detenerme en una descripción pormenorizada de su rostro desencajado, de su angustiante grito mudo, pero sólo importa el pensamiento del asesino, de mi personaje, de mí.
Pausa.
Me analizo fríamente; sólo reconozco un motivo por el cual hubiera matado a esa mujer: el placer de la muerte en sí misma; ése es el motivo de mi asesino, el placer orgiástico que le provoca la muerte ajena. Me imagino con un cuchillo; aplico en él la fuerza y las revoluciones de una locomotora; debo haberle asestado, a la señora del abrigo, quince, veinte puntazos... ¡Mis manos se cubren de sangre!
Ahora me alejo del cuerpo con un terrible desconcierto, porque mi personaje hubiera debido encontrar placer en aquella muerte; pero yo sólo siento dolor, un dolor muy fuerte... y mareo agónico; de pronto advierto que el frío es más frío que antes, incluso lo sufro también desde adentro; atisbo una nada que se acerca poco a poco; ya casi no tengo fuerzas para escribir; no escribo, desfallezco; estoy en la calle, en la humedad, en el frío, de mi boca sale un tenue vapor; siento un fluir de mis entrañas (¡Mis manos se cubren de sangre!), un fluir rojo negro que empapa mi abrigo cursi de lana roja, salpica las teclas, la pantalla de mi ordenador...


El Guille

martes, 10 de julio de 2007

Compacto en Blue´s (Cuento)

martes, 10 de julio de 2007 0
Desperté por el frío. Todavía quedaban algunas brasas humeando sobre la arena. Las botellas vacías parecían bloques de hielo náufragos en el gris de las cenizas. Más atrás, las últimas estrellas rindiéndose a los violetas y rojos que avanzaban desde el mar. Me dolieron los ojos. Me dolía el mundo. Hubiese querido quitar el sonido a las olas que rompían en la playa y estallaban en mi mente. A mi lado dormía un tipo del cual no recuerdo el nombre (ni me esforzaré por recordarlo). No sé por qué hice el amor con él. Supongo que el alcohol... Quisiera creer que fue por el alcohol... Sin embargo ahora sé que en el ceder a sus avances hubo algo parecido a un impulso suicida. Me desagradaba. Realmente me parecía un perfecto imbécil. ¿Por qué, entonces? Porque me dolía el mundo y me sentía sucia. Al verlo desnudo, roncando, cubierto de arena, supe que hubiera podido cogerme a todos los idiotas de la ciudad y que con ello no habría logrado más que eternizar mi mugre. Me flagelé creyendo que así me vengaba de Luis. Y no, mierda, yo no merecía sentirme así por él. Un escalofrío me erizó la piel. Recordé el sabor agrio de los besos del idiota que roncaba y sentí nauseas. Me levanté automáticamente y me alejé de él. Entre los bolsos y las botellas divisé mi suéter. Di un paso hacia allá y casi caigo de bruces al tropezar con los pies de alguien, creí que de Leticia, tal vez eran los suyos. No puedo asegurarlo, durante la noche fue llegando al fuego gente que jamás había visto en mi vida. Quien fuera estaba cubierta de punta a punta con una manta amarilla. Eran pies de mujer. El amarillo me lastimó aún más los ojos. Me puse el suéter y miré hacia el grupo que rodeaba el último vestigio del fuego. Por un momento tuve ganas de huir, tomar las llaves del auto y conducir hasta el aeropuerto; regresar a casa sin mirar atrás. Aunque hubiese bastado para limpiarme un poco nada más que con regresar a mi departamento, en el centro de la ciudad. Pero no podía dejar a Leticia sola. Bueno, eso me dije como excusa. Algo más me retenía en la playa, y no era Leticia. Si no era ella, ¿entonces qué? Era una sensación de destino; me espantó reconocerlo, por eso permití que un raspar sobre la arena me librara del pensamiento. Miré otra vez hacia el grupo; uno de los bultos, al que cubría una frazada roja, se movía lentamente. Oí una risa apagada, risa de mujer, luego un quejido ronco, el quejido de un hombre, y luego los gemidos en sordina de la mujer. El bulto rojo hacía el amor. Estuve mirándolo unos segundos, sin pensar, sin reaccionar, ajena a ese movimiento que se hacía poco a poco más veloz. Recuerdo haber pensado “están haciendo el amor” pero en ningún momento me cruzó la idea del sexo crudo. En otras circunstancias (lo sé, lo he experimentado) me hubiera excitado esa cercanía. Pero aquél día no: la prueba es que pensé “están haciendo el amor”, en estos términos, y no: “están cogiendo”, con ese regusto a cosa chancha, a corazón agitándose, a saliva rejuntándose en la boca. Oí un gritó que ella censuró y un resoplido pesado de él. Habían terminado. Y yo seguía allí, viéndolos sin ver. Casi al mismo tiempo que el grito y el resoplido, la frazada roja voló hacia un costado y vi las nalgas peludas del hombre tendido boca abajo, aún sobre y dentro del cuerpo de la mujer. Ella respiraba agitada. Aferraba con brazos y piernas el cuerpo inerte del hombre, lo atraía hacia ella, como si quisiera perpetuar el orgasmo asfixiándose con el peso muerto, tragárselo con toda la piel. De pronto abrió los ojos y me miró; no a mí en particular, sino en general, como si yo hubiese sido necesaria y hasta lógica en el recuadro del paisaje; su mirada era tranquila, satisfecha de sí, la mirada de quien se asoma a una ventana y observa lo que ya sabía que vería. Estuvo mirándome largo rato y yo también mirándola a ella. No recuerdo que alguna de las dos haya sonreído o emitido cualquier otro gesto. Éramos (ella también lo era para mí) como dos arbustos que se miran resignados a la distancia y a las raíces que la eternizan. Recién cuando el sujeto de las nalgas peludas se movió del cuerpo de la mujer, cuando esos otros ojos me descubrieron allí, con un suéter a medio poner y la mirada hacia ellos, tuve conciencia de mi indiscreción. Sentí vergüenza; un fuego quemándome desde adentro las pómulos. Terminé de ponerme el suéter y caminé con paso firme hacia el océano. Mientras me alejaba oí la risa de una mujer. No giré para comprobarlo, pero supe con toda seguridad que esa risa era su risa y que se estaba riendo de mí; al hombre no lo oí, supongo que al verme habrá fantaseado fugazmente con la idea integrarme al grupo, por una milésima de segundo se habrá creído capaz de recomenzar la cabalgata y montarnos a las dos. Luego de esa milésima, se habrá dormido. Así son todos. Lo pensaba entonces y lo sostengo ahora: así son todos. Te odio, Luis. Te amo, Luis. Las nubes, hacia el horizonte, poco a poco transmutaron los violetas en rojos, en mil tonalidades de rojos; los grumos fueron desgajándose hasta dejar un espacio libre donde inmediatamente después asomó el sol. Todo ocurrió con una sincronía tan perfecta que por un instante me fue imposible seguir sosteniendo la inexistencia de Dios. Olvidé a Luis, Olvidé al imbécil que roncaba junto a las brasas, olvidé la frazada roja, las nalgas peludas, la risa burlona; el mundo que antes me dolía ahora me acariciaba el alma; y yo era el mundo y el mundo era mi alma. Pero fue nada más que un instante, lo que demoró el sol en mostrar el primer borde, la breve pestaña de fuego que me devolvió el asco y el dolor. Las gaviotas comenzaron a llegar a la orilla. Se arremolinaban sobre las almejas que dejaba al descubierto la bajamar. Hubiese querido sentir que el día comenzaba; todo lo que sentí fue que la vida continuaba. Y cansancio, mucho cansancio. Lloré en silencio y sin agitación. Las olas tronaban en la rompiente; ya no me molestaban. Creo que ni siquiera las oía, como tampoco oí los pasos que se acercaban hacia mí. Alguien, con manos tibias, me tocó el hombro; giré sobresaltada. La mujer de la frazada roja (así la llamaré), sonriendo, me saludó y me convidó de lo que estaba fumando. “Te hará bien”, me dijo. Lo rechacé. No porque no deseara fumar, sino porque me molestó que una desconocida se arrogara el derecho de juzgarme al punto de considerar que yo necesitaba algo que me hiciera sentir bien. Yo, para los desconocidos, no necesitaba nada. Ni siquiera de mis amigos soportaba el juicio. “Te hará bien”, insistió, esta vez sonriéndome con todo el cuerpo. La miré a los ojos. Extendió el brazo una vez más, sin decir palabra, sin dejar de sonreír; sus ojos verde esmeralda reflejaban los destellos del sol. Acepté. Al cigarrillo le faltaba más de la mitad. Calculé que podría darle dos pitadas. Odiaba fumar hasta quemarme los dedos. Jamás pude hacerlo. Fueron dos, en efecto, pero ya con la primera mi cuerpo se relajó, las pocas lágrimas que habían huido a la censura se convirtieron en hilos ininterrumpidos que bajaban desde los ojos hacia la nariz y desde allí hacia la boca. Lloré con ganas, feliz, y al poco rato me eché a reír. La mujer de la frazada roja se echó a reír también. Mis piernas se aflojaron, me dolían el estómago y las mandíbulas, pero era un dolor tan maravilloso. Nos dejamos caer y seguimos riendo. De pronto una de las dos detenía la carcajada y bastaba con mirarnos para retomarla de nuevo. Hubiese podido morir, literalmente, de risa, y hubiese sido una muerte maravillosa. Para cuando por fin pudimos parar, el sol ya estaba casi a medio cielo. Los que dormían alrededor del fuego habían despertado y comenzaban a marcharse. No vi a Leticia entre los que subían a la rambla. El imbécil que había dormido conmigo miraba hacia nosotras. Hablaba con el culo peludo. Rogué al cielo que no se acercaran. Y no lo hicieron. Se alejaron dándose empujones y golpesitos en los hombros, riendo entre ellos, de seguro comentando las alternativas de la cacería. Así son todos. “Tu novio te dejó sola”, me dijo la mujer de la frazada roja. “¿Mi novio?” “¿No es tu novio el que se va con aquél imbécil?” “¡No, por Dios!” Y nos echamos otra vez a reír. De pronto me cayeron las fichas, dejé de reír: “¿Por qué creías que ese tipo era mi novio?”, le pregunté, asombrada y algo asustada. “Porque anoche te vi revolcarte con él, argentina”, me respondió. Me sonrojé; ella se echó a reír. Lloraba; las lágrimas resaltaban el brillo de las esmeraldas incrustadas en sus ojos. Dos segundos después comenzaba yo también a reír. “¿Has visto que no mentía?”, me dijo. “Por qué lo decís”. “Dije que te haría bien y así fue, ¿no?”. Reímos otra vez, pero ya con menos fuerzas; más que risas eran deseos de nunca dejar de reír, aunque nos estallara la mente. “¿Cómo sabés que soy argentina?”, le pregunté cuando pude hablar. “Eh, boludo, cómo sabe ésta que soy argentina”, parodió agravando la voz, dirigiéndose a un interlocutor inexistente. Reímos otra vez. Oí el motor del último auto que se alejaba de la playa. En el borde de la rambla quedó (tan solo parecía a esa hora) mi Volkswagen azul. Miré hacia donde hubo estado el fuego; sólo estaban algunas botellas, mi bolso y la frazada roja. “¡Tus cosas!”, dije. “¿Qué cosas?”. “Tu ropa, tus cosas, se las llevaron”. “No, no creo”, me dijo. Y antes de que pudiera yo replicar, señalando hacia una cabaña azul distante a menos de veinte metros, agregó: “Que yo sepa, nadie ha entrado a mi casa esta noche”. Ya no pudimos reír, aunque intentamos. Otras gentes llegaron a la playa; unos paseaban a sus perros, otros corrían, otros se disponían a tomar el sol. Yo no quería alejarme del mar. Presentía que apenas posara un pie sobre el asfalto, el mundo me volvería a doler. “Ven, tengo hambre, vamos a desayunar”, me dijo. Acepté. Fuimos por mis cosas remontando la playa con pies de plomo. La arena húmeda y fría aceptaba con desgano nuestros pasos. Recogí el bolso donde asomaban el reloj, la agenda, el teléfono, las llaves del auto. Estaba abierto y no faltaba nada. “En Argentina...”, comencé a decir, pero me detuve. “En Argentina qué”. “No, nada, nada”, le respondí. No quería pensar en Argentina. Tantas cosas quedaron en Argentina. No quería pensar en Argentina. “Vamos me dijo, probarás el mejor café que hayas tomado nunca”. “Lo que quisiera probar es otro poco de eso que fumamos hace un rato”. La mujer de la frazada roja sonrió; me tomó del brazo en silencio y comenzó a caminar hacia la cabaña azul. Tal vez porque la risa nos había quitado las fuerzas, no dijimos nada en el camino, ni al llegar, ni al trasponer la puerta. Lo bueno es que no eran necesarias las palabras. En su lugar, yo me hubiese comportado como se supone deben comportarse los anfitriones; hubiese hablado sin pausa, espantada con la idea de que mi huésped se aburriera; hubiese cambiado aburrimiento por fastidio. Hablan, hablan, hablan tanto las personas cuando no tienen nada que decir. Sin embargo, aunque no lo supiera todavía, teníamos mucho para decirnos; sólo que aún no era el momento. La cabaña era modesta pero cómoda. Era un solo ambiente. En el fondo, la cama. A la izquierda, la cocina. En el centro, una mesa con tres sillas. A la derecha, un equipo de audio, tres columnas de acrílico atiborradas de Cds, y el televisor que sólo encendía para ver películas en video. Las sillas eran plegables, como las que usan los directores de cine. La mesa era una tabla redonda de madera sostenida por un pie de hierro ornamentado. Por dentro, las paredes también estaban pintadas de azul, aunque en un tono más suave que en el exterior. Una lámpara colgante, casi a la altura de nuestras cabezas, sobre la mesa, destilaba una pálida penumbra de taberna irlandesa. Las ventanas estaban cerradas. “Nunca las abro dijo, adivinándome el pensamiento; cuando quiero ver el mar, salgo de la casa.” Me pidió que eligiera algún disco mientras ella preparaba el café. Tomé uno al azar, el primero de la columna del medio: un disco de los Beatles. Lo dejé en su sitio. No era una mañana Beatle. Repasé la discoteca arrastrando un dedo sobre los lomos. Coincidíamos en los gustos, ésa bien podría haber sido mi discoteca. Ninguno me atraía. Yo no quería ser yo esa mañana. “¿No te gusta ninguno?”, me preguntó. Alcé los hombros. “Bueno dijo, entonces elijo yo”. Accionó el play. El disco ya estaba puesto. “¿Te gusta Tom Wayts?”. “Sí”, le respondí lacónica. “Es perfecto para fumar; tomemos antes el café”. Realmente preparaba bien el café; comimos unas galletas saladas que untamos con mermelada. La voz de Tom Wayts raspaba la penumbra, llenaba el ambiente, hacía necesario y perfecto nuestro prolongado silencio. Descubrí que el verde esmeralda de sus ojos buscaban un contacto con los míos; yo los desviaba hacia la taza, o hacia la galleta, o hacia algún detalle de la cabaña que pretendía agradable. Una voz muy lejana, muy adentro, insistía con entablar un diálogo: preguntarle el nombre, la edad, su ocupación; afortunadamente no le obedecí. Hubiese estropeado el momento. Y ese momento requería silencio, Tom Wayts, y el porro que ella encendió apenas terminó el café. Me gusta el aroma de la marihuana. Creo que a veces fumo nada más que para disfrutar del aroma. Supongo que ella también fumaba no por hábito, sino para darse de tanto en tanto una caricia, un consuelo. La cabaña lo demostraba; estaba aseada y ordenada, olía a pino. Cruzó por mi mente una tarde en las playas de Argentina, pobladas de pinares en cuanta duna los Gesel pusieron un pie. Ella me pasó el porro y las palmeras de la isla volvieron a mi realidad. Fumé y le devolví el cigarrillo; vi detrás del armario una pequeña biblioteca atiborrada de libros que desde la entrada había escapado a mi primera observación. Sin pedir permiso (ya no consideraba necesario solicitarlo para moverme dentro de su casa) me acerqué a la biblioteca. Sentí que me miraba, sentí sus ojos clavados en mi nuca; pero no era una mirada de reprobación, sino de simple curiosidad. Ella estudiaba minuciosamente mis movimientos y el saberme observada me provocó un placentero escalofrío. Mis movimientos eran rígidos, sobreactuados (hubiese querido actuar con naturalidad); me costó un tiempo concentrarme en la biblioteca y caer en la cuenta de que esos libros también hubiesen podido ser los míos. Unos discos y unos libros pueden coincidir en los gustos de cualquiera. ¿Pero qué ocurre cuando esos libros y esos discos no pertenecen al gusto del común de los mortales? Hasta las almas más frías se conmueven, al menos por un segundo, cuando descubren que la persona con la cual comparten una cena, una charla, lo que sea, coinciden tan plenamente. Tomé un volumen del segundo anaquel. El Astillero, del uruguayo Onetti. ¿Es casual que una chica mexicana lea a Onetti y deposite sus libros en el segundo anaquel de la biblioteca como también lo hace una chica argentina? “¿Te gusta Onetti?”, me preguntó. “Mucho”, le respondí, luego dejé el libro en su sitio. “A mí también; es una de las pocas cosas que puedo agradecerle a mi padre”, dijo. No tenía necesidad de preguntar más sobre el tema, sospeché que ya sabía la respuesta; de todos modos lo hice. “¿Tu padre te hizo leer a Onetti?”. “No respondió indiferente, simplemente heredé sus libros cuando murió”. Un nuevo escalofrío me recorrió el espinazo. Ella me miró los pezones erectos que resaltaban en el suéter y se echó a reír. ¿Tenés frío?”, me preguntó, todavía riendo. Le respondí que sí, mirándola fijo, riéndome yo también, con la extraña idea de estar viéndome a mí misma. Bueno, extraña... supongo que por temor la defino de ese modo. En ese momento no me resultó ni raro ni nada, simplemente supe (sí, fue certeza) que estaba viéndome a mí misma; no era un espejo reflejando sólo mi cuerpo: era una historia repitiendo la mía. Tuve miedo también entonces, recién ahora lo reconozco. Esa mañana preferí negarlo. Quise creer que el miedo era ansiedad. Ansiedad por conocer más a esa persona, conocerme a mí misma; para drenar la intensidad, me inventé una amistad inquebrantable, un tejido de almas cómplices que habían tramado sus existencias desde el momento mismo de nacer, sin que ella y yo lo supiéramos. Y era todo tan brillante y tan hermoso en la penumbra azul de la cabaña, el aroma del café y de la marihuana, los pinos que ya no me importaba que fuesen de Villa Gesell o de un bosque suizo. No le huía a la memoria, por el contrario: ahora la buscaba. Tal vez pensé, en esa cabaña había estado todo el tiempo mi secreto, ese algo que buscaba desde que dejé mi casa, mi pasado. Los secretos de un alma son también el alma, y ese alma es también el pasado. Ahora puedo decirlo. Aquella mañana me obligué a sentirlo. Una lágrima cayó de mis ojos sin que yo lo notara. Ella extendió una mano y secó mi mejilla. Era suave, las manos que una siempre espera del hombre que nos acaricia. Cerré los ojos y disfruté el contacto. Pensé en Luis. No fue espontáneo. Quise pensar en Luis. “¿Por qué lloras?”, me preguntó. Alcé mis hombros sin hablar; de haber dicho algo, de haber abierto la boca siquiera, me hubiese echado a llorar de veras. “Está bien, no lo digas si no quieres; a mí también me gusta llorar por mis secretos”. No podía creer que hubiese mencionado esa palabra. Me mordí los labios para reprimir el llanto. Alcé la mano para pedirle el porro. Fumé una bocanada intensa. El llanto se alejó, pero no me sentí mejor. Con las lágrimas y las caricias era como estaba bien. “¿Cómo te llamas?”, le pregunté; ella me miró largo rato antes de responder, como si debatiera consigo misma algún punto culminante de su filosofía de vida; finalmente me lo dijo, pero no se interesó por el mío. No mintió; o al menos me dio el nombre con el cual oí luego que la saludaban en la playa. De todos modos no era esa su identidad, como tampoco mi nombre hace a la mía. Llamarme Tal en lugar de Cual pienso a veces , ¿modificaría el concepto que tengo de mí, la imagen que me devuelve el espejo? No me concibo llamándome de otro modo. Y sin embargo sé que yo no soy mi nombre, sólo mi nombre. Lo angustiante es que pasarán los años, pasará la vida, y sólo mi nombre permanecerá incorruptible. Moriré y allí estará mi nombre tallado sobre la lápida, aún después de que mi carne sea cenizas. Aquí yace Tal por Cual. Aquí yace mi nombre. Y yo... dónde estaré yo. No lo sé, como tampoco sabía con certeza dónde estaba yo esa mañana. ¿En el humo que se elevaba pesado y aromático? ¿En los discos, en los libros? ¿En sus bellísimos ojos verde esmeralda? ¿En los remordimientos de Luis? ¿En los escalofríos agradables? ¿En el cuerpo que los sentía? ¿En la playa, en el mar, en el sol que no veíamos dentro de la penumbra azul? El disco terminó; ella (la llamaré con el pronombre en lugar de usar el largo y fastidioso mujer de la frazada roja, es mejor así) fue hasta la discoteca, eligió otro CD. Con el primer acorde de una guitarra reconocí la canción: era Joaquín Sabina; lija gruesa, lija fina. Me pasó el cigarrillo. Fumé lento. Joaquín cantaba: ... En Comala comprendí, que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver... Las palabras me penetraron con el suave filo de la verdad, el sentido, la claridad absoluta, ¿cómo es que antes no podía ver y entender como ahora veía y entendía?; al exhalar, dije: “Mi vida es un desastre”. Lo dije así, sin preámbulos, abusando de ese estado de complicidad que había idealizado al transformarla en mi espejo. “¿Y quién es el culpable?”, me preguntó. No me miraba a mí; estaba dibujando sobre la mesa con tizas de colores que no sé de dónde sacó. La mesa era de madera rústica, de manera que los trazos se afirmaban sin problemas, mejor incluso que en los pizarrones escolares. “¿Quién es el culpable de que tu vida sea un desastre?”, insistió. Hubiese querido que en lugar de preguntarme me diese una respuesta. Yo no lo sabía. No podía echarle la culpa a nadie de lo desastroso de mi vida. ¿A Luis? A Luis lo conozco hace poco más de tres meses y mi vida viene cuesta abajo desde antes incluso de dejar Argentina. ¿Mis padres, entonces, los viejos amigos, las circunstancias? Mierda, yo era más que las circunstancias. Era más que mi nombre. Era yo y era asquerosamente libre. Cada uno de mis pasos habían sido producto de mis decisiones. Nadie me había obligado a nada; no lo habría permitido. Qué espantoso fue aquel darme cuenta de lo libre que yo era. Tan libre que podía decidir no sólo los caminos de mi vida, sino que, incluso, el permanecer con vida. Tanto, tan libre era que había terminado por esclavizarme a mi libertad. Sí, por temor a ella, yo era una prisionera de la libertad. “¿No lo sabes?”, insistió. “Yo soy la culpable”, dije en un susurro apenas audible. Ella sonrió con satisfacción. “Ya me decía yo que tú eras una chava de las mías. Ven, párate y mira este dibujo”. Le obedecí, aunque bien podía ver el dibujo desde mi sitio. “¿Qué crees tu qué he dibujado?” Miré desde todos los ángulos los trazos que había rayado sobre la mesa. No tenían una forma definida, no me recordaban a nada, pero eran hermosos. Y esto mismo le dije. “Pues entonces es una hermosa nada”, dijo ella, echándose a reír. “¿Nada? Pero vos querías mostrarme algo”, reclamé. ¿Qué esperaba de unas líneas de colores? ¿Una moraleja, una enseñanza trascendental? ¿Por qué siempre creo que el otro tiene las respuestas a mis preguntas? ¿Por qué le doy al otro la sabiduría que a mí se me niega? Y en este caso, el otro me seducía aún más, porque ese otro era yo misma. Si ella sabía, entonces yo también sabía. Pero ella se limitó a reír de nuevo, y a fumar, pitada tras pitada, hasta que ya no quedó más que una tuca detestable. La miré con recelo. “No te preocupes, tengo más”, me dijo, adivinando mis pensamientos. Con un trapo húmedo borró en tres pasadas el dibujo antes de que yo pudiera detenerla. “¿Por qué lo borraste? Era tan hermoso”, le reclamé. “Ahorita mismo sigue siendo hermoso y nada”, me dijo. El sol había avanzado velozmente. Ahora se sentía calor en la cabaña. Yo tenía el suéter puesto. Debajo la bikini. Un fino bigote de sudor apareció sobre mis labios. En el borde de la nariz también noté algunas perlas de sudor. “Quítate ese suéter, hija; vas a morir de calor”. Ella vestía una remera blanca sobre su bikini. “¿Podrías prestarme una remera?”, pregunté. “Ah, tienes vergüenza”, dijo ella. “No, es que...” “Pues no deberías avergonzarte de tu cuerpo, es donde Dios decidió que vivirías y debes aceptarlo como es”. “No estoy avergonzada de mi cuerpo”. “Entonces déjate de pendejadas y quítate ese suéter”, dijo sonriendo, lo cual amortiguó (incluso anuló) la crudeza de su comentario. “No son pendejadas, simplemente...”. “¿Es que haces el amor vestida?”, me interrumpió, aún riendo. “Claro que no, me refiero a que...” No terminé de pronunciar la frase que ella se había quitado la remera y el sostén de la bikini. “Vamos, no son más que un par de tetas”. No sé si fue porque en aquél momento me sentí como una remilgada imbécil, o porque me resultaba imposible concebir que mi espejo se independizara de (y se adelantara a) mis actos, lo cierto es que me quité el suéter de un tirón y luego arrojé el corpiño a los pies de las torres de Cds. Reímos otra vez; otra vez nos sentíamos tan bien. Y no teníamos vergüenza, yo no tenía vergüenza; me gustaba mi cuerpo. Me gusta. Me gusta que los hombres me miren y me deseen. Y me gustó que ella me mirara con deseo. “¿Todas tuyas?”, me preguntó. “Las dos”, le respondí riendo. Ella extendió las mano, iba a tocarme; retrocedí. Ella se acercó, yo permanecí quieta; posó las mano sobre mis pechos, los presionó suavemente. “Pues sí, son todas tuyas”, dijo, acercándose más. Nuestros rostros quedaron separados apenas por un hilo de luz. Podía oír su respiración acoplándose a la mía. Yo exhalaba y ella aspiraba. Ella exhalaba y yo aspiraba. Bebíamos nuestro aliento. No sé cuánto tiempo estuvimos en esa postura. Nuestras respiraciones se agitaron, mi corazón se aceleró. Y entonces la besé. O ella me besó. O nos besamos. Ya no lo sé. Simplemente ocurrió... Despertamos al atardecer. Hablamos largo rato, en la cama. Fumamos. Salimos a ver la puesta. Cuando por fin regresó la noche, fui por mis cosas y me marché. Esa misma noche me apresuré en perdonar a Luis. Seguimos juntos. Me mira y sonríe cuando algunas tardes, sobre la mesa, dibujo con tizas cabañitas de color azul.

El Guille

lunes, 9 de julio de 2007

El troesma Cortázar

lunes, 9 de julio de 2007 0

“Además de comida, los chicos necesitan afecto”

Arací Machado es la directora de la escuela primaria Doña Goya -también conocida como escuela puerto-, de la zona rural de Goya, provincia de Corrientes. Al establecimiento que dirige concurren niños que viven en situación de extrema pobreza y presentan grave déficit de alimentación.
“Los chicos, si no es en la escuela, comen cuando tienen y cuando pueden”, indicó la docente, quien además señaló que las familias de los estudiantes en su mayoría se integran por los padres y más de seis hermanos.
“La provincia entrega un subsidio para los grupos familiares de más de 7 hijos, por eso se da el fenómeno de tantas familias numerosas, aunque después las cuentas no den para mantener a tantos chicos”, sostuvo la docente.
Machado explicó que las mujeres se embarazan “cuando todavía están alimentando a otro chico; después, cuando el nuevo bebé nace, ese chiquito padece las consecuencias de una mala alimentación y en muchas de las familias los hijos no comen regularmente hasta que comienzan las escuela, donde se les da una comida diaria”.
Pero las escuelas también se ven en problema para cubrir la demanda de alimentos de los estudiantes, ya que en la provincia burocráticamente se redujeron en los papeles las plazas de alumnos regulares, de manera que si en los registros se cree que asisten 100 alumnos, en la realidad hay 150. Y el magro subsidio que envía la provincia, apenas se calcula para los 100 de sus registros.
Sin embargo, Machado entiende que los jefes de familia son los mayores responsables de la situación por la que atraviesan los chicos. “Los padres están acostumbrados a que les den siempre: plan trabajar, cajas de alimentos cuando es época de elecciones, etc, pero no tienen la cultura del trabajo; viven, literalmente, de la caza y de la pesca”.
Otra preocupación de la docente, son las becas y subsidios que instauró la nación para los estudiantes de escasos recursos de las zonas rurales y marginales como Goya. “Desde que salió esa beca, la mayoría de los estudiantes repiten el grado para poder cobrarla al siguiente año también”, sostuvo la docente.
Machado recibió de parte de Manos por el Hambre y en representación de la escuela que dirige, un cargamento de alimentos, ropas y útiles escolares. Días después, decidió e hizo saber a los integrantes de Manos, que los alimentos serían distribuidos entre las familias de los alumnos en lugar de ser utilizado en el comedor. “Cuando supieron que habían dejado las cajas, diariamente se acercan a la escuela para reclamar los alimentos; de manera que decidimos entregárselos en mano y con la supervisión de miembros del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos y Solidaridad (MEDHES), quienes sirvieron de enlace entre la agrupación rosarina y las escuelas correntinas.
“Sabemos del esfuerzo que significó reunir alimentos para traer a estos chicos, y es un gesto enorme; sobre todo viniendo de gente que no tiene nada que ver con los partidos políticos”, sostuvo Machado, quien agregó: “Estas familias están acostumbradas a que en épocas de elecciones lleguen los políticos y les regalen cosas; pero lo que los chicos de la escuela necesitan, más que nada, es afecto”.



Lucy

Mientras Machado hablaba con el cronista, se acercó Lucía, una nena de 7 años alumna de segundo grado; por la estatura y la contextura física general parecía del jardín de infantes. Ella es la quinta de 6 hermanos que viven con el padre.
“Mi mamá no está, se fue hace mucho; nosotros vivimos con mi papá”, dijo la nena, que a la pregunta de cuál era el trabajo de su padre, respondió: “mi papá no trabaja, él canta”.
Uno de los integrantes de Manos fotografió a Lucy con una cámara digital y le mostró el resultado. La nena sonrió. “El año que viene traeme la foto”, le pidió al fotógrafo.
Arací Machado, testigo del hecho, remarcó: “ellos necesitan afecto, como ya te dije; los chicos no se van a olvidar de esta visita que les hicieron”.
“Hubiese sido bueno que se quedaran un rato más”, dijo la directora cuando Manos se retiraba. El tiempo era escaso y ésta era recién la primera de las 8 escuelas que el grupo visitó. Con Lucy y con el resto de los chicos quedó el compromiso de volver.


Guillermo Paniaga

Marito

Moveré algunos libros de lugar, dejaré la cama donde está, sólo haré que gire la ventana, y con ella el cuarto, y con él la casa. Y con la casa el mundo. Sí, esto es lo que haré... Cuando tenga ganas, dijo Marito. El perro que alguna vez fue blanco movió la cola despacio, sin despegar el hocico que apoyaba sobre las patas.
Cuando tenga ganas, dijo Marito, las manos entrelazadas detrás de la nuca, apoyado al tronco del sauce custodio del arroyo, con los pies cruzados y balanceándose lentamente, cuando tenga ganas, dijo, pongo el techo en el piso y el piso lo mando a la terraza. Sí, esto es lo que haré, cuando tenga ganas. El perro de lanas grises, mugrientas, algo pelado en el anca derecha, esta vez alzó la cabeza y sacó la lengua, como queriendo lamer a Marito, pero éste se encontraba demasiado lejos; sus ojos legañosos miraron al viejo con afecto, pero no se decidió a pararse y acercarse a las manos del amo, manos que siempre estaban dispuestas a rascarle el cuello, ahí donde tanto le gustaba. Agachó la cabeza, movió otra vez la cola y volvió a mirar, lánguido, el paso del agua marrón cargada de hojas amarillas.
Sí, señor, esto es lo que haré cuando tenga ganas, dijo Marito, con un tallo entre los labios, el sombrero raído y anacrónico cubriéndole la frente hasta los ojos, la chaqueta azul ahora gris cenizas, los pantalones negros atados a la cintura con un grueso cable blanco de cuyos extremos salían espinas de bronces que brillaban al sol, si señor, esto es lo que haré, dijo Marito, pondré la mesa patas arriba y las sillas en la pared, los cuadros donde antes las alfombras y las alfombras serán cortinas, con las cortinas haré manteles y servilletas, si señor, esto es lo que haré, dijo Marito, y el perro gris alguna vez blanco resopló sobre la tierra para apartar una hormiga que se acercaba con su carga a cuestas, una trozo de gramilla que voló junto con ella.
Los relojes, con los relojes, dijo Marito, moviendo el tallo de lado a lado en la boca, balanceando apenas el pie desnudo, la tanza transparente atada a su pulgar, el corcho flotando prisionero a orillas del arroyo, los peces indiferentes a la carnada del viejo, los relojes, qué haré con los relojes, dijo Marito, el perro sacudió una pata, irguió la cabeza y tiró un mordisco a una mosca que momentáneamente se alejó de su objetivo, tiraré todos los relojes a la basura, dijo Marito, satisfecho por su decisión, el perro contraatacando el nuevo avance de la mosca, éxito, se la ha tragado, no habrá relojes en mi casa, sentenció Marito.
Antes de tirarlos, razonó Marito, los ojos fijos en el cielo azul, un cielo que miraba a través de los agujeros del sombrero apolillado, un pájaro quebrando el inmóvil cuadro, y también una rama de sauce que se dejó sacudir por el viento, antes de tirarlos a la basura, debo conseguir basura, y un tacho de basura, dijo Marito, feliz por su capacidad deductiva, el perro sacudió las orejas, se disponía a dormir, lo más importante, dijo Marito, cuando uno tiene ganas, claro, es tener basura donde tirar los relojes que se tirarán a la basura de tener ganas, y un tacho de basura, además, dijo Marito, los ojos fijos en el cielo que ya no miraba.
Si tengo ganas, pensó Marito, lo cual debe haber captado el perro, porque alzó los ojos y lo miró con el hambre grabado en la expresión, cocinaré asados en la parrilla, pensó Marito, la parrilla que voy a construir en el dormitorio principal, y el perro movió la cola, esta vez con énfasis, esta vez sí plenamente de acuerdo con los pensamientos de Marito, que sacudía el pié sacudía el sedal sacudía el corcho círculos concéntricos a orillas del arroyo que morían apenas nacidos.
El perro alguna vez blanco se puso en alerta sin moverse del piso cuando oyó las paladas del bote que se acercaba lentamente por el arroyo de aguas marrones y arriba el cielo azul las ramas del sauce lloviendo sobre la orilla las hojas amarillas flotando avanzando en círculos indecisos la hormiga que había recuperado la postura la carga y avanzaba lentamente el bote se oían las paladas otra y otra espaciadas ya no un punto negro a lo lejos sino un bote bien definido que avanzaba firme hacia el hormiguero con su carga a cuestas mientras el pie se balanceaba y balanceaba el sedal balanceaba el corcho indiferentes los peces al calor del mediodía el cielo azul el bote avanzando la hormiga avanzando el perro alerta Marito sonriente los ojos cubiertos por el sombrero raído.
Una y otra, las paladas, el bote ahora a pocos metros de Marito, cómo anda la pesca, Marito, el viejo del bote, la piel curtida, la cara como un pergamino, los músculos tensos en los brazos fibrosos, bien nomás, don Martín, Marito sin mirarlo siquiera, sus ojos debajo del sombrero, las manos trenzadas detrás de la nuca, apoyado en el tronco del viejo sauce centinela del arroyo, más allá el río y el ruido de los motores, las lanchas, cómo joden, espantan a los peces, el pie balanceándose, balanceándose el sedal, balanceándose el corcho, el bote alejándose, las olas destruyendo los débiles círculos concéntricos, adiós, Marito, y no se canse mucho, el bote hacia el río, a recoger las redes, el perro de crenchas grises, mugrientas, atento a la marcha del bote, del viejo, el sonido de las paladas, una, y otra, y otra, la hormiga por fin llegó al hormiguero y ahora lucha con su carga mucho más grande que el hoyo por el cual pretende introducirla, adiós don Martín, no se preocupe, vaya tranquilo, una y otra y otra, las paladas, el perro otra vez con el hocico pegado a la tierra, dos hormigas se acercan a la carga de la primera, vienen otras dos más que tiran desde adentro, un pájaro carpintero se posa en la orilla, mira al perro, mira a Marito y se aleja hacia la orilla opuesta, se detiene sobre una rama seca, un árbol muerte, toc toc toc, el sol de mediodía, el bote ya en el río, la carga por fin dentro del hormiguero desafiando todas las leyes de la física y la geometría.
Si tengo ganas, dijo Marito, dirigiéndose por primera vez al perro alguna vez blanco, perro de aguas, membranas entre los dedos para nadar mejor, si tengo ganas, dijo Marito, esta tarde cruzo a la ciudad y me doy una vuelta por el centro, el perro indiferente ahora que le hablaban, perro sin nombre, nadie le ha puesto uno, simplemente es el perro gris alguna vez blanco, el perro de Marito, y Marito jamás le ha puesto un nombre, le habla cuando le habla y punto, el perro sabe cuándo es cuándo y cuándo no, oye sus palabras, a veces ladra, se acerca cuando quiere que Marito le rasque el pescuezo, cuánto placer cuando Marito le rasca el pescuezo, ahora no tiene ganas y si las tuviera, el sueño es mucho más poderoso y se queda tendido en la tierra, a orillas del arroyo otra vez solitario, el cielo azul, las ramas, el sauce, el sedal, el corcho, Marito que dice si tengo ganas, y se lo dice al perro, esta tarde me cruzo a la ciudad y averiguo los precios de los relojes, compraré de los más baratos, dijo Marito, le dijo al perro, no es cuestión de andar tirando cosas caras a la basura y el perro ya estaba dormido.

Una puntita de lo que vendrá




Lo que sigue es el un pedacito, apenas nada, de lo que actualmente estoy escribiendo. Será una novela, siempre y cuando no me raye y tire todo para quedarme con dos páginas que ni siquiera un cuento.


A mi espalda, el gris de la tarde; una brisa fresca se cuela por la ventana y viene a caer sobre mis dedos; el aroma del último cigarrillo permanece en el ambiente y por un rato, me digo, no encenderé otro. Siempre digo lo que pienso y nunca hago lo que digo, de ahí que, se sobreentiende, jamás actúo según pienso; por eso ahora sostengo un nuevo cigarrillo entre los dedos, por eso el humo se va elevando poco a poco a hasta formar una máscara hialina que me separa sin distancias del techo, por eso la brisa la destruye y entonces ya no máscara, aunque sí unas preciosas formas imprecisas y curvas, tenues, instantáneas.
Hasta cuándo.
Hasta que la última ceniza se desprenda; hasta que la última aureola desaparezca.
No son horas para llorar.
Corro hacia la puerta y salgo a la calle. Me distrae el ruido del tránsito; por un instante dejo de pensar, aunque hay un peso que me sigue apretando el pecho. Es angustia, logro confesarme a duras penas; basta con pronunciar la palabrita para que el maremoto de imágenes y frases me ataque otra vez. Me marean tantas palabras, tantas imágenes confusas, los argumentos que me digo para justificar mis actos, los argumentos que me digo para demostrarme que una vez más me comporté como un miserable; ni siquiera es la culpa el problema, ya he logrado convivir con ella; es la soledad lo que me exaspera. Podría reconocer que fui el responsable, intentar una reconciliación; pero aunque lograra un perdón, aceptarlo me resultaría una actitud más que hipócrita, porque no me considero culpable, aunque sienta los dientes de la culpa mordiéndome en la nuca. Y sé también que con la persona que menos deseo estar en el mundo es con ella; que por evitarme la soledad, este mareo, el maremoto de palabras, terminaría sometiéndome a la peor de las cárceles: la que uno mismo se edifica.
Ahora mismo estoy en prisión.
Me hacen tanto mal estas rejas.
Yo las puse ahí; dónde dejé la puerta de escape; qué cansado me siento para buscarla; ni siquiera creo que tenga algún sentido escapar.
Para qué.



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