martes, 28 de agosto de 2007

La frase perfecta

martes, 28 de agosto de 2007 10
Busco las palabras precisas para la frase perfecta.

Los japoneses perfeccionaron la electrónica reduciendo dimensiones; la perfección literaria debería apuntar hacia el mismo sentido.

No seré yo quien logre esa perfección, claro; acaso tampoco llegue a conocerla.

Si alguien lograra articularla, ¿qué diría tal frase? (¿Para quién diría?) Me inclino por una voz activa de construcción simple. ¿Quién o qué sería el sujeto? ¿Cuál la acción?

De algo estoy seguro: muy pocos sabrán reconocerla; menos, valorarla.

Quizá ya fue redactada y cruzó la vida sin pena ni gloria. Tal vez pernocta en algún cajón, dentro de un sobre que jamás se reabrirá; tal vez el fuego se alimentó con su rica sustancia. Me duele la idea de que alguien pudiera ocultarla por la vana soberbia de reconocerse dueño de algo único.

Alguien (muchos para mi gusto) dirá que no pueden existir las frases perfectas porque no existen vidas perfectas en las que puedan representarse. Dar crédito a esta postura significaría negar la imaginación.

Nunca habrá vidas perfectas pero sí frases justas para desmentirlas.

Acaso nunca acceda al contenido de la frase perfecta.

La perfección es la cima y las cimas son el último puerto; y no me siento en un momento particularmente mesiánico.

Entiendo que palabras como cosas (en cualquiera de sus géneros y número) deberían tener el acceso restringido al idioma. Son tantas las palabras castellanas que servirían para descosificar la escritura... Cosa es, en boca de los legos, lo que gente en voz de los políticos: un término vago, soso (ni siquiera es generalizador de aspectos comunes: pensarlo como tal es casi nazi); una elipsis mental obligada por la ignorancia y la pereza intelectual. Basta de cosos y cosas, que sólo el desconocimiento y la inexperiencia apuntalan la inefabilidad. Además, esa palabra debería ser de las primeras en tacharse de la frase perfecta (lo mismo que el además con el cual comencé ésta).

¿La frase perfecta hablará de amor? Hoy creo que no, mañana quién sabe. Hoy pienso que no; los amores que impulsan a escribir mejor son los no correspondidos, los lejanos, los ausentes, los latentes; el amor efectivo y presente es privativo de la acción: nadie que ame y sea amado perfectamente podría dedicarse a escribir (no, al menos, frases perfectas). Y un amor imperfecto, solo en su soledad, no merece una frase perfecta.

Una frase sin revelaciones jamás podría aspirar a la perfección.

Mucho me temo que si esa frase surgiera de un argentino contemporáneo pasaría inadvertida (qué va a escribir, ese coso).

La frase perfecta debería resumir en su simple construcción un mensaje capaz de despertar los sentidos humanos, aún los desconocidos. Quien la leyera debería experimentar encuentros y desencuentros; premios y castigos; justicia e iniquidad; vida y muerte (pero, ¿debo pensar la muerte como antagonista de la vida? ¿No es, acaso, parte de ésta?... Son extrañas las maneras de sospechar a Dios, diría el bardo ciego).

La frase perfecta debería incluir la posibilidad del error; incluso, someterse al error; y ese sometimiento debería ser al mismo tiempo voluntario e indeseado; azaroso, o negligente, y disfrutado, etc. Debería aspirar a la abstracción del todo y a la realidad individual (una idea semejante a debo preservar la especie; amo a esa mujer).

Quizá nazca del esfuerzo colectivo, aunque sólo uno (o ninguno) se alce con la gloria temporal. Quiero creer que, una vez reconocida, la frase perdurará más allá de la vida y del recuerdo de quien la plasmó.

La frase perfecta no saldrá de mi mano (quisiera decir de mi mente, pero sería una injusticia para con mi mano, que es la que siempre trabaja y no siempre acompañada); sin embargo, insisto en la tarea; leo y escribo atento al posible hallazgo. Sufro cuando sospecho que quizá la leí y no supe reconocerla.

viernes, 24 de agosto de 2007

Escritores anónimos (cuento)

viernes, 24 de agosto de 2007 7
Admito que este cuento es también un poco largo para un blog, para las rápidas lecturas que suelen hacerse en estos espacios; pero lo subo a pedido de mi lectora más crítica: Ludmila, mi hija. La Editorial Municipal de Rosario cometió el bienvenido error de publicarlo hace un par de años en una antología de cuentistas rosarinos.





Mi nombre es Liberato -dijo el hombre a quien primero cedieron la palabra-, soy escritor compulsivo y lector voraz. Hoy hace dos meses que no escribo una palabra y no leo ni siquiera el ticket del supermercado.

El resto del grupo premió su fuerza de voluntad con aplausos. El hombre tomó asiento. Uno a uno, los escritores anónimos repitieron el latiguillo y dieron cuenta del tiempo de la abstención; nadie, al menos esa semana, había traicionado los principios del grupo.

Había unas veinte personas, mujeres y hombres en partes casi iguales, que iban desde los treinta hasta los cincuenta años. Presidía el grupo una mujer de cabellos negros y lacios, de piel gris y mirada de miope que ha extraviado los anteojos. Se llamaba Florencia y desde hacía más de un año no tocaba una cuartilla ni un lápiz ni una Olivetti y mucho menos un libro. Su liderazgo era meritorio.

“Sólo por hoy evitaré escribir y leer”, éste era el mantra que los hermanaba y los fortalecía frente a la tentación que, sabían, los acechaba a la vuelta de cada esquina. Sin embargo, no todo eran rosas los miércoles por la noche; era común, cada dos o tres semanas, oír confesiones como la siguiente:

-Me atreví a un aforismo, creyendo que podría controlarlo, pera luego perdí el control y la frase me llevó a otra y a otra y a otra hasta que ya no pude detenerme; seguí escribiendo sin pausa durante días, ocultándome, descuidando mi trabajo; mi familia me presionaba, sospechando que les mentía; y tenían razón. Tuve que confesarles y confesarme que a esas alturas estaba ya en mitad de una novela y...
Llegado a este punto, los desdichados se largaban a llorar, prologando el rosario de complicaciones que la recaída les había espetado: muchas, muchas palabras, y muchas lágrimas para glosar un mismo destino: la marginación, el odio, la pérdida de empleos, y lo que era aún peor, un nuevo rechazo editorial.

Esta noche en particular, los anónimos parecían de mejor humor que lo habitual. Alguien había soltado un chiste a costa de Liberato. Y todos rieron, a pesar de que la humorada era un clisé... o tal vez por eso. Apenas se apagaron las risas, Florencia presentó al nuevo miembro: un hombre de unos treinta y cinco años, delgado, y con todos los rasgos físicos de la enfermedad: cabellos despeinados, anteojos algo torcidos, ropa arrugada, zapatos gastados y sucios, barba de varios días, un leve tic en el ojo derecho, mirada dispersa y agotada, expresión paranoide.

-Mi nombre es Manuel -dijo-, soy un escritor compulsivo y un lector voraz.
-Hola, Manuel - le respondieron a coro.
-Contanos cómo fue que llegaste a nosotros-dijo Florencia.
-Oí del grupo en una reunión de... bueno...
-Vamos, no tengas miedo de hablar-lo arengaron desde el fondo.

Manuel se restregó las manos, visiblemente nervioso.

-Oí del grupo en una reunión que organizamos hace años con unos amigos para...
-Para leer los propios e insuperables manuscritos y regocijarse con el papelón de los demás, no tengas miedo de decirlo-completó Florencia.

Manuel la miró como rogándole piedad.

-Vamos, Manuel, tenés que dar el paso; de vos depende.
-Sí, bueno, nos burlábamos de ustedes en realidad, de los anónimos.
-Sí, típico, claro, es lógico-murmuraron.
-Y qué pasó, Manuel, cuándo advertiste que vos también eras huésped del infierno-preguntó Sebastián, uno de los más veteranos, pronunciando cuidadosamente cada palabra.
-Bueno, no fue cuándo, sino cómo-aclaró Manuel. Y todos asintieron ruidosamente para dar a entender que eran capaces de comprender la diferencia aludida.
-Cómo fue.

Manuel abrió la boca, amagó una palabra, tartamudeo una sílaba ininteligible y, vencido, se cubrió el rostro con las manos.

-¡No, no puedo!-gritó.

Estaba llorando.

Florencia le posó una mano en el hombro y con toda la ternura de la que fue capaz, intentó consolarlo. Sin palabras. Nadie habló. Estaban acostumbrados a estas reacciones y sabían que ninguna anónima frase ajena procuraba alivio; lo único que les quedaba era esperar a que el desdichado se calmara y dijera las suyas.

-Perdón-dijo, tratando de recuperar la compostura.

El grupo consintió con gesto magnánimo.

-Sé fuerte, Manuel- dijo Florencia, llevando el índice al entrecejo, como si quisiese acomodarse unos anteojos inexistentes.

Manuel miró a los anónimos con aire ausente; en verdad no estaba allí, sino enterrado debajo del enjambre de remordimientos que le aplastaban el alma, de lo contrario hubiese reparado en la unánime postura de su auditorio: piernas cruzadas, codos sobre el pupitre, mentones apoyados entre el índice y pulgar derechos. Pero no los vio, y él siguió considerándose distinto, el único desgraciado sobre quien caían las peores secuelas de la adicción.

-Mi nombre es Manuel -recomenzó-; soy escritor compulsivo y lector voraz. Arrastro mi condición desde la infancia -se detuvo un instante; suspiró y prosiguió-: Fueron las historietas. Recuerdo Meteoro, en colores, que mis padres me compraban accediendo a mis ruegos, aunque yo no supiera leer. ¿Por qué la revista si podía verlo en la TV? No lo sé, necesitaba tenerla, hojearla, palparla, olerla, imaginarme los diálogos según las viñetas... Después, cuando comencé el colegio, fueron el Anteojito, y el Billiken... Las compraban, según recuerdo, para complacer a las maestras que exigían figuritas de San Martín, de Belgrano, gráficos de la germinación del poroto y de los tres estados de la materia... del agua... sí, era del agua. Pilas de Anteojitos amontonándose debajo de mi cama, las oía respirar. Pero era la respiración de algunas páginas, no de todas... Pelopincho y Cachirula, Pi-pío y Calculín, Larguirucho, Luky Luke, Tintín, sólo las historietas... Recuerdo algún libro de cuentos también, uno de tapas amarillas cuyo autor era Constancio Vigil, el mismo nombre que figuraba en el staff del Billiken, sólo que con una inicial intermedia diferente... recuerdo que pasé toda una tarde conjeturando el parentesco. Puedo nombrar infinidad de revistas -suspiró-: las he leído todas.

-¡Oh!- exclamaron los anónimos.

-Tal vez nada malo habría ocurrido si mi tendencia adictiva, que también se apreciaba en la escritura, pues me pasaba las horas copiando los diálogos de las historietas en un cuaderno, se hubiese limitado a las revistas. Entonces, creía, me atraían los colores más que las palabras, o el deseo de estrenar un lápiz, más que el acto de escribir. Mis padres, quizá conscientes del peligro o tal vez, como argüían, por razones económicas, evitaban comprarme libros. Sólo en algunas ocasiones especiales, algún cumpleaños, cosas así. Pero tuve la mala ocurrencia de acercarme una tarde a la biblioteca de la escuela. ¿Qué tenía que hacer allí en lugar de estar corriendo con mis amigos? Ellos jugando a Ladrón y Policía y yo husmeando entre los raquíticos anaqueles. Una maestra hacía las veces de bibliotecaria. Me asocié porque bastaba con dar mi nombre y con eso podía llevarme libros a casa... Por primera vez sentí la avidez que... Bueno, ese impulso que se siente en las librerías, el deseo de llevárselo todo; hasta robándolo si no se tiene dinero... Elegí al azar un libro: La vuelta al mundo en ochenta días... ¡Dios, Dios santo! ¡Jamás hasta entonces había vivido lo que viví leyendo ese libro! Comencé a leerlo esa misma tarde, después de tomar la leche y ver al Capitán Piluso.... ¡Y no pude soltarlo sino por las malas, por mi madre que me lo arrebató de las manos para obligarme al baño y a la cena! Durante dos tardes y dos noches no existí más que para ese libro. Regresé por más. Me llevé Veinte mil leguas de viaje submarino, y luego Cinco semanas en Globo, Los hijos del Capitán Grant, Viaje al centro de la Tierra... ¡Dios, con Verne me habían atrapado! Cuando acabé con los libros de Verne, descubrí otros nombres: Salgari, Leroux, Conan Doyle; los libros comenzaron a exigirme la vida y yo se las entregaba... La bibliotecaria, al verme tan interesado en la lectura (yo era uno de los pocos alumnos, si no el único, que retiraba volúmenes periódicamente), trajo de su casa, para prestármelo, el primer libro que logró hacerme llorar: Mi planta de naranja-lima. ¿Por qué, me pregunto hoy, si es verdad que existe, Dios puso en mi camino a esa maestra y ese libro? ¿Por qué esas duras pruebas a un niño que no sabe discernir no ya entre el bien y el mal, sino en lo que le conviene o no? Conforme aumentaba mi interés por los libros, decaía mi actividad física. Ya no iba a los entrenamientos de fútbol, y en los partidos de la escuela, al momento del pan y queso, pocas veces me salvaba de la vergüenza de ser seleccionado al final. Mis padres advirtieron que algo olía mal en Dinam... perdón, que algo andaba mal, y aprovecharon el que yo hubiese dejado entrever un interés por la música para comprarme una guitarra e inscribirme para tomar lecciones. Ellos creyeron que estaban salvándome, pero no hicieron otra cosa que empeorar la situación. Aprendí no sólo a tocar, sino que además a escuchar. El interés por la música me llevó a descubrir una poesía que hasta entonces había pasado sin pena ni gloria por mi vida. Comprendí que había una música distinta a las canciones de Palito Ortega y la discografía del Club del Clan. Ellos esperaban de mí que me aburriese con la Vestido celeste y Merceditas y me fuese a jugar a la pelota. Pero consiguieron que supiera de los Beatles, de Spinetta, de Charly García... ¡Dios Misericordioso! ¡Consiguieron que me pusiese a escribir consciente de mi querer escribir!

-¡Oh!
-Mis primeras palabras fueron canciones.
-¡Ooohhh! ¡Pobrecito!
-Enamoré a mis novias componiéndoles canciones de amor.
-¡OOOOHHHHH!

Manuel bajó el rostro, avergonzado.

-Ánimo, Manuel, soltá todo-le dijo Florencia.
-Con una de ellas me casé, luego nos divorciamos... Y todo por... Maldita ilusión... Nunca pude soportar la vida normal, la existencia honorable de ser un empleado, un ciudadano que vota y paga sus impuestos. Yo, sencillamente, no podía ser lo que se debe ser. Necesitaba soñar, escribir, leer, tocar, cantar... Lo necesitaba para mí, por mí... ya era un adicto, y como todo adicto era, soy, un egoísta -Manuel suspiró, miró a Florencia-: desde aquellos primeros libros me encerré cada vez más en mí. Escribía canciones, escribía relatos y escribía creyéndome un gran escritor... Años así; hasta que a mis manos llegó Rayuela. Y.. ¡Dios! ¡Dios Santo!... Me di cuenta de lo nada que yo era, de lo estúpido que había sido; Dios, creí que aquello era el final.

Manuel se cubrió los ojos, restañó una lágrima, inhaló profundamente y continuó:

-Hubo un final, efectivamente: el de mi matrimonio; mi familia, aquél disfraz de vida normal. Es que nada, mi vida, el mundo, la realidad, nada pudo ser como antes. Nada ni nadie. Mi mujer no era la Maga, ya no pude fingir amor... No fue un final, en realidad, sino un segundo principio. Tal vez el real comienzo. Y tanto mi recobrada soledad como Cortázar fueron un mapa, una guía en esa inmensa meseta de tinieblas que oculta la literatura. Descubrí nombres y hombres, prosas, y mujeres. Cada uno de ellos era un nuevo golpe, un nuevo desafío. ¡Él éxtasis, la extrema felicidad, el lado perfecto y engañoso de toda adicción! Leer Camus y necesitar más. Leer Sartre y más. Lispector e ir por más. Borges y por más... Y Nietzsche, Kierkegaard, Jarry, Miller... Tantos, Dios, y yo alejándome de la realidad, sin un centavo, recurriendo a lo más bajo para procurarme unas páginas que leer, unas cuartillas para escribir... Días pasaron en que no comía porque gastaba mi dinero en libros y en las fotocopias de los cuentos y novelas que enviaba a editoriales para recibir como respuesta un cordial rechazo que sin embargo dejaba puertas abiertas, invitaciones para que continuara escribiendo y enviándoles el material...

-Sí, es el engaño al que nos sometemos-dijo Florencia.
Manuel la miró con el rabillo del ojo y continuó como si no la hubiese oído.

-Mentía, pedía sumas que, sabía, no podría devolver, me vi tentado, yo, un yo al mismo tiempo ajeno a mí, a quedarme con libros prestados, negaba descaradamente que los tuviese en mi poder... -se limpió la nariz y continuó-: Mi mujer vino un día para hablarme, intentaba recomponer nuestra relación, pero la eché de mi casa, y ese mismo día vendí la alianza para comprar más libros y una resma.
-¡Oh!
-Gasté todos mis ahorros en lectura, y mientras tanto seguía escribiendo, cada día, cada tarde, cada noche, apenas dormía unas horas, no conocía la luz del sol... -hizo un pausa-: Un día descubrí a Vian y...

Una lágrima le recorrió la mejilla.

- Manuel, calma, sacá todo.
-Nunca llegaba la cima. Yo quería leerlo todo, saberlo todo, entenderlo todo, pero el camino era infinito y mi alma desesperaba. Cuando un libro me demandaba más de dos días de lectura, comenzaba a odiarlo, culpándolo por el tiempo que le robaba a los demás. El único remedio para sanar ese odio era escribir. Y entonces la página en blanco, la mente en blanco, el mundo en sepia, y una nueva variante de la angustia hasta que por fin aparecía la primera palabra y luego otra y otra y otra hasta lograr mi enajenación, mi natural desahogo, la sublimación de mi odio hacia los libros que ninguna culpa tenían. Responsabilicé después al tiempo y de ese modo me las tomé con Dios, hasta comprender que el tiempo tampoco era responsable de nada, sino yo, el único verdaderamente efímero y mortal en todo este asunto... Mi vida no alcanzaría para leerlo todo y saberlo todo, y jamás lograría escribir todo lo que quería, y todo lo bien que quería... Yo era el único responsable, yo... ¡Me odié tanto!... ¡Me odio tanto!

Se echó a llorar una vez más.

-Manuel, diste un paso fundamental: reconocer la adicción -dijo Florencia-. Ahora depende de tu fuerza de voluntad. Tu historia es la misma historia de cada uno de nosotros... Jamás podrás curarte, lamentablemente, pero al menos podés intentar cada día llevar una vida normal. Mirá, por ejemplo, a Tomás: el llegó hace un mes, tan desesperado como vos. Y hoy ha logrado recuperar su trabajo como empleado postal y luchará por conservarlo hasta la jubilación; pronto se casará con una mujer que le ha prometido despertar a su lado cada día del resto de su vida. Igualmente yo, Manuel, desde hace un año no toco un libro; cada mañana me levanto diciéndome: hoy, sólo por hoy, evitaré leer y escribir. Desde hace un año vivo el mismo día todos los días, resistiéndome a la tentación, digitando como una máquina sin alma los números de una caja comercial. Es posible vivir sin sueños, Manuel, es posible resistir la realidad sin escudarse detrás de una ficción; es posible no ya ser uno en la ciudad, sino ser la ciudad, confundirse con ella, seguir la manada: ser, en definitiva, una persona normal. Es posible y vos podés, Manuel. Vos podés. Mirame a mí. Mirame a mí.

Manuel asintió en silencio y se dirigió a su pupitre, sugestionado con el aroma de jazmines que expelían los ojos de Florencia.

La hora llegó a su fin y el grupo se despidió. Manuel acompañó a Florencia una cuadra; caminaron en silencio. En la esquina, ella detuvo un taxi.

-Adiós, Manuel, espero verte la próxima semana.
Manuel le respondió con una sonrisa lánguida. Creyó ver en el rostro de Florencia algo así como una corteza que cedía, algo que inventó como un signo a su favor. El taxi arrancó.

Florencia le había gustado. ¿Qué le atraía? No era joven ni tampoco una gran belleza; sin embargo esa noche -y el resto de la semana-, no pudo quitársela de la mente. Se alejó sabiendo que apenas llegara a su casa tomaría una cuartilla y escribiría. Escribiría, sí, no podría resistirlo. Escribiría para ella, por ella, sobre ella, aunque el texto contara la historia de un mandril o de una familia de lobisones. De pronto se detuvo, mareado, víctima de un arranque de escrúpulos: ¿Tan pusilánime era que no podía intentar la abstención al menos un día? El corazón se le aceleró, las rodillas se le aflojaron. Se apoyó en un árbol y respiró profundamente. Tuvo frío. Junto a él pasó una pareja abrazada; el hombre decía algo al oído de la mujer. Ella río y le besó el cuello. Manuel conjeturó un millón de frases que pudieron haber intercambiado esos dos; entrevió diversos finales: una cama de hotel, un asesinato en un terreno baldío, un accidente a la vuelta de la esquina, unos dientes de vampiros clavándose en la yugular... ¡No, no podía ser tan débil! ¡Debía esforzarse!

Una semana después, limpio, regresó dispuesto a conseguir la atención de Florencia. Estaba ansioso por contar su experiencia, los días que transcurrieron como por un túnel viciado de palabras pero anclados en la realidad. Mañanas temblando delante de una página, resistiéndose, torturándose; las tardes de espaldas a su altar, la biblioteca. Y todo mientras se programaba para aceptar de una buena vez que era la suya una vida miserable. “Yo puedo, yo puedo”, repetía delante del espejo donde veía crisparse su rostro escéptico.

No fue fácil; por más que les diera la espalda, allí estaban sus libros. En una reacción desesperada, los vendió a un librero de San Telmo. Pensó en Florencia para darse valor. Con el dinero de la venta pensaba invitarla a una cena y a una suite en el mejor hotel...

Florencia le atraía demasiado. Hasta creyó que podría enamorarse.
Y ahora estaba dispuesto a demostrarle que él también había logrado sobrevivir una semana sin su dosis de palabras. Era posible, sí, ella tenía razón, ella era el ejemplo.

Cuando llegó a la escuela, se enteró por los porteros que el grupo no se reuniría.

-Una de las chicas se suicidó. Florencia. En el pizarrón escribieron la dirección del sepelio. Es en Barrio Norte, ¿se la anoto?-le soltó el sujeto.

Manuel sintió una explosión en sordina, como si alguien le hubiese aplastado una bolsa de papel agujereado en el rostro.
El piso cedía, parecía de gelatina.

-¿Se la anoto?-repitió el portero.
-No, gracias-, creyó responder. Pero se alejó sin haber abierto la boca.

Le latían las sienes a rebato. Sudaba frío. El mundo parecía dar vueltas entre chispas azules y blancas.

Lloraba.

Instintivamente introdujo las manos en los bolsillos, contó el dinero, secó sus lágrimas con las mangas de la camisa... Como las ratas que huyen del fuego, corrió desesperado hacia la avenida Corrientes, donde las librerías no cerraban sino hasta muy entrada la noche.

lunes, 20 de agosto de 2007

Día D

lunes, 20 de agosto de 2007 4

Deseo desaparecer, Delia... Desperté débil, derrumbado... decidido. Desayuné despacio, dolorido, disperso... desesperado... denso. ¿Desperté?

Dentro del dormitorio, deslizáronse demonios -¿develadores?-, distribuían dudas, dábanme demasiados datos de doble dorso. Duraznos desangrados dinamitaron decenios, dibujando dóciles deidades devenidas doncellas -danzaban distantes, doblegadas dentro de diamantes desgastados. Desnudáronme diestramente. ¿Dipsómano delirio? Decidí dejarlas, Descendí desasido del dolor (¿Desde dónde, destino dañino, determinabas dejarme desamparado?). Destemplados, desfilaron desaparecidos días de dignidad; divisé dátiles de desiertos desterrados (doradas dunas, desobedientes dunas), devotas diteístas distribuyendo diezmos dominicales (dualidad, duradera dualidad); damas denigradas derrotando dragones, dándoles diademas desusadas, desbordándolos de doctrinas descoloridas, desmañadas; descendía, descendí, durante dos días descendí desoyendo decretos, desempolvando desidias. Dormía de día. ¿Dormí? Duermevela devoradora, ¿discurría, devenía?

¿Debía documentar desemejante desolación? Decidí despojarme de dudas: derramé displicentes décimas, diagramé dísticos disléxicos dignos de defecarse, depuse dodecasílabos decididamente distróficos... derrotado, desfallecía.
Descendía, descendí descuartizado; descendí -dionisíaco descenso- diluyéndome, difluyéndome desbastado.

Duele disgregarse, disentir, dividirse... duele.

Descendía, descendí... Divergentes dogmas derrumbáronse delante de Dios; Dios desoyó ditirambos, doxologías... Descendía, descendí. Durante días deambulé dentro del décimo disco (de Dante desconocido), desmesurados diablos dictábanme duros designios; deseaba desaparecer, Delia. Deseaba desaparecerte.

Delia. Drásticamente, desaparecer... desaparecerte.

Detrás del desencajado dosel, descansaban doce decadentes dinosaurios; dimanaban del dolor. Desahuciado, descansé. Dormía (¿dormí?); develé destinos desde donde discursos diletantes desafiábanme descaradamente... descendía, Delia; displicentemente descendí. Desconocía distancias; descendí domesticado, desdibujado... derrotado. Deseaba desaparecer, Delia. Desaparecer, distenderme dormido, desmigajarme, difuminarme despacio, deshilvanarme, Delia. (Delia, demonio ductor; desalmada Delia... Dirigías, dúctil, desnudas discrepancias, dándoles dones demasiado disolutos, disimulando despóticas determinaciones... descendía, Delia; descendí).

Desperté (¿desperté, dormía?) delante de doce dinosaurios desmayados, doce deidades danzantes devenidas doncellas (distantes, dentro de diamantes desgastados...). Doncellas despiadadas. Desflorándolas, descubrí desánimo; dejé dádivas; desoyendo deseos, decidí derivar. Derivando, descendí. Descendí, descendí. Delia, descendí desencantado.

Desanclé. Detrás dejaba doce dinosaurios dormidos, doce diamantes desgajados... (Duele desenterrarlos, Delia, ¿debía dejarlos, debí dejarte?). Descorché, destapé... descendía. (Delia, demonio ductor desplegando duelos de dagas disímiles; Delia, desalmado desperdicio).

Descarrilé. Descendiendo, descarrilé. Debajo del demonio, descarrilé. Desedifiqué discusiones, desmentí decisiones, denosté Dulcineas, despojé delicias... Descarrilé, Delia...

Deseaba desaparecer, desfigurarme, ...

Detrás del desánimo, descubrí datos del dinamismo destructor, deduje difuntas dolencias, dinásticos desamores deseando desplegar desuellos, desdeñosos detractores desfilando desde... ¿desde dónde? Desde Delia.

Delia (dame descanso, Delia; debería dejar de desvariar); desde Delia.

Despabilado, decidido, desengañado de dioses delirantes, decidí darme (darte) desinencia. Desopilantes duendes, desjuiciados, de Delia dominados, dimanaron desmanes dentro del dormitorio; desenvainé dos dagas, dócilmente desaparecieron. Dirigime donde Delia dormitaba -donde dormitabas, Delia-, desasido de dagas, desarmado. Distinguí, desnudos, destinos desolados, deplorados, determinantes.

Décimo disco, Delia. Duraznos desangrados dinamitando decenios.

Décimo disco.

Dolor desierto, dolor desanimado. Dolor, dolor, dolor.

Décimo disco, Delia. Doble delirio.

Descastado, Delia, dupliqué divagues; deplorables divagues; digresiones (dados daneses, destrales damasquinos, dioses desairados -dominado Dyaus, diestro Dédalo, Dagr desmontado-); delicado decoro, dediqué dispares dones... Delia, decomisaste dulzura...

¡Debacle! ¡Deshonor! ¡Delia, dónde dormías! ¡Descarada! Delia, devolveme divinidad, dignidad... Delia, disparame. Delia, disparame... Deseo desaparecer. Desaparecerte.
Deshecho, disgustado, disparé... disparaste...

...¿Dormí, desperté, despertamos? Decaen desidias, desfallecen dudas...

Duele, Delia; duele.

Desciendo, desciendo, desciendo... descendí.

Duele darte despecho. Desperté débil, Delia; decidido... Duele.

jueves, 16 de agosto de 2007

Historia escrita con la pluma de un ángel (cuento)

jueves, 16 de agosto de 2007 4
Máximo Salvador Guzmán fue, durante mucho tiempo, el único amigo de mi padre. No se entienda con esto que mi padre era una persona huraña, nada más lejos de la realidad: desde su llegada a la ciudad no había hecho más que ocuparse en sembrar nombres importantes en su agenda; se había propuesto cimentar una posición social y para lograr su cometido poco a poco se colocó a sí mismo como un nexo inevitable para la relación interesada entre aquellos nombres. Con esa vana habilidad se rodeó de personajes influyentes... pero en realidad -y no lo supo admitir sino hasta aquel último día en que vio a su amigo Máximo-, había estado siempre solo, agitándose en aguas de una existencia vacía.

Máximo también recayó en la ciudad, pero él no perdió su simpleza esencial; nunca se ofendió por los desplantes de mi padre: no poseyó el orgullo o la pedantería necesaria para crearse tales ofensas. Habían sido amigos desde la infancia pueblerina, pero en la ciudad, y durante los años de mayor frenesí, coincidían muy poco.

Se vieron por última vez, al menos en mi presencia, una mañana de hace más de cincuenta años. Mi padre se acicalaba frente al espejo del vestidor; una junta de ya no recuerdo qué comité de acción benéfica lo había nombrado su presidente. El traje de corte se ajustaba perfecto a su talle, los zapatos relucían y el aroma de su perfume, suave e imponente, logrado tras largas noches de alquimia cosmética, era el único posible para esa hora, para ese lugar, para esa persona. El bigote cuidadosamente recortado, el cabello amoldado a su cráneo simétrico, la camisa blanca, muy blanca y muy planchada y muy almidonada; la corbata adecuada; los justos gemelos: si hubiera debido elegirse un modelo de hombre para que en otros mundos apreciaran el arquetipo humano, nadie habría sido más preciso y necesario que mi padre aquella mañana.

Mientras mi padre se disponía a repasar el texto de su discurso, yo, aburrido, extravié mis sentidos en las últimas golondrinas que revoloteaban sobre los abetos del jardín. Me asomé a la ventana tratando de continuar la trayectoria de una de las aves, mantuve su ruta vertiginosa hasta que descendió bruscamente hacia el sendero cubierto de ocres y amarillos; luego, el ave ascendió con la misma velocidad con la cual se había arrojado, pero no pude seguirla, pues mis ojos habían chocado con la mirada de una silueta repentina; quedé aturdido, como si ese choque se hubiera producido entre dos cuerpos tangibles; mis rodillas flaquearon; sólo volvió el color a mi rostro cuando descubrí que aquellos ojos inmutables eran los de Máximo.

Le anuncié su llegada a mi padre; no supe reconocer en su respuesta alegría o fastidio por la visita -las palabras nunca habían sido garantía para interpretar la emoción que existía entre ellos-, sin embargo noté un leve brillo en su mirada que se me antojó el detalle que había estado faltando para su pulcra perfección.

Máximo ingresó a la habitación sonriendo; me abrazó, me besó, y me pellizcó dolorosamente los cachetes mientras me despeinaba con sus manos rugosas. Luego de abrazar a mi padre, extrajo de su chaqueta el mejor obsequio que recibí en toda mi vida: una pluma con cuchara de plata que - me dijo- era una artesanía celestial elaborada con la pluma del ala de un ángel.

La belleza de la pluma era inobjetable, pero me molestó que me creyera todavía tan inocente como para que me tragara un cuento semejante.

Recuerdo que el aroma como de frituras dulce que impregnaba las ropas de Máximo despertó en mí un apetito inusitado para esa hora de la mañana. Con alguna excusa que se perdió en mitad de camino, pues ninguno de los dos me escuchaba, me retiré dispuesto a repetir el desayuno; al volverme para cerrar la puerta, Máximo enfrentaba a mi padre con palabras que desoí; le entregaba un sobre azul con lacre morado; mi padre parecía derrumbarse; aquella imagen me impresionó desagradablemente; dejé la puerta abierta y bajé las escaleras sintiendo un cosquilleo que me nacía en la boca del estómago y desembocaba en la punta de la nariz; llegué a la cocina por inercia y tomé un pan por el reflejo del apetito ya ausente.

Me pesaban los pies, pero igualmente subí, atraído por la curiosidad o por vaya a saber qué impulso. Entré sin golpear, simulé un carraspeo; al verme, Máximo dejó de hablar y se retiró cabizbajo hacia la ventana; mi padre, en un gesto que yo desconocía, apretó fuertemente los maxilares y cerró los ojos; los músculos de su rostro se tensaron; aflojó su corbata y se dejó caer sobre el sillón con una carta y el sobre azul entre las manos. Me miró y ocultó la carta en un bolsillo.

Presentí un secreto obsceno.

Máximo apoyó una mano sobre el hombro de mi padre y me hizo una seña para ordenarme que me retirara; consternado, di media vuelta y salí de la habitación. Casi a mitad del pasillo, curioso y preocupado, volví la mirada; fue entonces cuando vi a mi padre llorando desconsolado frente al impasible Máximo Salvador Guzmán.

Sentí una enorme tristeza: mi padre había sido, al fin y al acabo, un ser humano vulnerable. Atribuí su desmoronamiento a una ofensa de Máximo; tomé la pluma que éste me había obsequiado y la arrojé con furia por la ventana.


Desde entonces, mi padre jamás volvió a ser el mismo: olvidó por completo las vanidades sociales y se dedicó realmente a vivir su vida, pero nunca más habló de Máximo ni de la mañana en que lo habíamos visto por última vez.
Crecí con la certeza de que Máximo, de alguna manera, nos había traicionado y por eso lo detesté aunque, paradójicamente, esa traición hubiese operado favorablemente en el espíritu de mi padre.

Treinta años después, ya en su lecho de muerte, mi padre me confesó que nada deseaba más ese día que reencontrarse con su viejo amigo. Yo mal interpreté sus palabras como un ruego, una última voluntad, y me aboqué infructuosamente a la búsqueda de Máximo: no hallé noticias de él ni en la ciudad ni en el pueblo. Cerré los ojos de mi padre con la angustia de no haber podido satisfacer su último deseo... Era de madrugada; el hospital estaba desierto; mis primos, que me habían acompañado hasta poco antes; se habían retirado para organizar el funeral. En la habitación, sólo el cuerpo de mi padre, y el mío, con el alma ausente, incapaz de soltar una lágrima que drenara el dolor. Inaudible, una sombra traspuso la puerta y caminó hacia el lecho de mi padre; en la poca luz pude reconocer a Máximo; su rostro era puro: pensé que la corrupción del tiempo y la vida, que hacen estragos en todos los rostros, había sido ineficaz con el suyo; me miró compasivamente, pero en sus ojos no había tristeza; no moduló palabra; acarició la cabellera de mi padre y luego sonrió. En aquel momento no supe por qué, pero esa sonrisa, que en otras circunstancias hubiera considerado inoportuna y ofensiva, me quitó parte del dolor.

Lentamente, Máximo extrajo de su chaqueta aquella pluma con cuchara de plata que me había deslumbrado en mi niñez, y me la regresó; era tal como la recordaba: me alegró comprobar que las memorias infantiles no son meras ilusiones favorecidas por nostalgias de perfecta ingenuidad.

Con el mismo silencio con el que había llegado, Máximo se marchó, y aunque su presencia había anestesiado mi duelo, no fue hasta un mes después del funeral que tuve el valor para ingresar al cuarto de mi padre. No podía postergarlo más; debía acomodar sus cosas, sus papeles y entonces sí, sepultarlo para siempre. Traspuse la puerta con gran expectativa: sobre el escritorio, libros y hojas sueltas y más libros; el cajón superior del escritorio era un recinto de recuerdos: había fotos de mi madre, había infinidad de cartas sujetas con cintas de colores... y al final de la pila de papeles, en el fondo del cajón, el sobre azul de lacre morado que Máximo le había entregado aquella mañana. Lo abrí sin remordimientos, sin esa sensación de invasión que hubiera sentido con mi padre en vida (todo es tan relativo, hasta la vida misma); la carta, fechada treinta años atrás, era de un ignoto funcionario brasileño que informaba del lamentable accidente que había provocado la muerte de Máximo Salvador Guzmán en el Estado de Minas Gerais, Brasil; como mi padre era el "único allegado conocido del señor Guzmán", le rogaban que tomara los recaudos pertinentes para la inhumación del cadáver o su repatriación inmediata.

Desconozco cuál fue la decisión que tomó mi padre; desconozco dónde descansa el cuerpo de Máximo; sólo sé que están juntos en algún lugar del Cielo: la maravillosa pluma blanca de cuchara plateada, con la cual escribí esta historia, es una evidencia irrefutable.

martes, 14 de agosto de 2007

Mis lecturas

martes, 14 de agosto de 2007 3

Un nuevo libro supone una ceremonia, una actitud, un sentimiento similar a la esperanza; hay como una felicidad en la expectativa que genera. La mera transacción comercial ya es, en sí misma, un prólogo para esa felicidad.

Leo sin rumbo; miro, elijo, leo. Y ahí están en la biblioteca mis libros, los que leí, y aquellos que esperan su turno. No respeto cronologías... Están ahí, esperando por mí, y quizás deban aguardar semanas hasta que me digne a tomarlos; mientras tanto, pude haber leído otros nuevos, y todos tan felices.

Me fastidia que un libro no me atrape lo suficiente como para llegar hasta la última página; me siento traicionado; no son pocas las veces que me ocurre.

Pero, en compensación, la fortuna me acaricia cuando, al misterio de mi propia existencia, se muestra un asomo de revelación en las páginas de alguien que las escribió, quizás, años, décadas, siglos antes de que yo naciera.

Escribir también forma parte de la ceremonia; actúa como separador; hay la reflexión y la ansiedad frente al próximo libro. Escribo para dividir aguas.

La ceremonia es repetida, pero no me agobia la rutina; no hay rutina; no me obligo a ella. Es el juego previo; es la excitación de mi mente; la erección de mis neuronas disparando sensualidad, buscando la apertura voluntaria; la entrega de la historia.

Tomo el libro, palpo sus tapas, acaricio el lomo, huelo sus páginas; leo el epígrafe, espío las primeras palabras, sólo las primeras; estudio la tapa, la contratapa, me informo sobre la editorial, el año de edición. Me alejo. Estoy, me voy; rozo apenas su lomo y alejo mis manos; amago una entrada, un ingreso completo y luego me retiro, dejo que el deseo del libro sea tan intenso como el mío. Me acerco y lo huelo, otra vez; amo el aroma de la página impresa; cuando se trata del aroma de mi próximo libro, la satisfacción es ansiedad.

Cada movimiento prepara el siguiente; cada instante dispone la acción. Cuando todo está listo, cuando ya no son posibles las resistencias, entonces la historia. El goce inicial es casi tan extremo como el que espero para el final.

domingo, 12 de agosto de 2007

Extranjero

domingo, 12 de agosto de 2007 3

El abogado de Mersault lo menciona irónicamente, aunque sin la eficacia que ha demostrado el procurador: el acusado será condenado por su indolencia y no por el crimen en sí.

Creo que es éste el centro argumental de El Extranjero, de Albert Camus: la puja entre la propia razón y el (siempre errado y rechazado) juicio ajeno; ¿quién puede afirmar, sin error, lo que ocurre en la mente o el alma de una persona, sobre todo cuando esa persona se emperra en negar lo que siente?

El juicio ajeno es, también, una obsesión en los personajes de Sartre (Mateo y Daniel en los “Los caminos de la libertad”, Antoine Ronquentin y el Autodidacta de “La Náusea”); eligen ser testigos de sí mismos y no protagonistas para los demás.

El amodorramiento, la indolencia de Mersault no es más que un reflejo de la angustia del existencialismo ateo. En realidad Mersault siente, de lo contrario sería incapaz de afirmar que tal o cual persona le agrada o no. La insensibilidad es una excusa frente a la mediocridad que lo rodea: él mismo es un hombre mediocre y se ha resignado a ello para creer que no sufre por ello.

Llega un punto en que, ante la desilusión, es preferible creer que nada importa, de lo contrario la frustración y la culpa no permitirían vivir (sobrevivir sería el término más adecuado para definir al cinismo). El comportamiento de Mersault es instintivo: es como el bicho bolita que se recoge sobre sí mismo, en la oscuridad y en la inmovilidad, para ponerse a salvo. ¿A salvo de qué? Del juicio ajeno, que es el suyo.

El no creer en dogmas religiosos que le aseguren la inmortalidad o una fatigosa reencarnación (el futuro a largo plazo, en definitiva), lo sume todavía más en el absurdo del presente; vive en la fugacidad del instante. Las cosas suceden porque deben suceder.
La apatía también se alimenta con un descubrimiento inconsciente: todo tiene una lógica, aunque esta lógica sea absurda. Todo puede amoldarse a la razón. Y como la razón está supeditada al espíritu (Ortega y Gasset dixit), sólo ve lo que el espíritu la predispone a ver; para lo demás es ciega.

Esta “razón espiritual” lo condena a muerte: la amenaza del juicio ajeno se corporiza. Sobre el final actúa nuevamente el instinto y lo empuja hacia una esperanza, pero es una esperanza inconsistente, porque carece de fe.

Reacciones como la de Mersault se repiten en La Peste, donde Camus hace decir al cronista: “No había sitio en el corazón de nadie más que para una vieja y tibia esperanza, esa esperanza que impide a los hombres abandonarse a la muerte y que no es más que una obstinación de vivir”. Vivir siempre ahora, en el presente, lo cual no logrará librarlo de la mediocridad y de su propio juicio, tanto o más cruel que el ajeno (¿o es que acaso son lo mismo?).

¿El hombre decide racionalmente sus actos? ¿O la razón justifica (explica, alaba, condena) los actos? Con palabras de Sartre: ¿La esencia precede al hombre (su existencia) o el hombre precede a la esencia?

Es claro que el existencialismo establece, junto con las preguntas, las respuestas. La existencia propone otras...

Hace años que leí El Extranjero; yo no me sentía un extranjero; lo había sido de mi entorno, de las circunstancias que me habían acompañado hasta entonces; pero yo era un habitante de mi patria y mi patria era Yo, y ese Yo era el instante, nada más que el instante. Mi historia había desaparecido, mi futuro carecía de importancia. Yo era un Yo con sus límites bien establecidos, con unas normas que estaban generándose y que desde el comienzo demostraban que serían contrarias a toda norma, de una xenofobia tan repentina y tan urgente que no permitirían a nadie más que a mí. El exterior, las personas, las palabras, mis propias ideas, todo quedaba relegado a la categoría de percepciones sensoriales.

Rosario es una ciudad lo suficientemente grande como para cruzar a miles de desconocidos sin necesidad de saludarlos y tan pequeña como para que diariamente puedas reconocer a alguien en cualquiera de sus calles. Uno no alcanza a sumergirse en la paranoia, pero tampoco logra perderse en el anonimato. Rosario es mi ciudad. Yo soy Rosario. Algunas tardes lo siento; entonces el tiempo se detiene. El instante se extiende y es precioso estar en él. El río se ve calmo, el cielo es de un azul sin necesidad de soles, las chicas me sonríen, las ideas son claras o mejor aún, no hay pensamientos. Sólo esa sensación de ser la ciudad. A la epifanía le sucede el desengaño; he disfrutado, es cierto, pero esa satisfacción me revela que mis ideas están atadas al entorno, que soy lo que deseo que crean los demás de mí, que brillo y me detengo en el tiempo para que el río me mire, el cielo me mire y las chicas me sonrían. Soy repentinamente consciente de que mi sentimiento era una idea; en ningún momento dejé de pensar; en ningún momento el tiempo se detuvo. Ni por un segundo vencí a la muerte.

jueves, 9 de agosto de 2007

Aniquilación de los sueños (cuento)

jueves, 9 de agosto de 2007 4

No sé cuándo fue que perdí la capacidad de recordar los sueños, tal vez en mi última juventud, cuando dejé de darles importancia. Desde entonces despierto sólo con el desencanto de la noche anterior, con un sabor agrio y empastado de cigarrillos fumados con prisa; en el mejor de los casos con la mente en blanco, perdido en el instante, actuando por inercia hasta después del baño y del café con leche.
Jamás había tenido sueños proféticos ni grandilocuentes: las chicas de mis noches húmedas eran de una belleza común, cotidiana, ni siquiera parecidas a mi madre como para justificar una visita edípica al psicólogo; las monedas que encontraba en las esquinas eran bien argentas, minga de oro y perlas, apenas un par de pesos para cigarrillos que se transformaban en lápices de colores, porque ya se sabe que los sueños son así, primero cigarrillos, después lápices y quién te dice que hasta chicles si eludís el despertador; mis pesadillas también eran de los más comunes, meras angustias generadas por situaciones absurdas, como aquella en la que me veía nadando en el aire, contra la corriente, impedido de avanzar un palmo, mientras el mundo se alejaba y se perdía en la distancia.
De algo estoy seguro: las personas que interactuaban conmigo en esos sueños jamás habían tenido rostros ni rasgos tan definidos como éstas que recuerdo de anoche. Quizá por eso la sorpresa, el sabor amargo que aún perdura, la repetida sensación de augurio.
Esta mañana intenté comentárselo a Sofía, fue mi primer intento de solución; pero ella no le dio importancia a mis palabras, apenas si me oyó entre el teléfono y las corridas en los pasillos, antes de salir hacia tribunales o hacia un banco de Bragado, creo que dijo. Quisiera que no me pese tanto, yo sabía que no me oiría; además, no lo hubiera comprendido; creo que ella tampoco sueña; es más, sospecho que no duerme.
Sin embargo, aunque trato de restarle importancia, sé que un diálogo tranquilo con Sofía hubiera servido para exorcizar mi alma, para matar al perro y terminar con la rabia que ya ganó mi cuerpo, para qué negarlo; pero ella no estaba ni estará dispuesta a oírme: se ha enamorado... Una mujer enamorada no escucha, no ve, no... nada...
Tengo miedo; la idea profética del sueño me persigue, me acosa; permanece interminable el terror con el cual desperté esta mañana.
Todo ocurrió aquí, en esta misma calle y fue tan real (tengo que decirlo, me siento obligado a la aclaración, aunque ya se sabe que los sueños se viven como reales y por eso la impresión que siempre es tristeza: despertar y ver que la chica no está; o que los bolsillos siguen vacíos; o que no se puede ni siquiera flotar) que hasta sentí el calor de la bala que perforó mi estómago, y el de la sangre que después fluyó por entre mis manos... Es tan ahora la pesadez de mis ojos resistiéndose a la oscuridad, tan presente mi resignada enumeración de proyectos inconclusos... No había dolor físico, sólo el martirio de saberme incapaz de revertir la fatalidad; había, sí, un padecimiento más atroz que el corporal, era el que me provocaba una sombra pesada que se acercaba para vencer la resistencia de mis párpados, para llenar de nada un instante que yo había imaginado y deseado revelador.
Morí, en mi sueño morí; experimenté el vacío durante un segundo o un siglo, eso no importa, porque allí no había tiempo, únicamente nada; y esa nada me transportó sin movimiento hacia un lugar que fue el despertar brusco, jadeante y sudoroso de esta mañana; cuando abrí los ojos, angustia y alivio estaban ahí, conmigo, en el reborde de la cama.
Todo ocurrió en esta misma calle.
Si Sofía hubiese prestado oídos a mis palabras, si al menos un café y una mirada que rompiesen con la secuencia de los espejos enfrentados... Pero nada de eso pasó; el sabor amargo perdura, se repite sin pausa como en el sueño.
En mi sueño, como ahora, caminaba ensimismado, recordando una pesadilla que me había sorprendido en la noche y que me obligaba a volver a la escena del crimen, porque Sofía nada... entonces yo mismo me contaba lo ocurrido y me explicaba que en el sueño, como en mi sueño, caminaba ensimismado, recordando una pesadilla que me había sorprendido en la noche y que me obligaba a volver a la escena del crimen porque Sofía nada... y así hasta el infinito, muriendo una y otra vez, regresando para tropezar con la misma piedra en un eterno acaecer.
Como ahora, en mi sueño tomaba un cigarrillo y debía cubrirme del viento para encenderlo, así, de la misma manera que enciendo éste; mis gestos y mis movimientos son iguales, repetidos. Todo sucede en secuencias calcadas, exactas.
Las circunstancias son tan idénticas que puedo anunciar, sin temor a equivocarme, el paso veloz de la ambulancia que en unos segundos quebrará el silencio infrecuente de esta calle a esta hora, casi las cuatro, como en mi sueño.
Si Sofía me hubiera escuchado, habría escupido (sí, escupido) mis sentimientos en palabras; le habría contado que yo podía verme desde diferentes ángulos, como si una veintena de cámaras se hubiesen dispuesto estratégicamente sólo para mí, único espectador; y cómo cada una de esas cámaras se iban apagando hasta recaer en una única imagen que unía todas los perspectivas, desenfocada y absoluta, en el instante en que sonaba el disparo y una bala candente me perforaba el abdomen. Le habría explicado cómo la imagen de ese rostro, el de mi asesino, se salía de foco por el esfuerzo al que yo me sometía por mantener los ojos abiertos, por aferrarme a la vida. Si Sofía me hubiese permitido romper uno de los espejos, la secuencia habría terminado allí, en esa charla de café. Pero ella sólo teléfonos y oficina, enamorada de alguien que no soy yo: la reiteración frustrante de su indiferencia.
Recurrí a Sofía sabiendo que no debía contar con ella; desde siempre estoy obligado a socorrerme sin ayuda, una, cien, mil veces, tantas cuantas requiera mi instinto. De manera que, apenas la dejé, retomé la calle de mi sueño obligándome a no llorar mientras esperase a mi asesino.
No estoy llorando; no puedo, además. Hace tanto que no puedo siquiera llorar... Tantas veces caminé por este lugar, los detalles son tan presentes, tan ahora en mi sueño, que ni el vecino más antiguo de la cuadra podría enumerarlos mejor que yo; la grieta húmeda de una baldosa, el árbol casi muerto de la esquina, el kiosco cerrado, el excremento de palomas sobre el techo de aquel auto... todo fue y todo es.
Fue apenas un sueño, la pesadilla de una noche, y sin embargo es eterna, absoluta; me mantiene prisionero y girando en círculos sobre el temor de las premoniciones.
Reconozco las secuencias de mi sueño prisión; aunque quisiera evitar las repeticiones, coincidiría en cada movimiento, en cada gesto... Camino lento, tan lento...
Necesito quebrar este castigo de morir, despertar, morir, despertar... Retomo la calle con la misma intención de quien empuja una púa estancada en el rayón de un disco: busco el salto, la puerta de tiempo que me permita escuchar el resto de la melodía y, esta vez sí, hasta el final.
Quiero modificar el instante pero las circunstancias me dominan; todo, hasta el vuelo rasante de ese gorrión, se repite idéntico. Las mismas casas, el mismo piso, los mismo árboles de mi sueño pero acá, en esta cuadra. Si hubiera comenzado mi marcha en otra calle de otra ciudad, de otro país, se habrían repetido las escenas de mi sueño una tras otra, sin olvidos, sin descuidos; todos los actores habrían estado atentos al pie que les indicaría el ingreso a escena: al timbre que acciona esa anciana y permite la aparición de la gorda de ruleros que abre aquella ventana y espía y luego cierra los postigos con un golpe seco justo cuando las campanas de la iglesia dan las cuatro. El instante me persigue; esta es la calle de mi sueño. Todo se corresponde. Aunque quiera retrasarme, la realidad me alcanza en mi demora y ajusta sus tiempos a los tiempos de mi sueño; sé que pocos metros más adelante aparecerá como de la nada un joven de pelo largo y negro, de ojos grises y mirada lánguida. Él me pedirá fuego para encender un cigarrillo, y mientras yo rebusque en mi campera, apoyará el cañón de un revólver sobre mi abdomen para anunciarme que soy su víctima. Tendrá manos temblorosas que serán incapaces de impedir la presión al gatillo; me enviará, sin remedio, a una muerte que será despertar y angustia y jadeo y sudor frío y Sofía enredada con los cables del teléfono, indiferente a mi temor, a mi cárcel de tiempo.
Ésta es la calle, la misma calle. Camino los mismos pasos, me detengo en vidrieras que ya vi. Ahí está, no me sorprende; finalmente aparece el pibe de pelo negro y largo, ojos grises y mirada lánguida; me pide fuego para encender un cigarrillo, me observa introducir las manos en el bolsillo, y también él oye el eco seco del disparo...
...Todas las cámaras se apagan salvo una, desenfocada, que me encuadra, en su agonía, mientras bajo la pistola.

martes, 7 de agosto de 2007

Peligro, esperanza suelta

martes, 7 de agosto de 2007 4

Promesas para el tiempo que falta: la gran mentira. Me pregunto por qué, Pandora, la esperanza deambula por la tierra si la caja fue clausurada antes de que huyera. Esperar es no tener. Esperamos lo que no está. Esperanza, tan inútil desde que el tiempo no existe. Nos devanamos los sesos por tratar de tocar lo intangible. Somos sustancia esclava de las abstracciones; ¿esperar algo que llegará cuando el tiempo haya pasado? El tiempo es un instrumento para medir qué; no sé. ¿La historia? No, eso sería aceptar el pasado y aceptar el pasado es aceptar el tiempo. ¿Futuro? No existe. ¿Presente? No existe. Pensar y luego existir; hijos míos, dad crédito a un reloj y permitiréis la existencia del tiempo, aceptaréis la muerte. Por qué la maldita necesidad de compararlo todo, por qué la metáfora y la metonimia. ¿Más viejo? ¿Tan viejo como qué? ¿Hace falta conocer la edad de una persona para evaluar su sabiduría? Somos esclavos de las abstracciones; fieles prosélitos del papel moneda, de los hectolitros, de las alturas, de las profundidades, del antes-durante-después. ¡Basta! ¡Estoy harto! Yo soy un ser humano, carajo, y mis sentimientos son más tangibles que el cuatro pitagórico: puedo acariciar mi angustia, oler mi felicidad, oír mis nostalgias. Creo y no creo en el amor.

domingo, 5 de agosto de 2007

Razones para morir

domingo, 5 de agosto de 2007 5

Leo a Kundera en La vida está en otra parte: “...Le fastidiaba la pequeñez que hacía de la vida una semivida y de las personas semipersonas. Quería poner su vida sobre la balanza en cuyo otro platillo está la muerte. Quería que cada uno de sus actos, que cada uno de sus días, que cada hora y cada segundo fueran capaces de dar su talla frente a la medida máxima que es la muerte”.
Somos enfermos de una atávica pureza (no somos puros, sólo aspiramos a reconstruirnos en ella); somos los que caemos con cada golpe de la realidad y volvemos a levantarnos fingiendo que el golpe no nos ha dolido, o que nos ha dolido diez veces más; somos los que juzgamos el amor por su carga potencial de dolor; somos los parias, los que ocultamos que preferiríamos leer y escribir a tener que estar charlando acá con vos de fútbol; somos los que tan fácil lloran aunque los ojos desde hace años estén secos; somos los que, queriendo cambiar el mundo, vemos morir nuestras fuerzas, nuestras ganas, nuestros mundos; somos los que leemos: “el futuro, esa distancia” y los que luego anotamos: el futuro, esa distancia que recorremos sin conciencia hasta que un buen día nos damos cuenta de que ya esta aquí, o lo que es peor, quedó irremisiblemente atrás, y nos decimos: cuál ha sido, entonces, mi destino; somos los que nos negamos a morir hasta tanto no hayamos encontrado una buena razón.

Conozco el mar y la montaña; conozco la llanura, los valles y el vacío; conozco el camino, los caminos; conozco las zonas grises, las pedregosas mesetas; conozco la cima, la oscura euforia que pretende ocultar la luz de los abismos, que también (tan bien) conozco; conozco el amor verdadero y lo sé el mismo que el odio más genuino; conozco los amores falsos; los prohibidos; conozco los imposibles y los negados; conozco la desidia, la impostura, el silencio vergonzoso, el ruido vergonzante; conozco el color de las palabras, el aroma de los iconos, la rugosa textura de aquél aliento, el sabor de una mirada, el silencioso alarido de los besos. Conozco la vigilia desesperada de los sueños; el fracaso, la victoria... A todos, a todos ellos, puedo darles el rostro de una mujer. Los conozco, las conozco. Ahí están, aquí, allá, en todas partes. Los conozco, las conozco; todas llevan tu nombre. Conozco la frustración de cada día, de cada minuto de la vida que salgo, miro, busco y no los reconozco, no las reconozco.
Cogito, ergo sum.
Pero esto tampoco es consuelo.

jueves, 2 de agosto de 2007

Auster, el destino y el azar

jueves, 2 de agosto de 2007 2

Auster, de nuevo aquí.
Manuel y yo discutimos varias veces sobre las obsesiones temáticas del norteamericano. La más difundida en las críticas literarias: el azar. Manuel sostiene (sostiene Manuel) que el azar austeriano es ni más ni menos que el Destino en persona. La aceptación que sus personajes hacen del azar, la sumisión ante los hechos, las tremendas casualidades, los deux ex machina sin dioses, que son la base de sus libros, no son más que -Manuel sostiene (sostiene Manuel)- una creencia ciega en el destino escrito, él sí, por los dioses; dioses tangibles, personificados en los hechos y las circunstancias, en los personajes y en el propio autor; sobre todo en el autor. El Gran Plan, oculto detrás del azar. ¿Hay creencia contraria a la de que un escritor sabe sobre lo que escribe mientras escribe? ¿Que cada uno de los capítulos fue preconcebido? Sin embargo, nuestra experiencia nos dice que más de una vez nos las hemos tomado con las palabras y las páginas sin saber por dónde íbamos a empezar... ni hablar de una sapiencia sobre el fin. ¿Y qué si Dios fuese un creador permanente; uno que más o menos tiene una idea de lo que le gustaría, pero no definitiva ni concreta? Un Dios que anda rumiando día a día el capítulo siguiente. Un Dios que se lanza a la página, a veces, sin haber planificado nada y que sea lo que Dios quiera, que palabras hay y hacia algún lado lo habrán de llevar. ¿O no es de palabras, la creación? ¿O no fue Él quien dijo “hágase esto o aquello” y al momento de nombrarlas ahí estaban?
Convengamos -Manuel sostiene (sostiene Manuel)- que hay más libre albedrío en una oración de Cohelo que en toda la producción de Auster. Pero -respondo yo-, ¿no corresponde a una decisión de los personajes eso de someterse a las fuerzas del azar? No, señor -dice Manuel-; los personajes de Auster no deciden aceptar el destino; ellos saben que están destinados a que la brisa del azar los arroje hacia uno u otro lado, por eso se entregan sin reparos (o con ellos, pero de todos modos lo hacen). Eso sí, agrega con algún titubeo, veo una tremenda lucha interior entre lo que Auster considera intelectualmente correcto y lo que en realidad siente y cree.
Me limité a responderle que su análisis era un poco superficial, y que, como siempre, reflejaba en los otros las actitudes e ideas que les eran propias. No se enojó; nunca se enoja cuando le digo esto. Se limitó a mirar la taza que sostenía entre las manos y, después de haber pensado vaya uno a saber qué, como de costumbre, me preguntó: ¿Y vos no?

PD: Una aclaración o una presentación: sobre El Otro de los escritores se ha escrito ya mucho antes y mejor que lo que yo pueda arriegar. Manuel es, según definió Cortázar en una entrevista que se puede ver aquí en el blog, mi Mr. Hyde. ¿Esquizofrenia? Ya lo tengo dicho: la locura es rosarina: ¡Damos fe!.