martes, 25 de septiembre de 2007

El tiempo detrás del tiempo

martes, 25 de septiembre de 2007 2
Dice una canción de Calamaro: "cada vez que toco un poco fondo, cada vez que el tiempo vuela..."
... Y sólo el Johnny de Cortázar supo sospechar el tiempo.


domingo, 23 de septiembre de 2007

Capítulo 28

domingo, 23 de septiembre de 2007 3
El texto que sigue es un capítulo de la novela El origen de las especies, que escribí en 2003.

Había sido una premonición; el dolor que hubo presentido en la noche no había sido más que un eco del ahora, de la angustia silenciosa, de la increíble realidad que le decía a gritos que su padre había muerto. No lo podía creer; sentía el dolor, pero un dolor que nacía de la combinación de las palabras muerte y padre, de las ideas que representaban por separado, de la sustancia entremezclada de los conceptos, pero no era el dolor que había imaginado (si es que alguna vez se había permitido pensarlo) para el momento posterior a la muerte de su padre; aquello era algo irreal, insensible, como si la ausencia no fuera más que pasajera, ya que por las noches él regresaría y la besaría, y se marcharía al cuarto luego de haber cenado.

Había leído, en las novelas, escenas que le arrancaron lágrimas de piedad, deseos de arrojarse en las páginas y abrazar al hijo huérfano, porque de alguna manera, mientras leía, ella era ese hijo como había sido también el padre, en la vida y en la agonía; Esperanza, en los libros, era todo y era todos, y sentía como ellos, sentía las palabras que explicaban el dolor, sentía el dolor mudo, el sugerido, pero también sentía otro que era la suma de todos los dolores, los de esa historia y los de las anteriores, sumándose a los propios, nunca tan profundos como los de quienes vivían en los libros; los viejos dolores renacían con la muerte y la piedad y el deseo de estar allí para abrazar al héroe, para abrazarse a ella misma, aunque en ella los dolores pareciesen tan fútiles.

Este dolor era distinto de aquél que se curaba con lágrimas y olvido, con un nuevo libro, con risas, o con aventuras. Este dolor era inmarcesible y no provocaba llantos. La idea padre estaba a un lado, la idea muerte al otro, y bajo sus pies descalzos quemaba la abertura que se abría para no tragarla, para mostrarse profunda y peligrosa, definitiva y consoladora, pero dejándola allí, en el borde, abrasándole los pies. Ese dolor no podía llorarse, no podía drenarse. Y era imposible, un dolor imposible para una realidad imposible. Muerte y padre. Padre y muerte, los conceptos cercanos le provocaban la angustia. Muerte y padre, padre y muerte, pero se negaba a enlazarlos y conformar padre muerto, muerto el padre, su padre ha muerto, ha muerto papá. Imposible, imposible, imposible, por eso no lograba llorar, por eso era el dolor, por su imaginación sádica, por sus pensamientos indeseados, por el miedo. Era mentira; era una verdad mentirosa, ¿qué le diría al capitán? ¿Que había muerto su padre?

Esperanza no sabía mentir.

Golpeó Antonio. No hubo respuesta. Esperaron. ¿Cuánto debía esperarse para volver a llamar a la puerta de un capitán? ¿Qué le dirían?

Si fuese Antonio quien hablara, diría que ha muerto un hombre, Guido G., pasajero del camarote treinta y cinco del María Fioravanti, y esas palabras serían ciertas. Pero si fuese Esperanza, debería decir que quien ha fallecido fue su padre, y eso no sería verdad; habían las palabras, los conceptos, y el idioma para formar las frases, pero faltaban la sustancia y los hechos, porque nada de lo que Esperanza dijera podría sonar cierto. Esperanza no sabía mentir; hubiese deseado cerrar el libro, que todo hubiese sido una historia ajena, propia pero ajena, y abrazarse, y llorar, junto con ella, llorar.

jueves, 20 de septiembre de 2007

El día que fui Maradona

jueves, 20 de septiembre de 2007 0
El martes pasado murió mi papá. Esto lo escribí hace algunos años, nunca se lo di para que lo lea. Es para él. Por favor, no hagan comentarios; yo sé que están ahí.

Puesto a remover la coctelera, la necesidad o el instinto saca del olvido tiempos y rostros que alguna vez nos permitieron una tregua, una sonrisa, una ilusión entre tanto manoseo impúdico; es que en esas lejanas treguas hayamos la excusa para el armisticio presente, ¿o me equivoco? Pero también traen consigo, agazapada, esa ingrata sensación tan ahora, tan contemporánea de que cada segundo desde allá hacia acá fue un paso con pies engrillados sobre un camino cubierto de lodo; pero no le des bola al desánimo, porque esto pretende ser una apología y no una condena a la memoria.

Cuesta, yo sé que cuesta inventarse una alegría, o peor, contagiarse de aquella tan lejana... Y me cuesta ver la forma de tu cruz, peruano; no logro apunarme con tu aire andino, boliviano, y sin embargo sé que aquí en Rosario es igual que en Lima o en La Paz, que en Caracas o en Bogotá, que en Asunción o qué sé yo... Cuesta inventarse una alegría en este Cono que apunta al Sur. Cuesta, todo cuesta. Hay que ser un poco egoísta y encerrarse para zafar; un poco nomás, no sea cosa que te excedas (y es tan fácil pasar de largo en esta existencia sudaca de ahora imposible mañana vemos pero tampoco)... Para mí, la tregua que rescato, es aquella que me regaló el día que fui Maradona.

Perdoname que insista con este blablabla melancólico y dé vueltas como un perro antes de llegar al punto, vos sabrás si querés quedarte, pero yo necesito decir esto, escribir esto. No busco tu permiso, como vos tampoco solicitarás el mío para huir de aquí, si ése es tu deseo... Y nuevamente te pido disculpas, esta vez por mi grosera destemplanza, es que soy así, algo inmaduro, sobre todo ahora, que revivo y me revuelco en la tristeza del fin de la adolescencia. Es que recordar tiene sus riesgos: ahí está lo bueno, ensombrecido por lo feo (adjetivos desmañados pero justos, qué querés).

Lo bueno, Maradona.

Lo feo... ¿No te pasó que, al alejarte de la adolescencia, te diste cuenta de un saque de que John Lennon no siempre había sido Lennon ni que Julio Cortázar, siempre Cortázar? Me juego el alma a que sí. Me juego a que has concebido a, no sé, Charly García, Fito Páez, Woody Allen, Carlos Gardel, o como sea que se haya llamado tu ídolo, como pósters despejados de humanidad (me refiero a una humanidad simple y rutinaria como la tuya); los veías como instantes divinos donde la imagen, la melodía y las palabras se conjugaban eternamente en eso que estaba ahí, en la pared, o descansando en la discoteca, en la memoria, en los anaqueles de una biblioteca, o sobre la mesa de luz, justo al lado de una taza olvidada con borra de café seco y añejo pegada en un fondo ya nunca más blanco, nunca más taza: eso de ahí, de todos los días de nuestras lejanas vidas, tan sólo fueron capítulos de las suyas, tal vez sólo horas, apenas un trámite, una foto por contrato o por favor, una música y una frase resultantes de un destello de inspiración y sin embargo para nosotros, la vida... ahí están, aún en mi entorno, apenas sonriente, con una remera I Love NY, el arquetipo Lennon; serio, trajeado y con un faso mudo colgado de la boca, tan Oliveira a los Ojos de Sara Facio, el ideal Cortázar; ahí están, sin miserias, sin escándalos, sin fallas ni desamores, como juegos de fantasía, infantil deseo de que sigan siendo ídolos, porque en esa existencia fueron (son, Dios mío, deben ser) la extensión palpable de nuestros sueños. ¿Te acordás? Eran los días en que descubrimos a Lennon en Don´t let me down y a Cortázar entre Famas, de modo que John había nacido Beatle, y Julio, Cronopio. ¿Podía existir otra realidad? No, mil veces no.

Sin embargo, antes, durante y después de esos retazos de existencia que sujetábamos a tan mezquinos instantes, hubieron huecos, espacios vedados, minutos enteros perdidos en la contemplación de un verde, en la tibieza dulce de una ducha de verano, días arrojados a las desconexiones del sueño, años apabullados por los temores y las dudas, y también los momentos Criollitas, claro, esos de cosas simples: una caricia de Yoko, una mirada cómplice de Carol... Verdad de perogrullo: hubieron hombres como vos y como yo, además de canciones, libros y pósters. Y son esos huecos desconocidos la verdad de la persona Lennon, de la persona Cortázar o de la que quieras imaginarte; de manera que cuando te diste cuenta de que John Lennon no era Lennon todo el tiempo, ni Julio Cortázar, Cortázar, en realidad adivinabas que Vos, pendejo inmortal, apenas si eras un vos de v minúscula con un sogaca de la madre frente a una vida que te hacía temblar hasta el pescuezo... Cuando entendiste que tu juventud no era un bien adquirido a perpetuidad y que el tiempo volaba con la velocidad del Concorde, te apuraste, te ganó la ansiedad, quisiste hacer algo sin saber muy bien qué, algo impreciso pero ya... Hiciste... ¿Y?

Hoy no sé si la felicidad y la vida de un hombre la constituyen sus obras, porque estas obras son, al fin y al cabo, desembocaduras alquímicas de risas y de llantos, de lamentos y de euforias; de vida y de hechos antecedentes, al fin de cuentas.
Ellos mismos, Lennon y Cortázar, seguramente se desconocían pósters; se mirarían en el espejo y verían a Jhony Long Jhon o a Julito Buffallo Bill, aquellos chicos ansiosos que alguna vez habían deseado ser como Elvis o como Poe, como Carroll o como Parker, y que los habría hecho tan dichosos saberse aprobados por Elvis, Poe, Carroll o Charly Parker... por sus padres (y mirá qué justo vengo a pegarla, te juro que recién ahora lo noto: Lennon y Cortázar buscando la aprobación de sus padres, ellos, abandonados por sus padres); ahí, delante del espejo, después de la foto, seguirían buscando el por qué de sus vidas: por eso Yoko y la paz, por eso Nicaragua y el Che.

¿Habrá sido así en verdad? No sé, es una especulación, la estúpida manía de dar por sentado que el resto del mundo siente y piensa como yo, aún los ídolos inmortalizados por instantes; porque yo, que no soy póster ni nada ni nadie más que para mí, que cargo casi treinta y dos años, hoy, 23 de mayo, me miro en este espejo, en este día donde no llueve porque sería redundante (como escribió Juan Sasturain por algún lado y yo pensé: puta madre... Gracias, Juan) y veo al pibe que alguna vez deseó ser como Lennon, o como Cortázar...

...Y que alguna vez fue (pudo ser) Maradona... ¿Por qué la tristeza, entonces?
Qué ultrajante que tantas penas le quiten lustre a los buenos días. La oscuridad, aún la ineludible, trae consigo estas ingratitudes; el paño cubre todo: lo malo, lo no tan malo, y las pocas, poquísimas cosas que pudieron haber habido buenas (qué ingrato, pero qué ingrato soy).

Tal vez por eso, puesto a pensarme mientras remuevo la coctelera, es que me propuse a soltar este recuerdo; quizá como un desagravio a la vida, o, simplemente, como una excusa para darme ánimos en este día de un gris más que obvio, tardecita de In my Life mientras releo Los Venenos... Tal vez.

...Recuerdo, te veo allá, distante, detrás del árbol de mierda que cubre el muladar; te veo con sol, ahora sé que había sol sobre el potrero -un brillantísimo y poco habitual sol de junio-, que Maíto ya había elegido a Torito y a Maro, y que, sorteando dignamente el pan y queso, me habían adscrito a ese equipo...

...Maíto, Javier, Horacio, yo; y Maro y Torito de nuestro lado, de manera que, aun cuando Cuca jugase para los de Ñandú, contábamos con inmejorables ventajas; es que, jugando en yunta Torito y Maro, o Maro y Cuca, o el resto de las combinaciones posibles, eran imparables (imaginate cuando jugaban los tres juntos, pero eso se daba solamente en los desafíos contra otros barrios); ellos solos prácticamente definían los partidos sin que los demás tuviésemos demasiada participación, mucho menos yo, que jamás me destaqué en el fútbol... En nada, a decir verdad, porque mis hazañas ocurrían siempre cuando no había nadie para testificarlas, puta suerte; aunque eso no me molestaba tanto como el que no me creyeran; y encima la incredulidad estaba más que justificada, porque cada vez que pretendía repetir mis proezas delante de amigos, familia, o quien fuera que sirviera para dar fe, fallaba, invariablemente fracasaba; es un destino que deja huellas: desde entonces cargo con la convicción de que el mundo se ha perdido la realización de un genio solitario, de un prohombre individual; que la civilización seguirá huérfana de la perfecta melodía que toqué y olvidé mientras improvisaba con la guitarra en la soledad del baño, o de los versos más hermosos que pensé o soñé una noche de duermevela sin papel ni lápiz a mano, o de la limpia ejecución de doscientos jueguitos con el pie derecho sin que la pelota tocase el piso ni una vez... y así con todo, viejo, con todo, héroe solitario incapaz de romper los moldes cuando alguien me acompañaba.

Sin embargo aquella mañana fui Maradona, pude ser el Diego, y hoy quiero gritarlo con quien quiera hacerme coro, porque ésta es la puteada que guardaba para las putas sombras que ocultan todo y no la van con gratitudes.

Dejame decirte que el partido fue poca cosa. Goles acá, goles allá, tanteador parejo y ya se iba haciendo la hora de almorzar; el que hacía un gol, ganaba; en eso Javier, el patadura de Javier, no sé cómo va y le quita limpiamente la pelota al estilizado Cuca y se manda derecho hacia el área rival dejando en el camino a tres; viste como son los partidos cuando pibes: todo el mundo corriendo detrás de la pelota, un malón de manos y pies saliendo imprecisos de un humito blanco y compacto, como en los dibujitos animados cuando se dan la biaba... sin embargo yo andaba por la otra punta, solo, y no porque tuviera luces tácticas más desarrolladas que las del resto, sino porque estaba cansado y no tenía ganas de seguir corriendo: la verdad es que ya no veía lo hora de terminar para ir a casa a comer... Pucha, ahora que caigo, si aquello no era más que la misma desidia de todos los días, esos momentos indeseados que te mantienen al margen, un milímetro más allá, como un testigo más que como un protagonista, esa actitud del que analiza todo en la distancia; todo, hasta un orgasmo... En fin, la cosa es que la pelota cayó mansita justo a mis pies luego del desparramo que armó Javier. (Tampoco vayas a creer que por la generosidad de Javier que, viéndome tan libre, me cedía la gloria de convertir el gol decisivo, sino más bien porque en su carrera inusual y desenfrenada la había empujado con más fuerza de lo necesario, tropezando en la arremetida final y cayendo de bruces sin posibilidad de nada). Ahí quedé, entonces, en el borde del área, con la pelota dormida a mis pies; la turbamulta que se acercaba peligrosamente, y yo detenido en un instante de indecisión; la polvareda encima y yo ahí, seco, inmóvil hasta que... No me pregunten cómo, no esperen detalles de esto, sólo sé que eludí un millón de piernas que buscaban tanto la pelota como mis pantorrillas, que quebré cintura y sorteé dos bultos gigantescos que me impedían alcanzar el arco y así, sumido en ese hálito de genialidad que sólo cuando estaba solo, cuando nadie me veía, le pegué de puntín mirando fijamente los ojos del arquero; vi, desenfocada, periférica, la pelota que se elevaba en una sutil diagonal hacia la derecha, y cerré los ojos, como tratando de desengañarme de algo que era demasiado bueno para ser cierto, de un lujoso final que, de otorgarle la credibilidad que da la percepción visual, inexorablemente se desvanecería como en humos de película de Daniel Tinneyre, y transmutaría sus formas en un estanque de aire salado, o en secuencias de autos inmóviles en una carretera hiperveloz, o en edificios derrumbándose o... ¡Gol!, oí que gritaron los de mi equipo. ¡Era cierto! ¡Gol!, seguían gritando, sobre todo Javier, que fue el primero en venir a abrazarme en la actitud de quien reclama los laureles de una gloria que le ha sido injustamente esquiva. Gol, era cierto, era verdad, y no estaba solo, estaban Horacio, Torito, Gustavo, César, estaba la barra de testigo... Yo, el héroe tapado por la adversidad de un destino confabulado con Dios y la existencia, había logrado eludir andá saber a cuántos y la había clavado en el ángulo para euforia de los míos y tristeza de los adversarios... Yo, el cero a la izquierda futbolístico, había generado sendos sentimientos... efímeros, debo admitir, porque enseguida olvidaron el asunto y emprendimos la retirada con rodillas sucias y codos arañados, hablando de discos, de chicas, del colegio, de cualquier cosa menos de los goles, de las fintas de Maro, de las astucias de Cuca, de las delicadezas de Torito... o de mi hazaña, puta madre, la vez que me salía una buena... Tal vez en mitad de camino, alguien se haya destapado con un “che, hoy sí que la rompiste” que sonó más a cachada que a real congratulación, pero ahí quedó; ahí y ya no más, y tampoco estoy seguro...

...Así como le dábamos categoría de instante eterno y absoluto a las maravillas Lennon o Cortázar, yo hubiese querido inmovilizar el tiempo ahí, ojos cerrados y sangre ardiendo, cuando la pelota se escabullía de la puntita de los dedos de Pato y se metía perfecta para ganar el partido. En ese grito de gol hubiese deseado eternizarme; pero ahí estaba, sumido en la triste indiferencia del regreso. Es claro que este sentimiento nos agita a los dotados mediocremente, a quienes sabemos que nos será muy difícil, si no imposible, repetir un instante similar. Hoy, visto en la distancia, me resulta inverosímil que Maro, o Cuca o Torito hayan intentado, como yo, de soslayo, regresar al tema del partido con el sólo fin de recrear una fugaz hazaña. No, los tipos como ellos, como Lennon, o como Cortázar, por más que me emperre en creer lo contrario para excusarme, no se detenían ni se conformaban con el saborcito dulce y vanidoso de un gol bien hecho, de Strowerry Fields Forever o de Circe, sino que seguían, iban por más; dejaban atrás y silenciosos el justo logro, y desgajados de toda soberbia (como ellos, como sólo los grandes) se mandaban al próximo caño, a Imagine, a Rayuela. Pero los tipos que como yo... en fin, la certeza de que ya nunca (con público, se entiende) se repetirá la proeza...

Es feo, es realmente feo ser tan imbécil como para sabotear la propia alegría, porque, como habrás adivinado, regresé a casa con un sabor a derrota parecido a este de hoy (qué feo, qué feo ser tan imbécil), pensando que hubiese sido mejor no haber hecho el puto gol, porque de esa manera me hubiese ahorrado aquel vacío. Era eso, aunque suene a lugar común (no pidan genialidades cuando escribo, mis mejores palabras son aquellas que pienso y olvido), un vacío que me succionaba el ánimo y me dejaba en esa actitud tan mía, tan proféticamente mía. Así llegué a casa, dispuesto a bañarme y salir rumbo al colegio sin almorzar. Cuando entré, ni saludé a mi viejo que me miraba con esa lucecita que tenía en los ojos cada vez que me iba a dar un regalo, era esa alegría por saberme alegre, no sé si entendés... le miré las manos, busqué el paquete, algo, lo que fuese que iba darme y que seguramente no lograría quitarme la pena, pero no encontré nada... y sin embargo esa mirada...

-Recién, cuando venía del taller, pasé con el auto por la canchita...-me dijo.
-¿Sí?-pregunté, sin saber muy bien a qué venía el comentario, porque todos los días pasaba por ahí a la hora del almuerzo.
-Me quedé un rato mirando...¡Qué golazo te mandaste!-me dijo con esa lucecita, ¿entendés lo que te digo? Puta, digo.

Me apoyó una mano en el hombro, me sonrió... y esa mirada, la lucecita, mi corazón latiendo a cien mil por hora... Y ahí, ¿entendés?, ahí... Qué suerte que para hoy tengo ese día. El día que me dice a gritos que, de haberse detenido el tiempo en el instante del golazo, jamás hubiese sido Maradona. Fui Maradona, viejo... El Diego, Lennon y Cortázar, todos juntos. Fui Gardel, por si no te queda claro... Y el mundo siguió andando. Y seguirá, te juro que para mí seguirá; por aquél día, por todos los días... Por eso, cuando me miro en el espejo y veo a ese pibe que se sigue preguntando el por qué de su vida, ya sospecho la respuesta.

domingo, 16 de septiembre de 2007

Mariana

domingo, 16 de septiembre de 2007 4
Nada nuevo: cada vez que leo o releo un texto que me colma de ese deseo de haber sido yo quien lo escribió, tomo una hoja, un lápiz (que no es un lápiz, pero me resultan horrendas las palabras birome o lapicera) y comienzo a garabatear historias que bien pueden provenir de la más pura invención o de lo más profundos recuerdos... o de una simbiosis entre ambos.

Y como ahora, cada vez trato de analizar el por qué de esta reacción siempre bienvenida, aunque la noche y el sueño conspiren contra todo intento de coherencia. Deduzco que podría tratarse de mis ansias de ser, de también ser, de poder escribir como él, que me mira con el pucho en la boca desde una foto y me obliga a pelear, junto con el estilo, contra los errores de ortografía y de sintaxis; es una lucha que se bate sobre la originalidad de un ego a veces demasiado grande y otras muy pequeño. Como sea, desde hace tiempo me propuse ganarle tiempo al tiempo y no desechar las oportunidades.

Por eso me armo de un lápiz (que no es un lápiz) e intento las primeras frases de esta historia que es un recuerdo pero que también es un cuento que terminará por deformarse a la medida de mi mente dictatorial. Confundido por la subjetividad desde la cual esbozo mi historia-cuento-recuerdo, sólo me queda una certeza: el nombre.

Ahora que cada palabra prepara un instante que es ella y un exorcismo que también es ella, me pregunto de qué manera puedo contar algo que nunca ocurrió. Porque, para aclarar las cosas desde el vamos, es imprescindible decir que en mi vida Mariana nunca pasó.

Cómo transformar en palabra escrita el amor que sentí por ella en los días de la absoluta irresponsabilidad; cómo confesarme lo que no fui capaz de confesarle. Cómo decirme que jamás tuve el valor para enfrentarla.

Esto que intento contar, esta historia que es recuerdo y cuento y que nunca fue, es, precisamente, la inacción que me condena a invocar su nombre con nostalgia cobarde (y está muy bien llamar las cosas por su nombre).

Porque mirá que tuve (que inventé, con ayuda de mis amigos) oportunidades para plantarme frente a ella y decirle: "Estoy acá porque te quiero, porque tus labios y tus ojos y tu pelo..." Pero cada vez era igual, risas y distancia: la careta del perfecto idiota que no encontraba el atajo salvador, la cercanía necesaria. En verdad la quise; no era sólo deseo, sino que además la sentía y la presentía tan frágil y yo tan torpe...

Si hasta le escribí una canción cursi como esta historia, sin dudas que le canté una tarde de mates y amigos, acompañado por una guitarra a la que le faltaban un par de cuerdas. Recuerdo cómo me temblaban las manos y la voz. Esa tarde le regalé una hoja con la canción en una página y un dibujo en el reverso. El dibujo, tantas veces repetido, era más o menos así: en la costanera, un chico fumaba apoyado contra un farol y su mirada se perdía en algún punto del margen izquierdo; al otro lado del farol, una chica miraba hacia el margen derecho.

El dibujo y la canción le gustaron (eso fue lo que me dijo) y bromeamos con el supuesto valor económico que tendría ese documento en algunos años, cuando yo me hubiera convertido en un músico exitoso. Claro, eran los días en que todo era posible, incluso esperar, esperar, esperar, esperar, a que los sueños se hicieran realidad, realidad, realidad, realidad...

Tantas las excusas, tanto los encuentros... como el de aquella tarde casual en la que coincidimos en la arena de La Florida y al caer la tarde terminamos todos (ella y sus amigas; mis amigos y yo) en su casa, en la pileta de su casa, y mates y Coca Cola y Laura, que con sus 15 años me hablaba y me decía y me repetía que a ella le gustaban los chicos como yo, que fueran serios como lo era yo, altos como yo, y que supieran mantener una conversación tan agradable como lo hacía yo, que sólo me limitaba a poner cara de "te escucho, seguí hablando que te escucho", cuando en realidad mi cabeza estaba en Mariana y mis ojos miraban a Mariana saltando fuera de foco, y mis oídos eran para la voz de Mariana cantando “Polaroid de locura ordinaria”.

Y otra vez nada, porque la tarde se fue y con ella nosotros, taza taza cada cual a su casa; con Laura, y por eso el camino lento y juntos; ella conmigo pero yo todo Mariana, todo estúpida tristeza.

Cuántas veces intenté escribir sobre Mariana, sobre este recuerdo historia que en realidad nunca fue. Lo comencé una tarde, con nombres diferentes, con la impunidad de la aparente ficción. Escribí finales felices y también trágicos, pero con encuentros concretos en la trama; cada uno de esos intentos terminó merecidamente en el cesto de los papeles, que será, quizás, el destino final de estas páginas.

Sin embargo, hoy me propuse contarlo desde mi engañosa verdad, a confesarme como sólo lo haría en un diario íntimo. Podría empezar diciendo que Mariana era cada una de mis horas, de mis palabras. Pero no: es tan cursi, aunque real. Y además, quien más, quien menos, sintió lo mismo alguna vez, y yo intento escribir para descubrir, no para recaer sobre lo ya conocido.

Entonces podría, quizá, comenzar el relato la noche en que la descubrí tan enamorada de su novio; pero, ¿eso quiero? ¿Quiero contar una historia que no fue justificando mi cobardía? No, claro que no. Quiero ser objetivo desde mi subjetividad, pero cómo. Porque Mariana es imposible de contar sin mentirme, aún mencionando los dos o tres encuentros casuales después de muchos años, encuentros de miradas furtivas en los que ni siquiera un saludo...

A esta altura sospecho que la tarea será, una vez más, imposible. Para qué comenzar, entonces... y mentir... porque todo lo que pueda decirme será una mentira.

Mejor será dormir; quizá sueñe con ella.

Pero eso también será irreal.

¿O tal vez la única verdad?

lunes, 10 de septiembre de 2007

Carta y buenas noticias

lunes, 10 de septiembre de 2007 9
Hoy recibí un mail donde me anuncian la edición de una colección de cuentos en la cual se incluyen dos de los míos (ja, ni se imaginan mi ego por dónde anda). Uno de ellos, Historia escrita con la pluma de un ángel, lo subí a estas páginas. Tengo ganas de meter el otro -Sólo quedábamos nosotros-, pero es más largo todavía y la verdad... tal vez en los próximos días. Lo que sigue, también larguito, es una carta que posteo a sugerencia de Cherry. La incluí en la novela que dio nombre a este blog: Páginas sepia, luna amarilla. Una versión de la obra, llamémosle beta, se puede descargar dando unas vueltitas por aquí.

Deberías verme aquí, sentado, a los pies del monumento. Fin de agosto, mañana clara, y el calor de primavera. Hay una brisa tan suave que me hiere doblemente por no estar bien así, por seguir herido. Es que estoy un poco cansado de andar gastando días en un hueco que ya no me acepta; de tener miedo, de mirar siempre hacia atrás y ver la larga estela, esas huellas de mis pies, surcos en el aire y en el agua, que de tan extenso parece recta y es un círculo, vos lo sabés.

Deberías verme aquí, como me veo yo, rodeado de este sol, de aquellos colores de verde y río, del aroma del rocío, la letanía de los pájaros ganándole por un palmo a los motores de la avenida. Es que, bueno, he caminado un poco, ahora estoy en la barranca. Desde aquí veo el monumento, gris, blanco sucio, de dónde sale su belleza. No me lo explico.

Deberías verme aquí, yo escribiéndote, mirándome escribir. ¿Por qué me miro en lugar de sólo escribirte? ¿Por qué siempre los dos? Será porque espero sorprender mi gesto cuando por fin te diga esto que no me atrevo.

Deberías estar aquí; entonces yo, tranquilo, con deseos, con fuerzas, con descuido, te diría que anoche soñé con mis manos; quiero decir con mis dedos. Si estuvieras aquí, oirías los acentos y la intención, verías mis expresiones, serías testigo de algo más que sólo palabras. Pero no estás y mi único consuelo es plasmar en el papel lo que deseo contarte, mi sueño, con el riesgo de asustarte, de herirte, de que no comprendas. Exagero, como siempre, ya lo sé. ¿Por qué habría de asustarte un sueño que no es tuyo? Es a mí a quien ha inquietado y por eso te escribo, te cuento, te canso.

Deberías estar aquí, me harías tan feliz; verte a mi lado, contener tus ojos en los míos, un mechón de cabello cruzándote la cara, más obediente a la brisa que a tus inútiles intentos por mantenerlo en su sitio.

Deberías estar aquí, extendiendo de pronto una mano sobre mi frente, comprendiendo mi angustia, siendo mi aliada, consolándome con tus besos.

Deberías, pero no; las cosas nunca son como las quiero, como deberían. Las cosas ocurren sin importarles si las quiero, si las acepto. En el fondo no me queda más que aceptarlas: lo siento como un deber y yo sí debo cumplirlo. ¿Para quién? Para Dios, diría Agustín. Pero yo no, no sé... Deberías estar aquí.

Deberías, sí; deberías estar aquí y regresar conmigo a los años de esos chicos que se acercan pateando latas, y chupina, y cigarrillos, amigos para siempre, palabras mentirosas. Deberías, sí, porque a vos también te haría bien revivir esta sorpresa que da la luz de la mañana, ese algo inédito cuando de 9 a 17 la vida se nos pasa volando al otro lado de las ventanas.

Deberías verlo: un color tan brillante, cálido en invierno, primera primavera, el río que brilla como si sólo él yaciera en la lejana imagen de una ciudad vista desde las colinas. Salvo que en lugar de amarillos sobre negros, aquél blanco repentino.

Deberías estar aquí para pellizcarme el brazo y recriminarme esa tontería de las películas, la cajuela del coche, la cerveza en la nevera, luces desde la colina... Deberías, pero no. Y en verdad, aunque estuvieras, nada harías porque a vos también te gustan esas tonterías.

Deberías.

Pero lo que es, lo único que es, lo que hay, que veo, que sé: tu ausencia... Y mi sueño... Y mis miedos... Y la culpa.

Es la brisa, otra vez, ensañada con mi página a falta de tus cabellos. Es una hormiguita roja que invade mi lazo de tinta y que aplasto casi sin pensarlo, y que enchastra el blanco de la hoja ya nunca más inmaculado. No importa, quedará la mancha, ella será testigo y fe de todo cuanto digo. No importa, son sólo manchas; qué de real le harían a una hoja si a mi conciencia no la matan; sólo la torturan: no les conviene que muera. Si yo muero, ellas mueren conmigo.

Es también un cigarrillo (en esto también la brisa se ensaña conmigo) que enciendo y es el quinto. Boca seca, empastada, y yo sin chicles, caramelos de mentol. Es la tinta negra y es mi letra primero compacta y ahora liberada, gastando espacios, dejando blancos no tan blancos, tantos blancos. Es la frase que se empeña en circunloquios (¿o es mi mente? ¿o es mi mano?) para no llegar al punto, la razón por la cual te escribo.

Es esta pausa, levantar los ojos de la página, aspirar el humo, ver el sol, verlo una vez más. Y el río. El mismo sol, el mismo río, le guste o no al griego del fuego fundamental.

Es esto, regresar a vos, buscarte y escribirte, porque anoche soñé con manos; quiero decir con dedos. Mis dedos. Se habían inflado como berenjenas, los vieras. Desperté asustado; busqué ese libro que vos sabés, ese que me avergüenza: el diccionario de lo simbólico y profético que guardan los sueños. Y leí que los dedos representan a los parientes, la familia, los amigos, y que verlos deformados significa enfermedad. De los parientes, la familia, los amigos, se entiende. Una tontería, ya lo sé, pero que querés con tanta angustia. Eran manos, eran dedos, y vos ahí, tan cerca, en mi sueño, con tu cuello entre mis manos, entre mis dedos.

Deberías estar aquí, me siento tan solo entre tanta ciudad. Ahora, aquí, a los pies del monumento, tan cerquita del río (deberías verme). Pero también en la calle que desando, las del centro, las del barrio, en la arena vespertina de melancolía y otoño en La Florida.

Deberías, pero no estás. Y ha pasado tanto tiempo. Dicen que soy joven, pero yo, cómo decirte: no sólo es mi piel arrugándose, resecándose, o mi calvicie ganando terreno; no es solo un dolor en la cintura, en los pies, en los riñones; es más que eso: es la sequedad de mis ojos, el gesto adusto, la tristeza, telarañas en el alma, un botón que no funciona, algo falla si es que soy joven. Y yo sin repuestos (ya no se fabrican); y la garantía que ha expirado.

Quizá no. Quizá no deberías estar aquí; te asustaría el personaje que inventé para mis días. Éste soy yo, el que sueña dedos y te escribe, porque vos ahí tan cerca, con tu cuello entre mis manos, porque la angustia... porque excusa para venir al río, fumar y escribirte mientras me miro escribir que deberías estar aquí, y verme, aquí, sentado... The time is over, me dice una voz sarcástica, la mía, una de las tantas que utiliza ese otro que soy yo: quién sabe si la sintaxis de la frase es la correcta, el inglés no es nuestro fuerte, ya lo sabés.

¿Debería seguir con esta carta, enviártela allí donde estés? No lo sé, nada sé.

Debería, sí, porque comencé a contarte un sueño y no llegué ni siquiera a la mitad. ¿Cómo sabrías el por qué de mi angustia? No es por lo del libro, habrás sospechado. Sabés que mi mente es bastante más compleja como para que una cosa semejante la calme por mucho tiempo.

Deberías estar aquí, de pronto me dieron ganas de comentarte otro tipo de idioteces, como las que acabo de pensar mientras veía acercarse a esos muchachos de apenas veinte; y a una mamá, algo más allá, que no los supera por mucho en edad. Te diría: ¿yo soy joven? Ellos lo son. Ellos, que sienten como yo hora y a los veinte. Y cuando yo con veinte ellos apenas el jardín de infantes, sala celeste, chocolate y masas secas. Y yo hace trece años aquí, como ellos, joven, despreocupado, con vos. Uf, mi ánimo apesta. Mi espíritu sangra, escribí hace tanto y tan poco. ¿Te acordás? Han pasado muchos años; y yo en el aire; yo a un costado.

Lunes, lunes, mi rutina sin peso, sin dueño, aletargada.

Lunes, lunes. Deberías estar aquí.

Lunes, lunes, madrugada y un sueño horrible.

Lunes, lunes, otros te viven sin tantos dramas, o con el único posible, el de tu gris, el de que seas lunes. Pero yo más. Da lo mismo que sea lunes, jueves o domingo. Decir lunes es apenas un estar acá, un aceptar la realidad que nos encajan los fabricantes de almanaques.

PD: Verás, amor, que mi letra ha variado un poco; ya no dibujo formas imprecisas, aristas violentas, sílabas fragmentadas. Es una tontería pensar que de este modo comprenderás mejor mis palabras. Es decir: podrás leerlas, notarás que son redondas, que las a tienen sus dos bracitos, que las o llevan su rulito, que a todas las i he puesto su punto, que los tildes son pronunciados, que las horizontales cortan donde deben y entonces las t asemejan t, que las m amontonan tres lomitos en lugar de dos y uno en veremos (el primero), que las g, las j y las z cargan con su correspondientes pancitas, así como las q (pero en ellas a la derecha); que ya no hago esas d tan gordas y esas l tan solitarias... Me tomo el tiempo que haga falta para dibujar perfecta mi letra, y todo para que leas la misma vida que te ha dolido, y que nos ha distanciado... ¿Es una tontería pensar que de este modo entenderás mis palabras? Sería mejor que te contara cosas agradables, supongo, ahora que descifrarás la letra.

Si llegaste hasta acá, entonces nada te impedirá seguir leyendo y enterarte de que hoy soñé un día provechoso: vi gaviotas a la orilla del río; caminé entre botes, el viento me golpeó en la cara; conté veinte piedras amarillas (eran tan bonitas); aspiré el perfume de un jazmín; inventé un millar de vidas, todas diferentes, todas maravillosas; acaricié dos perros (uno marrón, el otro negro); saludé a los vecinos; le sonreí a alguna chica (lo menciono no por darte celos: ya sabés lo hermosa que son las mujeres cuando estoy de buen humor); alguna chica me sonrió (lo menciono no por darte celos: ya sabés lo hermoso que soy cuando voy pensando en vos); esperé a las seis el tren de las cinco; tomé chocolate en el bar de Corrientes y Córdoba; aplasté dos hormigas coloradas con el pie y después me sentí muy culpable; me olvidé de las hormigas y despanzurré tres moscas; me encontré con mi amigo Lucas y le gané a quién escupe más lejos; tocamos un par de timbres y salimos corriendo (un muchacho nos miró y nos gritó “¡gente grande!”, pero no le hicimos mayor caso); tomamos cerveza en un bar del Bajo; subimos por Entre Ríos pateando una latita; nos cruzamos con doña Eulogia, que nos miró con mala cara y nos preguntó, ¿cuándo van a madurar pedazo de boludones?; entonces me acordé por enésima vez de vos; compré dos lápices (uno rojo) y un cuaderno, y me puse a escribirte que mi letra ha variado un poco, ya no dibujo formas imprecisas; que deberías verme aquí, sentado a los pies de tu recuerdo...

miércoles, 5 de septiembre de 2007

No hay nostalgia peor...

miércoles, 5 de septiembre de 2007 9
Daría lo que no tengo para dormirme siglo XXI y despertarme mesopotámico, o medieval, o bidú cola por lo menos. La vida en esta era es tan desalmada como los robots y las computadoras que la simbolizan. Ya no puede, cualquier mortal, volar en globo y ser leyenda. Ni atravesar por primera vez el Atlántico en un biplano, proyectar movimientos en una pantalla, descubrir los restos de una civilización perdida, componer Las Cuatro Estaciones o Yesterday, escribir Le Rouge et le Noir, dar la vuelta al mundo en ochenta días, cruzar a nado el canal de la mancha, recorrer el Nilo desde el lago Tanganyka hasta el delta, perderse en una isla, robar un banco y huir a caballo hacia la frontera, construir hacia adelante (no hacia arriba), hacer cima en el Himalaya... y ser leyenda: todo hecho; lo "nuevo" es imitación.
Hubiera querido enterarme de las noticias al arribo de los barcos.

lunes, 3 de septiembre de 2007

A un gato

lunes, 3 de septiembre de 2007 2
Hace unos cuantos años, Aznar musicalizó poemas de Borges y grabó Caja de Música. Esta es una pequeña muestra. Ojalá que lo disfruten tanto como yo



A un gato
(Jorge Luis Borges)

No son más silenciosos los espejos
ni más furtiva el alba aventurera;
eres, bajo la luna, esa pantera
que nos es dado divisar de lejos.
Por obra indescifrable de un decreto
divino, te buscamos vanamente;
más remoto que el Ganges y el poniente,
tuya es la soledad, tuyo el secreto.
Tu lomo condesciende a la morosa
caricia de mi mano. Has admitido,
desde esa eternidad que ya es olvido,
el amor de la mano recelosa.
En otro tiempo estás. Eres el dueño
de un ámbito cerrado como un sueño.

El aguante

La multitud amorfa se desvanece en un continuo vaivén de sonidos prepotentes. Alza los ojos al cielo, sube al máximo el volumen del amplificador y marca el compás de la próxima explosión. Púa en mano, el mundo a sus pies, la vida en algún lugar. Todo da vueltas y él es el centro. Púa en mano, brazo alzado, la multitud rugiente; es el vacío, la nada de un paisaje que ha dejado de conmoverlo. Es el fondo de una botella; el sabor de un mundo molido, alineado y aspirado; la reiteración continua de un futuro que llegó, se quedó y no logra marcharse; presente asqueante, pasado mejor. Un mundo entre mil mundos. Uno más. Brazo alzado, púa en mano; marcar tres y desatar la euforia. Él como detonador, herramienta, icono, predicador, paracaidista, excusa. Púa en mano, gritos abovedados, percepción extradimensional. Marcar tres y darle sentido a qué. Jún-do-tre... ¿Y? ¿Qué? Paso, puente a un día más; aferrarse a personas; excusas.

Flaquea antes de comenzar.

¿Y ahora qué?

Marcar tres. Brazo alzado, el resplandor ciego de la púa que espera el golpe para el primer acorde. Arrancar; otra vez; arrinconar contra las cuerdas al tiempo que lo desafía con sarcasmos ajenos. No es el tiempo, son los otros. Noveno piso. Lo obligan a saltar cada vez, a ser irrompible delante de los ojos de quienes necesitan ver para creer. Brazo en alto, púa en mano, entrada gratis, salida vemos. Pero, ¿alguno querrá salir? Prisión voluntaria, excusas.

Gira el mundo, giran las luces: universo conocido. Brazo en alto, sudor inevitable. Un mechón sobre el rostro agrietado, unos ojos que declaman "yo viví, vivo y viviré lo que me queda". ¿Qué más queda? Jún-do-tre, gritos imposibles de identificar.

Mito consciente, pasado mejor. Piensa en el pasado, presente puto; puto presente porvenir en dudas. Luz, cámara, acción. Representar el papel.

Brazo en alto, púa en mano.

No lo veo, lo imagino.

Hace rato que no lo veo.

Pero lo escucho, lo imagino: lo completo.

Brazo en alto.

Cae la púa y la explosión llega: es.

Al fin llega.

Otra vez.

¿Qué más hay?

Nada, ya no hay nada.

Hay que gritarlo.

¡Ya no hay nada!

Una explosión de nada.

Un grito al vacío.

Lo imagino, lo veo.

Lo armo.

Él es el aguante.

¡Say no more!