domingo, 21 de octubre de 2007

Manos en Goya

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miércoles, 17 de octubre de 2007

Gracias a todas las manos!!!!!!!!!!!

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sábado, 6 de octubre de 2007

Manos por el hambre

sábado, 6 de octubre de 2007 0
Somos un grupo de personas que unimos nuestras manos en pro de un proyecto solidario: Juntar la mayor cantidad de alimentos no perecederos, útiles escolares y juguetes para llevar a escuelas rurales de la provincia de Corrientes.
Estos chicos se mueren de hambre y no hay exageración en la expresión. La esperanza de vida de estos niños no supera los 15 años, dado que la ingesta de alimentos es irregular. Y decimos irregular, cuando podríamos decir a ciencia cierta que en muchísimos casos, reciben un plato de comida nutritivo, dos o tres veces a la semana.
Tristemente los datos llegan a nosotros o para decirlo de otro modo, son de público conocimiento, cuando la ignorancia y el desamor de quienes pueden o deben hacer algo lleva a los niños a la muerte por desnutrición. La desnutrición infantil en nuestro país es una realidad, como en muchos otros países latinoamericanos.
Nuestra intención es reunir la mayor cantidad de alimentos no perecederos, útiles escolares y juguetes para acercar a los niños correntinos, específicamente, niños de Goya.
Para ello estamos en contacto con el Coordinador de Educación rural de Corrientes, Señor Juan Quiroz y con la Lic. Emilia Aliaga, directora de Planes, Programas y Proyectos especiales dependiente del Ministerio de Educación de la Provincia de Corrientes.
En la ciudad de Goya, nos aguarda la directora de la escuela rural Nº 446, señora Susana Machuca, quien hace poco mas de un mes, rogó ante los medios de comunicación, colaboración y concientización ante los elevados índices de desnutrición infantil que azota la región.
Para lograr nuestro objetivo, decidimos organizar un festival artístico y cultural, que contará con el apoyo de bandas de rock y folclore local, el 15 de octubre de 2007, en el anfiteatro Humberto de Nito, a partir de las 14 hs.

Cuanto mayor cantidad de alimentos juntemos, mayor cantidad de niños se beneficiaran con la ayuda, es por ello que agradeceremos infinitamente su colaboración para la difusión del evento.

Agradecemos infinitamente su colaboración y desde ya los invitamos al festival el día 15 de octubre de 2007.


P/Manos por el hambre
154-682326//425-8732
manosporelhambre@gmail.com


EL LUNES 15 DE OCTUBRE DE 2007, SE LLEVARÁ A CABO EL FESTIVAL SOLIDARIO “MANOS POR EL HAMBRE”, EN EL ANFITEATRO MUNICIPAL “HUMBERTO DE NITO”.

LA ENTRADA SERÁ DE UN ALIMENTO NO PERECEDERO Y/O UTILES ESCOLARES.


El evento se organiza para reunir la mayor cantidad de alimentos no perecederos y útiles que serán distribuidos entre los niños de las escuelas rurales de Goya, provincia de Corrientes, localidad en la que se registran altos índices de desnutrición infantil.


DESDE LAS 14 Y HASTA LAS 22 HORAS SE PRESENTARÁN DISTINTAS BANDAS DE ROCK Y FOLCLORE LOCAL, ENTRE ELLAS:

Segmento Folclore:

GRUPO AURA
ISABEL PUEBLA JUNTO A BAILARINES AMIGOS
AJO TINTO (AFROPERUANO)

Segmento Jazz / Swing /Reggae

MUSICOS DE LA ROSARIO SMOWING JUNTO A NARGUILE
LOS CORNALITOS
LAS SEXTETAS
ALEGRE NO TANTO

Segmento Rock / Blues

HOGUERA
CACHORRO LOKO
PATAGONIA REVELDE
El VAGÓN


ORGANIZAN ESTE FESTIVAL ARTISTICO Y CULTURAL:
AGRUPACIÓN MANOS POR EL HAMBRE

Esta agrupación, sin fines de lucro, está formada por personas autoconvocadas en pro de un proyecto solidario, sin distinción política ni religiosa.

CONTACTO PARA DONACIONES: manosporelhambre@gmail.com


Ana Troxler
Carlos Cavallero
Carlos Paladini
Estefanía Giménez
Federico Ramírez
Franco Bordes
Georgina Lainatti
Guillermo Paniaga
Mauro Vallejos
Mauro Egidi
Ma. Laura Berón
Miriam Aguirre
Natalie Pilagatto
Norma Savarecio
Ovidio Villegas
Vanesa Milisenda

miércoles, 3 de octubre de 2007

Sofía nunca estaba sola

miércoles, 3 de octubre de 2007 4
Cuánta ilusión... y cuánto dolor, pobre Sofía. Mirala, ahora... Y tan fuerte, tan viva que era Sofía cuando peleábamos... Ella que había zafado; no de la picana pero sí de los vuelos... Mirala, ahora; ella que nos buscaba... Cómo fue que se enamoró así, tan ciega. Qué la atrajo de ese tipo, ese traidor... ¿Los tatuajes? Quién sabe, quién sabe; mirala, pobre, tan viva que era cuando peleábamos, y después, cuando nos buscaba; porque ella nunca dejó de buscarnos... Y nos encontró. Aquí estamos, Sofía, nos encontraste y no te guardamos ningún rencor. Nosotros vinimos para consolarte, no para torturarte...

¿Qué hicimos mal? No sé por qué pregunto, si lo sé... Actuamos con mucha torpeza.

Habíamos pretendido alivio desterrando el recuerdo, nos resultaba fácil mentirle sin palabras, surgiendo sólo para acompañarla, pero cuando el estudiado descuido de Irene nos obligó a inventar una realidad distinta, no supimos, no quisimos, o no tuvimos el valor para sostenerla.

No la culpo; el que Irene haya comenzado a hablar, después de tantos meses silenciosos, y el que haya mencionado a Juan, cuando parecía que contaba un chisme sobre Luis, nos demostró, sin recriminaciones, que habíamos equivocado desde el primer día nuestro proceder. La verdad hubiese debido ser una constante.

Irene, siempre Irene; la lúcida Irene que nos había advertido que debíamos rajar, abandonar el país, pero nosotros no, porque acá las cosas, acá la gente, la querencia; porque acá, siempre acá... Y tenía razón. Como siempre, Irene tenía razón. ¿Quién cayó primero? No lo sé, no importa el orden; caímos todos... Jorge, Marta, Irene y yo... y Sofía. Sí, era Sofía esa voz que me llegaba desde afuera; era ella el grito detrás de la música estridente; era ella el dolor mudo que renacía con cada gol de Kempes; era ella y éramos nosotros...

¿Por qué fuiste tan ciega? ¿Por qué te aferraste al dolor pasado tanto como para permitirle el presente? ¿Por qué el amarillo de las últimas hojas o la tibieza del primer sol no fueron suficientes para despejarte las miserias del alma? ¿De qué te sirven los ojos en la cara si los pasos van siempre hacia atrás; siempre? ¿Por qué nos llamaste? Hubieras hecho bien en seguir el consejo de los sensatos, esos que te recomendaban el olvido... Pero vos no, no quisiste olvidar, o no pudiste, o no tuviste el valor para cagarte en nosotros... No me hagas caso, Sofía; ya ves que sigo siendo un hombre y como tal me equivoco; si te increpo es para ocultar mis culpas, los errores del hombre que sigo siendo, Sofía... Tantos errores... Porque sigo siendo, Sofía, y vos lo sabías desde siempre mejor que nosotros...

Fuimos tan negligentes con ella; no quisimos reconocer su constante deterioro. Allí sentada, en la mecedora incansable, con el cabello gris y ajado (de pronto gris y ajado), con la mirada vacía y la piel transparente; no era ni la sospecha de lo que había sido apenas tres meses antes, cuando los ojos le brillaban en brazos de Juan.

¿Tres meses? ¡Años! Tantos años buscándonos. Perdón Sofía, la medida del tiempo es algo que se nos escapa en este lugar. Perdón, perdón por ser tan inoportunos... ¡Cómo no estar con ella, con vos, cuando más nos necesitabas! Pero erramos, fallamos, pretendíamos olvido.

En lugar de Luis, Irene dijo Juan; y ya no pudimos fingir ignorancia. Irene, la lúcida Irene. Su voz repentina nos sobresaltó. Jorge se atragantó con el carozo de un damasco y Marta derramó el café. Cuando Jorge pudo respirar y Marta terminó de secar la alfombra, nos sentamos en la sala y nos miramos como tratando de adivinar quién de nosotros rompería el silencio; con simulada indecisión acrecentábamos la ansiedad de Sofía... ahora por fin Sofía nos miraba, por fin había una pequeña, muy pequeña lucecita en sus ojos...

Hacía poco que habíamos comenzado a frecuentarla; primero esporádicamente, cuando lo creíamos necesario; luego todos los días, convencidos de que, aún en silencio, serviríamos a su consuelo.

Pero el silencio era un error e Irene se encargó de subsanarlo, claro que a destiempo. ¿Quién hablaría, ahora? Sabíamos de sobra que sería Marta. Así debía ser; ella sabría discernir las palabras.

Pero qué decirle. No estábamos preparados, aunque siempre supimos que Irene terminaría por romper nuestro acuerdo tácito; siempre supimos que éramos nosotros los equivocados. Tanto tiempo contenido y bastó un instante para que las consecuencias se accionaran a la vez, como si decenas de pisos cedieran al peso del último y el primero a la suma de todos. El primero, claro, era la realidad pendular de Sofía.

Recuerdo cuando la visitamos por primera vez, el deterioro de la casa nos espantó: las pinturas y los platos que cubrían las paredes del living atesoraban el polvo de meses; las guardas del empapelado comenzaban a desprenderse y permitían inseguros parantes para las telarañas repletas de insectos; el cabello de Sofía conservaba algún color, aunque el brillo y el peinado habían desaparecido. Algunas veces oímos el teléfono, pero ella lo ignoraba; con el tiempo dejó de importunarla. Si comía algún alimento, era por los servicios de la señora Hilda, que cada mediodía llegaba con un plato de comida y no se retiraba hasta que Sofía lo terminaba; y todo esto lo hacía por caridad; jamás aceptó un centavo de Carlos, el hijo mayor de Sofía.

Tanto nos había buscado, tanto había deseado el reencuentro, que nos pareció extraño la aparente indiferencia con la cual nos trató; era como si en verdad no nos hubiese percibido hasta que Irene, la siempre lúcida Irene, mencionó a Juan.

Tratábamos de generar conversaciones agradables, queríamos motivarla, sacarla de su eterno vaivén, pero nuestras palabras mudas se perdían como las de una radio que sólo se enciende para mitigar la soledad. Algunas veces lográbamos arrancarle la intención de una sonrisa o de los ojos un destello, y eso nos enterraba aún más en nuestro error. Ahora entiendo la mirada acusadora de Irene; ahora entiendo por qué la mirada de Irene nos parecía acusadora.

Con el silencio sólo logramos que nuestra tarea haya sido menos carga que respuesta; nos tranquilizaba creer que Sofía mantenía una calma extraña, cuando en realidad hubiésemos debido preocuparnos más por que saliera de su equivocado encierro.

Durante meses, día y noche acompañamos a Sofía; a veces nos turnábamos, otras coincidíamos; ella nunca estaba sola. Con el transcurrir de las semanas, la obligación fue rutinaria y la meta casi un descuido; hubo días en que nos entreteníamos leyendo o jugando naipes sin tenerla en cuenta, a la pobre, ignorándonos desde su mecedora. De la casa, me gustaba el hogar de la sala; alguna noche quise encender el fuego y darle un motivo para los ojos extraviados; una llama azul, blanca y amarilla donde las figuras hubieran sido más de lo mismo: un disfraz para desatender la culpa y el dolor.

Hasta que Irene dijo Juan y entonces por fin nos permitimos hablar, y por fin le oímos de nuevo la voz... Juan, repitió... No estábamos preparados para establecer ese tipo de contactos, nos sentíamos presionados, no supimos qué decir; el tema era Juan, eso era claro, pero qué decir... Nos miramos... y Marta, de puro torpeza y nervios, le dijo que ahí donde estábamos nosotros tampoco teníamos noticias de Juan...

-El está vivo; él nos delató, Sofía.

Quizá fue por lo precipitado de los hechos, pero Sofía reaccionó mal. Por primera vez en meses hizo un movimiento distinto al de los pasos involuntarios que la empujaban, llegada la noche, hacia el frío de la cama; nos asustó, saltó de la mecedora y golpeó con un puño la vieja foto de colación, donde el ímpetu de Marta y la ansiedad de Sofía se abrazaban inexpertas. Lloró ocultándonos el rostro; arrojó al piso los polvorientos adornos de la sala; destruyó floreros vacíos y espejos salpicados por el sarampión del tiempo. Irene intentó tranquilizarla, le recordó las intenciones de Carlos, le aconsejó que no le ofreciera en bandeja las excusas que él necesitaba; Sofía no quería oírla más y vanamente le arrojó un platillo de porcelana que impactó de lleno en el retrato de Juan.

Es tan absurdo, visto en la distancia; tanto tiempo ocultándole el sol con las manos, tantos esfuerzos por evitar un recuerdo que siempre fue presente. Porque no era a Juan sino su a recuerdo y su verdad lo que pretendíamos evitar.

Necios.

Sofía sangró mucho, por dentro y por fuera. Esa tarde, cuando llegó a la casa, Carlos sólo vio lo que sus ojos quisieron ver: a Sofía ensangrentada, sostenida de los brazos por la señora Hilda; una mecedora inmóvil; la sala destrozada; la decisión de una sentencia ya meditada.


En el piso, el retrato de Juan soportaba el cristal astillado. Carlos lo alzó, le quitó el polvo y, otorgándole un lugar que no merecía, lo acomodó junto con los nuestros en aquel improvisado panteón de instantáneas.