viernes, 23 de noviembre de 2007

Paraísos

viernes, 23 de noviembre de 2007 1
Manuel deliró muchas veces imaginando cómo sería su paraíso ideal. Era un juego recurrente de los últimos meses. Las guardias solitarias favorecían estas perversiones metafísicas.

Lo concibió una biblioteca, como Borges, pero le resultó incompleto, porque siendo que Manuel sabía que podía pasarse la vida leyendo, temía que leyendo se le pasase la vida, aún la inmortal. De manera que si una biblioteca, habría de estar acompañada de lagos y montañas, de ríos y llanuras, de mujeres, muchas mujeres, y manzanas del árbol del bien y del mal, a las que mordería sin esperar que una de las chicas lo tentase.

Había pensado también en un gran estadio repleto de gente, un escenario, luces, una banda: The Beatles; John Lennon invitándolo a sumarse para tocar Twist and Shout; y esa canción, y él tocándola y cantándola eternamente con John, era el paraíso.
Otra de las imágenes era la de una larga carretera atravesando lagos y montañas; una carretera sin fin, donde sólo era posible viajar, pues no había origen ni destino. Y las fuerzas inagotables para transitarla, el espíritu grandioso para apreciarla, eran también el paraíso.

Otra de las opciones descartaba de plano cualquier sonido y cualquier color; nada que llegara mediante los cinco sentidos corporales y tampoco que pudiese corromperse con el filtro conceptual de la mente. Una gran paz exceptuada del dolor, y una conciencia firme y eterna de esa paz y ese no-dolor. Eso también era un paraíso.


fragmento de la novela La Marquesa Salió a las Cinco

jueves, 1 de noviembre de 2007

Instante de eternidad

jueves, 1 de noviembre de 2007 4
Como si las hojas no fueran a caer alguna vez, como si el viento no se detuviera jamás, como si el agua fuese siempre el mismo flujo sobre el cual navegan los barcos, como si los peces jamás perecieran, como si nosotros fuéramos nosotros desde siempre y para siempre. Es un instante, lo que tardan los párpados en lubricar los ojos; es sólo un instante y sin embargo nos deja durante largo rato ese gustito a eternidad. No hubo Cristos ni emperadores romanos, no hubo conquistas ni matanzas, no hubo una bomba en Hiroshima, no hubo los campos de concentración, ni allá ni acá, no hubo las rebeliones ni el naufragio del Titanic, no hubo un hombre saltando como payaso sobre el polvo de la Luna, no hubo la bandera yankee reclamándola en propiedad; no hubo el fusilamiento de Ernesto porque tampoco hubo Ernesto, ni el asesinato de Lennon porque Lennon nunca fue, y no hubo los barcos de obligados inmigrantes ni las epidemias ni las inundaciones. Nada hubo antes que ese instante, ni nada pudo haber después de él. Porque ese instante era todo, era el universo, la eternidad. Y duró lo que tarda un párpado en cerrarse. Fue nada. Y sin embargo...

Fue un instante, fue mi instante; en medio de la ciudad, rodeado de gente, pero nadie más que vos y yo estábamos ahí. Yo, en mi instante; vos, porque ausente, estabas en mi mente. Y en mi mente era todo: el tiempo, el universo, la eternidad y también yo y por eso vos... El círculo; o la esfera para este plano de realidad tridimensional. La forma perfecta de la naturaleza: la esfera. Mi burbuja. Y yo dentro de ella tan débil, tan parecida a una torre de cristal y sin embargo tan distinta, al ras del suelo, siempre a punto de estallar. Mi burbuja, la burbuja de mi instante, ahí donde el mundo fue perfecto porque era yo el mundo. Y no lo creí perfecto porque yo me creyera perfecto, entendeme. Soy la imperfección en pinta. Pero era mi mundo y era perfecto para mí. Perfecto y efímero, un instante con sabor a eternidad. Y estabas ahí, creeme. Vos estabas ahí.

Fragmento de la novela La Mala Fe