viernes, 28 de diciembre de 2007

Puta fina

viernes, 28 de diciembre de 2007 0
Felicidad es una puta fina (Ariel Roth)

Cómo se puede ser feliz cuando se piensa en el cómo y el por qué de la felicidad. Están quienes van al cine y ven lo que el director les planta en la pantalla; están los que, incapaces de someterse al engaño de la imagen y someterse al entretenimiento, ven detrás del beso, o de la explosión, o de la caída desde una terraza, el equipo oculto de técnicos y extras, ve al director planificando la escena, ve al protagonista a salvo mientras otro pone el cuerpo en las escenas de riesgo, ve a las maquilladoras retocando el color de la estrella que se prepara para la próxima escena, y ve que todo eso ya ha pasado, que es tiempo muerto, que fueron días ya pasados, ve que los espectadores ríen o lloran según sea o no efectiva la historia, y ve detrás de cada lágrima al escritor que se plantó delante del teclado para definir en qué momento del guión insertaría ese golpe de efecto emocional, y ve, antes de que lleguen los créditos, que todo ha sido una mentira, que una vez fuera del cine la historia recomenzará para otros que serán a su vez sometidos al engaño. Y están los que viven la vida como quien mira una película, y los que vamos por la vida como ese otro que piensa en el making off, pero sin lograr darse una idea de lo que hay ahí detrás, si es que algo hay.

lunes, 17 de diciembre de 2007

Capítulo uno de Cosquillas en el culo....

lunes, 17 de diciembre de 2007 3
Cuando la mañana del primer viernes de abril el cartero depositó el sobre en nuestro buzón, una corazonada nos inquietó al punto de demorarnos en ir a retirarla. No, hablar de premoniciones sería simplificar las cosas; del compendio de noticias ambiguas que fuimos acumulando desde hacía meses, dedujimos que el desenlace se acercaba y que Noemí no tardaría en hacérnoslo saber. ¿Qué palabras utilizaría? Arriesgamos algunas hipótesis perfiladas hacia el carácter y las formas que le conocíamos; sin embargo, Noemí evitó el excesivo palabrerío al que nos tenía acostumbrados y con un dejo de acusación nos escribió: Mamá murió.

De Noemí sabíamos que no podíamos esperar un fax y mucho menos un e-mail. Pero, dadas la gravedad y la urgencia nos molestó que usara el correo simple y no nos telefoneara o al menos nos enviara un telegrama para ponernos al tanto.

Prefirió hacerse cargo de todo sola; nuestra presencia no hubiese hecho más que molestarla, porque le habríamos quitado el protagonismo absoluto. Algunas veces, debo confesarlo, siento ganas de ahorcarla; aunque yo no dejo de ser tan imbécil como ella. Desconozco de qué manera hubiese actuado, pero sospecho que me habría comido el orgullo y la hubiese llamado para decirle con las palabras de mi voz que mamá había muerto. Creo que hubiese actuado así, pero quién sabe, somos tan imbéciles como ella, lo he dicho, y tal vez nos hubiese tentado no decirle nada hasta varios días después, y por intermedio de algún pariente, de algún amigo en común, o peor: de un simple conocido.

Clara pidió permiso en el trabajo y esa misma tarde partimos hacia Rosario. La autopista estaba despejada, llegamos en menos de tres horas. Nos tomó veinte minutos más para bordear la ciudad hasta llegar al cementerio. La bóveda de la familia permanecía rodeada de flores y coronas; le pregunté al encargado cuándo habían traído el féretro; en el registro figuraba el martes. La indignación hizo que la sangre me subiera al rostro; una lágrima brotó de mis ojos pero no llegó a caer. Había comprado, al florista de la entrada, un ramo de crisantemos que me llevé de vuelta; Clara me preguntó por qué no los dejaba con las demás flores. No le respondí. Las arrojé en el asiento trasero del auto y, con la cabeza apoyada en el volante, me eché a llorar.

No lloraba por la muerte de mi madre; lloraba por la mía.


Fragmento de la novela Cosquillas en el culo de San Minuto de las horas simples, que terminé de escribir hace muy poquito.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Políticamente Correctos II (ampliado y mejorado)

miércoles, 5 de diciembre de 2007 1



Desde hace años, el nombre de ningún escritor argentino contemporáneo pesa tanto artística y políticamente como en su momento lo hicieron Julio Cortázar, Jorge Luis Borges y, el único vivo de los tres, Ernesto Sabato. Tal vez Osvaldo Bayer, pero la negación refiere a las nuevas generaciones y el santafesino, por edad y calidad, va más unido a las tres patas del tríptico, todos ellos admirados, criticados e incluso odiados.

Para analizar la obra de un autor, y al autor mismo, hay que comprender primero el contexto social en la que se produjo, en el que interactuaba. Voy a Cortázar, de quien es conocida su militancia política en favor de los movimientos revolucionarios de Latinoamérica; para que esto se diera, primero debió migrar hacia un país donde ya, por aquél entonces, pesaba la palabra del existencialismo, de Sartre, que exigía del intelectual un compromiso de acción; eran los años en los que Fidel Castro derrotaba a Batista; eran los tiempos en los que ya se gestaba la conciencia estudiantil que derivó en la revuelta de mayo del 68, con estandartes rojos y una imagen icono del Che. Como él mismo contó –trivializando la explicación –, dejó Buenos Aires huyendo de un peronismo gobernante que con los altavoces en las esquinas le impedían leer o escuchar música a gusto. De la primera época de su actividad intelectual, quedan como testimonio, por ejemplo, los cuentos de Bestiario; de su proceso de transformación, el más interesante, surgió Rayuela; de su conciencia definitiva, Libro de Manuel.



La narrativa de Borges, sin embargo, dista de reflejar un pensamiento político concreto; la universalidad temática, la ironía metafísica y la precisión gramática hacen la suma de una obra irreprochable. La crítica recae sobre el Borges que dice con la voz, no con la pluma. Para este caso también cabe, claro, el presupuesto anterior: se debe conocer el contexto. ¿Es posible, teniendo presente la historia del escritor, un Borges condescendiente con el peronismo, con Isabel Perón? El peronismo, por citar un ejemplo conocido, removió a Borges de su puesto en la biblioteca municipal y lo designó inspector de aves, cargo que rechazó. Más tarde, derrocado Perón, se lo designó al frente de la Biblioteca Nacional. En 1980 firmó una solicitada que las Madres de Plaza de Mayo lograron publicar en Clarín. Borges era un autor que producía de plena conciencia un sentido, por supuesto, pero un sentido que apuntaba a su única filiación política y religiosa verdadera: la literatura.

Tan polémico como el anterior, Ernesto Sábato alternó durante su juventud entre Europa y Argentina, entre la física y la literatura, entre el surrealismo y el comunismo. En 1976 asistió a una cena que ofreció el entonces presidente de facto, Jorge Rafael Videla; lo acompañaron otros intelectuales, entre quienes se encontraban Borges y el padre Leonardo Castellani; para entonces, otros escritores habían “desaparecido”, como Haroldo Conti, por quien Castellani preguntó al militar. En 1984, el presidente Raúl Alfonsín lo convocó para que encabezara la Comisión Nacional Sobre la Desaparición de Personas, CONADEP, cuyo resultado fue el documento titulado Nunca Más.



Del primero se dijo que la militancia política contaminó su producción literaria; los neófitos sin valor le escapan a la etapa política de Cortázar y se pierden una gran obra. Sobre el segundo pesan prejuicios nacionalistas y muchos de los que se autoproclaman “patriotas” y se pierden una gran obra. Para el tercero se reservan pruritos intelectuales sumados a los prejuicios políticos y se pierden una gran obra. Que ya no escribió como escribía; que es un vendepatria, que es un charlatán y escribe mal… Los que dicen esto es porque no han leído ni leerán lo mejor de las letras argentinas, las que escribieron las tres puntas de esta hipóstasis divina en el cielo de la literatura. Eran, son, escritores; a eso dedicaron la vida y fueron consecuentes con ella. Fueron, para sí mismos, políticamente correctos.