lunes, 29 de diciembre de 2008

El aroma de la lluvia

lunes, 29 de diciembre de 2008 2
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Entré por el sector sur, como solía hacerlo entonces. Entre calles se advertía el rumor frío de la próxima lluvia. Siempre sentí algo parecido a las premoniciones cuando reconozco la proximidad de la lluvia. Juego a que no sólo anticipo el agua, sino que también las vidas, el destino. Es un juego tonto, no me deja nada más que la abstracción del momento. Y lo único que llega como lo creo es la lluvia. La vida también, claro, pero como se le canta la regalada gana. De todas las formas que repiten el camino, una de ellas había modificado el marco de mi regreso. En el momento no le di importancia, en realidad no lo había notado porque, como he dicho, estaba jugando, soñando con los destinos. Fue después, cuando até cabos, que noté lo estúpido que fui, tan negligente conmigo mismo. Sí, hubiese debido estar alerta a las señales, todo el mundo habla de las señales, de esa cosa de aviso que tienen algunos hechos, algunas circunstancias que parecen casuales. Sí, debí haber abierto los ojos en lugar de recluirme en las fantasías. ¿No habría pensado mil veces antes de entrar a la casa si hubiese advertido que las ventanas estaban cerradas pero que las luces las traspasaban como si estuviesen abiertas de par en par? Y más aún, ¿no me hubiese bastado con ver luces encendidas en una casa que se suponía vacía? Pero nada de eso, como cada noche abrí la puerta, entré, me quité el abrigo, lo colgué en el perchero y me dirigí hacia la cocina para prepararme un té. Hago una aclaración. Las luces eran visibles desde el exterior, como ahora lo recuerdo y como el señor Ortiz, mi vecino, lo confirma, pero no dentro de la casa. La casa estaba a oscuras. Yo encendí las luces. Vi claramente cómo los focos se iluminaron y replicaron con otras sombras distintas, sombras de los cuerpos y no del espacio: Sí, las luces estaban apagadas cuando entré. Aquí también, me refiero al instante en que encendí las luces, debí haber notado la extravagancia de un haz que cruzaba el ambiente de lado a lado y no de arriba abajo. Hubiese sido natural que las luces de los veladores se izaran en cono hacia el cielo y que los focos de las colgantes se abrieran en círculo sobre la sala y la mesa, lo cual sucedió, en efecto, pero sumado a ese haz que menciono, había una franja amarilla que partía el espacio en dos exactamente en la mitad. Más de una vez noté ese efecto durante el día, cuando la luz del sol se cuela por una franja de los postigos semiabiertos, tal vez por eso no le di importancia entonces. Pero era de noche, pura noche, y las luces estaban apagadas cuando entré. Era de noche y de esto también da fe mi vecino, el señor Ortiz.

Sí, a ver, sí, en efecto, era de noche. Era jueves. Los jueves trabajo hasta muy tarde. Todos los jueves regreso de noche a casa. Era jueves, de manera que era de noche cuando estaba regresando a casa. Además, el señor Ortiz, al menos en estos detalles, no me permite dudar, creo.

Era jueves, era de noche, y estaba solo. Clara, mi mujer, estaba de viaje esa semana. Visitaba a sus padres; ellos son de Trenque Lauquen. Mi mujer estaba en Trenque Lauquen, con sus padres. Había viajado el lunes, con los chicos y no regresaría sino hasta el sábado. Y era jueves, como creo haber mencionado. Y era noche, además. Sí, recuerdo que cuando entré a la casa las luces estaban apagadas. Recuerdo también que las ventanas se veían iluminadas aunque los postigos estuviesen cerrados. Lo recuerdo, lo vi, aunque cuando lo vi venía pensando en otras cosas. Ese jueves, si no me engaña la memoria, llovió. Llovió varias horas después de que yo hube llegado a casa. Y sentí un aroma de lluvia que siempre, siempre, me hace pensar en las premoniciones, y que además me transporta tan tan lejos; cuando huelo el aroma de la lluvia juego a que puedo adivinar los destinos. Sí, todo esto lo recuerdo muy claramente. Y si no, basta con preguntarle al señor Ortiz, mi vecino; un hombre muy amable, vive en la casa enfrentada a la nuestra; el señor Ortiz está dispuesto a decir lo que vio; coincidimos en casi todo; él da fe de que era jueves, y era de noche, y que las ventanas estaban cerradas. Era jueves, sí, porque yo los jueves siempre regreso tarde a casa. Era noche. Estaba solo y las luces de la casa... Sí, estaban apagadas, yo las encendí al ingresar. Primero dejé el abrigo en el perchero y luego encendí las luces. No, primero encendí las luces y luego colgué el abrigo. Sí, ha de haber sido de este modo, porque el perchero está bastante alejado de la puerta; conozco las distancias que hay en los ambientes de mi casa, pero con los chicos, ya se sabe, siempre puede haber algún juguete que quedó en medio del camino y va uno lo pisa y se parte el alma. Siempre ocurren estas cosas cuando uno regresa a casa los jueves a la noche, ocurre si no tiene cuidado, claro. Entonces, como de costumbre, encendí las luces, que sí están cerca de la puerta, a diez centímetros del marco, para ser precisos, y recién después di los quince pasos que me separan del perchero, colgué el abrigo. Clara, mi esposa, estaba de viaje, no sé si lo mencioné. Sus padres viven en trenque Lauquen y ella viajó con los chicos el lunes de esa semana. Fue a visitarlos. Les debía la visita desde hacía diez meses, creo. Yo sabía que era jueves, era noche, y que además llovería (había sentido el aroma del ozono, había experimentado esa ambigua sensación de las premoniciones); y sabía que ni Clara ni los chicos estaban en casa, de manera que no hubiese sido nada extraño que en lugar de encender las luces hubiese aprovechado el descanso que da encontrar la casa de uno en silencio, vacía y a oscuras (algo muy agradable por lo poco frecuente) y dejar la sala a oscuras para habituarme poco a poco a esa paz que no sé si era merecida. Sí, abrí la puerta y crucé la sala a oscuras, me quité el abrigo y luego me dirigí hacia la cocina para prepararme un té. Pero estaban las luces, además; las luces cónicas de los veladores y las luces circulares de las lámparas colgantes. Y estaba esa otra luz horizontal que partía el ambiente en dos, justo a la mitad. Entonces, a ver: abrí la puerta, encendí las luces y me dirigí hacia la cocina a prepararme un té. Me dejé el abrigo puesto. No, no tenía abrigo. Era verano. Hacía calor. Y esa noche se anunciaba en la densidad del aire que habría tormenta. Sentí un aroma de ozono, la sensación de las premoniciones. Hacía calor, las ventanas estaban abiertas por el calor. Yo abrí las ventanas cuando entré; sería una locura dejarlas abiertas durante el día, como están las cosas ahora, se le mete a uno un ladrón y lo deja sin nada. Sin nada. Además, las ventanas estaban cerradas, como puede dar fe mi vecino, el señor Ortiz. Era jueves, noche, a punto de llover, había fantaseado con los destinos, y mi mujer estaba de viaje con los chicos, en casa de mis suegros. Ellos viven en trenque Lauquen. Pero, a ver, un momento: era verano, como quedamos. Era verano y mi mujer viajó a trenque Lauquen en el invierno. Entonces mi mujer estaba en la casa. Lo cual explicaría que las ventanas estuviesen abiertas, y que hubiese luces, tal como afirma mi vecino, el señor Ortiz, un hombre muy amable. Vive en la casa enfrentada a la nuestra. Es el vecino más viejo del barrio. Más viejo no en edad, no me malinterprete, nada me desagradaría más que molestar a mi vecino, el señor Ortiz. Es el vecino que llegó primero al barrio, al menos de los que conozco. Conozco al señor Ortiz. Y al señor Varela, pero con él hablo muy poco; un saludo por las mañanas, cuando nos cruzamos al salir rumbo a nuestros empleos. No sé de qué trabaja el señor Varela. Quizá no trabaja. No lo sé ni me importa. El único vecino que me interesa es el señor Ortiz, un hombre muy amable. Es el vecino de más antigüedad en el barrio, ¿queda mejor decirlo así? No quisiera ofender al señor Ortiz. No, de ninguna manera. El señor Ortiz está de acuerdo conmigo en que esa noche (sí, era de noche) era jueves, las ventanas estaban cerradas y así y todo despedían luz (bueno, él no lo dijo de este modo; él sólo recuerda las luces, pero es lógico confundir ventanas abiertas y cerradas habiendo luces de por medio) y luego, a las diez, un par de horas después de que yo hubiese llegado, se desató una tormenta. Los jueves a la noche llego a casa a las 20. En invierno ya es noche, es noche desde las 18, ya se sabe. Pero en verano todavía agoniza un poco de luz. Yo recuerdo que era noche. De modo que era invierno. Entonces la casa estaba vacía, porque mi mujer viajó a casa de sus padres en el invierno. Es lógico que haya encendido las luces antes de dar los quince pasos que me separaban del perchero. Encendí las luces, colgué mi abrigo (llevaba abrigo, era invierno) y recién después me dirigí a la cocina a prepararme un té. Por supuesto, qué otra cosa más que una bebida caliente se puede uno procurar en los inviernos. Si hubiese sido verano, en lugar de te hubiese ido por una cerveza. Claro que la cerveza también me gusta en el invierno, disfruto más de su sabor que en el verano; de modo que en lugar de té bien pude procurarme una cerveza siendo invierno, como era ese jueves a la noche poco antes de la lluvia. Sí, era invierno porque era noche y mi familia no estaba en la casa. Entonces encendí las luces, colgué el abrigo, me dirigí a la cocina y bebí una cerveza. En invierno acompaño la cerveza con un trago de whisky, tal como hacían los pistoleros en el lejano oeste, bueno, al menos eso es lo que se ve en las películas. Me gustan mucho las películas del oeste, las viejas, no sé si me entiende. Las clásicas. A mi mujer también le gustan. Pero esa noche no vimos ninguna película del oeste; ella estaba en Trenque Lauquen, con los chicos. Viajó el invierno pasado. La película la vi solo. Encendí el televisor luego de los tragos; ahora que lo pienso, la luz horizontal podría haber sido la que despedía la pantalla de TV. Claro que la encendí luego de entrar, colgar mi abrigo, servirme la cerveza y el vaso de whisky, de manera que la luz horizontal debe de haber tenido otro origen. Y si me apura un poco, le diría que sentarme a ver tranquilamente un película después de haber experimentado esa sensación de destino, ese algo de premonición que me da el aroma de la lluvia, después de haber encontrado luces en la casa, bueno, es imposible que yo me eche tan tranquilo a ver televisión. Sin embargo el recuerdo es muy vívido: estaba yo sentado con mi cerveza helada y en calzoncillos, aprovechando que no había nadie en la casa, porque ese verano fue uno de los peores que padecimos en la ciudad; la película era muy buena, una del oeste, A la hora señalada, de eso puedo estar seguro. Hacía mucho calor en la sala, por eso mantuve las luces apagadas y las ventanas abiertas. Mi mujer estaba en casa de mis suegros, había viajado a Trenque Lauquen, que es donde viven mis suegros.

Mi mujer odia que fume en la casa; para fumar debo salir al jardín, así llueva o el sol raje la tierra. Esa noche estaba solo, de modo que nadie me impedía nada, era una bella sensación de libertad la que sentí mientras mi mujer estuvo, con los chicos, en casa de mis suegros. Cuando llegó el corte publicitario, aproveché para ir al baño y tomar los cigarrillos que había dejado en el bolsillo de mi abrigo; el abrigo estaba en el perchero de la sala. Mi mujer me hubiese pedido una y mil veces que lo dejara en la habitación, pero como no estaba, allí quedó, esperando por mí hasta el próximo día. Es un buen abrigo, el mío, y no lo pagué muy caro. Es de lana y tiene piel adentro; es muy, muy abrigado; indispensable: usted sabe cómo son de crudos los inviernos en esta ciudad.

De modo que tomé los cigarrillos, encendí uno, y di una vuelta a la cuadra antes de entrar; mi mujer odia que yo fume dentro de la casa; como escarmiento, siempre fumo un cigarrillo antes de entrar, así ella siente muy fuerte el aroma del tabaco en mis ropas y en el aliento. El señor Ortiz, que no me deja mentir, estaba paseando a su perro, uno pequeñito y bastante ruidoso, le diré, pero no se lo comente a mi vecino, lo que menos quiero es ofenderlo. El señor Ortiz me saludó a lo lejos con la mano y yo le respondí el saludo; seguí caminando, aunque bien podría haberme quedado hablando un rato con él; pero como hacía frío preferí mantenerme en movimiento mientras fumaba mi cigarrillo. Las luces de la casa estaban encendidas, los chicos seguramente estarían bañándose; de modo que decidí dar una vuelta a la cuadra hasta terminar mi cigarrillo y que el baño se desocupara. Sentí un aroma de lluvia; siempre me pasa algo parecido a los presentimientos cuando huelo el aroma de la lluvia. Era invierno, hacía frío y yo estaba resfriado, de modo que el aroma bien pudo ser una falsa percepción, en eso estamos de acuerdo; sin embargo entrada la noche llovió torrencialmente, aunque por breves minutos; unas típica tormenta de verano. Arrojé el cigarrillo antes de terminar la vuelta a la cuadra; la ropa se me adhería al cuerpo a causa del sofocante calor; no veía la hora de llegar y servirme una cerveza helada, o dos, o tres, ahora que mi mujer y los chicos no estaban; ellos habían viajado a Trenque Launquen; estaba a punto de entrar cuando noté que las luces estaban encendidas y traspasaban los postigos como si estos no estuvieran allí; lo primero que pensé es que habían entrado ladrones a mi casa. Tratando de hacer el menor ruido posible, abrí la puerta del garage y saqué del escondite la pistola que reservaba para casos como ese. Crucé la calle y le pedí a mi vecino, el señor Ortiz, que llamara a la policía; le dije que habían entrado ladrones a mi casa. El señor Ortiz me pidió que entrara con él; me negué; él vio que llevaba el arma entre las manos; insistió en que no cometiera ninguna locura; el señor Ortiz es un buen vecino, por eso me cuesta comprender por qué no se apresuraba en cumplir el favor urgente que le había pedido. Se quedaba allí parado, pálido, intentando convencerme de que le diera el arma. Una locura si se tiene en cuenta de que habían entrado ladrones en mi casa y estaban en riesgo las vidas de mi esposa y de mis hijos. Así se lo hice saber; como no entraba en razones, me vi obligado a apuntarle para que de una buena vez cumpliera con lo que le había pedido; el señor Ortiz es un gran hombre, pero es de los que necesitan la violencia para entender algunas cosas. Cuando por fin entró a su casa, yo me dirigí hacia la mía. Era de noche, un jueves; los jueves siempre llego tarde a la casa. Y cansado, además. Abrí la puerta, colgué mi abrigo en el perchero y me dirigí a la cocina para servirme una cerveza; la casa estaba increíblemente acogedora debido al silencio y las ausencias: mi mujer había viajado con los chicos Trenque Launquen, a casa de mis suegros; de modo que aproveché para ponerme a mis anchas: me quité los pantalones y me puse a ver en televisión una película del oeste: A la hora señalada. Una muy buena película, todo un clásico; pero no pude terminar de verla. Llegaron ustedes, derribaron mi puerta, me esposaron y me culparon de no sé qué aberraciones: yo en mi vida había visto a esas gentes, qué se yo cómo entraron a mi casa. El señor Ortiz les dijo que oyó disparos; el señor Ortiz es buen vecino y lejos de mí está el querer ofenderlo, pero en honor a la verdad es un poco sordo y seguramente confundió con disparos lo que en realidad fueron truenos; esa noche llovió a cántaros; yo mismo había apreciado el aroma de la lluvia bastante antes de que se largara; el aroma de la lluvia me de una sensación de destino, de premonición; pero cómo me iba a imaginar que los hechos que intuía tenían que ver con esta absurda acusación; esa no era mi esposa, ni esos mis chiquitos. Ellos estaban en casa de mis suegros, en Trenque Launquen; y al hombre que estaba en brazos de la mujer menos que menos sé quién es. Que cómo entraron, que quién los mató... Cómo saberlo. Las ventanas estaban abiertas, pudo haber sido cualquiera. ¿Hay televisión aquí? Me gustan las películas del oeste, ¿sabe? ¿Hoy tampoco vendrán mis hijos a verme? Por favor, averigüe si ya regresaron a casa; ellos viajaron a lo de mis suegros el invierno pasado, con mi esposa. Los extraño tanto, tanto.

sábado, 20 de diciembre de 2008

¿Pasan los días o pasan los libros?

sábado, 20 de diciembre de 2008 1
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Fragmento de La Mala Fe


¿Pasan los días o pasan los libros? ¿Las horas o las páginas? Ayer era Fuentes, y de esto hace ya casi un mes; tantas noches sin escrituras. Ahora cargo Cortázar, su John Keats (por algún lado escribí algo relacionado a las golondrinas de Keats; pues bien, señores, se trata de ruiseñores), y me siento a delinear más frases que serán nada, una continuidad de hileras silábicas, sin historias, sin novela, sin razones para morir. ¿Leí a Fuentes en casa? ¿O comencé en el cuarto de pensión? ¿Compré Cortázar en Rosario o en la escasa librería de la calle principal? No, no estoy loco, si me detengo en la conciencia una milésima de segundo, sé perfectamente las respuestas de una y otra pregunta; pero es esta sensación de irrealidad, de ahora sin tiempo, o de tiempo sin ahora ni antes ni después. Conozco las respuestas, las sé, pero no las siento. A veces me da por desconfiar también de mi pasado.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Es el ánimo

sábado, 29 de noviembre de 2008 5
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Fragmento de la novela La Mala Fe


Adiós, querido maldito pueblo, nos volveremos a ver.

Ahora aquí, otra vez.

Otra vez.

Es el ánimo, viejo. Como un lampazo abandonado en el rincón, humedecido por un resto de agua sucia en el balde de chapa abollado. O es el día, de llovizna fina, casi invisible si no fuese por los reflectores de la avenida, que tiñen el cielo de un color amarillo espeso, terroso, a contramano de toda lógica física y cromática. O es el tiempo, que transcurre sin esfuerzos, que se ríe de los nuestros. No, no sé por qué esta manía de pluralizar los efectos de unas circunstancias que sólo a mí parecen afectar. Allá, afuera, en el aire, en la libertad simulada; allá donde los barrotes son tan sutiles pero nada piadosos; allá donde uno cree que nada termina y es inmenso y sin embargo hay límites en cada final de calle, cada comienzo de barrio, cada continuidad de los espacios; allá donde me figuro que deben de correr los vientos que traen tu aroma, tu presencia que me esfuerzo por imaginar acá; allá es donde quiero y no quiero estar. Allá es el desamparo de esa lluvia esta noche; acá son estas palabras; allá es el fresco de un enero hasta ayer sofocante, acá es el libro que leía y esta música que escucho; allá son rostros anónimos, sonidos informes, acá es Dostoievski ayer, Kundera hoy, y el bandoneón de Piazzolla desmintiendo el azar.

Es el ánimo viejo, y la angustia por haber creído perdido el fueguito, el motor que me movía a escribir y de repente ¡zás! acá conmigo apenas empecé a llenar de palabras la página; y esta otra angustia, la de haber empezado por vos, la de andar rumbeando para lados que ya se recorrieron antes y mejor, la de haber querido esa historia virgen para poder decir sin culpas, en el primer párrafo de la historia: ¿Encontraría a la maga?

¿Por qué el potencial? ¿Por qué no mejor: encontraré a la maga? Sutilezas, astucias en la narración de un pasado que se pretende desconocido y por venir. Está claro que yo no soy Cortázar ni estas páginas Rayuela. Está claro que tal vez ni siquiera sean novela, o cuento, o nada, andá a saber en qué terminan, dónde terminan.

Es el ánimo, viejo, de un cuerpo joven y un alma como escarcha en pleno verano.

¿Cómo explicar los desniveles? ¿Cómo decir que ayer una sonrisa y hoy un desconsuelo? ¿Cómo sostener la exposición si mañana de seguro andará de nuevo esa mueca que hoy me parece imposible? No he llorado, ni pienso hacerlo; sin embargo, siento en los ojos la resaca de las lágrimas. Quisiera decir que es por vos; pero no, lo siento, es por mí. Es en este tipo de sentimientos en los que cuesta reconocer el egoísmo.

No me pesa la muerte prematura, no me acongoja el pensar que tanto, tanto te quedaba por vivir. No, sólo pienso en mí, en esta soledad sin remedio; porque eras vos el único elixir que la anulaba, la hacía impensable otra vez en mi vida.

Claro que voy a sonreír; claro que pasará la tormenta y otro cuerpo se enredará en mis manos; claro, pero ahora, hoy. Claro, los duelos. ¿Tan seguro estoy de todo esto? Sí, lo estoy, porque si algo aprendí de la vida es que todo pasa, como la vida. Y esto también pasará, antes, durante o después de la vida.

–Manuel– decís, oigo tu voz.

–Qué– respondo mecánicamente, absorto en la página, en las manos, en las teclas: las palabras.

–Manuel–repetís, y no hay más urgencia que antes en tu reclamo, como si hubieses pronunciado el llamado por primera vez.

–¡Qué!– respondo irritado, ya sabés cuánto me molesta que me arranquen de aquél otro país. Y giro para encararme pendenciero con tu mirada ambarina.

Una caricia de aire se escurre entre mis cabellos, tu figura intermitente e indecisa, una brisa apenas perceptible cruzando mis ojos; y de pronto nada, tu ausencia, la conciencia de que mi país, el de las palabras, las ideas, los lamentos y los sueños es tan, tan similar a ese de allá, este de acá donde se asientan sobre sólidas estructuras los anaqueles de las bibliotecas, las tablas de los escritorios, los respaldos de las sillas, las huellas de tus pasos.

Es que allá, acá, están las bibliotecas, los escritorios, las sillas y las huellas; pero no tus pasos, y mucho menos vos, ni tu aroma, ni tus dedos como suaves varillitas enroscándose en mi pelo. No, no estás, ni yo tampoco. Yo no soy, no puedo ser ese lampazo húmedo y sucio, esa escarcha en el verano. No, ése no soy yo. Es el ánimo, viejo. No soy yo.

Qué bueno sería una lágrima ahora. De pronto recuerdo aquél bar en el que actuaba la banda de Jazz de Oscar Mazerath, aquél al que sólo se iba a picar cebollas.

Qué bueno sería.

Salgamos (no sé por qué pluralizo). Mejor salgo de acá antes de que las ideas se confundan y las causas se magnifiquen. Mejores tristezas hubo en el mundo, mejores almas sangrantes; lo mío es tan egoísta, tan espantosamente egoísta. Mejor salgo de aquí; si he de morir, no será por mí. Mejores razones hay para morir, aunque me cueste detallar una lista de una.

–Manuel–volvés a llamar, tan suavemente como la primera vez.

–¡Basta!–grito; y salgo, dando un portazo, a la calle de una ciudad que me es conocida y hostil.

Garúa; es de la clase de lluvia que ni siquiera sirve para mojar, decimos, y al rato empezamos a estornudar; la ropa húmeda y fría y uno sin saber cómo, en qué momento, aunque, claro, sí por qué. Enciendo un cigarrillo que (me tienta decir que sabe a pañuelo de plomero, pero esto ya lo dijo Chandler) me seca el paladar y arrastra desde adentro un sabor acre y pringoso, persistente. Lo mantengo encendido, entre los dedos, pero no volveré a pitarlo. Más tarde me asqueará sentir en mis manos el aroma de este sabor desagradable.

Hace poco que ha oscurecido y, sin embargo, descubro al mirar mi reloj que han pasado de las diez. Los bares están desiertos y las heladerías cerradas. Es esta lluvia, este lado de las cosas, el ánimo, la estopa del lampazo, qué sé yo. Es lo que es, la calle vacía, algún auto cerrando el cuadro en mitad del horizonte. Ni el ladrido de los perros, ni la alarma de algún auto caído en desgracia, ni la charla descuidada de las viejas chusmas que hay en todas la cuadras. Nada, sólo yo, la lluvia, el cigarrillo desabrido y el chasquido de mis pasos sobre los charcos de la vereda. Es cemento, no dejo rastros. Sólo tus pasos dejaban huellas. Sin embargo yo acá, y vos dónde. Yo acá. Yo. Nada más. Nadie más.

–¡Aaatchíis! –(¿Cómo, en qué momento?)

–Salud–me decís.

No te respondo, en el fondo me molesta que insistas en hablarme cuando está tan claro que ya no sos; que tus huellas ahí y ya no sos.

–¡Aaatchíis!

–Salud–insistís.

–Por qué no te vas un poco al carajo–te digo, entre dientes, justo al paso de una señora y su perro de revista Caras (aunque éste no se asusta ni se escandaliza).

–¡Guarango!–dice la vieja.

No le doy mayor importancia y sigo mi camino. Tal vez algún día lamente mi comportamiento: la mujer es la dueña del almacén donde ya no espero que me fíen.


Es el ánimo, viejo, me digo.


En la avenida las cosas no están mejor; hay más luz, reconozco, pero es esa cosa que enturbiaba el cielo y ahora lo ciega. Tanto blanco, tanto amarillo, tanta negación del día muerto para qué, para quién. Nadie, excepto yo y ni siquiera, porque no soy yo: es el ya sabés.

¿Te hablo a vos que no estás? ¿Me hablo a mí que no aparezco? ¿Habla quién?

–Aaatchís–sin dudas soy yo el que moquea.

–Salud– y sos vos la que responde.

Pero quién, quiénes.

Me sigue la música, también. Me sigue la melodía de Piazzolla. Qué bien me haría una puta lágrima.

Hacia dónde voy. Voy hacia el río. Siempre que camino creyéndome sin rumbo enfilo hacia el río siguiendo esta huella que no es la tuya, o tal vez sí. Voy hacia el río, donde el cielo es gris, y es noche, y no hay luces que la desmientan o la confirmen. Voy hacia donde creo sentir que las cosas fluyen, como el agua, como las vidas que todavía viven. Es apenas eso, una creencia, una fe diminuta, al menos ahí sí la fe. Aunque mala, ahí sí.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Juan Salvador las pelotas

domingo, 16 de noviembre de 2008 8
Primeras palabras de la novela Juan Salvador las pelotas





Mi nombre es Juan.

Existo desde siempre sin treguas ni consuelos.

Ahora mi nombre es Juan.

Juan Salvador.

Así me bautizaron quienes me engendraron en esta vida.

Antes fui llamado Anak, y Boris, y Claude, y Lépidus, y Andrei, y Muhabasana, y Aristófanes y...

Fui tantos siendo el mismo!

No tengo paz.

Mis muertes son arduos pasajes entre vidas de un mismo existir.

Jamás tuve descansos; ahora tampoco olvidos.

Soy consciente de todo lo que ha procesado mi cerebro desde que me solté de las ramas...

Todo.

Lo que aprendí, lo que negué, lo que inventé, lo que destruí.

Todo.

Cada saber acumulado, cada error, cada traición, cada gloria.

Todo.

Y aún así, ese todo no es Todo; la carga de angustias crece con cada vida, abruma, y no vislumbro un fin.

Alguna vez, llamándome Grock, padecí de insomnio; sufrí el espanto cada día, cada noche; mi alma pedía tregua y nada se la concedía.

Fue apenas un rasguño.

Nada en comparación con mi condena, con este desvelo que me impide vivir mis muertes.
Vivir mis muertes, sí: no hay otra manera de expresarlo.

No, no, no hay desde que esta situación es extraña a las palabras; en ningún idioma he hallado la expresión que se aplique a mi eterna metempsicosis consciente... Y he vivido todas las lenguas.

Sólo yo sé cuánto sufro mi conciencia.

Ésta es la gracia del Gran Jefe, mi condena.

Dios me ha condenado...

Dios...

Nunca me fue dado verlo.

Pero en verdad os digo que nadie de los que he conocido, aún aquellos que vivieron santamente sus vidas, llegaron a estar con Él.

Es mentira aquello de la gran luz cegadora, de la inmensa paz, y del coro de ángeles extasiado con su presencia.

Absoluta mentira.

Sólo hay el entramado de pasajes negros y silenciosos, un laberinto cuyas falsas puertas conducen a prisiones de espacio y tiempo.

¿El cielo, el purgatorio, el infierno? Bien, gracias.

¡No hay nada!

Nada.

Salvo los calabozos, que son el ciclo repetido, las formas, los colores, los aromas, los sabores, el silencio y el ruido, las palabras y los conceptos, la memoria y la culpa, los planes y el temor.

Esto es lo que es.

Ahora es.

Siempre es.

No hay comienzo, no hay fin.

No hay premios ni castigos.

No hay un Plan ni el esbozo de un orden para el azar.

Hay un caos sostenido por la prisión y el laberinto; somos las cuentas coloreadas de un gran calidoscopio que inventa figuras para diversión de Dios.

Si hubiera paz, habría inmovilidad. Si hubiera bondad, habría inmovilidad. Si hubiera humildad, habría inmovilidad. Si hubiera amor... Si hubiera amor también habría inmovilidad.

La inmovilidad aburre a Dios.

¿Cómo explicar que la inmovilidad debiera ser el objetivo de la verdadera revolución? ¿Y cómo decir que esa rebelión sería contra el Gran Tirano?... Lo he intentado miles de veces, y Él, astutamente, cada vez ha frustrado mis planes.

Él no desea más que vernos sudar, temblar, llorar.

Él nos quiere acá, a los saltos, obedientes a su juego; y nos enseña la sumisión a garrotazos...

La vida que Dios propone es una capciosa enseñanza de la perfección; se debe estudiar de un libro cuyas páginas son infinitas y la eternidad es el único tiempo posible para leerlo (ya hubo quienes intuyeron el tal libro, de modo que no sería difícil chequear en bibliotecas este testimonio); la suya es una cátedra en la que nadie pasa la prueba final.

Habrá quienes superen parciales, pero nada más.

Se ha ensañado con nosotros, los hombres: nos ha obligado a existir engrillados a la conciencia.

Y yo soy consciente de cada una de mis vidas en esta única existencia.

Con cada una de las postas aprendí que la muerte es nada, un absurdo, como la vida.
Aprendí y Él lo supo desde siempre: mi castigo es la memoria y el descrédito...
Alguna vez me llamaron Casandra.

Yo todo lo sé, todo respecto de mí, de las consecuencias, y así las cosas reitero el mismo error en cada existir.

Mi karma es la obcecación.

Desde el primer día de mi (no se si llamarlo) despertar me he emperrado en querer demostrarle a los hombres que Dios nos está esclavizando, que somos sus bufones, unos enanos groseros y deformes encerrados en un laberinto tramposo, porque no tiene salida, y atroz, porque sin muerte, acumula en los ánimos la infinita esencia del dolor.

Estos hombres, aquellos hombres, los hombres, jamás me han querido escuchar y cada vez me han vituperado, torturado, ingenuamente matado; tantas veces reboté contra la sordera, que llegué a considerar la posibilidad de ser yo el equivocado; acosado por la culpa, me sometí a las más aberrantes vejaciones que un ser puede auto infligirse: caminé descalzo sobre la ardiente arena del desierto, penetré mis manos con clavos para imitar los estigmas de Aquél que todos llaman su Hijo, me azoté en las mañanas para castigar la sustancia de mis sueños, me azoté en las noches para templar mi alma y no caer en la tentación de esos sueños, lamí las llagas de los leprosos y las secreciones de los cuerpos muertos, hice votos de silencio y castidad que jamás quebranté, ceñí mis lomos con harapos y ayuné meses enteros, oré noche y día de rodillas sobre filosas piedras, me alejé de los hombres para morir en soledad... Pero Él, sin dedicarme unas palabras en compensación por mi potencial arrepentimiento, una explicación sutil, un algo que me permitiera comprender su punto para acatarlo ciegamente o refutarlo con mejores argumentos, me regresó al mundo como siempre: sin olvido y sin paz.

Ya estoy harto de regresar.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Porque quiero ser rey

sábado, 8 de noviembre de 2008 1
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Porque quise ser rey, quise ser Dios, la Providencia, el azar, la moira, el destino; porque quise ser santo, quise ser un ángel, el demonio, los titanes, Teseo , Orfeo desengañado. Y porque quise ser las nubes, la lluvia, el sol, el viento, la noche y el día. Por todo esto sufrí, lloré, tuve fe, reí, morí... y renací... Abrí los ojos por primera vez una tarde de otoño, hacía frío, las hojas de los árboles tapizaban los jardines, era una perfecta alfombra de amarillos, verdes y grises; abrí los ojos y respiré el aire fresco, olía suavemente a tierra húmeda; respiré el aire frío y oí una música lejana, el motor de un auto, el golpe de un martillo; oí la música y encendí un cigarrillo que me supo a nuevo, a chocolate, a savia picante; exhalé el humo y toqué mi piel, la sentí áspera y tensa, expectante. Nací otra vez, nací sabiendo, queriendo creer que sabía; pero de nada me sirvió la experiencia, porque cuando me atreví a caminar de nuevo, quise ser rey, quise ser Dios, la Providencia, el azar, la moira, el destino... Y por eso sufro, lloro, tengo fe, río, y muero cada día.


De La Mala Fe

sábado, 1 de noviembre de 2008

Una clase de historia en el año 3986 (cuento)

sábado, 1 de noviembre de 2008 0
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Hablan crónicas apócrifas de la antigua Grecia, mis queridos alumnos, de un mito hoy olvidado que, sin más pruebas que la tradición y la fe en los informantes, era atribuido al bardo ciego que inventó el Olimpo. Poco se sabe de los cronistas –algunos los consideran siete, otros una docena –, que habiendo recibido el relato de distintas fuentes, lo reprodujeron una y mil veces con sutiles variaciones, contribuyendo a profundizar las dudas actuales y hasta el escepticismo extremo respecto de la veracidad de la especie.

Particularmente yo creo que sí: la fuente original del mito es una página perdida, un eslabón ausente entre La Ilíada y la Odisea. La ausencia del documento escrito favoreció la ambigüedad que suele derivar de toda comunicación oral, de modo que, involuntariamente, sin dudas, se han confundido nombres, tiempos, espacios y circunstancias; sin embargo, más allá de todo error, la sustancia básica del mito ha logrado sobrevivir a cada una de estas crónicas; sorprenden, por otro lado, algunas semejanzas con la letra de los evangelios que narran la vida de nuestra deidad, pero esto es tema para otra lección.

Mejor es regresar a nuestro asunto. Una de las versiones más conocidas del mito, entonces, prescinde de calendarios y geografías, pues el espacio abarca la cima divina y el tiempo es el inmortal de los dioses, aunque en él también los dioses mueran; la que pretendo dar a conocer, sin embargo, tal y como llegó a mí una tarde de invierno regada de buena y helada cerveza, en el puerto de Mykonos, traslada la escena al proscenio terrenal, a la Grecia del autor, y aunque no hace mención del tiempo, de seguro no fue por estos días, el año 3986 de nuestro señor.

Por favor, atiendan mis palabras; luego podrán acusarme de ingenuidad, incluso de falsificador, y con mucha justificación de pereza intelectual, pero jamás de mala fe, aun cuando reconozco haber rastreado los pormenores de la historia habiendo tomado postura y llevando hacia el punto de mejor conveniencia todo documento que logré reunir. He aquí, mis queridos, la saga de Laergos, uno de los tantos hijos de Zeus que ni su padre ni la historia formal han querido reconocer.

Narra la crónica que Zeus, aburrido en su alcázar olímpico, y nervioso por la llama que el titán Prometeo le había logrado birlar, pensaba y repensaba el castigo que habría de darle al héroe por su imprudente atrevimiento. Se le había ocurrido algo así como someterlo de por vida a remontar una cuesta empujando una roca, que por obra de las hasta entonces no descubiertas leyes de la gravedad, caería tantas veces como fuese elevada, calculando la cantidad de viajes de sube y baja en un número no menor al infinito. Quién sabe por qué razón tal castigo le pareció más bien banal y poco feroz para un espíritu como el suyo, cuya reputación vengativa debía defender en cada decisión que fuese a tomar.

Harto ya de la nula inspiración (se lamentaba de que las musas estuviesen tan dispersas y tan lejanas), decidió bajar del monte y entremezclarse con los hombres; tal vez observándolos de cerca –pensó– pudiese comprenderlos mejor y reconocer en ellos sus más profundos temores, con lo cual lograría idear un castigo ejemplar para el entrometido Prometeo. De paso, y ya que tenía todo el tiempo del mundo, herencia de su padre Cronos, vagaría de tribu en tribu para ver de qué modo habían utilizado las bestias groseras la escasa chispa que el traidor les procuró.

Difícil es precisar cuánto estuvo Zeus entre los hombres, ya se sabe de las licencias que se han tomado éste y otros dioses para determinar la extensión de sus jornadas. Tampoco es posible detallar por completo su actividad, aunque los diversos manuscritos apócrifos dan cuenta de unos pocos hechos (pocos en el sistema divino de comensurabilidad, se entiende); es así que Paríamo se explaya sobre todo en lo concerniente al desenfreno voluptuoso del dios y nos deja saber de las andanzas que el supremo protagonizó en fondas y burdeles, desmintiendo, de este modo, a charlatanes como Platón, que por timidez o cobardía, puso en boca del gran Sócrates la absurda creencia de que los dioses estaban más allá de cualquier pasión humana; es que, por si no queda claro, son los humanos quienes padecemos el reflejo de las pasiones divinas.

Otros, como Grofias, tal vez temerosos de la ira del dios, que como todo el mundo sabe, ostentaba y se ufanaba de su ubicuidad, han preferido mostrarlo, paradójicamente, como un visitante preocupado por la psicología social y cultural de los pueblos: lo describen en sus largas noches de observación y meditación, alejado del ruido y de las grandes poblaciones, lo cual, viniendo de alguien acostumbrado al desenfreno y sabedor de antemano de todo lo que es y será en este mundo, nos resulta creíble e increíble a la vez.

Marínaco, por último, y tantos otros que con sutiles variaciones adscribieron a su teoría, sublima la preocupación de Zeus por el plebeyo devenir humano; según este cronista, el dios supremo se aplicó a sembrar los rastros de su divinidad en cuanta hembra apetecible y fértil se cruzó por su camino; el cronista, en un excesivo celo religioso, exalta y agradece la profusión de bastardos nacidos de sangre olímpica; claro que nada menciona de las formas que tomó el dios para presentarse a las mujeres, tal vez sabedor de los remilgos que en los tiempos futuros profanarían la libre sexualidad, de modo que prefiere callar las metamorfosis en toros, culebras, sátiros y vaquitas de San Antonio, entre otros seres reconocidos o mitológicos, de los que yo pude enterarme gracias a mis investigaciones particulares.

Y fue precisamente por ese agotador pero impreciso rastreo personal que logré establecer la unidad discursiva en los hechos ocurridos durante la epifánica aparición pública de nuestro héroe Laergos, bastardo divino que, como tantos otros, fue concebido durante las vacaciones terrenales de Zeus. Muchos son los datos que he logrado reunir; éstos, mayormente, ponen en duda la capacidad intelectual del héroe, lo cual explicaría la decisión materna de inscribirlo prematuramente en una escuela militar de Esparta. La instrucción castrense caía de perlas a sus características psicofísicas, pero se vio obligado a abandonarla a las pocas semanas, debido a que se le declaró una alergia al mejunje negro que se servía de rancho de lunes a lunes, sean tiempos de paz, escaramuzas o guerra. Frustrado en sus nobles aspiraciones guerreras, y en plena crisis espiritual, se inclinó hacia el misticismo pitagórico, vocación que también murió en el intento, pues ya se ha dicho que su intelecto no era de los más poderosos debido a lo cual no congenió con las matemáticas, y si acaso sabía recitar el famoso teorema, según se cuenta, lo repetía como quien reza un Padrenuestro en misa de siete, con la mente en la almohada, sin saber muy bien qué palabras se están diciendo. Nuevamente frustrado en su vocación, o, mejor aclarar, en su errónea vocación, apuntó hacia donde, creyó, encontraría la última oportunidad de justificar su existencia: el atletismo, cuyas máximas competencias se desarrollaban cada cuatro años y se denominaban Olimpíadas, las hoy conocidas como teletones; durante las Olimpíadas, los habitantes de Grecia se reunían en torno a grandes escenarios llamados estadios, desembolsando para el ingreso una cantidad de dinero metálico en concepto de admisión, un símil primitivo de nuestro actual pay pour view.

Sí, mis alumnos, muchos son los aspectos apasionantes en la vida de este semidios, pero es un solo acontecimiento de su casi probada existencia lo que hoy pretendo narrar: el único en el cual la mayoría de los cronistas coincide, aunque no tanto en el hecho como en el lugar.

Diré que me baso en Antípodo, quien sitúa la historia en los arrabales de Atenas, en vísperas de la celebración de los antes mencionados juegos olímpicos, fiestas que los hombres antiguos ofrecían en homenaje a Zeus.

Así como nos resulta improbable, según hemos explicado, que un dios sea salvo de las pasiones mal llamadas humanas, de igual modo ponemos en tela de juicio la aseveración del cronista, que describe a un Zeus histérico delante del frenético movimiento que los hombres desplegaban en su honor. Más apropiado sería suponer un desbordante sentimiento de orgullo, pues estas fiestas determinaban de algún modo el ordenamiento temporal de las polis griegas. Sin embargo Antípodo insiste en que Zeus hubiese preferido para sí unas orgías como las que se celebraban en honor a Dionisos. Envidia en Zeus... En fin, reinterpretando a nuestro cronista, diré que el dios sintió una mezcla de orgullo y repugnancia que lo mantenía al borde de la ira y el perdón, lo cual lo llevaba a reconsiderar la conveniencia de castigar o no al pobre de Prometeo. Tal es así que se vio obligado a mirarse en el reflejo que le devolvía un pequeño curso de agua (algunos dicen que el Leteo) para recordarse el para qué de su estadía entre los hombres, que ya le llevaba varios años, razón por la cual se propuso apurar el trámite, jurándose por sí mismo que aprovecharía el próximo encuentro con un humano para resolver el asunto Prometeo de una buena puta vez.

No había andado mucho desde el juramento, camino a Atenas, cuando se topó con Laergos (en quien encontró rasgos familiares, pero prudentemente prefirió no indagar); el joven atleta iba en peregrinación hacia la ciudad, para participar de los juegos.

Laergos, exhausto por el largo viaje –venía a pie desde Lacedemonia– y apaleado ya por una larga lista de frustraciones, había descuidado el espíritu permitiendo la llegada del miedo y la ansiedad, que en su caso se tradujo en una interminable cagadera, ahí nomás del sendero, detrás de unos arbustos.

El bastardo se sentía debilitado; poco interés tenía ya de llegar a los juegos, seguro de que sus esfuerzos serían inútiles y de que ningún triunfo obtendría en las pruebas para agradar a Zeus.

Zeus, que como ya se ha dicho era un dios, tenía la dudosa capacidad de leer los pensamientos de los hombres; de manera que, sin preguntar y sin saludar siquiera, se acercó y le prometió curar su mal a cambio de un servicio que tendría que prestarle. Laergos, incapaz de sentir pudor con semejante padecimiento, siguió largando las entrañas mientras decía, con voz apagada: “Pedime lo que quieras, troesma, si sos capaz de quitarme este dolor en las tripas, que se siente como si un águila me las estuviera devorando en vida”. Dicen que Zeus alumbró subrepticiamente, gracias a esas palabras, el castigo que Prometeo merecía; aliviado de su carga, sonrió, y al instante le ofreció una manzana dorada del jardín de las hespérides, cuyas propiedades curativas eran de público conocimiento. Como es de suponer, al mordisquear el sabrosísimo fruto, Laergos sanó.

–¿De dónde sacaste esta hesperidina, chabón?

–No te preocupe el cómo, sino el qué.

–Es cierto –reflexionó–, te debo un servicio.

–Ya me lo has prestado, y ha resultado tan bueno que estoy dispuesto a premiarte con algo más.

–¿Quién sos?

–Qué quieres.

Las palabras de Zeus fueron tan aplomadas y apremiantes, que Laergos no dudó en responder:

–Quiero ganar los juegos para agradar a Zeus.

–Y qué necesitas.

–Ya que participaré en lanzamiento de disco y jabalina, necesito las manos de un dios.

–Sea, Laergos, tienes las manos de un dios.

Dicho esto, Zeus desapareció rápidamente, presuroso por poner en práctica cuanto antes el castigo para el titán, dejando perplejo al atleta Laergos, todavía en cuclillas detrás de los arbustos, sin palabras para explicarse aquél absurdo, y lo que era aún peor, sin papel para el menester más urgente.

Laergos, confundido y aún con resabios (en cuerpo y alma) de su antiguo temor, siguió rumbo a Atenas diciéndose en cada paso “en fin, ya estamos en el baile, che, ahora hay que bailar; perdido por perdido, pibe...” Esta técnica de programación mental, que con algunas modificaciones ha llegado hasta nuestros días con el nombre de Método Chifla, le sirvió para vencer los bloqueos internos y finalmente presentarse en los juegos; pero los resultados, mis estimados, los triunfos obtenidos, las coronas de laureles, está de más decirlo, fueron gracias a esas manos divinas que el dios le concedió.

Crónicas más recientes, y por ende menos confiables, difieren en la circunstancias y en la identidad del atleta, al que insisten en denominar Diego Armando Maradona, quien al parecer no sólo hubo recibido las manos, sino que también las piernas de un dios; dichas fuentes dejan entrever la sospecha de que Maradona no era, como Laergos, un hijo no reconocido de Zeus, sino que era el mismísimo Zeus en uno de sus días de peregrinaje, oculto en la figura de un deportista, una de las tantas mutaciones que utilizó para seducir doncellas... Pero esto es difícil de aceptar, aún para el más ingenuo de los historiadores. Sin embargo las sectas maradonianas proliferaron hace un milenio; los integrantes de estos grupos, gentes de una gran espiritualidad, aseguraban que con sus extremidades divinas el héroe obró verdaderos milagros... (Suspiro)... Tan profunda fue la entrega de los integrantes de aquellas sectas que se formaron en torno al mito Maradona, mis alumnos –algo que no sucedió con Laergos–, tan bellas y numerosas las descripciones que de sus hechos atravesaron los siglos, que incluso yo, un escéptico declarado, en mis noches místicas de profundo estudio, me he sentido tentado a rezarle a ese dios... (Suspiro)... Bien, ya es la hora; continuaremos mañana.

sábado, 25 de octubre de 2008

Un día en la vida de un genio (cuento)

sábado, 25 de octubre de 2008 1
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Hay palabras que son como un motor, el impulso que necesitan los genios como yo. Muchas veces comienzo a escribir no ya sin saber hacia dónde me dirijo, sino que sin la menor idea de dónde me encuentro. Respondo a la necesidad de tomar el lápiz (que no es un lápiz) y delinear una tras otra las más bellas construcciones con la única intención de colar en ellas algún vocablo que, en ese momento, por alguna razón particular, me atrae especialmente, como "anquilosado" o "irreversible", para dar un par de ejemplos.

Estas ocasiones, en las que reconozco la voluntad, son valiosas; pero mucho más lo son aquellas en las que, junto con la voluntad, confluye la idea. Hoy por la mañana se daba esa rara convivencia entre el genio y la inspiración.

La idea del cuento, que no se definía ni en su trama ni en su final, me perseguía desde la semana anterior y si bien este tipo de situaciones no llegan a angustiarme como para llevarme al borde de una crisis existencial, son como una piedra en el zapato: una molestia leve pero insoportable. Por eso la euforia de esta mañana: un sueño me reveló la clave que estaba buscando para el relato. Saboreaba anticipadamente la victoria cuando recibí el llamado de Claudia: quería que nos encontráramos para hablar sobre no sé qué problema que la preocupaba, alguna tontería, seguramente. Por supuesto que me negué: no estaba en mis planes desperdiciar en ella el poco tiempo del que disponía para escribir. Claro que no podía confesarle mi verdadera razón, decirle que no salía de casa porque pensaba derramar tinta sobre un papel -según ella lo ve-, así que inventé una excusa que ni yo mismo creí. Cortó sin despedirse y golpeando el auricular.

Inmediatamente olvidé el contratiempo y me dispuse a escribir. Cumplí paso a paso con mi ritual: cargué la pipa, preparé Nescafé (clásico, bien cargado) y coloqué el lápiz cruzado sobre la hoja del cuaderno (el cuaderno, en lo posible, debe estar en uso: prefiero la sensación de continuidad a la de comienzo liso y llano).

"La vida", alcancé a escribir antes de que el teléfono quebrara nuevamente la armonía. Era Claudia, recriminándome la descortesía con la cual la había tratado y maldiciéndome porque no había vuelto a llamarla esa mañana. Fue inútil explicarle que era lógica y materialmente imposible reiterar una acción que nunca había sido ejecutada, ya que había sido ella y no yo quien llamó por la mañana, y encima había sido ella y no yo quien cortó abruptamente la comunicación: volvió a cortar, no sin antes acusarme de cínico y narcisista.

Respiré profundamente para tranquilizarme, di algunas vueltas en torno del escritorio... Ya estaba por el tercer café y la segunda aspirina y no había logrado traspasar las inaugurales "la" y "vida". La voluntad permanecía intacta, pero la idea, después de los llamados de Claudia, me resultaba absurda.

La vida, la vida; qué podía escribir yo sobre la vida que no hubiera sido escrito por otros y con mayor autoridad. Me planteé la posibilidad de transformar el relato en un cuento fantástico; el tema daba y, si no se me ocurría nada más original, siempre estaba a mano el recurso de los fantasmas para justificar lo injustificable. En fin, lo ideal era terminar la mañana con una primera versión más o menos delineada que me permitiera salir de casa con la renovada certeza de que esta ciudad cobijaba en secreto a un gran maestro de las letras, genio oculto por propia voluntad, de modo que me esforcé por convencerme de que la historia que imaginaba, después de todo, era potable; es más: se acercaba bastante a la perfección. Si en algún momento me había parecido absurda, fue porque Claudia llamó para romperme las pelotas.

Regresé a la página. Releí lo escrito: "La vida". Iba a continuar la frase cuando mi subconsciente accionó otra vez el freno. Oí un rumor de voz interior; me alertaba sobre el abuso de la primera persona y del estilo "aquellos años felices" que solía usar para agradar a las chicas y romper el maleficio del profeta en su tierra... (El gran error de todo artista es dejarse influir por la subestima de sus vecinos; y yo también caigo en él: es inenarrable la lucha interna que desaté por la inclusión de la palabra "artista" en esta máxima, al igual que la palabra "máxima", claro).

Si bien aquel estilo me proporcionaba, de cuando en vez, algún cumplido por parte de señoritas a las que admiraba no tanto por su condición intelectual como por sus tetas, me propuse experimentar con nuevas estructuras narrativas; sin embargo, ninguna de ellas me pareció lo suficientemente original como para correr el riesgo de la incomprensión. Para peor, me había encaprichado con una palabra y me tomó horas convencerme de que en esa historia no tenía lugar.

Estaba la idea, tenía la voluntad, ¿por qué no podía escribir, entonces, más que dos palabras, dos repetidas palabras, dos insulsas palabras...?

Opté por tomar un libro al azar y dejar que fuera el mismo azar quien me indicara la página a leer. A veces me "inspiro" leyendo a otros; soy consciente de mi carácter "inspirable". Quiso el destino que seleccionara una colección de cuentos de Haroldo Conti. Con el libro en la mano renegué del azar y busqué "La causa"; releí la historia con placer. Cuando hube terminado la lectura, devolví el ejemplar a su lugar con la áspera sensación de que no era por ahí la cosa y me juré que cuando volviera de mi empleo buscaría algo menos politizado e igualmente magistral; tal vez Bioy, pero quién sabe qué dictaría el azar.

La mañana estaba perdida.

No tiene sentido que relate mi jornada laboral; sólo diré que mi mente no dejó de girar en torno al cuento: la piedra en el zapato. Si hasta olvidé que me había comprometido con Claudia para llevarla a cenar. Mañana tendré que resignar unos cuantos pesos si espero que me perdone.

Pero por qué pensar en mañana cuando todavía es hoy, es ahora, y aún no defino cómo voy a encarar la historia. Ya repasé media biblioteca y nada me "inspira". Mi sistema nervioso está en crisis, pero no bajo los brazos.

"La vida"... Enciendo la pipa y doy vueltas alrededor de la mesa. Y sí, me parece que lo del cuento fantástico, en definitiva, no estaría mal... Con alguna especulación metafísica sobre el ser y la nada.

Podría comenzar por el final e ir "desnarrando" la historia hasta confluir en las dos palabras benditas.

O recaer en el estilo "Aquellos años felices", si no hay más remedio.

Y podría utilizar sin culpa la palabra "consentían", de la cual me enamoré luego de haberla leído en un cuento de Soriano, aquel del penal más largo del mundo ("...las novias les consentían caricias por encima de las rodillas"). Y también aquellas que adviertan a mis potenciales lectores que uno también es un gran lector, como oxímoron y zahir, que gritan a los cuatro vientos: "¡Conozco la obra de Borges!"
O dibujar un relato de aventuras; se me ocurre que no sería difícil si pudiera recuperar un poco de mi voluntad.

Sí, ya no tengo la voluntad que me movilizó esta mañana. La idea, incluso, terminará por perderse en una nebulosa de ideas. Mejor, supongo, ¿por qué escribir algo que sé perfecto? ¿A quién debo probarle nada? Ya lo dijo Dante (como verán, también leí a Dante, aunque traducido y en prosa): "El hombre en cuya mente se agolpan ideas y más ideas, no realiza nunca sus propósitos porque la vehemencia de una amengua el ímpetu de la otra".

Soy un escritor de muchas ideas, sin dudas.

Entonces, para qué insistir en la lucha contra el ímpetu y la vehemencia si, al fin de cuentas, es mucho más sencillo relatar este día en que desperté con la clave de una historia magistral y me abstuve de llevarla al papel porque me basta con saber que soy un genio y no tengo necesidad de andar demostrándoselo a todo el mundo, qué tanto.

sábado, 18 de octubre de 2008

Florencia está furiosa y tiene razón (cuento)

sábado, 18 de octubre de 2008 4
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Boomp3.com


Florencia está furiosa y tiene razón: hace cinco horas que debí haber llegado. No me atrevo a decirle nada, creo que empeoraría las cosas. Aún demostrándole lo irreversible de mi situación, ella me acusaría de farsante y yo terminaría por resignarme a sus argumentos que, por otra parte, tienen una histórica y sólida base sobre los cuales apoyarse.

La contemplo desde mi reposo en penumbras, aquí, donde el silencio que me impongo procura no ser el origen de otro arranque de furia. No puedo enojarme porque haya destrozado los cristales de los muebles y de las fotos que nos unen, ni siquiera hubiese podido culparla por la infantil revancha que intentó cuando quiso quemar mis libros, aunque por suerte desistió. La suerte es para ella, porque no creo que yo pueda volver a disfrutar de la lectura. Nuestra separación es un hecho, sé que ahora nada tendría sentido entre nosotros; tal vez mi atención y mi sentido recaigan sobre otros asuntos... no lo sé, tampoco sé cuánto tiempo me demandará salir de este depresivo estado intermedio en el cuál no se es ni una cosa ni la otra, en el que aún se extraña el pasado reciente mientras persiste la epifánica promesa de un futuro mejor. ¿Merezco ese futuro? No lo sé, tampoco esto sé. Algunos creen que no.

Lo único que logro comprender es que si aún me quedo cerca de Florencia es para no desaprovechar el puente que seguramente me tenderá; Tal vez me atreva a explicarle lo ocurrido en Bragado; podré decirle que esta vez no hubo engaños, y tal vez ella se sienta un poco mejor; aunque es claro que nuestra relación futura sería imposible. Si ocurre así quizá pueda emprender el viaje hacia el sitio que ignoro, seguro de que allí, o antes, durante el viaje, habré logrado olvidarla (o recordarla sin nostalgias ni dolor).

Sin embargo ahora es mejor callar; sé que si intento entablar una comunicación con ella empeoraré las cosas; debo resistir el embate de sus lágrimas, justificadas lágrimas, y consolarme con la excusa de que, cuando sepa la verdad, su frustración será menor... Recién ahora comprendo lo mucho que me ha querido, recién ahora siento lo mucho que la quería.

Florencia ha de haberme amado tanto... de otra forma sería imposible concebir tanta paciencia. Nuestra posición nunca fue holgada; ella trabajaba y ganaba tanto o más que yo, de modo que no fue por miedo financiero que resistió a mi lado. Y si debo mencionar el coraje anímico, es ella la que siempre alzaba las velas -mientras que yo tendía estúpidamente hacia el pesimismo- cada vez que nuestra relación debía afrontar situaciones imprevistas... Definitivamente, Florencia tuvo que haberme amado tanto...

Por eso llora, por eso tanto dolor; es que aún me ama... y yo a ella, maldita la hora en que tomo conciencia... Está furiosa y tiene razón, cree que esta noche también la he traicionado, hace cinco horas que debí haber llegado a casa. Si pudiera decirte ya mismo que estás equivocada, Flor, si pudiera restañar alguna de tus lágrimas... Si pudiera evitarte ese suspiro entrecortado que se clava en mi pecho y me quita el aire que respiro... Florencia, esta noche soy inocente, pero tu error no me justifica delante de tus lágrimas, porque esas lágrimas saben a pasado, a mujer que se ha quemado con leche y cada vez que ve mi foto imagina una vaca... De manera que trago mi culpa en silencio; es mejor así. No es momento de hablar. Tal vez durante la mañana, cuando el sol te consuele (el sol siempre logra reanimarla), me atreva e enfrentarte con las palabras que ahora censuro para no aterrarte y obligarte a las pastillas, al exceso... es que te hacen tanto daño, Flor... aunque no tanto como el que te he provocado yo...

De todas las mujeres que pasaron por mi vida, Florencia es la única que merece llamarse MUJER, así, con las letras en mayúscula. Si alguna vez me mintió, no fue para ocultarme un desliz de su parte, sino para disimular frente a mi estúpido orgullo (los orgullos siempre son tontos, imbéciles... pero es mejor decirlo, es mejor aclararlo una vez más) alguna acción que, al fin y al cabo, terminaría por beneficiarme; pero Flor me conocía mejor que nadie, sabía que yo nunca aceptaría nada que no pareciera haber conseguido con mi propio esfuerzo aunque esa nada fuese indispensable para mi vida, de modo que ella actuaba en silencio sólo para mí, ocultando verdades sólo por mí... y yo le mal pagaba, siempre le mal pagaba, como aquella primera vez con Aldana; la traicioné con Aldana con un placer enfermizo, sin pensar en ocultarlo, incluso dejando huellas más que obvias para que Flor se enterara: es que yo me había fabricado la excusa de la venganza. ¿Venganza de qué? ¿Por qué? ¿Quién sabe? Ya no recuerdo las razones que pergeñé, fueron tantas: un saludo amistoso a cualquiera me servía para dispararle una escena de celos que actuara como cortina de humo y me permitiera huir de casa, de una noche más en casa, de una noche más con Flor... (Daría tanto, hoy, por una noche más con Flor). Aquella primera vez no sólo satisfice mi deseo con Aldana, su amiga, sino que además construí un insoportable comportamiento adictivo en el seno de nuestra relación. Ella me amaba sin condiciones, y yo le pagaba engañándola sin discreción, e incluso ofreciéndole un trato agrio si ella me insinuaba algún reparo... ¿Por qué me quedaba con ella? ¿Por qué me emperraba en lastimarla de esa manera? Porque la amaba, es ahora que lo descubro. Un amor enfermizo que necesitaba de su dolor para existir solapado en mi alma. Entonces yo me decía (antes también me hacía las mismas preguntas) que si me quedaba era porque no merecía la pena cambiar de hábitos, que mi casa estaba bien porque allí estaba mi ropa, mi cama, mis libros, mi música, la comida exquisita que a pesar de todo Flor me cocinaba, el sexo de algunas noches, cuando Aldana o Luciana o Martina no estuvieran para mí...Allí estaba mi vida entera, una vida que había demandado décadas construir y no me resignaba a destruir...

Sin embargo ahora sé que la amaba, de qué otra forma puede explicarse que resista, aquí en las sombras, el dolor de Flor, el llanto de mi amor... Si por mí fuera, si sólo por mí fuera, entonces soltaría todos mis argumentos, las pruebas irrefutables de mi inocencia de hoy, la confesión de amor que sin dudas me engrandecería, y entonces podría marcharme tranquilo y crédulo, internarme en el túnel de la luz distante con mi justificación como santo y seña... Pero es por ella, persisto sólo por ella.

Ahora es mejor callar, simular que sigo ausente para no desatar una tormenta peor. Me cuesta tanto resistir el impulso de acercarme y acariciarle el cabello, de abrazarla y besarla, desnudarla lentamente e introducirme en ella, para siempre en ella, en lugar de aceptar este destino incierto que me dejará irremediablemente distanciado... Me cuesta resistir el impulso, pero mucho más me cuesta aceptar la idea de que ella no me permitirá la cercanía, tampoco acariciarla, ni desnudarla: ella no sabría soportarme delante, mucho menos dentro suyo (¿cómo exigírselo si ni siquiera yo fui capaz de soportarme?). Además, ¿poseo la gracia de una caricia, de un beso, de algún sentido que no sean esta pena y esta culpa? Mejor no averiguarlo, no por ahora al menos; yo tampoco me creo capaz de soportar tanta verdad... Entonces el silencio momentáneo, entonces esperar con un cachito de Fe, con la esperanza de que Flor podrá comprender lo ocurrido y entonces sentirse menos frustrada, menos triste, más mujer... ella, que es tan MUJER.

Si al menos llorase con énfasis, si al menos su llanto fuese histérico, entonces sabría cómo esquivarlo, conozco las mañas de ese enemigo... pero Flor llora en silencio, como estaqueada el alma en la pena, alma resignada al dolor...Su mirada es pétrea, toda su cara es rígida; hay un leve movimiento de hombros que delatan la respiración, por lo menos sé que ella respira... Está tan bella con el vestido negro, con el cabello recogido; Florencia es tan bella. Había preparado una noche especial. A ella le gustaba llamar así a las noches en que me regalaba con un plato exquisito a manera de perdón... Esto ocurría cada vez que yo dejaba de engañarla por un tiempo; no es que se lo dijera, pero de la misma manera que le insinuaba las traiciones, también dejaba entrever los períodos de arrepentimiento y deseos de redención... Y ella, alma divina, siempre me perdonaba.

Ha de haberme amado tanto...

Y ahora todo es inútil, ahora cualquier intento de mi parte sería vago e inútil, la distancia es irreductible y carezco de argumentos, más allá de mi condición, para construir una excusa que la libre de todo mal.
Tal vez mañana, pero quién sabe. Yo no lo sé.

Nunca imaginé que Florencia pudiera excitarme en esta condición, sin embargo su belleza me arroba, su tristeza, como antes, actúa de un modo enfermizo y me empuja hacia ella. Me empuja, me empuja, me empuja... ¡No! Debo contenerme, no estoy aquí por mí, sino por Florencia. Debo contenerme. Es ella la que necesita el consuelo, no yo. Mi culpa no tiene remedio, pero la suya es innecesaria, es irreal, injusta. Ella no debería sentir culpa. Flor es una MUJER y no creo que arrojándome sobre ella para beberla e introducirme sea la mejor forma de reconocerle su don.
Entonces esperar. Hasta la mañana, cuando el primer sol la revitalice; o hasta la tarde, un minutos antes del crepúsculo, cuando su espíritu se haya amoldado a la idea de un nuevo fin... Uno más y van...

Siento el aroma de su perfume que llega casi insinuado, como si fuese una presencia muda, mucho más sutil que la mía. Es una aroma de flores, de Flor, una fragancia que sólo a ella le sienta y que sólo en ella podría reconocerse. Puedo saborear esa fragancia, es el estigma de sus lóbulos, del comienzo de sus senos, es un mensaje que sólo a mí me corresponde, es el perdón que me tenía reservado. Ha de haberme amado tanto... Y ahí estás, Florcita, esperando desde hace cinco horas, harta ya de la carne fría y el vino tibio, proyectando tu calvario en esta solitaria madrugada de bruma y penumbras como aquella de Getsemaní.

Tan bello el aroma... tan triste esa lágrima negra que cae de tus ojos y dibuja una línea imperfecta que se diluye y se pierde entre tus labios... Quisiera abrazarte, Flor, y decirte que te amo, decirte que siempre te he amado, y que, aunque hoy no he sido culpable, nunca merecí tu perdón.

Tu pena me empuja hacia a vos, y tu belleza, y tu aroma, y el surco de rímel que divide tus pómulos... Todo, Florencia: también el silencio, el dolor mudo... Ya no quiero esperar, Flor, ya no...


Suena el teléfono, qué oportuno. Está bien así, Flor, no respondas, no son horas para llamar. No, Flor, dejalo que suene, ya se van a cansar...
Pero... En fin... Flor se ha parado y camina hacia el living. Está bien, si ese es su deseo, está bien si lo que quiere es hablar, si lo que quiere es no pensar en mí... Pero, ¿por qué tiembla así? ¿Por qué temblás así, Flor? ¿Por qué tu cara se ha desencajado de esa manera? ¿Por qué ahora corrés hacia el cuarto y te arrojás sobre la cama? ¿Por qué ese nuevo dolor, Florencia? ¿No será que...?

Sí, es claro que sí; a estas horas; es claro; y de esa manera tan destemplada... SE LO HAN DICHO...

Ya no tengo nada más que hacer aquí.

Me voy en silencio; es mejor así, no hubiese sabido qué decir, de qué manera presentarme, además con estas fachas, con estos magullones, Florencia. Es mejor así, a vos siempre te impresionaron la sangre y las heridas.... Este de aquí ya no es Eduardo, éste de aquí soy yo. Es mejor así... Es mejor así.

sábado, 11 de octubre de 2008

Egotismo y otredad

sábado, 11 de octubre de 2008 1
Fragmento de la novela La Mala Fe




Killing An Arab - The Cure


Me tiré sobre la cama con los brazos detrás de la nuca; el techo era alto y blanco, pendía de él un cable en cuyo extremo estaba el foco de luz. Con la mano cubrí la luz directa y observé las telas de araña que atiborraban las esquinas, grises ya de tiempo y tierra, repletas de puntitos negros que supuse moscas deglutidas. Pensé en Leticia, que le teme tanto a las arañas. Y cuando llegó Leticia llegó el mundo que hubiese querido dejar allá, en casa, al menos durante los días que permaneciese en el pueblo. Pero no, allí estaba para quedarse; uno es así, se acompaña donde vaya y se lleva toda su vida; uno es así, pensé en voz alta, y cerré los ojos para contemplar los destellos amarillos que se formaban en el revés de mis párpados; “esta será una noche muy larga”, me dije, pero esta vez sin hablar.

No pensaba, no podía pensar. Es decir, no podía desligarme de ninguna de las decenas de ideas que se agolpaban al unísono para por fin dedicarme a ella y nada más que a ella. Era como cuando se acumulan los libros nuevos, los artículos, los apuntes de tal o cual materia que deseo estudiar; se acumula el material y porque querría saber lo que contienen con sólo pasar un dedo sobre el papel, porque la urgencia por conocer es tanta, basta con abrir un libro de los tantos para que la presencia de los otros me impida concentrarme en la lectura. Por qué éste libro primero si aquél otro es tan interesante y urgente como los demás, al igual que las revistas y los diarios y las fichas apiladas. Y termino por no leer ninguno a la espera de que mi mente se aclare y se concentre. Es igual con los pensamientos, lo fue aquél día, lo es ahora mientras avanzo en el relato de esto que ya no sé si es diario, confesión, o una novela de pura ficción (perdón por la rima). Estaba (está) Leticia; estaban La Rosa, los Eleuterios, la puerta velada (el recuerdo del cuento de Cortázar), el foco encendido al despertar, la planificación del próximo día, que no podía caer en saco roto como éste. Un ruido interminable de palabras, mi mente en ebullición. Nada bueno podría salir de allí. Casi siempre, en esos momentos, concluyo en que sería mejor morir; de una buena vez, morir. Pero qué gano con matarme, qué gano con negar la curiosidad que siento por los instantes futuros, aunque los sepa semejantes a los de ahora y a los pasados. Por qué morir, después de todo, sin una buena razón que justifique mi vida. Por qué morir al ñudo y que el mundo siga su rumbo, cuesta abajo, para también un día morir asesinado.

No iba a evaporarme esa noche en el cuarto de la pensión, ni ahora, ni mañana. Puedo asegurarlo. No iba a dejar que la estupidez, mi estupidez, fuese más fuerte y astuta que mi estúpido idealismo. Estupidez por estupidez, prefiero la segunda.
Tomé un cuaderno de mi maletín y me puse a escribir:

“La pregunta más importante de la filosofía, según Camus: ¿vale la pena la vida?

¡Que valga la pena morir!

“¿En qué piensan los que nada se cuestionan? ¿Cómo logran ser felices en el engaño al que se someten? Los envidio. Por más que me esfuerce, jamás podré sacarme de encima la idea de que todo carece de sentido, y en esto sí Camus tenía razón. Incluso esta búsqueda carece de sentido. Esta necesidad de un buen motivo para que mi muerte... para no sentirme un cobarde, para que morir no sea una huida, sino una ofrenda. ¿A quién? ¿Quién merece mi muerte?

“Esto también es un juego.

“Vivir jugando. Jugar viviendo. Jugar en serio. Tomarse la vida en broma y la muerte para la chacota; esto también es un juego pero no me lo creo. Voy a morir. ¿Quién merece mi muerte? ¿Yo? Es casi como decir que merezco morir; qué absurdo. De todos modos voy a morir.

“Desearía creer, en cualquier cosa. Tener una fe, política, filosófica, religiosa. Pero en nada ni en nadie creo. ¿En qué creen los que creen? ¿Por qué creen? ¿Realmente creen? ¿Cuántos de los que se dicen miembros de tal o cual Iglesia confían en las decisiones que ha tomado su Dios? ¿Cuántos de los que adhieren a una filosofía son capaces de llevarla a la práctica en sus vidas sin que se les caigan las medias? ¿Cuántos de los que adhieren a una idea política permanecen fieles a ella una vez abandonado el dulce encanto idealista de la veintena de años? ¿Cuántos son capaces de seguir ascendiendo en la cuesta de la fe, con las fuerzas y el alma incorrupta, una vez atravesada la cuarentena?

“Me engaño; juzgo a los otros tomándome como ejemplo. Me falta la otredad de los antropólogos, mi filosofía es egotista.

“Hoy es un día y mañana el mismo. La otredad de mi Tiempo dónde está”.

sábado, 4 de octubre de 2008

En mi bar secreto

sábado, 4 de octubre de 2008 1
Fragmento de la novela Cosquillas en el Culo de San Minuto de las Horas Simples


Foto



Pongamos que sí; pongamos que existen esas fuerzas extrañas de las que hablamos con risas de burla por simularnos crédulos de lo que, en el fondo, sospechamos cierto. Pongamos que una voluntad ajena a las nuestras se disputan nuestro destino; que unas pugnan por encontrarnos, las otras por separarnos. Algunas veces, cuando parece que vamos a coincidir en el camino y de pronto algo nos distancia –un motivo banal, tan estúpido que nos deja perplejos e imposibilitados de rebatirlos–, esas veces percibo un aroma como de trampa, las que nos tienden los del bando que nos prefieren distanciados. Otras, en cambio, hasta el más mínimo traspié nos obliga a reencontrarnos. Y aquí, creeme, no sé si son artilugios de nuestros aliados o una sutil maniobra de los enemigos, para luego disfrutar con mayor gusto el seguro desbarranco.

Podrán parecerte, estas palabras, desalentadas. Pero en verdad no me siento tan abajo. Me senté a reflexionar mientras tomo un café con leche. No estás acá, en la misma mesa de mi bar secreto. Sin embargo, me domina un algo como alegría, o esperanza, o sensación de estar haciendo lo correcto. Cómo saber qué es; podría ser cualquiera, todas, ninguna. A juzgar por las frases que escribo, no hay ninguna y habrá que darte razón: desaliento. Pero no, insisto. Estoy casi feliz. Sí, es una casi felicidad, un optimismo tal vez necio, pero optimismo al fin.

Sé que el buen ánimo transforma mi cara. Y que atrae a las personas, amigos o conocidos. Estas mismas personas, te acordás, disparaban de mi lado cuando la tristeza me ganaba el alma; y yo que creía disimularlo, con esa tonta sonrisa siempre a mano... Esa atracción y ese rechazo tal vez sean parte de aquellas fuerzas que negamos. Fijate, si no, cómo se pegaba a mi lado María cuando por los poros se me iba la vida; era como si se alimentara de mi tristeza, como si cada uno de mis gestos por negarla le abrieran las puertas de mis fuerzas para que ella se las tragara y las usufructuara. María, un vampiro. Maríácula. Siempre de noche. Haciéndome noche. En cambio ahora, que mi cara no se esfuerza por mentir un bienestar, ahora que brillo hasta en el color de mis ropas, Maríácula se ha evaporado.

Brillo, sí, pero no es el brillo que te agrada. Sé que cuando dibujo esta palabra, cuando pienso en ella, en el concepto a la que la ligo, no es la misma que vos usás. Tu brillo necesita ser cáscara, corteza palpable y digerible con los ojos; el mío nace desde adentro y se conforma con sólo ser; no se ve, se siente. No puedo, sin embargo, enojarme con vos por eso: es tan brillante tu corteza.

Hay una chica, en la otra mesa, que me mira disimuladamente. Es bonita y se oculta detrás de un libro, de unos anteojos, de su timidez. Yo también soy tímido y le ahorraré el mal momento de las primeras palabras torpes, aunque ella tal vez desee que me acerque; tal vez yo mismo lo deseo. Me digo que no porque estoy hablando con vos, y aunque cierto lo sé excusa. Ella es una mariposa y necesita de luz, de ese brillo que tengo la sensación de irradiar y no sé por qué, si no estás; si hoy también nos han distanciado esas putas, esas bastardas. Ahora me siento bien y cometo el error de confiar en el futuro.

Se me ocurren muchas cosas, el tipo de ideas que te hacen reír por absurdas (tan diferentes, vos y yo; y sos tan hermosa). Pienso, por ejemplo, que podría dejar el cuaderno, este cuaderno desde donde te hablo, para que cada uno que así lo quiera vaya agregando sus historias, sus palabras a esa otra persona que quiere cerca y no está. Podría hablar con Laura, la moza que atiende en este bar, y pedirle que lo conserve siempre dispuesto para quien lo quiera utilizar. Podría, incluso, iniciar una campaña sutil revelando entre líneas la existencia del cuaderno, para que sólo aquellos que supieran leerlo se enteren. Porque sólo aquellos que supieran leerlo, serían capaces de continuarlo.

Cómo fue que caí en esta idea absurda, si sólo quería reírme un rato de las fuerzas que nos engañan y hacen que vos te hartes. No sé cómo, pero más lo pienso y más me gusta la idea. Qué tal si condicionáramos a que escriban sobre nosotros. Saben ahora que hay fuerzas extrañas, amigas y enemigas; saben que te quiero y puedo hacerles creer que vos me querés a mí. Saben que brillo por dentro y que vos preferís el otro brillo. Todo esto lo saben, lo demás que se lo inventen.

domingo, 28 de septiembre de 2008

Conciencia del error

domingo, 28 de septiembre de 2008 3
Fragmento de la novela La Mala Fe


Desencuentro blues - El Guille


Después, claro, la pregunta obvia. ¿Por qué ir hacia sitios donde no se quería ir? Por qué mentir, insistir; por qué ese querer vengarse de la realidad inventándose otras más dolorosas, o por lo menos traumáticas. No era eso lo que querías, jamás lo quisiste, y no sólo que no lo querías, sino que lo detestabas; pero ahí estás, obstinado, derechito hacia la puerta que te abren los demonios. No, no era eso, ni el más mínimo deseo, pero vos decís que sí, y le decís a ella que sí. Pero es no, no, no, no. Vos lo buscaste y te lo tenés que bancar; las cosas salieron como era previsible que salieran. Entonces te la tenés que bancar. ¿Por qué decir que sí? Más claro que el agua: por ese puto querer vengarse de la realidad, como si aquella, la que sí se atreve a decir no, fuese a enterarse de que vos seguís la tuya, como si fuese a celarte de sólo intuir que vos estás con otra.

Cada paso tiene su ahora, su antes y su después. Cada paso es el tiempo, aunque el tiempo no sean los pasos. Alcanza con mirar apenas un poco hacia atrás y un poco hacia al frente para saber donde estás pisando. Y si te quedan dudas, basta con detenerse un segundo, mirar hacia abajo y hacia los lados. No es verdad, entonces, que alguna vez hayas estado perdido. No es verdad. Si vos te no te has perdido, tampoco has perdido el tiempo. Sólo lo has malgastado.

Es ahora, cuando la pesadez te gana el alma, cuando seguís sin comprender cómo los otros desconocen ese sentimiento, cómo es que no siente igual que vos, es ahora que te dan ganas de regresar sobre tus pasos para hacer aquello que hubieses debido. Claro que es imposible, qué pensabas. Mejor un cigarrillo, fumarlo despacio mientras el cielo sigue su curso y la luna, poco a poco, va perdiendo altura, el viento entra por la ventana, las luces de los edificios se encienden y se apagan, las respiraciones se complementan, las canciones se suceden una tras otra hasta que el disco se detiene, y las ideas tratan de ordenarse para comprender que al fin y al cabo era previsible que todo aquello sucediera como sucedió.

La idea te martiriza. La tierra no se abre ni te traga. La mente sigue torturándote. No hay caso, el consuelo no existe cuando somos responsables conscientes del error.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Buscando a Memé (fragmento)

domingo, 21 de septiembre de 2008 2
Éste es un capítulo de la novela corta Buscando a Memé. Es una historia para chicos que escribí, en principio, para mi hija Ludmila.


11 Martin Buscaglia - Yo nunca pedí.mp3 - Martin Buscaglia



El sol ya estaba bien alto en el cielo, seguramente sería el mediodía, y si bien les parecía que habían caminado una enormidad, la verdad es que no habían avanzado mucho que digamos. Era todo tan nuevo y tan sorprendente allí, en el camino, que resultaba imposible andar en línea recta sin desviar ni por un segundo el objetivo de la mira. Claro que Crenchas no dejaba de pensar en Memé; nunca, desde que había llegado a la casa del hombre, ni por un segundo, había dejado de recordarla, pero ahora, en la mañana libre, acompañado por Tomy, conociendo nuevos humanos y nuevos perros y nuevas aves y nuevos insectos, ese recuerdo que antes era tristeza, ahora más bien era como un foto sobre la mesa de luz, o una figu preferida, o un juguete que hace rato que no se usa pero que se sabe que está. Qué extraño –pensaba el cachorro–, ya no tengo miedo de encontrarme con mi mamá. Lo que pasaba es que Crenchas se iba dando cuenta de que no necesitaba ser un superperro para que su mamá lo quisiera; lo notaba medio como de costado, porque él mismo podía disfrutar de todas las cosas que había en el camino sin estar triste y no por eso dejar de querer a Memé. Justo cuando estaba pensando en estas cosas oyó una voz conocida que suspiró: “Y si quieres una inscripción para leerla al alba y a la noche, y para el placer o para el dolor, escribe en la pared de tu casa con letras que el sol dore y la luna argente: «Lo que le ocurra a otro me ocurre a mí»; y si alguien te preguntase qué puede querer decir esa inscripción, respóndele que quiere decir «el corazón del Señor Jesucristo y el cerebro de Shakespeare»”. Era el joven poeta desaliñado que, distraído como de costumbre, se había apoyado sobre las barandas a mirar el río y a recitar en voz alta palabras que recordaba de sus antiguas lecturas.

Tomy, al reconocerlo, le ladró para saludarlo. El poeta les sonrió y se puso hablar con ellos como si en ningún momento se hubiesen apartado...

–Son palabras muy bellas –les dijo, y caminó rumbo a la playa.

Tomy movió la cola. Crenchas se sentó. ¿Qué quería ese poeta? ¿Qué lo siguieran, que lo dejasen solo?

–Otra vez diciendo lo mismo. Es muy raro–dijo Tomy. Y retomó la marcha rumbo al sur.

–Tomy, ¿vos creés que encontraremos a Memé?

Tomy demoró en responder, y cuando lo hizo fue tan forzado que Crenchas se dio cuenta de su vacilación.

–Obvio–dijo el cocker.

Crenchas lo miró de reojo:

–No estás seguro de nada, ¿no?

Crenchas se vio obligado a decir la verdad.

–Parece muy largo este camino... A lo mejor las palomas me engañaron.

Crenchas no tuvo tiempo para recriminarle nada, porque justo cuando iba a abrir la boca para soltarle un millón de insultos, oyeron unos gritos desesperados pidiendo auxilio. Venían de la playa. Los cachorros treparon al tapialito para ver qué estaba pasando. A lo lejos vieron al poeta, mirando el río, sin prestar ni cinco de atención a la pobre lagartija que estaba aplastando con el pie.

Tomy aprovechó el asunto para evadir los retos de Crenchas, y saltó hacia la arena sin dudarlo un instante. Crenchas lo siguió. Corrieron ladrando sobre la arena caliente, hasta que llegaron al sitio donde estaba absorto el poeta. ¡Guau guau! –gritaba Tomy, que quería decir ¡poeta poeta! Pero el poeta como si nada. Crenchas se agachó para hablar con la lagartija, que parecía loca de dolor. El pie del poeta le estaba aplastando la cola.

–¿Estás bien?

–¡No!–gritó la lagartija, sacando su lenguita–¡Cómo voy a estar bien si me está aplastando ese tonto con su pie!

–Bueno, no desesperes, vinimos a ayudarte; mi amigo le está avisando para que se mueva y vos puedas salir.

–Sí, ya oigo a tu amigo y tanto grito me está aturdiendo...

–Bueno, bueno, es que si no...

–Pero si no le da ni cinco de bolilla, mejor sería que le muerda los tobillos.

–¡No!–dijo Crenchas–será un humano distraído, pero es nuestro amigo, cómo se te ocurre que lo podemos morder.

–¡Qué lo muerda o lo que sea, pero que corra de una vez ese pie!

–¿Y por qué no te cortás la cola? –dijo un escarabajo que andaba por ahí y oyó la conversación.

–Uy, qué dolor–dijo Crenchas.

–Para ella no es ningún dolor; las lagartijas pueden cortarse la cola y seguir como si nada...

–Ni loca me corto la cola, ¿tenés una idea de lo que tarda en volver a crecer? esta noche tengo una fiesta de lagartijas de la alta lagartijidad y sin cola me moriría de vergüenza. Prefiero sufrir el pie de ese tonto a quedarme sin cola durante semanas.

–¿Es verdad lo que dice el escarabajo?

–Me llamo Wagen, Volks Wagen –dijo el insecto, con cara de agente secreto al servicio de su majestad.

–¿Es cierto lo que dice Wagen?

La lagartija no respondió. Tomy seguía ladrando y el poeta mirando la luna.

–Sí, es cierto–dijo el insecto–; cuando corren peligro se cortan la cola, que se mueve como si estuviese viva; esto les sirve para huir mientras sus enemigos se entretienen con la cola movediza. Es un arma defensiva que les regaló la naturaleza y ahora mismo la podría usar.

–Jamás–dijo, indignada, la lagartija–; la naturaleza es propia de los animales inferiores y yo soy una lagartija de la alta lagartijidad. ¡Antes morir que perder mi cola! ¡Y decile a tu amigo que deje de gritar!

–Pero, lagartija, él te quiere ayudar.

El poeta, siempre distraído, movió el pie apenas un poco, lo suficiente para que la lagartija pudiese zafar.

–Yo no pedí ayuda de nadie– dijo mientras se sacudía la arena. Miró que su cola estuviese intacta, y se alejó de allí sin agradecer ni saludar.

Tomy la miró con la boca abierta.

–Ni éste ni aquella saludan, son todos una porquería.

–No, hacen los mismo pero no por la misma razón: el poeta no saluda porque vive distraído; estoy seguro de que podrían pasar mil años antes de vernos otra vez y nos hablaría con la misma naturalidad que si durante todo ese tiempo hubiésemos permanecido a su lado; en cambio la lagartija no saluda porque no nos considera dignos de su amistad. Pobrecita.

Tomy lo miró sorprendido y un poco celoso, porque era el más chiquito y ya le estaba explicando cosas.

–Crenchas, qué sabihondo que estás.

Crenchas se ruborizó.

–Es que tengo un gran maestro–le dijo. Y Tomy, aunque quiso ocultarlo, también se ruborizó por el halago.

–Che, ustedes parecen dos novios–se burló el escarabajo–; lo único que falta es que se den un beso.

–¿Y a éste qué bicho le picó?–preguntó Tomy, agachando la cabeza hasta apuntarlo con el hocico.

–A mí no me pican los bichos porque yo mismo soy un bicho; pertenezco a la estirpe de los coleópteros, provengo de una antigua familia europea. Mi nombre es Wagen, Volks Wagen.

–¿Vos también sos de la realeza, conde Wagen?–dijo Tomy.

–No me venga con esos sarcasmos, que yo no soy la lagartija. Es cierto que provengo de noble cuna, y que mis antepasados fueron todos escarabajos principales, todos ellos vivieron bajo el escudo de los coleópteros estercoleros.

–¿Coleópteros estercoleros?

–Sí, señor, los mejores recolectores de estiércol de la Selva Negra.

–¡Uf, qué asco!–dijo Crenchas.

–No le permito, señor cachorro de cabellos blancos. Qué a usted no le convenga no significa que sea asqueroso, para mí es asqueroso que seres como ustedes se alimenten de la carne de otros animales, y sin dudar podría llamarlos caníbales, pero sé perfectamente que mis costumbres no son las únicas ni las más adecuadas para todos, por eso he aprendido la tolerancia.

–¿Tolerancia?–preguntó Tomy.

–Exactamente, señor de los largos cabellos marrones. La tolerancia es lo único que permite al mundo vivir en armonía y paz. Nadie es igual al otro. Ustedes son perros y yo soy un insecto. Entre ustedes mismos hay diferencia: uno es blanco y el otro marrón, pero esto no significa que uno sea mejor que el otro; ni que ustedes sean mejores que yo, o yo que ustedes porque pertenecemos a otra especie; simplemente somos distintos, y hay que aceptar esas diferencias. La naturaleza es sabia. A ustedes les da asco el estiércol, pero para nosotros es fundamental, pues en el estiércol depositamos nuestros huevos.... Y no es por alardear, pero en el antiguo Egipto nos consideraban símbolos de la divinidad.

–¡Guau!–exclamó Tomy, que sonó parecido al uau de los hombres y no al ladrido de los perros.

–Como lo oyen.... En fin, señores cachorros, fue un placer hablar con ustedes; me quedaría todo el día en vuestra agradable compañía, pero la familia me espera y ya es tarde. Si no llego pronto, me dejarán sin almuerzo. ¡Hasta pronto!

El escarabajo desplegó unas alas que mantenía ocultas debajo de la capota negra y se fue volando hacia el norte, cantando Yellow Submarine.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Ángeles en Fuga

sábado, 13 de septiembre de 2008 1
Este cuento en realidad es parte de otro cuento mucho más extenso, demasiado para una lectura de blog. Va solo, y en la versión que salió hace más de 7 años.


Stairway to Heaven - Kashmmir



Resignación. Vida. Consuelo. Muerte. Espera. Esperanza. Agonía. Cada palabra era una piedra lanzada al mar, un juego de círculos concéntricos limitados por la orilla y la arena: el hastío. Y el frío.

Ella lo miró sin esperar demasiado. Qué podía decirle: ¿Mentirle? ¿Otra vez? Para qué. No había vueltas en ese asunto. Ya no. Sin embargo las palabras que iban y se perdían en la noche cerrada. Y silbaban confesiones absurdas, porque ya todo había sido revelado.

Pero, más absurdo que las confesiones, era que ella, engañada, tramposa, consciente de la mentira, no quería aceptarla. Entonces hablaba palabras opacas, secas: palabras piedras que arrojaba al mar. Y, claro, los círculos concéntricos.

Era víctima. Ella era víctima. También culpable; y juez. Y él, ¿qué podía decirle que ella no supiera? Por eso tampoco esperaba demasiado; porque ella era un barco a la deriva, que empujado por el viento hacia puertos remotos, impensados, dejaba huellas endebles, pero huellas al fin.

-Luna sin sol no es Luna.

-Y eso qué significa.

-No sé.

Un gesto intentó ocultar el pequeño brillo que, en los ojos de ella, comenzaba a desbordar y caer y entonces llorar. Sin sentido, llorar. Porque no había otra cosa más que hacer. Sólo llorar e intentar ocultarlo con un movimiento sutil, que de ninguna manera lograría tapar una verdad inevitable.


Ella pretendía negar, pero sabía; siempre supo. Y él jamás admitió, pero sabía; también sabía.

Se buscaron en las manos, en un beso imposible. Ellos estaban ahí, pero... Dios, por qué tenía que ser así. Era un castigo. Ya no podían mentirse más. Esperanza inútil: agonía, más de lo mismo.

Nada servía: cada lamento era en vano. Estaban ahí, uno frente al otro. Y se buscaban en las manos, en besos imposibles. Estaban ahí, sin posibilidad de encuentro. Entonces las palabras arrojadas como piedras al mar. Y los círculos que se expandían y mantenían prisioneros a otros y otros y otros... Y un límite. Siempre lo hay: el hastío, el desencanto.

Inútil gritar. Inútil suplicar. Eran lo que eran y así serían hasta la eternidad, hasta siempre; o hasta nunca, que es lo mismo y es tan distinto. Inútil llorar, pero era el único recuerdo que les quedaba de aquella vida tan lejana.

-Por qué no antes.

-No sé.

Ella se miró las manos, luego las de él, y se fue. Y él también lloró.

La veía alejarse entre nubes grises y estrellas desconocidas. Era un punto, una sombra y finalmente noche. Contempló él también sus manos translúcidas, irreales y con ellas se tomó la cara para ahogar un llanto invasor. No, no. Él no se resignaba a dejar las cosas así, sin nada... Y alzó nuevamente los ojos, pero sólo vio noche y nubes grises y estrellas desconocidas.

Por qué las palabras piedras. Por qué la dejó partir. Quién sabe ahora por dónde andaría. Tal vez vagando entre montañas de picos nevados; allá, donde, por más fuerza que se emplee para arrojarlas, las piedras nunca llegan al mar: desaparecen en el abismo.

Por qué no la detuvo y le secó las lágrimas. Por qué no la animó a seguir buscando, si él realmente creía que había que buscar hasta encontrar. Por qué.

Fue ese maldito segundo de frustración.

Ahora todo era noche, y nubes grises y estrellas desconocidas; sin sonidos, sin paisajes, sin nada.

Un demonio fugaz se cruzó dando saltos burlones y también se perdió en la noche.

No se resignaba, pero intuía que intentar una búsqueda con resultados favorables era imposible. Era un castigo, eso sí lo tenía asumido, pero por qué tan cruel. Otros se cayeron y tuvieron mejor suerte. Ellos apenas intentaron vencer la carne y en ningún lugar encontraron refugio, ni siquiera en ellos mismos.

Lloró, otra vez. Sentía el peso de la derrota más que nunca, porque dio todo por perdido cuando todavía le restaban posibilidades: la esperanza, sólo la esperanza, es agonía. Pero la agonía todavía es vida. Y entonces...

Respiró con dificultad; un sollozo entrecortado... y la imagen siempre negra de la noche eterna. Imaginó un caballo entre sus piernas; él, jinete, recorría el universo buscándola y nada: los resultados eran pésimos, aún en sus sueños.

Bloque de hielo, iceberg monstruoso: así se le presentaba el eterno porvenir. Tenía la eternidad para buscarla y sin embargo sabía que no lograría dar con ella: eternidad y universo eran dimensiones inabarcables para su mente todavía humana.

Y porque tenían mente humana, la fuga... Y el castigo. ¿Es que Dios era incapaz de entender? ¿Dios, que todo lo sabe? ¿Dios misericordioso? ¿Dios, renegando de su propia creación? Demasiadas preguntas para dejarlas sin respuestas. Eran demasiadas preguntas.

El demonio fugaz volvió a pasar y él lo miró con repugnancia. Estaba solo, otra vez. Y lo peor de todo es que sabía que eso, ahora que la había dejado partir, no cambiaría. Caminaría por siempre sintiendo el frío de la noche en su rostro. Y el aroma de los deseos, rastro falso y traidor, lo llevaría hacia ninguna parte. Esperaría en el andén de una estación equivocada. Navegaría sin sentido en el mar, el mismo que recibió las palabras piedras, en busca de las huellas endebles.

Así, vacío, caminó hacia la noche y se perdió entre nubes grises y estrellas desconocidas.

El demonio burlón, que los había observado todo el tiempo, salió de su escondite y se echó a reír. Reía porque él sí sabía cuál era el destino que esperaba a aquellos dos infelices.

No era el universo ni la eternidad.

No, porque los ángeles que se fugan en busca de un amor irrealizable,
siempre, siempre, tarde o temprano, queman sus alas en el fuego del infierno. (2001)