sábado, 26 de enero de 2008

Exorcismo campero

sábado, 26 de enero de 2008 1
Llovía escuerzos. El barro se le colaba en los zapatos; arremangados los pantalones, cada paso era un continuo rebuscar de piso firme. Trataba de mantenerse alejado de los árboles. Un relámpago, un descuido, y chast: los pies en el charco más profundo. Soltó una maldición que, de haber habido alguien cerca... Vaya que yo lo alcanzo, le había dicho al peón. Para qué, si se puede saber. Para qué. De pura bronca. Miró el cielo encapotado. Dios se había encaprichado en complicarle las cosas, mirá que largarse así, de nuevo, cuando ya había escampado... Pero no, a caminar bajo la lluvia, siguiendo la huella, evitando los árboles... Gente absurda, gente ignorante... La bolsa también se le había empapado, y la sotana, y el breviario... Gente absurda, todavía creía en esas cosas. Gente ignorante. Lo suyo se le antojaba como un trabajo, uno más de entre tantos ilusorios que el Señor había creado: no vendía tónicos, lo suyo era el espíritu, las almas... Gente ignorante.

La alameda era extensa, pero había que trasponerla; qué remedio; lo esperaban los Martínez, gente honrada, siempre puntual con el diezmo; qué remedio. Un relámpago y a santiguarse, Ave María Purísima: un reflejo, de asustado; como decir salud al que estornuda. La huella estaba anegada, el centro parecía más firme, chast, el barro hasta el tobillo, penetrándole las medias, enfriándole los pies. Vaya que lo alcanzo, le había dicho al peón. Para qué, de puro contrera.
Le abrió la Silvia, linda moza; lloraba. Doña Concepción también lloraba, retorcía un rosario entre las manos. Padre; haga algo, padrecito. En un rincón la vieja Gerania murmuraba Padrenuestros junto con tres peoncitos trémulos, arrodillados frente al altarcito de la Virgen de los Cobres. Pobre Virgen, con tanta vela, debe haberse sofocado. Padrecito, haga algo, padrecito. Dónde está el endemoniado. Allá en la pieza, padrecito. Y ahí estaba el viejo Martínez, pálido, hediendo a alcohol. Qué le pasa. Lo de siempre, padrecito: tiembla, se retuerce, escupe espuma, grita, la lengua se le enrolla. Gente ignorante. A ver, doña Gerania, me reza fuerte un Padrenuestro que yo le hago coro en latín. Tanto barro, tanta agua; en fin, era la suyo, como otros vendían tónicos. A ver, vos, diablo del demonio, salí del cuerpo de este buen hombre, caracho. Plaf, plaf; los cinco dedos en cada flanco de la jeta. Pare, pare, se agitaba don Martínez, qué hace cura loco. Plaf, plaf, siga rezando doña Gerania. Plaf, plaf, hasta que el peludo reculaba... Borracho epiléptico. ¿Ya tiene listo el café? Bien cargado para don Carlos, con ginebra para mí. Gracias, padrecito, muchas gracias. No hay de qué, doña Silvia, y a ver cuándo se me viene a confesar. Y la Silvia se sonrojaba; todavía le quedaba vergüenza. ¿Lo llevo, padrecito? Pero ya había escampado, y ahora parecía definitivo. No, m`hijo, que los pies se han hecho para andar. Está el camino lleno de barro. Del barro venimos y al barro vamos. Gracias, padrecito, llévese esto, para la cena. Muchas gracias, doña Concepción, y a ver para cuándo ese licorcito de naranjas que tan sabroso le sale. Faltaba más, padrecito, llévese éste, que ya le haré otro poco.

Y otra vez en el fango, chas, chas, todo sea para no seguir con esos... gente inculta, ignorantes. ¿Y adónde se fue el sol, ahora? Un relámpago. Mi Dios, siempre me la complicás. Brrromm. Qué julepe te pegaste; lejos de los árboles, lejos de los árboles. Pero es larga esta alameda. Chas, chas, mejor correr hasta alcanzar el descampado, brrrommm, Ave María Purísima. Y el barro hasta el cogote, broomm, qué julepe, padrecito. Chsstt, adónde va tan apurado. Quién habla, quién anda ahí. Acá, arriba, ¿no me ves? Miró el cielo. Un relámpago partió las nubes. Brrrommm, en el ombú. Es el julepe, me estoy volviendo loco. Nada de loco, soy Yo el que te habla. Así lo oyó, con mayúscula lo oyó. Es el julepe. Ma´ que julepe, Soy el que Soy. Ave María Purísima. Sin pecado concebida, le respondió. Mudo, el curita. Mudo. ¿Así que no crees? Sí que creo, sí que creo. No te creo. Sí que creo. ¡Estás poseído, endemoniado! No, no, qué va. Lo agarró de la sotana. Plaf, plaf, fuera demonio de este cuerpo maldito. Plaf plaf, la vianda por el piso, el licor derramado. Plaf, plaf, y ahí lo dejó, nomás. En el medio del campo lo dejó. Achicharrado, pobre cura; ahí, debajo de aquel ombú.

domingo, 20 de enero de 2008

De regreso

domingo, 20 de enero de 2008 5
Desperté muy entrada la mañana; miré el reloj: las diez. Mi sobresalto duró apenas nada; de inmediato recordé que era domingo. Desde mi ventana se veía el río y podía oír el paso del agua a esa hora en que los hombres y los autos mayormente descansan. Ocurre algunas mañanas que la niebla baja sobre la costa y una cortina blanca se interpone entre mi ventana y el cause. La imagen, entonces, no era limpia ni completa; mi imaginación se encargaba de darle los detalles faltantes.

Trepé por la chimenea, utilizando piedras interiores dispuestas de manera tal que sirvan de escalones. Para salir debí despejar de un puñetazo el nido pajoso de un pajarraco inoportuno. La frágil construcción se deslizó lentamente sobre el ala este del tejado y finalmente se estrelló contra el suelo. Asomé la cabeza una vez más, como tantos otros días que había decidido salir por allí. La chimenea sobrepasaba la altura del banco de niebla y yo podía ver la otra orilla, cercana, del río. Bajé por el ala oeste del tejado, utilicé las escaleras que puse especialmente para días como estos en que la altura es la mejor vía de salida.

Para cuando estuve en tierra una vez más, la neblina se había despejado bastante. Fui hacia el río y me sumergí en el agua clara, fresca. Nadé hacia la otra orilla, crucé el cerco de matorrales que ocultaban el sendero. Tomé el camino de tierra, apenas una huella de lejanos pasos, míos y de otros quizás, pero sólo doy fe de los míos. Apenas anduve unos pocos metros y, como siempre ocurre cuando atravieso por ahí, nada de lo que se presentaba a mis ojos era semejante a como había sido antes. ¿Debo decir que nada de lo que veía era como lo había visto antes? Sí, es mejor de este modo, y tal vez más verídico, aunque de verdadero ni de uno ni de otro pueda dar certeza.

Al final del trayecto encontré la ruta asfaltada, las señales de tránsito, las flechas indicando el camino. Al final del camino encontré mi casa, ya sin niebla, ya sin río, y yo la miraba con la perturbadora sensación de haber extraviado las llaves.