viernes, 29 de febrero de 2008

Collar de perlas

viernes, 29 de febrero de 2008 1
Hila los días unos tras otros y forma un collar de cuentas gemelas. Mira lo que lleva hasta ahora y no le agrada el resultado; a ojos profanos parecerá una belleza, una joya que para ella no es más que fantasía de piedras falsas. Y, para colmo, iguales. Ha pasado más de cuarenta año ensartando las perlas de plástico. Cree que las primeras son diferentes, también las que colocó un poco después, pero en realidad son todas la misma perla. No lo sabe ella, lo sabe Montana, pero todavía calla.

Hubo un día en que tuvo que decidir que cuentas poner y tal vez por inercia, por temor, o porque las opciones no eran claras, siguió con las que ya conocía. Pasaron 20 años desde aquél día y algo indefinido (aunque para ella está muy claro lo que sucedió), sacó a Montana de su letargo y, como si el tiempo no hubiera transcurrido, comenzó a hilar las cuentas que hubiese preferido ella hace 20 años atrás. Montana, para que se entienda, estuvo sometida a la criogenia del inconsciente. Abre los ojos en tiempo lejano, pero que para ella no ha transcurrido, y es por eso que no miente cuando dice tener 23 años. Montana tiene 23 años.

A Julián lo conoció ella, las primeras palabras las emitió ella, pero apenas oyó las que él tenía para decirle, Montana despertó y no sin esfuerzo ocupó el lugar que creyó siempre corresponderle por derecho. Julián siempre habló con Montana. Montana habló con Julián, pero con ella de testigo.

Convengamos que ella se dejó someter; simuló resistencia, pero desde el primer momento supo que con Julián era preferible que se hiciera cargo Montana de la situación. Montana no mentía, repito; pero ella sabía que la verdad de Montana era falsa; porque habían pasado los años y porque las cuentas del collar que ella describía eran las que se habían perdido y andaban por ahí, quizá, en los rincones de alguna habitación, pero ocultas, muy ocultas y desgastadas. Montana decía que eran verdes, y brillantes, con un corazón dorado que brillaba en las noches, crecía como los ojos de los gatos. Pero ella sabía que eran del color del marfil, algunos más claro que otros, pero en esencia los mismos y siempre iguales.

La culpa, como las cuentas, aparecía oculta y sólo por algunos segundos. Julián estaba lejos, en Canadá, era un nombre y apenas una foto en la ventana del chat. Y Montana le hablaba a esa foto, le hablaba a la pantalla de la computadora, hablaban las manos mientras afuera era noche y en la casa hasta los fantasmas dormían. En la búsqueda de los absolutos, me hubiese detenido en la impunidad de Montana. Hablaba sin pausa, sin miedo, sin mentiras, y sin embargo todo era una gran mentira.

viernes, 15 de febrero de 2008

Juan Salvador Las Pelotas (Fragmento)

viernes, 15 de febrero de 2008 2
Yo soy las palabras... soy nada, y soy la especie. Después de mí, nada. ¿Qué haría si me fuese dado el secreto de crear? Nunca he creado, sólo descubierto. Las palabras me fueron preexistentes, las imágenes, las frases, los giros, las historias, los libros, las ideas; yo no he creado nada, acaso lo he reformado, o le he dado un nuevo color (también preexistente)... Nadie puede ufanarse de ser un creador: hasta el más venerado de los científicos fue un mero imitador; todo lo que se ha hecho, todo lo que se ha inventado, son meras copias de la verdadera Creación. Ni siquiera me es posible afirmar que la Creación es una creación. Es la eternidad transformándose, y quién sabe si repitiendo formas de una existencia que va más allá de nuestra idea de Dios. La Creación es transformación, es movimiento, es rotación y es expansión: esto decían el Lao Tsé y Heráclito... Bah, puras palabras, puro yo.

Si me fuese dado ser el inicio de una nueva eternidad, ¿qué haría? ¿dónde lo haría? ¿cómo, quiénes, hacia dónde? Soy Géminis, las pitonisas me decían (y yo me sorprendía como si no lo supiera) que era un hombre propenso a dejar las cosas a medio hacer... Y sí, tal vez ocurriría eso; me largaría con todo el entusiasmo a dar las formas de un cosmos, lo cubriría de maravillas sin advertir los detalles, y acosado por la ansiedad, lo pondría en marcha sin haber comprobado que cada pieza estaba donde debía estar; podría ser que sí, podría ser que no; podría ser ni que si ni que no, podría ser que sí y que no, podría ser cualquiera de las posibilidades, y con cualquiera me aburriría pronto, y me lanzaría a otro proyecto, a una cuarta y hasta a una quinta dimensión, por ejemplo, que también dejaría inconclusas. Mientras tanto, mis creaciones se moverían a su antojo y se reproducirían como conejos en primavera; se me habrían escabullido (sin quererlo) algunos rastros de inteligencia, y entre ellas habría quienes estarían intentando explicar la perfección de lo que en verdad fue un tremendo descuido, la desidia de mi actitud. Y en ese cruzar de ideas, comenzarían a despedazarse entre sí; descubrirían que además del miedo a la muerte, existe el miedo a los semejantes, y se harían de la forma de sacar provecho a esos temores aplastando a los pusilánimes con la bota de la codicia, por ejemplo, y gritar ¡esto es mío, de aquí a la eternidad, para mí y para los míos! Y nadie se opondría, salvo aquél que tuviese más fuerzas, y acaso también valor. Y lo echaría a patadas de lo que antes fue de nadie, luego del tirano, y finalmente de él. Definitivamente ocurriría de esta forma, crearía un universo incompleto, donde aquellos seres inteligentes se llenarían la boca con palabras como armonía, paz y amor mientras patean los dientes de sus vecinos, que dirían las mismas palabras pero en otro idioma y desde otras formas. Sí, seguramente ocurriría así. Es que... vamos, yo no soy Dios. Mi nombre es Juan y en este ciclo nací bajo el signo de Géminis.

Fragmento de la novela Juan Salvador las Pelotas