jueves, 29 de mayo de 2008

John Smith, devorador de días

jueves, 29 de mayo de 2008 1

    El sol de mediodía generaba esa ambigua sensación de calor gélido que el Gringo recordó con insistencia en las rondas de ginebra y truco. El brillo desmesurado de las paredes se contraponía a la palidez de las calles resecas, quebradizas y polvorientas; era -decía el Gringo- un espacio donde el tiempo descansaba su eterno agobio, una posta perdida y demorada que permitía la confluencia de los pasados subjetivos, el inevitable presente y los tramados porvenires; allí convivían los extremos de un letargo prolongado y suicida.

    Cuando llegó a ese pueblo, sediento y cubierto de polvo, siguió el trazado de la calle principal hasta dar con la plaza. Por la bandera descolorida que flameaba en el frente, donde el celeste era apenas una insinuación, reconoció el edificio comunal. El Gringo se asomó por la ventana y comprobó la ausencia, la misma que halló en el despacho del correo y en la modesta parroquia. Cruzando la plaza adivinó, sobre una puerta metálica, una H solitaria y falsa en su actitud de perdida continuidad. La H, claro, había sido el comienzo de la palabra "Hotel". En vano llamó una, dos, tres veces; sólo el viento respondió. Si no hubiera sido por las bicicletas que descansaban en las veredas, por algún coche con el motor todavía regulando en una esquina, por algún carraspeo impreciso y lejano, el Gringo lo hubiera creído un pueblo fantasma. Los indicios de vida reciente le hicieron concebir un pueblo con fantasmas.

    Quiso entrar en el hotel, pero la puerta estaba cerrada. Raro, pensó, que en un pueblo de La Pampa cerraran las puertas con llaves; espió a través de la cerradura: vio una mesa con dos vasos colmados y un ventilador de techo girando inmóvil, como levitando en el instante.

La ansiedad le hormigueaba en las venas. Tratando de acomodar las ideas, comenzó a caminar. Hubo un instante de esperanza cuando el viento helado le golpeó la cara con un rumor de voces lejanas pero más ciertas que el carraspeo y el motor; apuró el paso, como si la velocidad hubiera podido confirmarle que al fin y al cabo no estaba solo.

    Creyó distinguir, en aquel rumor de sala llena, alguna risa conocida... Corrió cegado por el engaño y llegó al límite del pueblo; más allá, la llanura infinita. Un vacío se apoderó del instante; quiso gritar, pero la voz sin aliento le impidió el desahogo: su esfuerzo se perdió en un lamento mudo e inútil.

    Ni lágrimas le quedaban al Gringo.

    Me contó que estuvo a punto de dejarse morir ahí mismo, que, de haberlo realmente deseado, hubiera perecido sin necesidad de sogas, ni de tiros, ni de pastillas, ni de venas machacadas; sólo un dejarse ir, un desterrarse.

    Fue cuando al Gringo se le apareció ese "algo".

    No fue una voz, ni una imagen, ni un pensamiento; fue un "algo", según sus palabras, que le vino a preguntar si en verdad se daba por vencido, y a ese "algo" se sumó un aroma de pasteles recién fritos; y de ése aroma se aferró para levantarse y retomar sus pasos hacia el pueblo.     

    El pueblo seguía igualito, frío bajo el sol calcinante del mediodía. Salvo que ahora una presencia, antes inadvertida, lo hacía menos solitario, o quizá, como decía el Gringo, consciente de su contradicción, acentuaba su soledad. Un hombre de aspecto vago, sentado a un lado del camino, tomaba mate y preparaba la fritanga.

    -Buenas tardes- dijo el Gringo.

    El vagabundo le convidó un amargo con gesto descuidado.

    -¿Usted es de por acá?-preguntó el Gringo.

    -A veces, cuando el viento me trae.

    El Gringo miró hacia el pueblo:    

-Parece que se han ido todos...

    -Es martes.

    -Sí, es martes, ¿pero qué tiene que ver?

    -En este pueblo no existen los martes.    

    El Gringo sonrió pero se sintió desconcertado; miró la caja sobre la cual se sentaba el hombre: era un rectángulo negro en el que podía leerse, escrito con letra desprolija: "John Smith, devorador de días".

    -¿Ése es usted?

    El vagabundo leyó como si recién entonces hubiera descubierto que allí, en la caja negra, había un nombre escrito.

    -Ah, sí; para servirlo, mi amigo -dijo- Y tengo más años de lo que usted cree- agregó.

    El Gringo se sorprendió:

    -En verdad me preguntaba cuál sería su edad. Se conserva usted muy bien.

    -No sé por qué afirma semejante cosa, si no sabe la edad que tengo.

    -Bueno, usted acaba de decirme que tiene más edad de la que representa.

    -No, no dije eso. Yo dije que tenía más años de lo que usted creía, no que tenía más edad de la que representaba. De hecho, apenas cumplo 50 años y estoy seguro de que usted me da más de 70.

    -¿Qué quiso decirme, entonces, si es que se puede saber?

    Smith le cebó un amargo y le alcanzó una torta frita.

    -Digo que tengo muchos años, pero eso no significa que sean míos. Bueno, sí, lo son, pero no en un sentido cronológico. Los acumulé devorándolos. Y esto tómelo literalmente, mi amigo. Como y devoro los días que la gente voluntariamente me entrega; los devoro como si se trataran de esta torta frita -dijo, dándole un tarascón al pan.

    El Gringo no pudo contenerse y estalló en una carcajada.

    Smith no se inmutó; reconocía en esa reacción el temor de todos los que, finalmente, cedían parte de sus vidas para que él se las devorara.

    El Gringo, todavía con los ojos repletos de lágrimas, le preguntó cómo y cuándo había adquirido esa habilidad. Smith le respondió que así como algunas gentes nacían con talentos manuales, otros con vocaciones intelectuales, otros, deportivas, él había nacido con esa gracia.

    -Si es una gracia, es voluntad de Dios -dijo el Gringo- y si es gracia de Dios, entonces debe de ser útil para alguien.

    -Claro, usted bien lo dice, "debe de ser" y tal vez lo sea; pero hasta dónde yo sé...-dijo Smith y se paró con un desgano fingido:

    -Bueno, ya es hora de partir.

    -¿Ya se va? Por favor, cuénteme más.

    -¿Para qué? Usted no me cree. Además, no tengo todo el tiempo del mundo.

    -Pero usted me dijo que tenía más años de lo que pudiera imaginarme.    

    -Lo cual no significa que pueda utilizar ese tiempo; oiga, ¿no entiende?

    -¿Para qué los carga en el baúl, entonces?

    Smith sonrió; y luego de mirar hacia ambos lados, le susurró:

    -Por principios.

    -¿Por principios?

    -Soy buen pagador.

    -¿Cómo es eso?

    -Los días que devoré se los he ganado lícitamente a quienes apostaron conmigo. Debo tener con qué responder mi apuesta en caso de perder, aunque es muy raro que ello ocurra.

    -¿Tan afortunado se siente?

    -Lo soy, y bienvenida es la buena fortuna, porque de días me alimento; los digiero y los expulso; como quien dice, cago tiempo. Claro que esa evacuación, al quedar liberada, a veces provoca trastornos como éste de Palo Seco, al que le gané los martes, y como nunca falta el desgraciado que pretende olvidar su deuda... Bueno, usted ya lo notó... Además, su presencia es un problema...

    -No sé por qué me culpa.

    -Porque la realidad existe en tanto que exista gente que la dé por cierta. Usted llegó al pueblo en un día que para este pueblo no existe, pero sí para usted... y para algún desgraciado.

    -Dígame, si usted pierde, ¿qué gana el que gana?

    -Todo el tiempo que llevo en mi baúl, claro.

    -Pero de qué le serviría ese tiempo, si no podría utilizarlo.

    -O sí, quién sabe. Yo no puedo usarlos, pero los otros, quién sabe...; no sé qué ocurre con el tiempo en manos de terceros.

    -Smith -dijo mi amigo, parándose-, le agradezco mucho los mates, pero, y discúlpeme que sea tan frontal: no puedo tragarme su historia, es una locura.

    -Entonces no tendrá inconveniente en jugarme sus días, los que usted quiera. Piense que si pierde, como no es cierto lo que digo, no pierde nada; y si gana, siempre está la posibilidad de que mis palabras sean ciertas y de que usted pueda hacer uso de los días que llevo en el baúl.

    -Bueno, pero usted me dijo que no sabía si eso era posible.

    -Es cierto, no lo sé; pero mientras nada lo desmienta, es una posibilidad.

    El Gringo pensó que no perdía nada con un gesto de cortesía hacia quien lo había convidado.

    -Qué más da, le juego los domingos, ¿a qué lo jugamos?

    John lo miró con sorna, preguntándose por qué los hombres serían tan estúpidos; por qué siempre "tal día" o "tal otro", conservando el resto como si se tratara de materia imperecedera. Nunca todo o nada...

    -Lo mismo da- respondió.


 

    -En tres manos de Culo Sucio ganó doscientos años en domingos.

    -Doscientos años... pero, ¿su amigo no murió el año pasado?

    -Sí, y le tocó morirse un miércoles.

jueves, 15 de mayo de 2008

Puerta

jueves, 15 de mayo de 2008 5
Aparece ante mí una puerta. Parece sólida, muy resistente; está abierta. Me invita a atravesarla; ahora mismo recuerdo otra puerta (o era un cartel), la del Lobo Estepario; soy un poco lobo hoy. Si la traspongo, sé (y lo sé con una certeza desconcertante) que habrá el silencio y la soledad que ansío y aborrezco. Estaré solo; feliz y atrozmente solo. Perderé la posibilidad de sentirme parte de nuevo. Quizás haya retorno, pero me aterra pensar que no. Conozco esa clase de huecos; son tan hostiles y tan seguros a la vez. Si la puerta tuviera una chapa con un nombre para identificarla, seguramente diría “indiferencia”. Sería una mentira. No hay la indiferencia detrás; es tan sólo un disfraz.

viernes, 2 de mayo de 2008

Ser y no saber

viernes, 2 de mayo de 2008 1

Porque en la noche algunas lunas pugnaron por desprenderse del cielo, o porque las nubes se hartaron de su consabido ser de algodón, las cosas no eran tan claras ni tan obvias en el espacio que nos circundaba; había una rebelión de los sentidos… No, no eran los sentidos los que fallaban, era la mismísima realidad la que se burlaba de ellos. Ella seguramente pensaba: ustedes no me pueden conocer más que por lo que ven, tocan y oyen, por todo lo que perciben, jamás de los jamases sabrán quién soy realmente, ustedes tienen muy en claro esto, lo sé, pero creen que me sospechan o confían en la tranquila continuidad que A le confiere a B, y ésta a C y así hasta la Z. Confían en que a un golpe le sigue el ruido, la rotura, el dolor; se prosternan delante del altar de la santa causalidad, pero hoy y aquí las cosas serán diferentes, porque así lo quiero y se me antoja.

    nosotros que De ahí algunas mañanas fuera no todo tan fácil en la para rutina.

    Había que acostumbrar los ojos a la luz nocturna, a la docilidad de las púas y la áspera patada que nos proferían las motas de polvo. Las paredes desaparecidas no eran más que esa lucha que la realidad entablaba con nuestros sentidos nada más que porque deseaba vengar a Dios de la ligereza con la cual nosotros los hombres decimos saber y conocer lo que fue creado para perdurar en el misterio.