martes, 29 de julio de 2008

El Origen de las especies

martes, 29 de julio de 2008 1
Desde hoy, y periódicamente, voy a publicar en este blog que enlazo la novela El Origen de las Especies. Irán capítulos enteros, o fragmentos, según la cantidad de texto. La idea es que los dos o tres interesados que pueda haber en leerla la vayan digiriendo de a poco. Espero que la disfruten tanto como yo disfruté escribiéndola hace ya unos cuantos añitos, creo que 6.

domingo, 27 de julio de 2008

Capítulo 19

domingo, 27 de julio de 2008 2

Capítulo 19 de la novela El origen de las especies (no la tengo publicada en la web)


 

Lo mira, él sabe que lo mira; gira sin pausa y lo mira. Allí está la Luna, otra vez sobre Antonio, pero no es la antigua Luna, ésta lleva un rostro distinto, el oculto, más bello quizás. ¿O es que por nuevo le parece mejor? Esperanza le abre un hueco, le permite asomarse al camino que renace. Allí están la Luna y el camino; la Luna en el cielo, el camino sobre la Tierra. Antonio ha transitado senderos similares, los ha recorrido aspirando a la cima, y ha llegado, y ha descendido a los pies de un nuevo sendero. Conoce las causas y ha sufrido tantas veces las consecuencias, sin embargo las ha olvidado, o ha querido olvidarlas y ahora está dispuesto a retomar la marcha, casi como un niño, casi virgen, casi despojado de las malas experiencias. Esperanza lo mira, él sabe que lo mira, y lo mima, lo excita, lo arenga con su mirada; no se trata ya de volar, porque debajo de sus pies se ha formado el sendero y está dispuesto a recorrerlo, seguro de que en la meta lo aguarda esta nueva Luna. El barco se mece imperceptiblemente, el sonido del mar abriéndose de piernas ante la proa le acaricia los sentidos, lo adormece, lo envuelve en su hálito de café, de galletas duras como rocas, de tabaco amargo. Esperanza lo mira, él sabe que lo mira, aunque sus ojos parecen entretenidos en la diestra operación de Lucio, que con un solo movimiento de mano extiende el papel, coloca las hebras y lía el segundo cigarrillo. Poco le importa el cigarrillo de Lucio, el humo que Lucio arroja sobre la mesa para que la cortina divida y remarque la ausencia, una ausencia suya, no de Antonio, que quisiera correr cuesta abajo, o cuesta arriba, o sobre llanura, o en cualquier terreno sobre los cuales se extienda este nuevo camino, porque sabe que éste, sin dudas, esta vez sí, es el que conduce a la Luna. Luna inmóvil, testigo, ciclotímica, que llega y se retira poco a poco, y se permite la nada, la negrura, a diferencia del Sol, que día a día debe renacer; él es el Sol, Antonio siente en sus venas sangre amarilla, radiante, lumínica; él es el Sol, el mismo que necesita la Luna para brillar; el camino surca la Tierra, ingrato planeta de nombre ridículo, ¿no debería llamarse Agua? Sí, Agua, así debería llamarse... Él es Sol, es el fuego alimentado por el aire, y ella es la Luna, la que domina los mares, la Tierra es el engaño, el elemento equivocado, en ella se extiende el camino, un error repetido, en ella reside Antonio, dispuesto a roer distancias sin temor a equivocarse...

lunes, 14 de julio de 2008

Conciencia del vacío

lunes, 14 de julio de 2008 3
Fragmento de la novela Quid Pro Quo

    Te sueño en las noches inconscientes con la misma fuerza que me exigen los deseos de la vigilia. Te busco en las tardes y en las mañanas, persigo el instinto tras un rastro de tu cuerpo en los arcanos de la noche... y nada. Nada, Niña, absolutamente nada.

    ¿Dónde estás, Niña? ¿Dónde estás? Necesito verte, tocarte, sentirte, saber tu nombre. No es a vos a quien busco, ahora lo sé. Antes tal vez sí, era a vos, pero no ahora; porque aquella tarde en que fijé mis ojos en los tuyos, te robaste mi conciencia; ella está con vos y yo estoy vacío, esperando por mí. Dónde estás, Niña de los ojos plenos.

    Mi alma se había ensoberbecido de Dios y bastó un instante para que el altar de mi felicidad recayera en la nada, en este polvo que ahora es angustia y ansiedad, y es un retazo insustancial de aquella realidad que me hacía bien y me permitía ser, satisfecho, pletórico y elocuente gracias a esa divinidad que residía en mí. ¿Y ahora? ¿Ahora qué? ¿Qué se hace cuando un error destruye las débiles tablas de madera que sostenían la vida? Porque, Niña, mi vida era eso, un andamio chapucero que se elevaba al ritmo de los más altos y sólidos edificios, pero sosteniéndose en ellos, como un gusano, un parásito. Y ahora, que los edificios tiemblan y también caen, ahora que fui testigo de la endeblez del acero, del vidrio y el hormigón, mis maderas cuarteadas sostenidas con sogas y clavos enmohecidos se mecen en esa altura desde donde caer es morir... Pero antes la oscilación, antes el desgaire, la cuerda deshilachándose filo por filo, hasta que ya no queden más que unos pocos incapaces de sostener mi peso, éste que aumenta junto con el desánimo, la desesperación, la angustia.

    Niña, por qué tuviste que aparecer en mi vida, por qué te hice mía aún sabiéndote desconocida, por qué me pareciste posible y alcanzable si ni siquiera sabía tu nombre, por qué la certeza de que algún día próximo te volvería a encontrar y te abrazaría y te consolaría esa tristeza que nace en las almas cuando no se tiene a Dios. Yo tenía un Dios, Niña, y quería consolarte, transmitirte mi seguridad, demostrarte que no hay nada más preciado ni precioso que amar... y ser correspondido. Es esto, Niña, el deseo de una recompensa. Es esto, la incertidumbre de bogar hacia un destino que se presenta confuso y no mío, un porvenir que yo me dibujé con vos, seguro de la imposibilidad de otra opción; una presencia, la tuya, que me hice y dije necesaria, porque la sentí así, Niña (o me inventé sentirla así, ya no sé... ya ves hasta dónde llega mi duda).

    Ahora pendo de un hilo, mi razón pende junto conmigo.

    Por qué no estás, por qué me fallan no ya las fuerzas, sino la intuición para orientarlas hacia un fin gratificante. Niña, si ahora mis brazos flaquean, si mi energía está ausente, se debe a que la utilicé sin detenerme a recuperar al menos parte de lo derrochado. Hace años que no me sentía así, Niña. Hace años que no tenía más deseo que de la paz que me proveía la comunión con la vida y el universo. Hace años, Niña, me había aceptado parte necesaria, sabiéndome indispensable en mi lugar de abandono, de felicidad vacua y solitaria. Pero esa tarde te vi, y sentí que estabas triste; fijé mis ojos en los tuyos, dejé que te acompañaran, creyendo que eras vos quien necesitaba ayuda y consuelo y no fue hasta entonces que me descubrí inválido y pequeño, solo, vacío, y sin sentido. Una nada acompañándome hacia la muerte, esto es lo que siento, Niña. Y lo siento desde que te vi y sentí que debías estar conmigo, y yo con vos, y en esa necesidad, en ese deseo, en esa puerta que se abrió delante de mi destino, dejé que fluyeran la inseguridad y el miedo. Me confié, Niña, como hacía años no lo hacía, me confié al azar; dejé que su voz creciera y me orientara hacia el rastro de los deseos. Hacia vos, Niña, hacia tu presencia que me dije necesaria, única razón para existir desde el instante en que te vi, te reconocí, te sentí mía.

    Y sin embargo no estás. Pasan los días, los meses, los años porque esta espera es de meses y años, y no llegás, no veo ni quiera un rastro de tu ausencia. Si al menos hubiese un grito que me alertara: ¡ey, ya no la busques, pues no existe, no es una realidad, no es tu realidad! Pero no, Niña, no. Por el contrario, en cada golpe, en cada desilusión, en cada fracaso, en cada hundimiento, en cada filamento de la soga que se desprende, descubro las voces y los lamentos de quienes pasaron por situaciones semejantes a las mías, esas voces desesperadas de los que tuvieron que luchar contra su propio deseo de aniquilamiento para mantenerse firmes en la búsqueda, en la expectante posibilidad de hallar por fin la felicidad prometida.

    Reconozco, sí, esas señales, y me pregunto si yo estoy destinado a sufrirlas para que, como aquellos, pueda mofarme finalmente de ellas, o si en mi caso, serán finalmente la pala que cavará la fosa para mi ataúd.

    Desde siempre supe que había que seguir la senda que uno cree propia. Pero lo decía desde un sitio seguro, desde un alcázar al cual era muy difícil acceder. Era yo mi rey, mi único súbdito, a nadie más que a mí debía obediencia. Y de pronto apareciste vos, Niña, llena de penas y tan bella en tu actitud. Y te quise; te supe mía. Y estuve seguro de que ya lo eras, de que accederías a mi consuelo y lograrías consolarme. Pero no estás, y te alejás, y te vas, y cada tarde emprendo la búsqueda con menos fe; ya no hay esperanza, sino espera; ya no pienso en la muerte, a la que siento lejana y ajena: no me conforta. Te alejás, y yo reconozco en esa porfía, en esa ausencia, el motivo para desistir. Y ya no sé, ya nada sé. Ya nada puedo saber.

domingo, 6 de julio de 2008

Contemplación de las formas

domingo, 6 de julio de 2008 3
La contemplación analítica de las formas supone conocimientos previos. Cuando observo cualquier objeto sé de antemano qué es un cubo, qué un círculo, y así; de lo contrario, no podría calificarlo cubo o círculo. Pero ese conocimiento previo, ese saber que tanto respeta la sociedad que sabe y conoce, desgraciadamente me limita a nombres y etiquetas tales como "cubos" y "círculos", cuando no también "línea recta" o "dodecaedro".

Mejor sería contemplar un círculo olvidándome que se llama círculo y deducir, entonces, que estoy frente a una forma que se llama unicornio, con lo cual me convertiría en el primer ser viviente en ver un unicornio; y no sería poca cosa... Pero nadie me creería, porque yo describiría al unicornio de tal manera que todo el mundo diría: "Eso que viste es un círculo y, como todo el mundo sabe, los unicornios no son circulares, aunque posiblemente sean de color azul". ¿Terminaría por aceptar la determinación mayoritaria y me resignaría a los círculos de cualquier color? En tanto el arte en cualquiera de sus manifestaciones, confieso: mi democracia hace agua por los cuatro costados. Eso que veo es un unicornio.