viernes, 29 de agosto de 2008

I just believe in me (The dream is over)

viernes, 29 de agosto de 2008 2
De Dritten Reich

09 - God.mp3 - John Lennon

Si en el mundo, en esta vida, en eso que llamamos realidad, hubiese una Verdad, esa Verdad sería tan elocuente y poderosa que no habría posibilidad de refutarla, de negarla, de concederle una mínima duda. Pero tampoco puedo decir que todo es mentira, porque aquí estoy yo, que escribo y me miro y me dicto y me contradigo. Esta es mi certeza. Yo, que soy. Y yo, que soy, que vivo y por eso muero poco a poco, cada día, cada hora, cada segundo, no soy más que una realidad para mí. ¿Ella, que me besa, me sabe real? Ella bien podría ser mi fantasía; y ese beso una falsa percepción. Pero equivocado o no en las percepciones, las percibo, aquí estoy, vivo y camino hacia la muerte; esto es de lo único que puedo estar seguro. Yo soy, yo me hago, yo me vivo y me destruyo; yo existo; la existencia es mi patria. ¿Y si el mundo, mi mundo, éste que percibo, sufro y admiro, se complotase para hacerme pensar que no existo? ¿Si yo decidiera ver en el mundo un complot? De nada valdría que me ignorasen, que las gentes hablaran e interactuaran como si yo no estuviese: la angustia del desprecio y la soledad las estaría padeciendo yo. El dolor, una vez más, sería la prueba de mi existencia. Ese complot no haría más que confirmarme. Yo, que sufro, aquí estoy. Y es tan maravilloso ser, y es tan fabuloso ser consciente incluso del dolor. Es mi privilegio, yo soy. Es mi más grande consuelo: ser. Y estoy también. Estoy porque soy. Y cuando deje de estar, cuando deje de ser, entonces ya nada tendrá importancia. Ni mi patria abolida, ni mi dolor neutralizado. ¿Para qué, entonces? ¿Para quién?

Yo tengo mi verdad, por ella vivo, por ella estoy dispuesto a morir. Yo tengo mi verdad, pero no es la Verdad. De lo contrario sería un pleonasmo la lucha, inexistentes las angustias, los dilemas, los esfuerzos por convencer. Yo tengo mi verdad, y me gusta porque es mía. ¿Me hace mejor esta verdad? ¿Es mejor por ser la mía? Es la única que existe, la única de la cual puedo sentirme seguro. ¿Y cuál es esa verdad? Ser un humano, ser un hombre, simplemente ser. Sin carreras hacia ningún lado, aceptando sin resignaciones que las cosas son como son, aún cuando las quisiéramos de otro modo; que de todas formas hemos de morir; no sabemos cuándo, pero vamos a morir. Y nuestra muerte necesaria permitirá que otros sean; la inmortalidad es la muerte; la vida es morir. Y yo prefiero la vida así como es: chiquita, peligrosa, absurda.

Jesús en el calvario, Dios de los cristianos; Ernesto en la escuelita, San Ernesto de la Higuera. Divinos, humanos, dueños de la fe, la entrega y la voluntad. Fe, Entrega y Voluntad. Friedrich, Sören, es esta nuestra verdad: Fe, Entrega y Voluntad. Palabras, simples palabras.

Creo en Dios -dice Agustín- creador del Cielo y de la Tierra. Creo en Jesucristo, su único hijo. Creo en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia Católica, en la resurrección de la carne, en la vida perdurable...

Esto es lo que se debe, esto es lo que te salva -dice Agustín sin decirlo.
¿Creo en Dios, limitado por el Cielo y por la Tierra? ¿Creo en su único Hijo? ¿Creo en la Iglesia, en la resurrección y la vida eterna?

Creo en mí. Sólo en mí.

domingo, 24 de agosto de 2008

Jardín de Palabras

domingo, 24 de agosto de 2008 0
Tengo un jardín de palabras. Las hay de toda clase, aunque abundan los adverbios y los adjetivos. Hay sustantivos, claro, y algunos verbos, pero estos no necesitan especiales cuidados, por eso más bien me gusta contemplarlos en los campos y en las montañas y a los lados de los caminos en lugar de sembrarlos en mi jardín. Cultivo sobre todo las que requieren de una estricta vigilancia para que, puestas allí donde elijo, sean tan hermosas como pretenden; un descuido leve y ya mi jardín queda estropeado.

Pongamos por caso la palabra escalopendra; es un sustantivo, pero éste sí requiere algún cuidado, porque lo reservo para metáforas futuras. Es una bellísima palabra. Uno pronuncia es-ca-lo-pen-dra y es como si masticara un manjar hojaldrado. Digo escalopendra y se me hace agua en la boca. Sin embargo, hay que vigilarla para que esa belleza no termine siendo un dolor de cabeza. Porque, por más bonita que quede la construcción, por más poética, a mi juicio no se pueden poner juntas las palabras “tengo un ramo de escalopendras de tallos desiguales”; la primera razón a la vista: las palabras tengo, tallos y desiguales, que son agrias como pickles. La segunda: las escalopendras, como podría deducirse de aquí, no son flores. Entonces, salvo intención previa, y cuidando que el entorno lo merezca, esa frase es una de las que prefiero distantes y por eso riego con esmero la palabra escalopendra y procuro arrancarle las malas hierbas que nacen a su alrededor.

Me gustan, además, sentirlas al tacto y olerlas. A las palabras de mi jardín, se entiende. Mis preferidas son, a saber: la suave curvatura de sutileza, por ejemplo, que huele levemente a menta y almendras; la ríspida superficie de indiferencia, que huele a nada en un primer momento, pero que dejándola reposar un buen rato comienza a desprender un aroma como de pochoclo dulce, algo muy distante, a la vez que las aristas van redondeándose imperceptiblemente (claro que si bien es un proceso natural evolutivo de la palabra indiferencia, lo cierto es que cuando esto sucede ya deja de serlo y es otra palabra que aún no descifro la que allí queda; definitivamente es otra más amable en sus formas y aromas, aunque en apariencia, a la distancia, permanezca tan ríspida e inodora como siempre).

La estructura de mi jardín es muy sencilla. No necesita de grandes descripciones; más bien diría que de ninguna, aunque para quienes necesiten más palabras para verlo, pues bueno, aquí recorté un ramo pequeñito: El mediador entre el cerebro y las manos ha de ser el corazón. Lo copié de un arreglo igual al que vi en una película muy vieja, una muda, en blanco y negro. (Está bien, la película se llama Metrópoli, pero para aclararlo me vi obligado a buscar entre las piedras esa palabra que tampoco me gusta; es como si me dejara arena entre los dientes, sepan reconocer el esfuerzo).

Hay muchas palabras en mi jardín, nombrar cada una de las que me gustan o no, sería interminable. No diré que sería como leer el diccionario -porque ése sí que es un gran jardín con todas las especies y con tantos ejemplares de especies extintas- pero es bastante variado y sería al menos cansador. Por eso apenas me voy a detener en una palabra que encontré no hace mucho tiempo, en mi jardín. Es una palabra preciosa, de un color amarillo, que reconocí de inmediato. Es una palabra en apariencia similar a las otras de su misma especie, pero ésta es diferente. Es una palabra bellísima, y que sin dudas requiere de innumerables cuidados (o eso al menos parece, por su aparente fragilidad), pero que a la vez se nota que es propia de regiones abiertas, de los campos, de las montañas, de los lados de los caminos y que mantenerla atada a un jardín, por más atendido que éste estuviera, sería como despintarla hasta dejarla otra de sabor ocre, una palabra que al nombrarla sería como un montón de cera caliente en el entrecejo. Es por eso que le abro las puertas y le pido que se vaya. Pero ella se queda, se queda, se queda, se queda, se queda y la verdad no sé muy bien qué hacer.

sábado, 23 de agosto de 2008

Prometeo y el fuego

sábado, 23 de agosto de 2008 0
Fragmento de la novela La Marquesa Salió a las Cinco



Acto Primero


 

Escena: Dos gradas laterales con doce olímpicos cada una. Al frente, el estrado de los jueces: Radamantis a la izquierda, Minos en el centro, Éaco a la derecha. Perséfone, en representación de los intereses olímpicos, a la derecha y enfrentada al tribunal. Prometeo amordazado y Hermes, a la izquierda. Junto a Éaco, el banquillo de los testigos.


 

Atenea

Fue por indicación de Zeus.

Perséfone

Precise, por favor.

Atenea

Contacté a Prometeo por indicación de Zeus. Sólo obedecí sus órdenes.

Perséfone

Le recuerdo que no es a usted a quien se está juzgando; sólo describa detalladamente las circunstancias que la llevaron a contactarse con el asesino.

Hermes

Protesto: que la fiscal omita dirigirse a mi representado como asesino o matador o cualquiera de sus variantes. Eso ya todos lo sabemos y mencionarlo repetidamente condicionaría la decisión del jurado. No están en juicio sus actos, sino su respuesta ante las circunstancias que lo llevaron a cometerlos.

Minos

A lugar.

Perséfone

Muy bien, entonces, por favor, describa las circunstancias que lo llevaron a contactarse con... el "infractor".

Atenea

Zeus me lo pidió. No me explicó por qué ni para qué, sólo me sugirió que lo orientase hacia las artes.

Perséfone

¿Le sugirió? Qué le dijo exactamente.

Atenea

Bueno, nada en concreto. No fue lo que dijo, sino lo que yo entendí que pretendía de mí... Esa es mi función. Y así lo hice; pero luego él quiso que lo dejase entrar al palacio de Zeus.

Perséfone

Y usted se lo permitió.

Atenea

Sí.

(Prometeo se sacude en su silla)

Perséfone

Por qué.

Atenea

Era parte del plan.

Perséfone

Qué plan, sea precisa.

Atenea

El plan de Zeus. Pero no conozco más que esto.

Perséfone

No más preguntas.

Minos

Señor Hermes, su testigo.

Hermes

No formularé preguntas a la testigo.

Minos

Muy bien, la testigo Atenea puede retirarse. Que se acerque al estrado la testigo Casandra.

Hermes

Protesto: nada de lo que diga será verdad.

Minos

¿Alguna objeción de la señora fiscal?

Perséfone

Ninguna.

Minos

A lugar. Que se omita el nombre de Casandra del listado y que se presente la testigo que le sigue: Afrodita.

(Una periodista se sienta en el banquillo de los testigos. Prometeo cree reconocerla, vagamente. Se inquieta una vez más)

Perséfone

¿Conoce al condenado?

Hermes

¡Protesto!

Minos

A lugar. Señora fiscal, ya conoce las reglas.

Perséfone

¿Lo conoce?

Afrodita

Sí. Lo conozco desde hace muchos años.

Perséfone

¿Podría relatarnos las circunstancias en que tomó contacto con el... con el señor Prometeo?

Afrodita

La primera vez que lo vi tenía él tenía cinco, seis años. O, mejor dicho, la primera vez que él me invocó. Se había enamorado de una niña del colegio y le avergonzaba estar con ella. Era un chico enamoradizo y tonto, siempre lo fue. Recuerdo que, aquella primera vez, la niña lo rodeó con sus brazos al seguir las reglas de un juego y él se turbó tanto que no supo cómo seguir. Se sonrojó, le costaba articular frases coherentes, los ojos se le llenaron de lágrimas y hubiese deseado salir corriendo de allí. Lo salvó la campana, literalmente. Regresaron al salón. Desde entonces ya no pudo dirigirle la palabra sin sentir una tremenda vergüenza. La chica se llamaba V. Probablemente esa misma niña haya sido la mujer de quien se enamoró cada vez. La morocha de nombre M. La rubia llamada B, la castaña y la mujer con quien se casó; pero sobre todo C, a quien le dedicó infinidad de canciones y poemas que traje como elementos probatorios.

Perséfone

(Examinando una hoja de papel)

Setenta y siete rosas rojas.

Afrodita

Sí, era un tonto encantador.

Perséfone

¿Y usted ha tenido algo que ver en la redacción de estas... palabras?

Afrodita

No es mi función. Las musas se encargan de inspirarlas. Aunque, si uno las lee con detenimiento, advierte que ninguna de nuestras compañeras ha intervenido en el asunto. Más bien parece una broma de Hefestos.

Hermes

¡Protesto!

Minos

No ha lugar. Que la testigo continúe. Luego el defensor podrá hacer las preguntas y aclaraciones pertinentes.

Afrodita

Decía que el texto se parece a una de las bromas de Hefestos, pero desde ya que desconozco si el cojo ha tenido algo que ver.

Perséfone

De todos modos, quede en claro que estas poesías resultaron el blanco de las burlas de la víctima. No es extraño que luego, herido en su orgullo, Prometeo buscara vengarse.

Hermes

Objeción, la fiscal induce al jurado y a la testigo a creer en supuestos. Además, el asunto de la poesía sucedió hace más de veinte años; resulta inconcebible pensar que Prometeo haya guardado rencor durante todo ese tiempo.

Minos

No a lugar.

Perséfone

¿Recuerda algún hecho similar al de las poesías? ¿Algo que nos pueda ilustrar la personalidad del con... de Prometeo?

Afrodita

Miles. Nombrarlos a todos sería interminable.

Perséfone

Refiera uno en particular, el que crea más demostrativo.

Afrodita

Bueno, creo que... Sí, era en junio, días después de su cumpleaños. Prometeo se encontraba aturdido; fumaba un cigarrillo tras otro. Dos de la mañana; desde la ventana de su cuarto podía divisar la ciudad cubierta por la bruma. Le pesaba haber obtenido tantos conocimientos y no poder hacer uso práctico de ellos. No lograba poner pie en la realidad. Había soñado en grande, y ninguno de esos sueños se había cumplido. Desde hacía algunos días sufría por la inutilidad de sus esfuerzos. Había cometido el error de obsesionarse. Se aisló. Dio prioridad al perfeccionamiento de sus artes antes que a la vida a la que hubiese debido dedicárselas. El dilema, en cierto punto, es comprensible: uno no puede brindar arte sin antes haberse brindado a él; pero la sabiduría reside en lograr un punto medio entre ambos polos y él sentía que en eso había fallado. Claro que responsabilizó a la Providencia, la hizo culpable de aquello que no era más que una lógica consecuencia de sus actos. Sin embargo, en lugar de someterse a la pesadez, se hundió aún más en sus erróneas razones. Quería ser más perfecto que los dioses y no contaba con que los dioses tengamos la eternidad para ejercitarnos mientras que él, a pesar de ser un titán, no dejaba de ser un mortal. Jamás un mortal alcanzará la perfección. La perfección es tirana, no admite dudas. Y él basaba el camino hacia la perfección en la duda; dudar de todo, creer que nada es perfecto, dudar de sí mismo. Yo lo veía hacer. Estaba solo. Lo insté a otros amores, pero me desoyó: sólo amaría a una única mujer. Eso fue lo que me dijo. No mencionó quién era esa mujer.

Perséfone

Usted había mencionado a la niña del colegio.

Afrodita

Es cierto, lo dije, pero no estoy segura. En realidad la mujer que él amó en cada mujer nunca existió, y por eso los desencantos, los enojos para conmigo. Esa noche en particular, la de la ciudad en brumas, pensaba en ella; reflexionó sobre lo que había hecho hasta entonces. Miró su arte, miró su amor. Y descubrió que no tenía ninguno de los dos. Eran dos cadáveres, había que cremarlos, el fuego les daría nueva vida en ausencia. Supongo que esa noche se obsesionó con obtener el fuego.

domingo, 17 de agosto de 2008

Luna Amarilla

domingo, 17 de agosto de 2008 1
Wise Up - Aime Mann

Luna amarilla, la que yo veo, la de los malos presagios; luna de un sucio amarillo, el alma atravesada por un color que le es impropio; luna de los pobres, luna del dolor, luna de los que no tienen compasión, anoche estabas frente a mí. Luna amarilla, la que yo veo, la que deseo ausente, porque aún deseo; luna que me recuerda que soy movimiento y soy voluntad, que me demuestra lo lejos que estoy de la inmovilidad de los perfectos, de la entrega de los justos, del valor de los que aman. Luna estridente, sucio espejo. Luna. Luna. Luna. Trinidad de los páganos. Hipóstasis; la razón, la necesidad, el temor. La fe. En qué. En qué.

Fumo mi desidia. Noche que regresa. Humo que se esparce anárquico en mi habitación, en mi vida, única noción del albedrío. Mi instinto, como el humo que se eleva, se aquieta, desaparece y deja apenas una huella, un aroma que con el día y las ventanas que se abren, y el amanecer, el nuevo día, lo harán desaparecer hasta el próximo cigarrillo y la próxima luna.

Luna amarilla, la misma que vi de plata reflejada en aquél río; la que me hizo feliz, me mostró lo bello, la necesidad de ella ahí, yo ahí, el mundo a mis pies. Luna ahora amarilla, en el mismo cielo que ha variado, como el río de Heráclito, como los días de la vida, que son iguales y distintos.

(...)

Luna amarilla. Luna de los pobres.

Mis manos desplegadas sobre el teclado marchito; mi mente asimilando el desdoblamiento que sobreviene, el tiempo que muere, la justificación de mi existencia, mi egoísmo, la condena, yo, yo, el individuo, el que piensa y existe, y existe porque piensa, o piensa porque existe, da igual si es la esencia o la existencia, da igual si Soren o Fiedrich, si Sartre o Camus, da igual si Cristo o Buda, si Abel o Caín, si Eva o Lilith, si el ying o el yang, si Ormuz o Arimán, si el día o la noche, todos ahora, todo aquí y todo es en mí.

Nosotros, el bueno y el malo, el que sabe y el que siente, el que se enamora y el que pregunta. Nosotros nos miramos, nos reímos; él de mí, yo de él. Me río de él por que actúa como yo. Y él se ríe de mí porque soy yo. En el fondo nos odiamos, y más allá del odio nos amamos. El escribe sobre lunas amarillas, yo veo las lunas amarillas y siento deseos de escribir. Escribimos la luna, uno de los dos la mira, el otro la describe. Y en lunas se nos van las palabras, y en colores se pierden las páginas, y en extremos huimos de los medios, los que odiamos, los que nos hacen sentir tan cobardes. No hay medios en nuestra casa; se vive o se aniquila la voluntad de vivir. Nos movemos o nos detenemos. Nos perdemos y no nos encontramos. No hay medios, no los queremos; odiamos los medios y a los mediocres; ellos son como espejos, sucios espejos de nuestras almas, como la luna amarilla, como el sol cuando no brilla. No hay grises en nuestros pinceles; tenemos el blanco, que es todos los colores, y tenemos el negro, que es ninguno, es nada.

lunes, 11 de agosto de 2008

Ella no estaba (cuento)

lunes, 11 de agosto de 2008 1
...Las palabras decidieron el curso de las acciones, tal como suele ocurrir en esta vida..
Julio Cortázar, Las manos que crecen.


Era esa necesidad de empezar y terminar pronto, ¿entendés? De arrancarme la obligación urgente para poder relajarme satisfecho y darle espacio a otras ideas menos obsesivas. El argumento estaba ahí, los personajes estaban ahí, yo estaba ahí, pero había también la presencia insinuada de un muro mucho más denso que la puta página en blanco, un impedimento que iba más allá de las palabras y que me arrastraba inconscientemente hacia un abismo que, de haberlo querido, jamás hubiese podido prevenir.

El asunto había comenzado en el laburo; no recuerdo quién dijo algo de unos vampiros, ni siquiera recuerdo la frase completa, sólo que escuche “vampiros” y la historia surgió clarísima: me encantó. Durante el resto del día no pude pensar en otra cosa, con decirte que cuando subí al colectivo ya tenía todo armadito, acá, en el marote. Nunca antes me había pasado eso de sentarme delante de la máquina con el esquema totalmente concebido. Faltaban nada más que las palabras. Nada menos que las palabras.

Cuando llegué a casa preparé el café, los cigarrillos, cerré las ventanas y sintonicé una estación de jazz... Excelente, pensé, en un par de horas concluyo el primer manuscrito... Qué iluso: encendí el velador del escritorio; la luz sepia me iluminó la mano, el resto de la habitación quedó en penumbras... y las palabras huyeron irremediablemente. Hubiese podido esperarlas durante horas sin que se dignasen a venir; se resistían, ahí, agolpadas detrás de la puerta, asomando sus sílabas y acentos en una actitud espía, y desaparecían apenas yo alzaba los ojos para sorprenderlas en su rebelión. De manera que las acorralé con injurias y amenazas (tené en cuenta que la idea no era mala y no podía resignarme a soltarla así porque sí; además, estaba la obsesión, la necesidad urgente de empezar y terminar porque tenía todo tan claro, viejo, tan limpito); entonces, temerosas, fueron acercándose, una tras otras... Pero vos sabés que de esa forma no sirve, vos sabés que por la fuerza no sale nada bueno; ellas hubieran debido acercarse voluntariosas, ordenadas y precisas.

¿Por qué me rechazaban así?

Con mucho esfuerzo, concluí el maldito esbozo. Resultado: frustración. El peso del mundo sobre mí...

Yo era así, qué querés; podía empezar el día sintiéndome el mejor, un genio, y gritarlo a los cuatro vientos como lo hacía Dalí, pero de pronto, en un abrir y cerrar de ojos, pasaba a creer que era la peor bazofia existente sobre la faz de la tierra; éstos últimos eran momentos en que mejor salía a dar una vuelta o terminaba quemando todos los papeles... De manera que huí...

En la calle hacía un frío de la madre. Pensaba: ¿Por qué las muy trolas se niegan a mi torpeza, si son tan cariñosas con quienes las maltratan conscientes del crimen?... No sabés lo que eran esas luchas conmigo mismo, impiadosas sesiones de mentalismo durante las cuales me repetía una y mil veces “yo puedo yo puedo yo puedo yo puedo” mientras la voz de un guacho que no era otra que la mía me gritaba “andá, que vas a poder, vos, salame”.

Así, con esa continua pisoteada a mi ego, regresé al departamento dispuesto a demostrarme que sí, que podía, aunque fuese un salame incapaz de redactar una frase respetable... Mal, pero podía, de manera que dale, viejo, dale.

...Pero nada.

(Suspiro).

Nada.

El muro imperceptible.

Tenía el lápiz en la mano, una página impecable, el café recién hecho, un cigarrillo humeante y compañero de espera, algunas referencias sobre los clisés de las historias de vampiros que había anotado para evitarlos (o para romper el vidrio en caso de incendio; vamos, que somos pocos y...), un cenicero repleto de cabellos (los que me había arrancado antes de salir a la calle), el desafío que yo mismo me había impuesto... y nada.

(Suspiro)

Nada.

El muro.

De manera que, ante la manifiesta posibilidad de que mi ego cayera mucho más profundo, dejé que fuese mi mano la que tomara las riendas. Dale, pensé, hacé lo que quieras. Fue así que ella recibió el “auxilio” (así, entre comillas) de unas palabras que para mí habían sido rebeldes, y escribió con facilidad las primeras líneas de Ella. ¡Claro, qué tonto he sido!, me dije. Y me forcé a creer que no era a mí a quien habían evitado, sino al relato de vampiros. Qué iluso, Dios mío. Qué iluso. Ella me conocía tan bien...

Comencé a delinear su historia dejándome arrastrar por esa fuerza... Ah, si vieras como salían las palabras, tan imperfectas sobre el papel, tan unas cuando hubieran debido ser otras y sin embargo tan inexorables... Esbocé la primera versión de un tirón; otra vez recuperaba el lugarcito que me reservaba en el “podio de unos pocos”, de nuevo me deslizaba sobre la página con la confianza de un Constantino custodiado por la Cruz; no había puntos ni comas capaces de interrumpir el colosal decurso de vocablos cayendo sumisos sobre una página cada vez más negra. Hice una pausa para beber café y con sorpresa descubrí que había parido más de dos mil palabras... el café estaba helado... ¿Cuánto tiempo había transcurrido afuera, de soslayo, mientras yo hube permanecido allí? Quién sabe; de todas maneras, en situaciones similares prefería mensurar el decurso en páginas más que en minutos: era más útil, más bello, más... excusa.

Diez páginas sin entrelíneas repletas de preciosuras despatarradas, ilegibles, puntiagudas, a veces prietas, otras abiertas y desmesuradas... Diez páginas de una historia donde Ella era protagonista, aunque permaneciera difusa, distante, esquiva, como antes las palabras. Me tentaba...

Recalenté el café, encendí un cigarrillo innecesario y continué. Completé una página y luego otra (esta vez con atención al entorno, al reloj), y aunque avanzaba sin problemas, Ella apenas permitía que me acercara..... Recién cuando oyó las frases de amor que el narrador intentaba en tercera persona, consintió en aparecer. Había estado ahí, después de todo, tratando de pasar inadvertida entre una jota y una zeta que no terminaban de diferenciarse... Su presencia me consoló.

Mi voluntad se había propuesto dejar de escribir cuando estuviera listo un primer final... pero ya se sabe como las gastan estas voluntades luego de un proceso de oscilaciones violentas; además, voluntad, mi voluntad, en fin... El sueño me ganó antes de que pudiese, al menos, encauzar una trama definida... Sin embargo, ¿qué importancia tenía la trama mientras Ella estuviese allí? Ninguna, de manera que pude dormirme casi feliz, casi sin culpas.

Imaginate que, durante la mañana siguiente, no existí en el diario; hubiera podido estallar la quinta guerra mundial o venirse el edificio abajo que a mí me hubiese importado un corno, ¿entendés?... A la mierda con el mundo, mi único pensamiento era Ella... ¿Los vampiros? Bien, gracias, ahí andaban los pobres chupasangres, esperando una mejor ocasión...

A la hora señalada (pavada de película, ¿no?) rajé sin darle tiempo a nadie de nada; dejé a unos cuantos con la boca abierta y sacudiendo papeles, órdenes y reclamos... Andá a que te cure Lola, pensaba mientras ganaba la puerta de salida con aire triunfal; con decirte que ni siquiera me detuve un minuto en el kiosco de Leticia, una morocha que estaba para el matadero; yo era todo un pique para alcanzar el colectivo y llegar a casa lo antes posible.

Una vez en casa, retomé el manuscrito; para permitirme la satisfacción de un regreso sutil (la lenta confianza que nos íbamos ganando) elegí estirar la trama, demorar el final. La dejaba ahí, cerca pero distante...

Durante tres días fue igual.

Ella reaparecía cada noche, preciosa, encantadora; comencé a quererla, a necesitarla y todo el sentimiento recayó en boca de mi narrador. A Ella parecían gustarle las frases empalagosas; la oí suspirar una o dos veces en su escondite de sombras mientras yo escribía cosas que ahora me avergüenza recordar. Finalmente decidí que ya era tiempo de que viniese a mí... pero se resistía; era un quedarse lejos provocativo. Escribí con letra más pequeña, casi susurrando, ocultándole la intención de mis palabras para tentarla; Ella, curiosa, tuvo que aproximarse hasta casi rozar mi cara para leer... y en ese acercamiento descubrí su perfume, el verdadero color de sus ojos, de su cabello... el sabor de su piel.

El encuentro me conmovió.

Desde esa noche repetí diariamente el ritual en la penumbra de una habitación testigo, en la prisión de mis palabras. Cuando advertía que ya era imposible avanzar, me inventaba excusas para reformular la historia; la trama renacía y con ella su presencia salvadora.

Hubiese querido dedicarle todo mi tiempo, pero me resultaba imposible resistirme al sueño; apenas se insinuaba el alba, yo caía vencido por esa fuerza superior que me noqueaba hasta las nueve, hasta el despertador...Ella se marchaba, su imagen se desvanecía en un cerrar de ojos tantas veces maldito.
Durante el día, en la redacción, en el subte, en la calle, su aroma me perseguía.

Era tanta la pasión, tantas las veces que reconstruí la historia, que poco a poco fui acercándome a la excelencia.

Nunca antes había revisado un relato tan exhaustivamente como lo hice con aquél que la contaba; sólo Ella pudo quitarme la fiaca ante el texto escrito. Cada día la narraba mejor y ella revivía, entonces, más hermosa y vital.

Probé estilos diferentes, jugué con las frases, armé trabalenguas y disocié la trama en el tiempo: todas excusas para retenerla a mi lado.

Sus besos me obligaron a las mejores líneas que jamás hubiera podido redactar... Su cabello me cubría cuando las sábanas volaban y al fin todo era nuestros cuerpos fundidos en un inefable desorden dimensional.

No puedo precisar cuánto tiempo transcurrió desde la primera vez que nos vimos; ni siquiera puedo asegurar la cantidad de páginas que escribí desde entonces.... Tantas veces nos encontramos que terminamos por reconocernos (o al menos eso creí). Mis noches eran de una felicidad plena, tan distintas de mis días.

Ella iba acomodándose en mi espacio hasta hacerlo cada vez más suyo; y yo aceptaba la invasión porque, en realidad, me fascinaba tenerla conmigo; era yo quien insistía, no con palabras, sino con el persistente deseo de mantenerla día y noche a mi lado. Pero ella sólo consentía la noche, sólo la noche; jugaba tan bien el juego...

En algún momento advertí y negué que Ella era libre de mi voluntad, retornaba aún cuando yo ni siquiera había tomado el lápiz y con una mirada irresistible me forzaba a reescribirla exigiéndome la perfección... yo obedecía ciego a cualquier evidencia.

Construí un relato tan sublime que me atemorizó. Desde la primera letra y hasta el último punto era Ella perfecta, su figura... su voluntad... Sin embargo no se contentó; buscaba algo más, ¿pero qué? ¿Qué esperaba de mí? ¿De cuánto más me creía capaz?

Cavilé toda una noche hasta que por fin creí entender cuál era su necesidad y me lancé sobre una historia que nos contaba a los dos; crucé el cerco, ya no fui una intención narrada, sino que era yo mismo quien compartía, sin máscaras, el espacio de palabras, ideas y sentimientos que construí para Ella; éste último relato despertaba un interés inusitado, al menos eso fue lo que Ella dijo luego de que se lo leí. Esa noche (yo triunfante, ella eufórica y enigmática) recuperamos las caricias, las palabras de amor que ya no dormían en papel, sino que volaban en susurros apenas audibles desde el exterior de nuestra prisión de frases. Cuando más tarde retoqué un par de adjetivos, coincidimos en que la perfección había sido lograda; el relato no admitía otra modificación.

La cumbre había sido conquistada y Ella estaba ahí, tan cercana, juntos en la cima, en uno y otro lado.... Me dormí seguro de que ya nunca más se marcharía.

Pero cuando desperté, Ella no estaba.

Supuse que la hallaría en la cocina, preparando el desayuno.

Pero Ella no estaba.

La busqué en el baño, en la sala, en el patio.

No estaba.

Evidentemente me había ilusionado en vano; la perfección no había sido requisito, al fin y al cabo, para retenerla. Tendría que esperar hasta la noche, porque Ella sólo noche... Resignado, emprendí la rutina de las mañanas.

Me bañé, desayuné (tan triste, tan pesado), me vestí para salir...Fui hasta la puerta de calle, abrí, y cuando quise trasponerla... ¿Chocaba contra el aire? ¡Pero, qué diablos...! Volví a intentarlo, pero fue inútil. Extendí las manos y palpé la prisión... Qué carajo estaba pasando... De pronto sentí algo como... no una revelación, sino más bien una sospecha inconsciente pero determinante... ¿El muro antes insinuado y ahora palpable?... Desesperado, corrí hacia el escritorio, alcé el manuscrito y leí las últimas líneas del relato: los nombres habían sido intercambiados y muchos párrafos modificados. Reconocí su letra, aunque jamás la había imaginado.

Leí perplejo la última palabra: FIN.

Leí desde el comienzo... comprendí mi condena; siempre había sido Ella. Imperfecta sintaxis, peor ortografía y sin embargo tan eficaces... Tan sólo con un lápiz, Ella había logrado abrir el hueco que le permitió escapar hacia otra historia en la que ya no éramos nosotros, sino sólo Ella, condenándome a esta existencia limitada, a este instante que ahora para mí es toda la vida, mi única vida, y para vos sólo algunas páginas del libro que estás leyendo y desde el cual Ella sonríe en la foto de la solapa, mientras yo sigo lamentándome por haberla preferido a los más dóciles vampiros.

FIN.

lunes, 4 de agosto de 2008

Benditas palabras, malditas mentiras

lunes, 4 de agosto de 2008 2
...Todas las vidas cayeron al mar y es tan suave verlas, todas las vidas cayeron al mar y se van, y se van, y se van...
La Verónica, Fito Páez


Yo, vos, él; o tendría que ser más castizo el idioma debido a las actuales circunstancias geográficas y comenzar diciendo: Yo, Tú, él. Al yo lo conozco y no sólo por introspección (además, desde ese lado, es tan poco lo que sé), el yo es el que habla siempre, el que cuenta lo que cuento y me limita a miras cortas, hasta dónde llegan mis pobres ojitos, estos que parecen de chino mariguano; el tú es más complicado, o el vos, ya que hablamos en confianza a pesar de las susodichas circunstancias; vos sos más bien, en la persona propiamente dicha, una suposición, mi suposición, el dibujo que me hago con las pocas pinturitas (¿crayones, será más conveniente?) que me dejó la experiencia a deshora; escribir lo que escribo en la segunda persona del singular o del plural (dados los resultados, es igual), lleva al texto hacia un tono acusador; a veces cuaja, a veces no; puedo decir, por ejemplo, que vos encontraste la carta una noche, al llegar de un largo día de caminata y clasificados, isla y desconcierto, ansiedad y excusas consuelo; la viste apenas atravesaste el umbral, pegada a la hoja de la puerta, que por ser tan poco el espacio que la separa del piso, la arrastró hacia adentro con un ruido de lija seca sobre mueble recién comprado, así de horrible, así de sorprendente. Qué fue lo que te sorprendió: en primer lugar, que no era hora de reparto postal, el cartero pasó ya en la mañana y no se detuvo en tu casa; en segundo lugar, el remitente, un servidor, que, según supieras, no tenía la más mínima idea de cuál era tu domicilio, apenas si aprendió ubicar la isla hace días en un mapa de África que pegó en la pared de su cuarto hace años, pero claro, esto vos tampoco lo sabías; y por último y más inquietante, la ausencia de estampillas y sello postal.

Yo, vos, él. La tercera persona es, para qué negarlo, la más apta para estos berretines. Yo, que escribo, estoy arriba, abajo, en todas partes, y te escribo a vos, te cuento a vos... y ojo, en la segunda persona también la omnipresencia, pero más directo el mensaje, como un dedo que te señala, a vos, que escuchás. La tercera, el mismo buchoneo, pera ya alivianado, un chisme que se cuenta en los pasillos; el interesado ni se entera, eso esperamos. Él. La tercera persona, el tercero en discordia, que en esta historia ni sos vos ni soy yo. Quién es. No sé, y no quiero saberlo. Aunque lo sé todo, está claro: soy el pequeño demiurgo, el demonio maldito que crea y destruye a su antojo. Hablar de él sin conocerlo y sin querer saberlo, sabiéndolo, qué tarea. Por eso la tercera persona también para nosotros. Usemos las tres (fijate como pluralizo la primera persona también, por pura inseguridad, creo; salió así) y digamos, sabiendo apenas lo pienso que sonará sospechosamente a Usted se tendió a tu lado, que ella, vos, abrí el sobre muy pasada la medianoche y escribí leíste intrigada:

“Tus pechos, como los primeros brotes en los tallos del último invierno, pétalos rosados, promesas de una flor que ya es y que nunca será; es, y les escribo; por no ser, jamás morirán; tus pechos, refutación de los ciclos; los brotes, los pétalos, la promesa, la flor. Levísimo declive, libre camino el que los unió en mi andar de sudor, vello y saliva...”

¡Pero, qué es esto! dijiste espantada, apartando la página, como si la perspectiva distante te fuese a dar claridad y sentido a los hechos, a las palabras. Dejaste la carta sobre la mesa y te preguntaste, conociendo la respuesta desde antes de haber abierto el sobre, si deseabas continuar leyéndola. Notó un leve temblor en el pulso, en la mano que aún sostenía el sobre desgarrado (ella abría los sobres así, sin demasiados miramientos, un arrancar el borde descuidadamente, con el riesgo de arrasar también el contenido; más de una vez debió recurrir a las cintas adhesivas para reunir las partes coincidentes de una factura del gas, una comunicación del consorcio, un dibujo de Lucas, una carta de mamá). ¿Qué sentido tenía seguir dándole largas al asunto? Con la mano que conservabas libre y sin temblores, por estar apoyada sobre la mesa, al lado de la hoja sepia perforada en cada acento, en cada punto de las jotas y de las ies, hiciste de la página un bollo y lo arrojaste al cesto de los residuos con nula puntería. Ni siquiera se toma el trabajo de escribir a mano, dijo al tiempo que, con mucho esfuerzo, se paraba de la silla para recoger el bollo, alejarse unos pasos y encestarlo, esta vez sí. Una brisa fresca se coló por la ventana, las cortinas se elevaron y ondearon la fugaz forma del viento. Sintió un escalofrío y el aroma del mar. O fue tal vez en orden inverso: primero el aroma y de ahí el escalofrío. Cómo saberlo, pensaste, Cómo creerlo, se sinceró, Cómo aceptar livianamente la mentira de decirme que me impresionaron el viento y el aroma del mar, cuando es tan claro qué... Qué, qué era eso tan claro, Cómo saberlo, Cómo creerlo, Cómo aceptarlo, Ha de haber sido el viento, nomás. Cerró las ventanas y se tendió en la cama, con el sobre aún en la mano, la mano cuyo pulso vacilaba. Sebastián, él, dormía y la respiración era pesada, Lo único que falta es que se ponga a roncar, te dijiste, como si aquello fuera a constituirse en la gota que derramaría un vaso evidentemente vacío, qué otros actos, qué otros modos, qué otras palabras de Sebastián te habían molestado ese día y esa noche; ninguno, qué supieras, sin embargo estabas allí, esforzándote, Las personas son como son y no hay Dios que las haga cambiar, si no te gusta, te jodés; detestándolo; adorándolo.

“...Suave declive, libre camino el que los une en mi andar de sudor, vello y saliva” La Olivetti dejó de escupir palabras como si repentinamente se hubiese posado una roca sobre los tipos. No era la máquina, no eran las teclas, sino los dedos que, todavía posados sobre ellas, se negaban a presionarlas; tampoco eran los dedos, caramba, que no tienen autodeterminación como pretende aquél que ahora descuenta sus horas en Lanzarote; ni los brazos, ni siquiera la conciencia de aquel otro, este otro que cree en los desdoblamientos, la pequeña esquizofrenia que me ataca aveces cuando escribo y no es él quien escribe, si no ese al que ve escribir palabras que vaya a saber qué diablo se las dicta. No era nada de esto; qué era; Cómo saberlo, se dijo, sabiendo perfectamente qué era, si no mente, algo parecido, una especie de pudor que lo hizo sonrojar, indecisión, Cómo aceptarlo, me sinceré. ¿Qué sentido tenía insistir con el asunto? Ninguno, se respondió, Pero al fin y al cabo, cuántas de las cosas que hiciste tuvieron alguna vez algún sentido. Mentiras, puras mentiras, yo el primero en saberlo. Una brisa fresca se coló por la ventana de la habitación, Pleno enero, pensó, y tampoco creyó en el aroma de mar que consigo traía, negó el escalofrío, negué el futuro de cesto de la página que otra vez veía prisionera de la Olivetti, de mis actos sin sentido, Yo no creo en las premoniciones ni soy un fatalista, aunque creo en la intuición de los destinos y lo que deba ser será, pensó, con incoherencia, tentado de llevar esa frase a la página, pero con qué objeto, qué sentido...

“...La intuición de los destinos y lo que deba ser será; hoy como los rieles de una vía, mismo camino, corriendo hacia más allá del horizonte, desesperados, al menos uno, lamentándose porque cree que aún allá, más allá, donde los ojos no pueden ver, las paralelas seguirán siéndolas; que su tiempo se acaba y no alcanzará el infinito que tiende a reunirlas...”

Tus ojos, luego de que desplegaras el bollo que durante algunos minutos durmió en el cesto, recayeron sobre esta frase y no te gustó la elección que por vos hizo el azar. ¿De dónde le venía esa absurda costumbre? Solía hacerlo algunas noches, cuando la música en penumbras no alcanzaba para sumergirla en el ensueño y los sueños. Era casi una reacción automática, nada que se planeara diciendo, Ahora me levanto piso el parquet helado si en invierno ardiente si en verano abro un libro cualquiera, el azar elige por mí, y poso mis ojos sobre una frase cualquiera que también el azar se encarga de marcar, sino que de pronto se veía a sí misma repitiendo en voz alta “Sólo viviendo absurdamente se podría romper alguna vez este absurdo infinito, se repitió Oliveira” y entonces quedabas pasmada al encontrar en esa frase una relación tan profunda con la dirección de tus pensamientos y emociones, sin notar que quizás era la frase la que disparaba esos pensamientos y emociones creyéndotelos previos al hallazgo, Pero cómo saberlo, creerlo, aceptarlo si esta vez desplegó la página sepia, encendió la luz del escritorio, y dejó caer los ojos sobre una frase que nada le provocaban salvo bronca porque no era eso lo que había estado pensando y mucho menos sintiendo. Oyó un ronquido entrecortado de Sebastián y la piel se le erizó otra vez; luego retornó el silencio, Parece que por ahora el serrucho no tiene ganas de aserrar, se dijo, con despecho. ¿Querías oírlo roncar? Cómo saberlo, aceptarlo. Querías oír el ronquido que te librara definitivamente de la tentación de leer la carta hasta el fin, la despedida, los consabidos besos y deseos de un pronto reencuentro, la temida confesión, como si hiciese falta decir más. Regresaste a los primeros párrafos, releíste aquél primero, el de los pechos, y llegó a la conclusión de que él había estado borracho o fumado al escribir, teoría que creyó confirmada cuando pasó al siguiente, Estúpido, estúpido, borracho, dijo y se dijo para fingir que todo aquel palabrerío le desagradaba, “Tu boca a veces esquiva, como tus ojos, como tus brazos, que ahora me rodean, ahora me alejan, ahora me besan, ahora me evitan, ahora me nombran, ahora me olvidan, ahora se burlan, ahora se apiadan, ahora se ríen, ahora creen que lloran...”

“... Ahora se ríen, ahora creen que lloran...” ¿Ahora creen que lloran? se preguntó. Sí, ahora creen que lloran, se respondió, Nadie creería lo sobrio que estamos, que están, que él está, quién escribe. Anoche, anoche sí bebió, bebí, y fumó medio faso, él se lo fumó, y se echó en la cama a escuchar Behetoven, tres de la madrugada, el ventilador encendido, las notas del piano y la vibración de la carcaza de ese maldito y ruidoso escupevientos, los músculos ahora tensos, ahora livianos, ahora un vértigo, como el de elevarse a cientos de kilómetros por hora, pura inercia de las carnes que se resistían a volar, ahora esa mueca, la sonrisa, el piano sonando escandalosamente bello, el recuerdo de su boca a veces esquiva, como los ojos y los brazos, que ahora lo rodean, ahora lo alejan, ahora te besa y ahora te evita. Te evita, lo evita, pero ahora le sonríe, por eso quiere seguir, escribe para ella, aunque quizás ella nunca lo lea, o bien porque la intuición que tuvo del destino de la página se cumpla, y entonces, papelito, un bollo más en el cesto del destinatario si no en el del remitente, que aún no intuye si acabará ensobrándote, estampillándote, desentendiéndose de un viaje del que ya no sería responsable, Escribirle para qué, para decirle que la extraño, que no hay nada que me la quite de la cabeza, qué absurdo, por qué decírselo, por qué me lo creería, es tan nada el tiempo que nos contuvo, fue un sueño, un deseo, el sabor de ese sueño, el aroma de ese deseo, ya está, se esfumó, voló, chefé, caput, pero esto yo no me lo creo.

“...Tan nada el tiempo que nos contuvo, un sueño, un deseo, y sin embargo sos y aun siento el sabor de ese sueño, el aroma de ese deseo... Pasado, presente, futuro. Yo, vos, él. Dónde somos. Quiénes estaremos. Cuándo.”Le gustaría poder reír, pero no le sale, Es cómico este pibe, mirá las cosas que escribe, y la mueca que al menos intenta ser sonrisa se queda a mitad de camino entre pena y cansancio, Algo indefinido, dirías si pudieras verte al espejo. No puede estar diciéndome estas cosas, no es lógico, no tiene sentido, porque fue nada el tiempo que nos contuvo, un sueño, un deseo. Se oyó, algo lejana, la bocina de un automóvil, tres tonos cortos, un llamado, un aviso, nada de ansiedades, Llegué, dale bajá, pero no, no es así como lo dirían por estas tierras sino, oye, mi niña, baja que aquí estoy a la espera. Abrió la ventana, la misma que antes había cerrado por la brisa, el aroma, la noche fresca y se asomó, curiosa, para ver al Romeo que a los bocinazos alertaba a su Julieta. Encontraste silencio, desierto de autos y de gente, y más brisa, más aroma de yodo y sal, más noche ya casi fría. Es cómico este pibe, pensó, mientras cerraba la ventana, sin saber si estaba refiriéndose al de los bocinazos, o al de la carta, sin saber si en realidad habías abierto porque creíste para vos el llamado de las bocinas diciendo tiempo, sueño, deseo, sin saber qué coño era lo cómico en todo el asunto después de todo, Es más bien para llorar que para reír, se dijo, ahora adentro, al abrigo de un suéter que se echó a la espalda, incapaz, si no de risas antes, mucho menos de lágrimas después. Pobre pibe, pensaste sin embargo, qué le andará pasando por la cabeza para tener que decirme estas cosas. Ruidos en el resorte del colchón, pasos zombies, ella dobla la carta con descuido, pero sería injusto decir que hay maltrato ahora que no es un bollo, la esconde entre las manos, no sabe por qué tantas precauciones, pretende que nada hay para esconder, la puerta del baño, un chorrito, como una lenguetazo, ahora sí la vertiente, un último desagüe, el depósito de agua liberado, arrasando con todo, el clic del interruptor, es raro que antes no lo oyera, otra vez la puerta, los pasos, los ruidos en el resorte del colchón, Bien, gracias, no me ocurre nada, sólo que no podía dormir, dirá a nadie, herida, porque Sebastián parece que por fin roncará. Sentirás áspera y rugosa la página entre tus manos. La desplegarás bajo el cono de luz, y no es el azar el que te llevará al párrafo donde un borrón, la tinta corrida, deforma la palabra destino. Otra vez, ahí, bendita palabra, bendito concepto, maldita mentira.

“...Sos el sueño, sí, y el deseo, y mi destino... bendita palabra, maldita mentira...” Mentira por qué, a ver, decime, vos, que la tenés tan clara, No sé por qué mentira, Mentira algunas horas, cuando te friegan esas posturas de andar queriendo justificar las buenas y las malas por decisión de voluntades ajenas a las tuyas, Puede que sí, puede que no, Puede que quizás, Si vos lo decís, Crees o no crees en el destino, Cómo creerlo, cómo aceptarlo, Cómo no creerlo, cómo negarlo, Ahí nadamos, Vos te ahogarías si no fuese por mi algunas tus horas, Las del puede que sí, Obvio, hermanito, las que te dan por pensar en bendita palabra, tan cursi lo tuyo, Es el destino, esa voz que me dice, tal vez la tuya, tal vez sos vos, Puede que sí, puede que no, Cómo creerlo, Cómo aceptarlo, Como que lo vamos incorporando, ¿no?, Ojo, que se te van mexicanizando las expresiones, vos y tu pinches lecturas aztecas, Puede que sí, puede que no, Pues que disque sí, disque no, Que te den por culo, hijo de la chingada, Más respeto, caballero, y un poco de coherencia, o se me va pa los madriles o se me queda en el de efe, Como si alguna palabra dicha así o asá fuese a cambiar las cosas, Qué cosas, Las que veníamos... ah, no sé porque me gasto en estas discusiones sin sentido, Te conozco, mascarita, que sí me venís con estos cuentos es porque esperás que salga y te apuntale, Bajate de la colina que no es un pedestal, Vamos viejo, alguna vez lo reconociste, acordate: Beatles o Rollings Stones, Lennon o Mc Kartney, Lincoln o Manon, Sí, ya, ya, no sigas, Sigo, porque se me da la puta gana, Bueno, dale, seguí, Ahora no sigo nada, Es el destino, parece, Qué cosa, Que tengas que quedarte callado, O hablar porque se me de la regalada gana, Tal cual, Puede ser, sí, Bendita Palabra, Maldita Mentira, Y ella, Ella qué, De qué la juega en todo esto del destino, No sé, Cómo no sabés, No, no sé, Dejás que decida el destino, Bendita palabra, ¡Maldita mentira! ¿Sabés otra forma? Sí, los ojos, Qué ojos, Los mismos que antes sonreían, luego rechazaban, Ajá, y entonces, Entonces dale, anotá:

“...Maldita mentira que se subleva e insiste hasta que la crean verdadera; la creo, le creo, te creo; creo mi propia verdad, la invento, y busco en tus ojos la señal que me la confirme, estúpido paranoico, inseguro de mí y de mis verdades; tus ojos dicen, claro, son tus ojos, pero no los capto con nitidez, estúpido paranoico, inseguro de mí y de las ambigüedades que descubro en tu mirada...” Desvió la mirada, la página le hirió los ojos, tal vez el reflejo del cono luz, el vértigo del contorno en penumbras, cómo saberlo, cómo creerlo, Qué ganas de tomar una cerveza, pensaste en voz alta y de todos modos no te oíste. Cómo era eso de los puentes que habías leído ya no sabías dónde. Sí, lo sabía, pero cómo aceptarlo, cómo amoldarse a esos estúpidos juegos del inconsciente, un nombre que llevaba a aquél otro, una simple casualidad, cómo aceptarlo, esto es historia vieja, cómo creerlo. Los puentes son puentes mientras haya alguien que los cruce, o algo así. Y dónde estaban los puentes, creyó que decía, pero ni siquiera lo había pensado hasta que creyó oír que lo decía. Y dónde estaban los puentes, dijiste, ahora sí, pero en voz muy baja, no sea cosa que alguien, Sebastián que dormía, vos misma que no querías saber, te fueras a responder. Desde el cuarto oyó un leve pitido, el reloj de Sebastián, que marcaba el comienzo de cada hora, Cómo jode ese ruidito del carajo, en la mañana le pedirás que, al menos durante las horas de sueño, lo desconecte, Las horas de sueño, se dijo, Qué mierda hago levantada a estas horas, mañana es martes, día laborable y hay que buscar laburo para que mis martes y mis todos también sean laborables, tres de la mañana, fresca la noche, Qué ganas de una cerveza, un ronquido entrecortado, afuera tres bocinazos, otra vez, Quién será, la vida que sigue, la noche no duerme, algunos tampoco, Yo no duermo, y él como si no durmiera, acá, dándome la lata con esto de las benditas malditas y los puentes que no llevan a nadie en sus lomos de acero y cemento, no son puentes, No, no son puentes, y ya no quiero seguir leyendo, quiero olvidar que comencé a leer. Un bollo, puntería, esta vez sí a la primera, cesto, los puentes incendiándose, al cabo eran de madera y cuerdas, fuego en las benditas mentiras, malditas palabras, fuego en la brisa que ya no se cuela, ventanas cerradas, hora de dormir, mañana es martes, y todo así... No voy a seguir leyendo, jamás empecé, jamás recibí esta carta. No voy a leerla, jamás la leí.

“Los puentes se incendian” escribió, frase sin sentido en mitad de esa carta que pretendía poesía, o elegía, o confesión... tal vez un puente. Los puentes se incendian, leyó sin creérselo, cómo creerlo, cómo aceptarlo; sintió pánico; estaba solo, los puentes se incendian, nadie dictando, apuntalando, se queman, discutiendo, burlándose, fuego, fuego, riéndose, aconsejándolo mal, cómo creerlo, cómo aceptarlo. Solo él y su mente, su estúpida paranoia, ¡se incendian! sus verdades inventadas ahora mentiras malditas, otra vez, los puentes, misma vez, se queman, siempre ves, fuego, Siempre veo y digo que no veo, Pero ves, Humo, Estoy solo, a quién le hablo, quién me habla, Nada, nadie, sólo tu verdad inventada, ¡Fuego! Y ni el agua ni la cerveza de todos los vasos derramados alcanzarán para sofocarlo ¡Mi maldita mentira!, gritó, y arrancó la página de la Olivetti, hizo un bollo, la arrojó al cesto, sin puntería; no se molestó en corregir el yerro, ahí quedó la página abollada, una palabra visible, su nombre, el de ella, fuego en el puente, cerró las ventanas para que no entrara más humo, Quién cerró, Yo cerré, Él cerró, Vos cerraste, Fuego en los puentes, cómo creerlo, maldita mentira, Ahí la carta, tu nombre, el fuego. Tu nombre, vos, tu nombre, vos, vos...