domingo, 28 de septiembre de 2008

Conciencia del error

domingo, 28 de septiembre de 2008 3
Fragmento de la novela La Mala Fe


Desencuentro blues - El Guille


Después, claro, la pregunta obvia. ¿Por qué ir hacia sitios donde no se quería ir? Por qué mentir, insistir; por qué ese querer vengarse de la realidad inventándose otras más dolorosas, o por lo menos traumáticas. No era eso lo que querías, jamás lo quisiste, y no sólo que no lo querías, sino que lo detestabas; pero ahí estás, obstinado, derechito hacia la puerta que te abren los demonios. No, no era eso, ni el más mínimo deseo, pero vos decís que sí, y le decís a ella que sí. Pero es no, no, no, no. Vos lo buscaste y te lo tenés que bancar; las cosas salieron como era previsible que salieran. Entonces te la tenés que bancar. ¿Por qué decir que sí? Más claro que el agua: por ese puto querer vengarse de la realidad, como si aquella, la que sí se atreve a decir no, fuese a enterarse de que vos seguís la tuya, como si fuese a celarte de sólo intuir que vos estás con otra.

Cada paso tiene su ahora, su antes y su después. Cada paso es el tiempo, aunque el tiempo no sean los pasos. Alcanza con mirar apenas un poco hacia atrás y un poco hacia al frente para saber donde estás pisando. Y si te quedan dudas, basta con detenerse un segundo, mirar hacia abajo y hacia los lados. No es verdad, entonces, que alguna vez hayas estado perdido. No es verdad. Si vos te no te has perdido, tampoco has perdido el tiempo. Sólo lo has malgastado.

Es ahora, cuando la pesadez te gana el alma, cuando seguís sin comprender cómo los otros desconocen ese sentimiento, cómo es que no siente igual que vos, es ahora que te dan ganas de regresar sobre tus pasos para hacer aquello que hubieses debido. Claro que es imposible, qué pensabas. Mejor un cigarrillo, fumarlo despacio mientras el cielo sigue su curso y la luna, poco a poco, va perdiendo altura, el viento entra por la ventana, las luces de los edificios se encienden y se apagan, las respiraciones se complementan, las canciones se suceden una tras otra hasta que el disco se detiene, y las ideas tratan de ordenarse para comprender que al fin y al cabo era previsible que todo aquello sucediera como sucedió.

La idea te martiriza. La tierra no se abre ni te traga. La mente sigue torturándote. No hay caso, el consuelo no existe cuando somos responsables conscientes del error.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Buscando a Memé (fragmento)

domingo, 21 de septiembre de 2008 2
Éste es un capítulo de la novela corta Buscando a Memé. Es una historia para chicos que escribí, en principio, para mi hija Ludmila.


11 Martin Buscaglia - Yo nunca pedí.mp3 - Martin Buscaglia



El sol ya estaba bien alto en el cielo, seguramente sería el mediodía, y si bien les parecía que habían caminado una enormidad, la verdad es que no habían avanzado mucho que digamos. Era todo tan nuevo y tan sorprendente allí, en el camino, que resultaba imposible andar en línea recta sin desviar ni por un segundo el objetivo de la mira. Claro que Crenchas no dejaba de pensar en Memé; nunca, desde que había llegado a la casa del hombre, ni por un segundo, había dejado de recordarla, pero ahora, en la mañana libre, acompañado por Tomy, conociendo nuevos humanos y nuevos perros y nuevas aves y nuevos insectos, ese recuerdo que antes era tristeza, ahora más bien era como un foto sobre la mesa de luz, o una figu preferida, o un juguete que hace rato que no se usa pero que se sabe que está. Qué extraño –pensaba el cachorro–, ya no tengo miedo de encontrarme con mi mamá. Lo que pasaba es que Crenchas se iba dando cuenta de que no necesitaba ser un superperro para que su mamá lo quisiera; lo notaba medio como de costado, porque él mismo podía disfrutar de todas las cosas que había en el camino sin estar triste y no por eso dejar de querer a Memé. Justo cuando estaba pensando en estas cosas oyó una voz conocida que suspiró: “Y si quieres una inscripción para leerla al alba y a la noche, y para el placer o para el dolor, escribe en la pared de tu casa con letras que el sol dore y la luna argente: «Lo que le ocurra a otro me ocurre a mí»; y si alguien te preguntase qué puede querer decir esa inscripción, respóndele que quiere decir «el corazón del Señor Jesucristo y el cerebro de Shakespeare»”. Era el joven poeta desaliñado que, distraído como de costumbre, se había apoyado sobre las barandas a mirar el río y a recitar en voz alta palabras que recordaba de sus antiguas lecturas.

Tomy, al reconocerlo, le ladró para saludarlo. El poeta les sonrió y se puso hablar con ellos como si en ningún momento se hubiesen apartado...

–Son palabras muy bellas –les dijo, y caminó rumbo a la playa.

Tomy movió la cola. Crenchas se sentó. ¿Qué quería ese poeta? ¿Qué lo siguieran, que lo dejasen solo?

–Otra vez diciendo lo mismo. Es muy raro–dijo Tomy. Y retomó la marcha rumbo al sur.

–Tomy, ¿vos creés que encontraremos a Memé?

Tomy demoró en responder, y cuando lo hizo fue tan forzado que Crenchas se dio cuenta de su vacilación.

–Obvio–dijo el cocker.

Crenchas lo miró de reojo:

–No estás seguro de nada, ¿no?

Crenchas se vio obligado a decir la verdad.

–Parece muy largo este camino... A lo mejor las palomas me engañaron.

Crenchas no tuvo tiempo para recriminarle nada, porque justo cuando iba a abrir la boca para soltarle un millón de insultos, oyeron unos gritos desesperados pidiendo auxilio. Venían de la playa. Los cachorros treparon al tapialito para ver qué estaba pasando. A lo lejos vieron al poeta, mirando el río, sin prestar ni cinco de atención a la pobre lagartija que estaba aplastando con el pie.

Tomy aprovechó el asunto para evadir los retos de Crenchas, y saltó hacia la arena sin dudarlo un instante. Crenchas lo siguió. Corrieron ladrando sobre la arena caliente, hasta que llegaron al sitio donde estaba absorto el poeta. ¡Guau guau! –gritaba Tomy, que quería decir ¡poeta poeta! Pero el poeta como si nada. Crenchas se agachó para hablar con la lagartija, que parecía loca de dolor. El pie del poeta le estaba aplastando la cola.

–¿Estás bien?

–¡No!–gritó la lagartija, sacando su lenguita–¡Cómo voy a estar bien si me está aplastando ese tonto con su pie!

–Bueno, no desesperes, vinimos a ayudarte; mi amigo le está avisando para que se mueva y vos puedas salir.

–Sí, ya oigo a tu amigo y tanto grito me está aturdiendo...

–Bueno, bueno, es que si no...

–Pero si no le da ni cinco de bolilla, mejor sería que le muerda los tobillos.

–¡No!–dijo Crenchas–será un humano distraído, pero es nuestro amigo, cómo se te ocurre que lo podemos morder.

–¡Qué lo muerda o lo que sea, pero que corra de una vez ese pie!

–¿Y por qué no te cortás la cola? –dijo un escarabajo que andaba por ahí y oyó la conversación.

–Uy, qué dolor–dijo Crenchas.

–Para ella no es ningún dolor; las lagartijas pueden cortarse la cola y seguir como si nada...

–Ni loca me corto la cola, ¿tenés una idea de lo que tarda en volver a crecer? esta noche tengo una fiesta de lagartijas de la alta lagartijidad y sin cola me moriría de vergüenza. Prefiero sufrir el pie de ese tonto a quedarme sin cola durante semanas.

–¿Es verdad lo que dice el escarabajo?

–Me llamo Wagen, Volks Wagen –dijo el insecto, con cara de agente secreto al servicio de su majestad.

–¿Es cierto lo que dice Wagen?

La lagartija no respondió. Tomy seguía ladrando y el poeta mirando la luna.

–Sí, es cierto–dijo el insecto–; cuando corren peligro se cortan la cola, que se mueve como si estuviese viva; esto les sirve para huir mientras sus enemigos se entretienen con la cola movediza. Es un arma defensiva que les regaló la naturaleza y ahora mismo la podría usar.

–Jamás–dijo, indignada, la lagartija–; la naturaleza es propia de los animales inferiores y yo soy una lagartija de la alta lagartijidad. ¡Antes morir que perder mi cola! ¡Y decile a tu amigo que deje de gritar!

–Pero, lagartija, él te quiere ayudar.

El poeta, siempre distraído, movió el pie apenas un poco, lo suficiente para que la lagartija pudiese zafar.

–Yo no pedí ayuda de nadie– dijo mientras se sacudía la arena. Miró que su cola estuviese intacta, y se alejó de allí sin agradecer ni saludar.

Tomy la miró con la boca abierta.

–Ni éste ni aquella saludan, son todos una porquería.

–No, hacen los mismo pero no por la misma razón: el poeta no saluda porque vive distraído; estoy seguro de que podrían pasar mil años antes de vernos otra vez y nos hablaría con la misma naturalidad que si durante todo ese tiempo hubiésemos permanecido a su lado; en cambio la lagartija no saluda porque no nos considera dignos de su amistad. Pobrecita.

Tomy lo miró sorprendido y un poco celoso, porque era el más chiquito y ya le estaba explicando cosas.

–Crenchas, qué sabihondo que estás.

Crenchas se ruborizó.

–Es que tengo un gran maestro–le dijo. Y Tomy, aunque quiso ocultarlo, también se ruborizó por el halago.

–Che, ustedes parecen dos novios–se burló el escarabajo–; lo único que falta es que se den un beso.

–¿Y a éste qué bicho le picó?–preguntó Tomy, agachando la cabeza hasta apuntarlo con el hocico.

–A mí no me pican los bichos porque yo mismo soy un bicho; pertenezco a la estirpe de los coleópteros, provengo de una antigua familia europea. Mi nombre es Wagen, Volks Wagen.

–¿Vos también sos de la realeza, conde Wagen?–dijo Tomy.

–No me venga con esos sarcasmos, que yo no soy la lagartija. Es cierto que provengo de noble cuna, y que mis antepasados fueron todos escarabajos principales, todos ellos vivieron bajo el escudo de los coleópteros estercoleros.

–¿Coleópteros estercoleros?

–Sí, señor, los mejores recolectores de estiércol de la Selva Negra.

–¡Uf, qué asco!–dijo Crenchas.

–No le permito, señor cachorro de cabellos blancos. Qué a usted no le convenga no significa que sea asqueroso, para mí es asqueroso que seres como ustedes se alimenten de la carne de otros animales, y sin dudar podría llamarlos caníbales, pero sé perfectamente que mis costumbres no son las únicas ni las más adecuadas para todos, por eso he aprendido la tolerancia.

–¿Tolerancia?–preguntó Tomy.

–Exactamente, señor de los largos cabellos marrones. La tolerancia es lo único que permite al mundo vivir en armonía y paz. Nadie es igual al otro. Ustedes son perros y yo soy un insecto. Entre ustedes mismos hay diferencia: uno es blanco y el otro marrón, pero esto no significa que uno sea mejor que el otro; ni que ustedes sean mejores que yo, o yo que ustedes porque pertenecemos a otra especie; simplemente somos distintos, y hay que aceptar esas diferencias. La naturaleza es sabia. A ustedes les da asco el estiércol, pero para nosotros es fundamental, pues en el estiércol depositamos nuestros huevos.... Y no es por alardear, pero en el antiguo Egipto nos consideraban símbolos de la divinidad.

–¡Guau!–exclamó Tomy, que sonó parecido al uau de los hombres y no al ladrido de los perros.

–Como lo oyen.... En fin, señores cachorros, fue un placer hablar con ustedes; me quedaría todo el día en vuestra agradable compañía, pero la familia me espera y ya es tarde. Si no llego pronto, me dejarán sin almuerzo. ¡Hasta pronto!

El escarabajo desplegó unas alas que mantenía ocultas debajo de la capota negra y se fue volando hacia el norte, cantando Yellow Submarine.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Ángeles en Fuga

sábado, 13 de septiembre de 2008 1
Este cuento en realidad es parte de otro cuento mucho más extenso, demasiado para una lectura de blog. Va solo, y en la versión que salió hace más de 7 años.


Stairway to Heaven - Kashmmir



Resignación. Vida. Consuelo. Muerte. Espera. Esperanza. Agonía. Cada palabra era una piedra lanzada al mar, un juego de círculos concéntricos limitados por la orilla y la arena: el hastío. Y el frío.

Ella lo miró sin esperar demasiado. Qué podía decirle: ¿Mentirle? ¿Otra vez? Para qué. No había vueltas en ese asunto. Ya no. Sin embargo las palabras que iban y se perdían en la noche cerrada. Y silbaban confesiones absurdas, porque ya todo había sido revelado.

Pero, más absurdo que las confesiones, era que ella, engañada, tramposa, consciente de la mentira, no quería aceptarla. Entonces hablaba palabras opacas, secas: palabras piedras que arrojaba al mar. Y, claro, los círculos concéntricos.

Era víctima. Ella era víctima. También culpable; y juez. Y él, ¿qué podía decirle que ella no supiera? Por eso tampoco esperaba demasiado; porque ella era un barco a la deriva, que empujado por el viento hacia puertos remotos, impensados, dejaba huellas endebles, pero huellas al fin.

-Luna sin sol no es Luna.

-Y eso qué significa.

-No sé.

Un gesto intentó ocultar el pequeño brillo que, en los ojos de ella, comenzaba a desbordar y caer y entonces llorar. Sin sentido, llorar. Porque no había otra cosa más que hacer. Sólo llorar e intentar ocultarlo con un movimiento sutil, que de ninguna manera lograría tapar una verdad inevitable.


Ella pretendía negar, pero sabía; siempre supo. Y él jamás admitió, pero sabía; también sabía.

Se buscaron en las manos, en un beso imposible. Ellos estaban ahí, pero... Dios, por qué tenía que ser así. Era un castigo. Ya no podían mentirse más. Esperanza inútil: agonía, más de lo mismo.

Nada servía: cada lamento era en vano. Estaban ahí, uno frente al otro. Y se buscaban en las manos, en besos imposibles. Estaban ahí, sin posibilidad de encuentro. Entonces las palabras arrojadas como piedras al mar. Y los círculos que se expandían y mantenían prisioneros a otros y otros y otros... Y un límite. Siempre lo hay: el hastío, el desencanto.

Inútil gritar. Inútil suplicar. Eran lo que eran y así serían hasta la eternidad, hasta siempre; o hasta nunca, que es lo mismo y es tan distinto. Inútil llorar, pero era el único recuerdo que les quedaba de aquella vida tan lejana.

-Por qué no antes.

-No sé.

Ella se miró las manos, luego las de él, y se fue. Y él también lloró.

La veía alejarse entre nubes grises y estrellas desconocidas. Era un punto, una sombra y finalmente noche. Contempló él también sus manos translúcidas, irreales y con ellas se tomó la cara para ahogar un llanto invasor. No, no. Él no se resignaba a dejar las cosas así, sin nada... Y alzó nuevamente los ojos, pero sólo vio noche y nubes grises y estrellas desconocidas.

Por qué las palabras piedras. Por qué la dejó partir. Quién sabe ahora por dónde andaría. Tal vez vagando entre montañas de picos nevados; allá, donde, por más fuerza que se emplee para arrojarlas, las piedras nunca llegan al mar: desaparecen en el abismo.

Por qué no la detuvo y le secó las lágrimas. Por qué no la animó a seguir buscando, si él realmente creía que había que buscar hasta encontrar. Por qué.

Fue ese maldito segundo de frustración.

Ahora todo era noche, y nubes grises y estrellas desconocidas; sin sonidos, sin paisajes, sin nada.

Un demonio fugaz se cruzó dando saltos burlones y también se perdió en la noche.

No se resignaba, pero intuía que intentar una búsqueda con resultados favorables era imposible. Era un castigo, eso sí lo tenía asumido, pero por qué tan cruel. Otros se cayeron y tuvieron mejor suerte. Ellos apenas intentaron vencer la carne y en ningún lugar encontraron refugio, ni siquiera en ellos mismos.

Lloró, otra vez. Sentía el peso de la derrota más que nunca, porque dio todo por perdido cuando todavía le restaban posibilidades: la esperanza, sólo la esperanza, es agonía. Pero la agonía todavía es vida. Y entonces...

Respiró con dificultad; un sollozo entrecortado... y la imagen siempre negra de la noche eterna. Imaginó un caballo entre sus piernas; él, jinete, recorría el universo buscándola y nada: los resultados eran pésimos, aún en sus sueños.

Bloque de hielo, iceberg monstruoso: así se le presentaba el eterno porvenir. Tenía la eternidad para buscarla y sin embargo sabía que no lograría dar con ella: eternidad y universo eran dimensiones inabarcables para su mente todavía humana.

Y porque tenían mente humana, la fuga... Y el castigo. ¿Es que Dios era incapaz de entender? ¿Dios, que todo lo sabe? ¿Dios misericordioso? ¿Dios, renegando de su propia creación? Demasiadas preguntas para dejarlas sin respuestas. Eran demasiadas preguntas.

El demonio fugaz volvió a pasar y él lo miró con repugnancia. Estaba solo, otra vez. Y lo peor de todo es que sabía que eso, ahora que la había dejado partir, no cambiaría. Caminaría por siempre sintiendo el frío de la noche en su rostro. Y el aroma de los deseos, rastro falso y traidor, lo llevaría hacia ninguna parte. Esperaría en el andén de una estación equivocada. Navegaría sin sentido en el mar, el mismo que recibió las palabras piedras, en busca de las huellas endebles.

Así, vacío, caminó hacia la noche y se perdió entre nubes grises y estrellas desconocidas.

El demonio burlón, que los había observado todo el tiempo, salió de su escondite y se echó a reír. Reía porque él sí sabía cuál era el destino que esperaba a aquellos dos infelices.

No era el universo ni la eternidad.

No, porque los ángeles que se fugan en busca de un amor irrealizable,
siempre, siempre, tarde o temprano, queman sus alas en el fuego del infierno. (2001)

sábado, 6 de septiembre de 2008

Innecesario Epílogo

sábado, 6 de septiembre de 2008 3


Arthur Wilson - As Time Goes By



-Que Dios te bendiga- le dijo ella al marcharse.


...


Sam oyó el portazo desde su habitación. No tenía necesidad de preguntar nada para confirmar lo que intuyó por el golpe. De todas maneras bajó, con la seguridad de que no se entrometía. Creía, y con razón, que su presencia sería necesaria.

-¿Se marchó?- preguntó Sam.

-Sí.

Sam se encaminó sin pensarlo hacia el taburete. Se sentó frente al piano y sus manos, por pura costumbre, se posaron sobre las teclas. No tocó ninguna melodía en especial, sólo recorrió la escala de notas desde el grave y vibrante LA hasta el seco y casi inaudible DO. Lenta, pesadamente, las notas ascendían y se repetían en tonos disímiles; luego descendían y morían en un resonar que perduraba largos segundos en el ambiente amplio, oscuro y vacío.

Giró su cuerpo sobre el taburete y lo miró como desde un palco privilegiado. Frente a él, la sólida figura de Rick se desvanecía en una lágrima de frustración.

-Se fue- dijo Sam, pronunciando las únicas palabras que se permitía modular frente al desconsuelo.

Rick sirvió whisky para ambos. Sam apenas mojó sus labios y nuevamente posó las manos sobre el teclado. Un rumor de voces lejanas se coló en la enorme sala y quebró el doloroso silencio; eran voces reunidas en una única voz que entonaba una canción de borrachera. El ruido se acercaba en un susurro ensordecedor. Poco a poco, la unidad se quebraba y desenmascaraba la identidad de cada una de las bocas que formaban el todo.

-¡Está cerrado!-dijo alguien y la ebria canción se retiró entre risas y vítores inentendibles.

-Se fue-dijo Rick- Ilsa se marchó.

Sam tocó la vieja melodía. La música trepó las paredes y se dejó transportar hacia los recuerdos y la nostalgia.

Rick se sirvió otro whisky y lo bebió de un trago. Sirvió otro más, apoyó la botella sobre el piano y la miró como atravesándola o quizás buscando su imagen pasada, como en las bolas de cristal de los cuentos de brujas y hadas. Pero su presente no era cuento ni era hadas y acaso tampoco brujas; era nada. Ella no estaba, ella se había marchado sin mirar atrás.

Sam tocaba. Rick podía sentir la vibración que remontaba el vidrio tallado de la botella, invadía su mano inerte, trepaba por su brazo y ganaba el resto de su cuerpo hasta resonar grave en el centro del pecho, allí, donde él creía que estaba el alma. Alzó los ojos y miró el gran espejo de la barra. Ahí estaba él, demacrado, inexpresivo, fundido en una imagen que era él pero no, una figura desvaneciéndose intermitente y que dejaba lugar a sus labios mudos, alejándose sin mirar atrás, astillándose en mil pedazos, un sol de rajaduras y whisky chorreando hasta el piso.

Sorprendido por el impacto, Sam dejó de tocar, pero luego continuó con la vieja melodía sonando como un antídoto, el elixir del brujo que busca la cura mágica y salvadora para el jefe de la tribu.

-Se fue- dijo Rick, esforzándose por contener una lágrima que finalmente nació y se deslizó impune hasta caer dentro del vaso.

Sam hubiera jurado que ella se quedaría. No podía ser de otra manera. Ella debía quedarse y sin embargo se fue. No esperaba este final. Nadie lo esperaba, ni el propio Rick.

Cuando Rick pronunció la frase obligándola a marcharse, mantenía la secretea esperanza de que ella no la escucharía, de que ella no se arrepentiría ni hoy, ni mañana, ni el resto de su vida. De que él y no Víctor...

Pero ella se fue. Se fue.

Rick sacó fuerzas de donde no la tenía, secó sus ojos y caminó con paso firme rumbo a la puerta. Antes de salir, sin voltearse, le pidió a Sam que dejara de tocar la vieja melodía.

Sam obedeció.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Lennon, Cortázar y el Che

lunes, 1 de septiembre de 2008 2
Fragmento de Maldita la hora que eligen los libros para llegar a mí


Eleanor Rigby - THE BEATLES



Aquél último día fue casi perfecto y lo hubiera sido de no haber tenido un fin. Quizá por el temor que les provocaba ese aroma de muerte que sobrevolaba desde la víspera, cuando supieron de la suerte de Sergio, se enclaustraron en el departamento de Clara y él no salió de allí sino hasta la noche, cuando bajó al kiosco por gaseosas y cigarrillos.

Pasaron la mañana y la tarde tirados en la cama, haciendo el amor y cambiando los discos cuando era el tiempo del impasse. Una tras otra, oyeron las canciones de los Beatles. Y se amaban a la vista de los pósters de Lennon, de Cortázar y del Che. Había también una imagen de Jesús; aunque Clara se riera y lo acusara de torpe, zonzo y cosas así, a él le resultaba un tanto incómodo retozar entre las sábanas delante de un Cristo estigmatizado y con los abrazos abiertos, radiante de casta luz.

Hablaban en susurros, como si el mundo estuviese atento a unas palabras que nacían para morir privadas; a Clara le gustaba pegarse a su cara y jugar al cíclope, como en el capítulo 7 de Rayuela. Hablaban y reían así, abrazados, sintiendo las palabras, a la vez que oyéndolas, porque salían de sus bocas con las formas del aliento, con la humedad de los labios, con el regusto algo pastoso de amor y cigarrillos. Oían a los Beatles, Lennon cantaba Julia. Coincidían en que esa voz como de chiquillo desamparado rogando piedad a la vez que se mofaba de los incrédulos que se la profesaban, debía ser, necesariamente, la que usaba a Dios cuando cantaba. Y reían, reían tanto por esas tontas ocurrencias... reían para olvidar, o para no reconocer que en realidad deseaban llorar.

Sergio muerto, y quedaba lo de Pascualito... Siempre era mejor asirse de Clara, y Clara de él; y escuchar a los Beatles, y soñar con que el tiempo ya había pasado, o que directamente no existía, o que, sencillamente, habían muerto y se encontraban en el paraíso. Un paraíso repleto de pósters de Lennon, Cortázar y el Che; y una imagen de Jesús enmarcada detrás del árbol de la vida, como la foto de los presidentes detrás de cada escritorio de un despacho oficial; Dios era la Nación, el paraíso era el territorio y Jesús el rey.

-¿Y el Estado?

-No habría Estado; Jesús es el rey de un pueblo anarquista.

Y reían, reían tanto por esas tontas ocurrencias...

-Si Evita viviera, sería Montonera -decía Clara.

-Si Evita viviera, Isabel seguiría soltera.

Y cómo reían con esas tonterías.


El Argentino dejó que una lágrima se deslizara, solitaria, desde los ojos hasta la boca. Una sola y mísera lágrima, tan distinta a las del castillos; tan densa. Arthy lo miraba en silencio.


Clara tenía sed. Él le ofreció agua. No, mejor una coca, le respondió. ¿Coca Cola? -se burló él- ¿La bebida de los cipayos? Y sí, tenía ganas de una Coca, y de fumar, además; los cigarrillos se habían acabado.

Él salió de la cama bufando. Buscó el calzoncillo entre las sábanas y no lo encontró. Se puso los jeans sin ropa interior.

-Se me van a paspar -dijo riendo, mientras rebuscaba entre los discos el que deseaba escuchar. Lo acomodó en el plato, apoyó la púa, comenzó a sonar Taxman.

Ella rió:

-Mejor lavate la cara si no querés que el kiosquero se burle de vos.

-Qué tengo- dijo él, pasándose la mano por la boca.

-A mí, lindo.

Él le respondió arrojándole la camisa. Ella hizo lo mismo con la almohada; él se arrojó a sí mismo sobre ella... se besaron despacio, ella le quitó los pantalones que recién terminaba de ponerse; se tocaron como buscándose, o tal vez reconociéndose; actuaban sin apuros, como en cámara lenta, y le concedían al instante la santidad que requería. Sudaban sin excesos, se enredaban en aromas, en el dulce sopor del encierro sensual; cada lugar de la casa olía a sexo. Y jugaban, jugaban a extender el juego en un tácito acuerdo que confirmaron cuando él la penetró en el instante en que Paul y las cuerdas de celos y violines arremetían con Eleanor Rigby (Ah, look at all the lonely people)... Y saber que esa sincronía fue como la gloria.

Y se amaron despacio, concediéndose en cada segundo la eternidad para sentir que sí, que Lennon estaba en lo cierto, que aquello era posible nada más que en un sueño y por lo tanto había que dormir (I´m only Sleeping), o llorar por la vigilia pero de amor, de absoluta felicidad, de explosión que llegaba necesaria, y sentir con la piel, sentir con los dientes, sentir con los ojos, sentir, sentir, sentir con el alma y llegar al cielo, y oír a Clara decirle que lo amaba. Y él en silencio, señalando el Winco, para dejar que fuesen ellos los que le respondieran Love you to. Sí, claro que la amaba; la amaba There and everywhere, la amaba en el cielo y en la tierra, en la luna y en el mar, en el cielo con diamantes o en un Submarino amarillo.

Te amo, te amo, she sai she said, y él también se lo decía, pero sin hablar, sino queriéndola en silencio, creyendo que así era la forma, y que después de todo habría tantos días para decirlo con palabras, tal como ella esperaba, aunque lo supiese superfluo, apenas un anuncio, el titular de una noticia sin novedad; él la amaba así, en silencio, amándola como se ama a un buen día de sol radiante...