sábado, 25 de octubre de 2008

Un día en la vida de un genio (cuento)

sábado, 25 de octubre de 2008 1
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Hay palabras que son como un motor, el impulso que necesitan los genios como yo. Muchas veces comienzo a escribir no ya sin saber hacia dónde me dirijo, sino que sin la menor idea de dónde me encuentro. Respondo a la necesidad de tomar el lápiz (que no es un lápiz) y delinear una tras otra las más bellas construcciones con la única intención de colar en ellas algún vocablo que, en ese momento, por alguna razón particular, me atrae especialmente, como "anquilosado" o "irreversible", para dar un par de ejemplos.

Estas ocasiones, en las que reconozco la voluntad, son valiosas; pero mucho más lo son aquellas en las que, junto con la voluntad, confluye la idea. Hoy por la mañana se daba esa rara convivencia entre el genio y la inspiración.

La idea del cuento, que no se definía ni en su trama ni en su final, me perseguía desde la semana anterior y si bien este tipo de situaciones no llegan a angustiarme como para llevarme al borde de una crisis existencial, son como una piedra en el zapato: una molestia leve pero insoportable. Por eso la euforia de esta mañana: un sueño me reveló la clave que estaba buscando para el relato. Saboreaba anticipadamente la victoria cuando recibí el llamado de Claudia: quería que nos encontráramos para hablar sobre no sé qué problema que la preocupaba, alguna tontería, seguramente. Por supuesto que me negué: no estaba en mis planes desperdiciar en ella el poco tiempo del que disponía para escribir. Claro que no podía confesarle mi verdadera razón, decirle que no salía de casa porque pensaba derramar tinta sobre un papel -según ella lo ve-, así que inventé una excusa que ni yo mismo creí. Cortó sin despedirse y golpeando el auricular.

Inmediatamente olvidé el contratiempo y me dispuse a escribir. Cumplí paso a paso con mi ritual: cargué la pipa, preparé Nescafé (clásico, bien cargado) y coloqué el lápiz cruzado sobre la hoja del cuaderno (el cuaderno, en lo posible, debe estar en uso: prefiero la sensación de continuidad a la de comienzo liso y llano).

"La vida", alcancé a escribir antes de que el teléfono quebrara nuevamente la armonía. Era Claudia, recriminándome la descortesía con la cual la había tratado y maldiciéndome porque no había vuelto a llamarla esa mañana. Fue inútil explicarle que era lógica y materialmente imposible reiterar una acción que nunca había sido ejecutada, ya que había sido ella y no yo quien llamó por la mañana, y encima había sido ella y no yo quien cortó abruptamente la comunicación: volvió a cortar, no sin antes acusarme de cínico y narcisista.

Respiré profundamente para tranquilizarme, di algunas vueltas en torno del escritorio... Ya estaba por el tercer café y la segunda aspirina y no había logrado traspasar las inaugurales "la" y "vida". La voluntad permanecía intacta, pero la idea, después de los llamados de Claudia, me resultaba absurda.

La vida, la vida; qué podía escribir yo sobre la vida que no hubiera sido escrito por otros y con mayor autoridad. Me planteé la posibilidad de transformar el relato en un cuento fantástico; el tema daba y, si no se me ocurría nada más original, siempre estaba a mano el recurso de los fantasmas para justificar lo injustificable. En fin, lo ideal era terminar la mañana con una primera versión más o menos delineada que me permitiera salir de casa con la renovada certeza de que esta ciudad cobijaba en secreto a un gran maestro de las letras, genio oculto por propia voluntad, de modo que me esforcé por convencerme de que la historia que imaginaba, después de todo, era potable; es más: se acercaba bastante a la perfección. Si en algún momento me había parecido absurda, fue porque Claudia llamó para romperme las pelotas.

Regresé a la página. Releí lo escrito: "La vida". Iba a continuar la frase cuando mi subconsciente accionó otra vez el freno. Oí un rumor de voz interior; me alertaba sobre el abuso de la primera persona y del estilo "aquellos años felices" que solía usar para agradar a las chicas y romper el maleficio del profeta en su tierra... (El gran error de todo artista es dejarse influir por la subestima de sus vecinos; y yo también caigo en él: es inenarrable la lucha interna que desaté por la inclusión de la palabra "artista" en esta máxima, al igual que la palabra "máxima", claro).

Si bien aquel estilo me proporcionaba, de cuando en vez, algún cumplido por parte de señoritas a las que admiraba no tanto por su condición intelectual como por sus tetas, me propuse experimentar con nuevas estructuras narrativas; sin embargo, ninguna de ellas me pareció lo suficientemente original como para correr el riesgo de la incomprensión. Para peor, me había encaprichado con una palabra y me tomó horas convencerme de que en esa historia no tenía lugar.

Estaba la idea, tenía la voluntad, ¿por qué no podía escribir, entonces, más que dos palabras, dos repetidas palabras, dos insulsas palabras...?

Opté por tomar un libro al azar y dejar que fuera el mismo azar quien me indicara la página a leer. A veces me "inspiro" leyendo a otros; soy consciente de mi carácter "inspirable". Quiso el destino que seleccionara una colección de cuentos de Haroldo Conti. Con el libro en la mano renegué del azar y busqué "La causa"; releí la historia con placer. Cuando hube terminado la lectura, devolví el ejemplar a su lugar con la áspera sensación de que no era por ahí la cosa y me juré que cuando volviera de mi empleo buscaría algo menos politizado e igualmente magistral; tal vez Bioy, pero quién sabe qué dictaría el azar.

La mañana estaba perdida.

No tiene sentido que relate mi jornada laboral; sólo diré que mi mente no dejó de girar en torno al cuento: la piedra en el zapato. Si hasta olvidé que me había comprometido con Claudia para llevarla a cenar. Mañana tendré que resignar unos cuantos pesos si espero que me perdone.

Pero por qué pensar en mañana cuando todavía es hoy, es ahora, y aún no defino cómo voy a encarar la historia. Ya repasé media biblioteca y nada me "inspira". Mi sistema nervioso está en crisis, pero no bajo los brazos.

"La vida"... Enciendo la pipa y doy vueltas alrededor de la mesa. Y sí, me parece que lo del cuento fantástico, en definitiva, no estaría mal... Con alguna especulación metafísica sobre el ser y la nada.

Podría comenzar por el final e ir "desnarrando" la historia hasta confluir en las dos palabras benditas.

O recaer en el estilo "Aquellos años felices", si no hay más remedio.

Y podría utilizar sin culpa la palabra "consentían", de la cual me enamoré luego de haberla leído en un cuento de Soriano, aquel del penal más largo del mundo ("...las novias les consentían caricias por encima de las rodillas"). Y también aquellas que adviertan a mis potenciales lectores que uno también es un gran lector, como oxímoron y zahir, que gritan a los cuatro vientos: "¡Conozco la obra de Borges!"
O dibujar un relato de aventuras; se me ocurre que no sería difícil si pudiera recuperar un poco de mi voluntad.

Sí, ya no tengo la voluntad que me movilizó esta mañana. La idea, incluso, terminará por perderse en una nebulosa de ideas. Mejor, supongo, ¿por qué escribir algo que sé perfecto? ¿A quién debo probarle nada? Ya lo dijo Dante (como verán, también leí a Dante, aunque traducido y en prosa): "El hombre en cuya mente se agolpan ideas y más ideas, no realiza nunca sus propósitos porque la vehemencia de una amengua el ímpetu de la otra".

Soy un escritor de muchas ideas, sin dudas.

Entonces, para qué insistir en la lucha contra el ímpetu y la vehemencia si, al fin de cuentas, es mucho más sencillo relatar este día en que desperté con la clave de una historia magistral y me abstuve de llevarla al papel porque me basta con saber que soy un genio y no tengo necesidad de andar demostrándoselo a todo el mundo, qué tanto.

sábado, 18 de octubre de 2008

Florencia está furiosa y tiene razón (cuento)

sábado, 18 de octubre de 2008 4
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Boomp3.com


Florencia está furiosa y tiene razón: hace cinco horas que debí haber llegado. No me atrevo a decirle nada, creo que empeoraría las cosas. Aún demostrándole lo irreversible de mi situación, ella me acusaría de farsante y yo terminaría por resignarme a sus argumentos que, por otra parte, tienen una histórica y sólida base sobre los cuales apoyarse.

La contemplo desde mi reposo en penumbras, aquí, donde el silencio que me impongo procura no ser el origen de otro arranque de furia. No puedo enojarme porque haya destrozado los cristales de los muebles y de las fotos que nos unen, ni siquiera hubiese podido culparla por la infantil revancha que intentó cuando quiso quemar mis libros, aunque por suerte desistió. La suerte es para ella, porque no creo que yo pueda volver a disfrutar de la lectura. Nuestra separación es un hecho, sé que ahora nada tendría sentido entre nosotros; tal vez mi atención y mi sentido recaigan sobre otros asuntos... no lo sé, tampoco sé cuánto tiempo me demandará salir de este depresivo estado intermedio en el cuál no se es ni una cosa ni la otra, en el que aún se extraña el pasado reciente mientras persiste la epifánica promesa de un futuro mejor. ¿Merezco ese futuro? No lo sé, tampoco esto sé. Algunos creen que no.

Lo único que logro comprender es que si aún me quedo cerca de Florencia es para no desaprovechar el puente que seguramente me tenderá; Tal vez me atreva a explicarle lo ocurrido en Bragado; podré decirle que esta vez no hubo engaños, y tal vez ella se sienta un poco mejor; aunque es claro que nuestra relación futura sería imposible. Si ocurre así quizá pueda emprender el viaje hacia el sitio que ignoro, seguro de que allí, o antes, durante el viaje, habré logrado olvidarla (o recordarla sin nostalgias ni dolor).

Sin embargo ahora es mejor callar; sé que si intento entablar una comunicación con ella empeoraré las cosas; debo resistir el embate de sus lágrimas, justificadas lágrimas, y consolarme con la excusa de que, cuando sepa la verdad, su frustración será menor... Recién ahora comprendo lo mucho que me ha querido, recién ahora siento lo mucho que la quería.

Florencia ha de haberme amado tanto... de otra forma sería imposible concebir tanta paciencia. Nuestra posición nunca fue holgada; ella trabajaba y ganaba tanto o más que yo, de modo que no fue por miedo financiero que resistió a mi lado. Y si debo mencionar el coraje anímico, es ella la que siempre alzaba las velas -mientras que yo tendía estúpidamente hacia el pesimismo- cada vez que nuestra relación debía afrontar situaciones imprevistas... Definitivamente, Florencia tuvo que haberme amado tanto...

Por eso llora, por eso tanto dolor; es que aún me ama... y yo a ella, maldita la hora en que tomo conciencia... Está furiosa y tiene razón, cree que esta noche también la he traicionado, hace cinco horas que debí haber llegado a casa. Si pudiera decirte ya mismo que estás equivocada, Flor, si pudiera restañar alguna de tus lágrimas... Si pudiera evitarte ese suspiro entrecortado que se clava en mi pecho y me quita el aire que respiro... Florencia, esta noche soy inocente, pero tu error no me justifica delante de tus lágrimas, porque esas lágrimas saben a pasado, a mujer que se ha quemado con leche y cada vez que ve mi foto imagina una vaca... De manera que trago mi culpa en silencio; es mejor así. No es momento de hablar. Tal vez durante la mañana, cuando el sol te consuele (el sol siempre logra reanimarla), me atreva e enfrentarte con las palabras que ahora censuro para no aterrarte y obligarte a las pastillas, al exceso... es que te hacen tanto daño, Flor... aunque no tanto como el que te he provocado yo...

De todas las mujeres que pasaron por mi vida, Florencia es la única que merece llamarse MUJER, así, con las letras en mayúscula. Si alguna vez me mintió, no fue para ocultarme un desliz de su parte, sino para disimular frente a mi estúpido orgullo (los orgullos siempre son tontos, imbéciles... pero es mejor decirlo, es mejor aclararlo una vez más) alguna acción que, al fin y al cabo, terminaría por beneficiarme; pero Flor me conocía mejor que nadie, sabía que yo nunca aceptaría nada que no pareciera haber conseguido con mi propio esfuerzo aunque esa nada fuese indispensable para mi vida, de modo que ella actuaba en silencio sólo para mí, ocultando verdades sólo por mí... y yo le mal pagaba, siempre le mal pagaba, como aquella primera vez con Aldana; la traicioné con Aldana con un placer enfermizo, sin pensar en ocultarlo, incluso dejando huellas más que obvias para que Flor se enterara: es que yo me había fabricado la excusa de la venganza. ¿Venganza de qué? ¿Por qué? ¿Quién sabe? Ya no recuerdo las razones que pergeñé, fueron tantas: un saludo amistoso a cualquiera me servía para dispararle una escena de celos que actuara como cortina de humo y me permitiera huir de casa, de una noche más en casa, de una noche más con Flor... (Daría tanto, hoy, por una noche más con Flor). Aquella primera vez no sólo satisfice mi deseo con Aldana, su amiga, sino que además construí un insoportable comportamiento adictivo en el seno de nuestra relación. Ella me amaba sin condiciones, y yo le pagaba engañándola sin discreción, e incluso ofreciéndole un trato agrio si ella me insinuaba algún reparo... ¿Por qué me quedaba con ella? ¿Por qué me emperraba en lastimarla de esa manera? Porque la amaba, es ahora que lo descubro. Un amor enfermizo que necesitaba de su dolor para existir solapado en mi alma. Entonces yo me decía (antes también me hacía las mismas preguntas) que si me quedaba era porque no merecía la pena cambiar de hábitos, que mi casa estaba bien porque allí estaba mi ropa, mi cama, mis libros, mi música, la comida exquisita que a pesar de todo Flor me cocinaba, el sexo de algunas noches, cuando Aldana o Luciana o Martina no estuvieran para mí...Allí estaba mi vida entera, una vida que había demandado décadas construir y no me resignaba a destruir...

Sin embargo ahora sé que la amaba, de qué otra forma puede explicarse que resista, aquí en las sombras, el dolor de Flor, el llanto de mi amor... Si por mí fuera, si sólo por mí fuera, entonces soltaría todos mis argumentos, las pruebas irrefutables de mi inocencia de hoy, la confesión de amor que sin dudas me engrandecería, y entonces podría marcharme tranquilo y crédulo, internarme en el túnel de la luz distante con mi justificación como santo y seña... Pero es por ella, persisto sólo por ella.

Ahora es mejor callar, simular que sigo ausente para no desatar una tormenta peor. Me cuesta tanto resistir el impulso de acercarme y acariciarle el cabello, de abrazarla y besarla, desnudarla lentamente e introducirme en ella, para siempre en ella, en lugar de aceptar este destino incierto que me dejará irremediablemente distanciado... Me cuesta resistir el impulso, pero mucho más me cuesta aceptar la idea de que ella no me permitirá la cercanía, tampoco acariciarla, ni desnudarla: ella no sabría soportarme delante, mucho menos dentro suyo (¿cómo exigírselo si ni siquiera yo fui capaz de soportarme?). Además, ¿poseo la gracia de una caricia, de un beso, de algún sentido que no sean esta pena y esta culpa? Mejor no averiguarlo, no por ahora al menos; yo tampoco me creo capaz de soportar tanta verdad... Entonces el silencio momentáneo, entonces esperar con un cachito de Fe, con la esperanza de que Flor podrá comprender lo ocurrido y entonces sentirse menos frustrada, menos triste, más mujer... ella, que es tan MUJER.

Si al menos llorase con énfasis, si al menos su llanto fuese histérico, entonces sabría cómo esquivarlo, conozco las mañas de ese enemigo... pero Flor llora en silencio, como estaqueada el alma en la pena, alma resignada al dolor...Su mirada es pétrea, toda su cara es rígida; hay un leve movimiento de hombros que delatan la respiración, por lo menos sé que ella respira... Está tan bella con el vestido negro, con el cabello recogido; Florencia es tan bella. Había preparado una noche especial. A ella le gustaba llamar así a las noches en que me regalaba con un plato exquisito a manera de perdón... Esto ocurría cada vez que yo dejaba de engañarla por un tiempo; no es que se lo dijera, pero de la misma manera que le insinuaba las traiciones, también dejaba entrever los períodos de arrepentimiento y deseos de redención... Y ella, alma divina, siempre me perdonaba.

Ha de haberme amado tanto...

Y ahora todo es inútil, ahora cualquier intento de mi parte sería vago e inútil, la distancia es irreductible y carezco de argumentos, más allá de mi condición, para construir una excusa que la libre de todo mal.
Tal vez mañana, pero quién sabe. Yo no lo sé.

Nunca imaginé que Florencia pudiera excitarme en esta condición, sin embargo su belleza me arroba, su tristeza, como antes, actúa de un modo enfermizo y me empuja hacia ella. Me empuja, me empuja, me empuja... ¡No! Debo contenerme, no estoy aquí por mí, sino por Florencia. Debo contenerme. Es ella la que necesita el consuelo, no yo. Mi culpa no tiene remedio, pero la suya es innecesaria, es irreal, injusta. Ella no debería sentir culpa. Flor es una MUJER y no creo que arrojándome sobre ella para beberla e introducirme sea la mejor forma de reconocerle su don.
Entonces esperar. Hasta la mañana, cuando el primer sol la revitalice; o hasta la tarde, un minutos antes del crepúsculo, cuando su espíritu se haya amoldado a la idea de un nuevo fin... Uno más y van...

Siento el aroma de su perfume que llega casi insinuado, como si fuese una presencia muda, mucho más sutil que la mía. Es una aroma de flores, de Flor, una fragancia que sólo a ella le sienta y que sólo en ella podría reconocerse. Puedo saborear esa fragancia, es el estigma de sus lóbulos, del comienzo de sus senos, es un mensaje que sólo a mí me corresponde, es el perdón que me tenía reservado. Ha de haberme amado tanto... Y ahí estás, Florcita, esperando desde hace cinco horas, harta ya de la carne fría y el vino tibio, proyectando tu calvario en esta solitaria madrugada de bruma y penumbras como aquella de Getsemaní.

Tan bello el aroma... tan triste esa lágrima negra que cae de tus ojos y dibuja una línea imperfecta que se diluye y se pierde entre tus labios... Quisiera abrazarte, Flor, y decirte que te amo, decirte que siempre te he amado, y que, aunque hoy no he sido culpable, nunca merecí tu perdón.

Tu pena me empuja hacia a vos, y tu belleza, y tu aroma, y el surco de rímel que divide tus pómulos... Todo, Florencia: también el silencio, el dolor mudo... Ya no quiero esperar, Flor, ya no...


Suena el teléfono, qué oportuno. Está bien así, Flor, no respondas, no son horas para llamar. No, Flor, dejalo que suene, ya se van a cansar...
Pero... En fin... Flor se ha parado y camina hacia el living. Está bien, si ese es su deseo, está bien si lo que quiere es hablar, si lo que quiere es no pensar en mí... Pero, ¿por qué tiembla así? ¿Por qué temblás así, Flor? ¿Por qué tu cara se ha desencajado de esa manera? ¿Por qué ahora corrés hacia el cuarto y te arrojás sobre la cama? ¿Por qué ese nuevo dolor, Florencia? ¿No será que...?

Sí, es claro que sí; a estas horas; es claro; y de esa manera tan destemplada... SE LO HAN DICHO...

Ya no tengo nada más que hacer aquí.

Me voy en silencio; es mejor así, no hubiese sabido qué decir, de qué manera presentarme, además con estas fachas, con estos magullones, Florencia. Es mejor así, a vos siempre te impresionaron la sangre y las heridas.... Este de aquí ya no es Eduardo, éste de aquí soy yo. Es mejor así... Es mejor así.

sábado, 11 de octubre de 2008

Egotismo y otredad

sábado, 11 de octubre de 2008 1
Fragmento de la novela La Mala Fe




Killing An Arab - The Cure


Me tiré sobre la cama con los brazos detrás de la nuca; el techo era alto y blanco, pendía de él un cable en cuyo extremo estaba el foco de luz. Con la mano cubrí la luz directa y observé las telas de araña que atiborraban las esquinas, grises ya de tiempo y tierra, repletas de puntitos negros que supuse moscas deglutidas. Pensé en Leticia, que le teme tanto a las arañas. Y cuando llegó Leticia llegó el mundo que hubiese querido dejar allá, en casa, al menos durante los días que permaneciese en el pueblo. Pero no, allí estaba para quedarse; uno es así, se acompaña donde vaya y se lleva toda su vida; uno es así, pensé en voz alta, y cerré los ojos para contemplar los destellos amarillos que se formaban en el revés de mis párpados; “esta será una noche muy larga”, me dije, pero esta vez sin hablar.

No pensaba, no podía pensar. Es decir, no podía desligarme de ninguna de las decenas de ideas que se agolpaban al unísono para por fin dedicarme a ella y nada más que a ella. Era como cuando se acumulan los libros nuevos, los artículos, los apuntes de tal o cual materia que deseo estudiar; se acumula el material y porque querría saber lo que contienen con sólo pasar un dedo sobre el papel, porque la urgencia por conocer es tanta, basta con abrir un libro de los tantos para que la presencia de los otros me impida concentrarme en la lectura. Por qué éste libro primero si aquél otro es tan interesante y urgente como los demás, al igual que las revistas y los diarios y las fichas apiladas. Y termino por no leer ninguno a la espera de que mi mente se aclare y se concentre. Es igual con los pensamientos, lo fue aquél día, lo es ahora mientras avanzo en el relato de esto que ya no sé si es diario, confesión, o una novela de pura ficción (perdón por la rima). Estaba (está) Leticia; estaban La Rosa, los Eleuterios, la puerta velada (el recuerdo del cuento de Cortázar), el foco encendido al despertar, la planificación del próximo día, que no podía caer en saco roto como éste. Un ruido interminable de palabras, mi mente en ebullición. Nada bueno podría salir de allí. Casi siempre, en esos momentos, concluyo en que sería mejor morir; de una buena vez, morir. Pero qué gano con matarme, qué gano con negar la curiosidad que siento por los instantes futuros, aunque los sepa semejantes a los de ahora y a los pasados. Por qué morir, después de todo, sin una buena razón que justifique mi vida. Por qué morir al ñudo y que el mundo siga su rumbo, cuesta abajo, para también un día morir asesinado.

No iba a evaporarme esa noche en el cuarto de la pensión, ni ahora, ni mañana. Puedo asegurarlo. No iba a dejar que la estupidez, mi estupidez, fuese más fuerte y astuta que mi estúpido idealismo. Estupidez por estupidez, prefiero la segunda.
Tomé un cuaderno de mi maletín y me puse a escribir:

“La pregunta más importante de la filosofía, según Camus: ¿vale la pena la vida?

¡Que valga la pena morir!

“¿En qué piensan los que nada se cuestionan? ¿Cómo logran ser felices en el engaño al que se someten? Los envidio. Por más que me esfuerce, jamás podré sacarme de encima la idea de que todo carece de sentido, y en esto sí Camus tenía razón. Incluso esta búsqueda carece de sentido. Esta necesidad de un buen motivo para que mi muerte... para no sentirme un cobarde, para que morir no sea una huida, sino una ofrenda. ¿A quién? ¿Quién merece mi muerte?

“Esto también es un juego.

“Vivir jugando. Jugar viviendo. Jugar en serio. Tomarse la vida en broma y la muerte para la chacota; esto también es un juego pero no me lo creo. Voy a morir. ¿Quién merece mi muerte? ¿Yo? Es casi como decir que merezco morir; qué absurdo. De todos modos voy a morir.

“Desearía creer, en cualquier cosa. Tener una fe, política, filosófica, religiosa. Pero en nada ni en nadie creo. ¿En qué creen los que creen? ¿Por qué creen? ¿Realmente creen? ¿Cuántos de los que se dicen miembros de tal o cual Iglesia confían en las decisiones que ha tomado su Dios? ¿Cuántos de los que adhieren a una filosofía son capaces de llevarla a la práctica en sus vidas sin que se les caigan las medias? ¿Cuántos de los que adhieren a una idea política permanecen fieles a ella una vez abandonado el dulce encanto idealista de la veintena de años? ¿Cuántos son capaces de seguir ascendiendo en la cuesta de la fe, con las fuerzas y el alma incorrupta, una vez atravesada la cuarentena?

“Me engaño; juzgo a los otros tomándome como ejemplo. Me falta la otredad de los antropólogos, mi filosofía es egotista.

“Hoy es un día y mañana el mismo. La otredad de mi Tiempo dónde está”.

sábado, 4 de octubre de 2008

En mi bar secreto

sábado, 4 de octubre de 2008 1
Fragmento de la novela Cosquillas en el Culo de San Minuto de las Horas Simples


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Pongamos que sí; pongamos que existen esas fuerzas extrañas de las que hablamos con risas de burla por simularnos crédulos de lo que, en el fondo, sospechamos cierto. Pongamos que una voluntad ajena a las nuestras se disputan nuestro destino; que unas pugnan por encontrarnos, las otras por separarnos. Algunas veces, cuando parece que vamos a coincidir en el camino y de pronto algo nos distancia –un motivo banal, tan estúpido que nos deja perplejos e imposibilitados de rebatirlos–, esas veces percibo un aroma como de trampa, las que nos tienden los del bando que nos prefieren distanciados. Otras, en cambio, hasta el más mínimo traspié nos obliga a reencontrarnos. Y aquí, creeme, no sé si son artilugios de nuestros aliados o una sutil maniobra de los enemigos, para luego disfrutar con mayor gusto el seguro desbarranco.

Podrán parecerte, estas palabras, desalentadas. Pero en verdad no me siento tan abajo. Me senté a reflexionar mientras tomo un café con leche. No estás acá, en la misma mesa de mi bar secreto. Sin embargo, me domina un algo como alegría, o esperanza, o sensación de estar haciendo lo correcto. Cómo saber qué es; podría ser cualquiera, todas, ninguna. A juzgar por las frases que escribo, no hay ninguna y habrá que darte razón: desaliento. Pero no, insisto. Estoy casi feliz. Sí, es una casi felicidad, un optimismo tal vez necio, pero optimismo al fin.

Sé que el buen ánimo transforma mi cara. Y que atrae a las personas, amigos o conocidos. Estas mismas personas, te acordás, disparaban de mi lado cuando la tristeza me ganaba el alma; y yo que creía disimularlo, con esa tonta sonrisa siempre a mano... Esa atracción y ese rechazo tal vez sean parte de aquellas fuerzas que negamos. Fijate, si no, cómo se pegaba a mi lado María cuando por los poros se me iba la vida; era como si se alimentara de mi tristeza, como si cada uno de mis gestos por negarla le abrieran las puertas de mis fuerzas para que ella se las tragara y las usufructuara. María, un vampiro. Maríácula. Siempre de noche. Haciéndome noche. En cambio ahora, que mi cara no se esfuerza por mentir un bienestar, ahora que brillo hasta en el color de mis ropas, Maríácula se ha evaporado.

Brillo, sí, pero no es el brillo que te agrada. Sé que cuando dibujo esta palabra, cuando pienso en ella, en el concepto a la que la ligo, no es la misma que vos usás. Tu brillo necesita ser cáscara, corteza palpable y digerible con los ojos; el mío nace desde adentro y se conforma con sólo ser; no se ve, se siente. No puedo, sin embargo, enojarme con vos por eso: es tan brillante tu corteza.

Hay una chica, en la otra mesa, que me mira disimuladamente. Es bonita y se oculta detrás de un libro, de unos anteojos, de su timidez. Yo también soy tímido y le ahorraré el mal momento de las primeras palabras torpes, aunque ella tal vez desee que me acerque; tal vez yo mismo lo deseo. Me digo que no porque estoy hablando con vos, y aunque cierto lo sé excusa. Ella es una mariposa y necesita de luz, de ese brillo que tengo la sensación de irradiar y no sé por qué, si no estás; si hoy también nos han distanciado esas putas, esas bastardas. Ahora me siento bien y cometo el error de confiar en el futuro.

Se me ocurren muchas cosas, el tipo de ideas que te hacen reír por absurdas (tan diferentes, vos y yo; y sos tan hermosa). Pienso, por ejemplo, que podría dejar el cuaderno, este cuaderno desde donde te hablo, para que cada uno que así lo quiera vaya agregando sus historias, sus palabras a esa otra persona que quiere cerca y no está. Podría hablar con Laura, la moza que atiende en este bar, y pedirle que lo conserve siempre dispuesto para quien lo quiera utilizar. Podría, incluso, iniciar una campaña sutil revelando entre líneas la existencia del cuaderno, para que sólo aquellos que supieran leerlo se enteren. Porque sólo aquellos que supieran leerlo, serían capaces de continuarlo.

Cómo fue que caí en esta idea absurda, si sólo quería reírme un rato de las fuerzas que nos engañan y hacen que vos te hartes. No sé cómo, pero más lo pienso y más me gusta la idea. Qué tal si condicionáramos a que escriban sobre nosotros. Saben ahora que hay fuerzas extrañas, amigas y enemigas; saben que te quiero y puedo hacerles creer que vos me querés a mí. Saben que brillo por dentro y que vos preferís el otro brillo. Todo esto lo saben, lo demás que se lo inventen.