sábado, 29 de noviembre de 2008

Es el ánimo

sábado, 29 de noviembre de 2008 5
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Fragmento de la novela La Mala Fe


Adiós, querido maldito pueblo, nos volveremos a ver.

Ahora aquí, otra vez.

Otra vez.

Es el ánimo, viejo. Como un lampazo abandonado en el rincón, humedecido por un resto de agua sucia en el balde de chapa abollado. O es el día, de llovizna fina, casi invisible si no fuese por los reflectores de la avenida, que tiñen el cielo de un color amarillo espeso, terroso, a contramano de toda lógica física y cromática. O es el tiempo, que transcurre sin esfuerzos, que se ríe de los nuestros. No, no sé por qué esta manía de pluralizar los efectos de unas circunstancias que sólo a mí parecen afectar. Allá, afuera, en el aire, en la libertad simulada; allá donde los barrotes son tan sutiles pero nada piadosos; allá donde uno cree que nada termina y es inmenso y sin embargo hay límites en cada final de calle, cada comienzo de barrio, cada continuidad de los espacios; allá donde me figuro que deben de correr los vientos que traen tu aroma, tu presencia que me esfuerzo por imaginar acá; allá es donde quiero y no quiero estar. Allá es el desamparo de esa lluvia esta noche; acá son estas palabras; allá es el fresco de un enero hasta ayer sofocante, acá es el libro que leía y esta música que escucho; allá son rostros anónimos, sonidos informes, acá es Dostoievski ayer, Kundera hoy, y el bandoneón de Piazzolla desmintiendo el azar.

Es el ánimo viejo, y la angustia por haber creído perdido el fueguito, el motor que me movía a escribir y de repente ¡zás! acá conmigo apenas empecé a llenar de palabras la página; y esta otra angustia, la de haber empezado por vos, la de andar rumbeando para lados que ya se recorrieron antes y mejor, la de haber querido esa historia virgen para poder decir sin culpas, en el primer párrafo de la historia: ¿Encontraría a la maga?

¿Por qué el potencial? ¿Por qué no mejor: encontraré a la maga? Sutilezas, astucias en la narración de un pasado que se pretende desconocido y por venir. Está claro que yo no soy Cortázar ni estas páginas Rayuela. Está claro que tal vez ni siquiera sean novela, o cuento, o nada, andá a saber en qué terminan, dónde terminan.

Es el ánimo, viejo, de un cuerpo joven y un alma como escarcha en pleno verano.

¿Cómo explicar los desniveles? ¿Cómo decir que ayer una sonrisa y hoy un desconsuelo? ¿Cómo sostener la exposición si mañana de seguro andará de nuevo esa mueca que hoy me parece imposible? No he llorado, ni pienso hacerlo; sin embargo, siento en los ojos la resaca de las lágrimas. Quisiera decir que es por vos; pero no, lo siento, es por mí. Es en este tipo de sentimientos en los que cuesta reconocer el egoísmo.

No me pesa la muerte prematura, no me acongoja el pensar que tanto, tanto te quedaba por vivir. No, sólo pienso en mí, en esta soledad sin remedio; porque eras vos el único elixir que la anulaba, la hacía impensable otra vez en mi vida.

Claro que voy a sonreír; claro que pasará la tormenta y otro cuerpo se enredará en mis manos; claro, pero ahora, hoy. Claro, los duelos. ¿Tan seguro estoy de todo esto? Sí, lo estoy, porque si algo aprendí de la vida es que todo pasa, como la vida. Y esto también pasará, antes, durante o después de la vida.

–Manuel– decís, oigo tu voz.

–Qué– respondo mecánicamente, absorto en la página, en las manos, en las teclas: las palabras.

–Manuel–repetís, y no hay más urgencia que antes en tu reclamo, como si hubieses pronunciado el llamado por primera vez.

–¡Qué!– respondo irritado, ya sabés cuánto me molesta que me arranquen de aquél otro país. Y giro para encararme pendenciero con tu mirada ambarina.

Una caricia de aire se escurre entre mis cabellos, tu figura intermitente e indecisa, una brisa apenas perceptible cruzando mis ojos; y de pronto nada, tu ausencia, la conciencia de que mi país, el de las palabras, las ideas, los lamentos y los sueños es tan, tan similar a ese de allá, este de acá donde se asientan sobre sólidas estructuras los anaqueles de las bibliotecas, las tablas de los escritorios, los respaldos de las sillas, las huellas de tus pasos.

Es que allá, acá, están las bibliotecas, los escritorios, las sillas y las huellas; pero no tus pasos, y mucho menos vos, ni tu aroma, ni tus dedos como suaves varillitas enroscándose en mi pelo. No, no estás, ni yo tampoco. Yo no soy, no puedo ser ese lampazo húmedo y sucio, esa escarcha en el verano. No, ése no soy yo. Es el ánimo, viejo. No soy yo.

Qué bueno sería una lágrima ahora. De pronto recuerdo aquél bar en el que actuaba la banda de Jazz de Oscar Mazerath, aquél al que sólo se iba a picar cebollas.

Qué bueno sería.

Salgamos (no sé por qué pluralizo). Mejor salgo de acá antes de que las ideas se confundan y las causas se magnifiquen. Mejores tristezas hubo en el mundo, mejores almas sangrantes; lo mío es tan egoísta, tan espantosamente egoísta. Mejor salgo de aquí; si he de morir, no será por mí. Mejores razones hay para morir, aunque me cueste detallar una lista de una.

–Manuel–volvés a llamar, tan suavemente como la primera vez.

–¡Basta!–grito; y salgo, dando un portazo, a la calle de una ciudad que me es conocida y hostil.

Garúa; es de la clase de lluvia que ni siquiera sirve para mojar, decimos, y al rato empezamos a estornudar; la ropa húmeda y fría y uno sin saber cómo, en qué momento, aunque, claro, sí por qué. Enciendo un cigarrillo que (me tienta decir que sabe a pañuelo de plomero, pero esto ya lo dijo Chandler) me seca el paladar y arrastra desde adentro un sabor acre y pringoso, persistente. Lo mantengo encendido, entre los dedos, pero no volveré a pitarlo. Más tarde me asqueará sentir en mis manos el aroma de este sabor desagradable.

Hace poco que ha oscurecido y, sin embargo, descubro al mirar mi reloj que han pasado de las diez. Los bares están desiertos y las heladerías cerradas. Es esta lluvia, este lado de las cosas, el ánimo, la estopa del lampazo, qué sé yo. Es lo que es, la calle vacía, algún auto cerrando el cuadro en mitad del horizonte. Ni el ladrido de los perros, ni la alarma de algún auto caído en desgracia, ni la charla descuidada de las viejas chusmas que hay en todas la cuadras. Nada, sólo yo, la lluvia, el cigarrillo desabrido y el chasquido de mis pasos sobre los charcos de la vereda. Es cemento, no dejo rastros. Sólo tus pasos dejaban huellas. Sin embargo yo acá, y vos dónde. Yo acá. Yo. Nada más. Nadie más.

–¡Aaatchíis! –(¿Cómo, en qué momento?)

–Salud–me decís.

No te respondo, en el fondo me molesta que insistas en hablarme cuando está tan claro que ya no sos; que tus huellas ahí y ya no sos.

–¡Aaatchíis!

–Salud–insistís.

–Por qué no te vas un poco al carajo–te digo, entre dientes, justo al paso de una señora y su perro de revista Caras (aunque éste no se asusta ni se escandaliza).

–¡Guarango!–dice la vieja.

No le doy mayor importancia y sigo mi camino. Tal vez algún día lamente mi comportamiento: la mujer es la dueña del almacén donde ya no espero que me fíen.


Es el ánimo, viejo, me digo.


En la avenida las cosas no están mejor; hay más luz, reconozco, pero es esa cosa que enturbiaba el cielo y ahora lo ciega. Tanto blanco, tanto amarillo, tanta negación del día muerto para qué, para quién. Nadie, excepto yo y ni siquiera, porque no soy yo: es el ya sabés.

¿Te hablo a vos que no estás? ¿Me hablo a mí que no aparezco? ¿Habla quién?

–Aaatchís–sin dudas soy yo el que moquea.

–Salud– y sos vos la que responde.

Pero quién, quiénes.

Me sigue la música, también. Me sigue la melodía de Piazzolla. Qué bien me haría una puta lágrima.

Hacia dónde voy. Voy hacia el río. Siempre que camino creyéndome sin rumbo enfilo hacia el río siguiendo esta huella que no es la tuya, o tal vez sí. Voy hacia el río, donde el cielo es gris, y es noche, y no hay luces que la desmientan o la confirmen. Voy hacia donde creo sentir que las cosas fluyen, como el agua, como las vidas que todavía viven. Es apenas eso, una creencia, una fe diminuta, al menos ahí sí la fe. Aunque mala, ahí sí.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Juan Salvador las pelotas

domingo, 16 de noviembre de 2008 8
Primeras palabras de la novela Juan Salvador las pelotas





Mi nombre es Juan.

Existo desde siempre sin treguas ni consuelos.

Ahora mi nombre es Juan.

Juan Salvador.

Así me bautizaron quienes me engendraron en esta vida.

Antes fui llamado Anak, y Boris, y Claude, y Lépidus, y Andrei, y Muhabasana, y Aristófanes y...

Fui tantos siendo el mismo!

No tengo paz.

Mis muertes son arduos pasajes entre vidas de un mismo existir.

Jamás tuve descansos; ahora tampoco olvidos.

Soy consciente de todo lo que ha procesado mi cerebro desde que me solté de las ramas...

Todo.

Lo que aprendí, lo que negué, lo que inventé, lo que destruí.

Todo.

Cada saber acumulado, cada error, cada traición, cada gloria.

Todo.

Y aún así, ese todo no es Todo; la carga de angustias crece con cada vida, abruma, y no vislumbro un fin.

Alguna vez, llamándome Grock, padecí de insomnio; sufrí el espanto cada día, cada noche; mi alma pedía tregua y nada se la concedía.

Fue apenas un rasguño.

Nada en comparación con mi condena, con este desvelo que me impide vivir mis muertes.
Vivir mis muertes, sí: no hay otra manera de expresarlo.

No, no, no hay desde que esta situación es extraña a las palabras; en ningún idioma he hallado la expresión que se aplique a mi eterna metempsicosis consciente... Y he vivido todas las lenguas.

Sólo yo sé cuánto sufro mi conciencia.

Ésta es la gracia del Gran Jefe, mi condena.

Dios me ha condenado...

Dios...

Nunca me fue dado verlo.

Pero en verdad os digo que nadie de los que he conocido, aún aquellos que vivieron santamente sus vidas, llegaron a estar con Él.

Es mentira aquello de la gran luz cegadora, de la inmensa paz, y del coro de ángeles extasiado con su presencia.

Absoluta mentira.

Sólo hay el entramado de pasajes negros y silenciosos, un laberinto cuyas falsas puertas conducen a prisiones de espacio y tiempo.

¿El cielo, el purgatorio, el infierno? Bien, gracias.

¡No hay nada!

Nada.

Salvo los calabozos, que son el ciclo repetido, las formas, los colores, los aromas, los sabores, el silencio y el ruido, las palabras y los conceptos, la memoria y la culpa, los planes y el temor.

Esto es lo que es.

Ahora es.

Siempre es.

No hay comienzo, no hay fin.

No hay premios ni castigos.

No hay un Plan ni el esbozo de un orden para el azar.

Hay un caos sostenido por la prisión y el laberinto; somos las cuentas coloreadas de un gran calidoscopio que inventa figuras para diversión de Dios.

Si hubiera paz, habría inmovilidad. Si hubiera bondad, habría inmovilidad. Si hubiera humildad, habría inmovilidad. Si hubiera amor... Si hubiera amor también habría inmovilidad.

La inmovilidad aburre a Dios.

¿Cómo explicar que la inmovilidad debiera ser el objetivo de la verdadera revolución? ¿Y cómo decir que esa rebelión sería contra el Gran Tirano?... Lo he intentado miles de veces, y Él, astutamente, cada vez ha frustrado mis planes.

Él no desea más que vernos sudar, temblar, llorar.

Él nos quiere acá, a los saltos, obedientes a su juego; y nos enseña la sumisión a garrotazos...

La vida que Dios propone es una capciosa enseñanza de la perfección; se debe estudiar de un libro cuyas páginas son infinitas y la eternidad es el único tiempo posible para leerlo (ya hubo quienes intuyeron el tal libro, de modo que no sería difícil chequear en bibliotecas este testimonio); la suya es una cátedra en la que nadie pasa la prueba final.

Habrá quienes superen parciales, pero nada más.

Se ha ensañado con nosotros, los hombres: nos ha obligado a existir engrillados a la conciencia.

Y yo soy consciente de cada una de mis vidas en esta única existencia.

Con cada una de las postas aprendí que la muerte es nada, un absurdo, como la vida.
Aprendí y Él lo supo desde siempre: mi castigo es la memoria y el descrédito...
Alguna vez me llamaron Casandra.

Yo todo lo sé, todo respecto de mí, de las consecuencias, y así las cosas reitero el mismo error en cada existir.

Mi karma es la obcecación.

Desde el primer día de mi (no se si llamarlo) despertar me he emperrado en querer demostrarle a los hombres que Dios nos está esclavizando, que somos sus bufones, unos enanos groseros y deformes encerrados en un laberinto tramposo, porque no tiene salida, y atroz, porque sin muerte, acumula en los ánimos la infinita esencia del dolor.

Estos hombres, aquellos hombres, los hombres, jamás me han querido escuchar y cada vez me han vituperado, torturado, ingenuamente matado; tantas veces reboté contra la sordera, que llegué a considerar la posibilidad de ser yo el equivocado; acosado por la culpa, me sometí a las más aberrantes vejaciones que un ser puede auto infligirse: caminé descalzo sobre la ardiente arena del desierto, penetré mis manos con clavos para imitar los estigmas de Aquél que todos llaman su Hijo, me azoté en las mañanas para castigar la sustancia de mis sueños, me azoté en las noches para templar mi alma y no caer en la tentación de esos sueños, lamí las llagas de los leprosos y las secreciones de los cuerpos muertos, hice votos de silencio y castidad que jamás quebranté, ceñí mis lomos con harapos y ayuné meses enteros, oré noche y día de rodillas sobre filosas piedras, me alejé de los hombres para morir en soledad... Pero Él, sin dedicarme unas palabras en compensación por mi potencial arrepentimiento, una explicación sutil, un algo que me permitiera comprender su punto para acatarlo ciegamente o refutarlo con mejores argumentos, me regresó al mundo como siempre: sin olvido y sin paz.

Ya estoy harto de regresar.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Porque quiero ser rey

sábado, 8 de noviembre de 2008 1
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Porque quise ser rey, quise ser Dios, la Providencia, el azar, la moira, el destino; porque quise ser santo, quise ser un ángel, el demonio, los titanes, Teseo , Orfeo desengañado. Y porque quise ser las nubes, la lluvia, el sol, el viento, la noche y el día. Por todo esto sufrí, lloré, tuve fe, reí, morí... y renací... Abrí los ojos por primera vez una tarde de otoño, hacía frío, las hojas de los árboles tapizaban los jardines, era una perfecta alfombra de amarillos, verdes y grises; abrí los ojos y respiré el aire fresco, olía suavemente a tierra húmeda; respiré el aire frío y oí una música lejana, el motor de un auto, el golpe de un martillo; oí la música y encendí un cigarrillo que me supo a nuevo, a chocolate, a savia picante; exhalé el humo y toqué mi piel, la sentí áspera y tensa, expectante. Nací otra vez, nací sabiendo, queriendo creer que sabía; pero de nada me sirvió la experiencia, porque cuando me atreví a caminar de nuevo, quise ser rey, quise ser Dios, la Providencia, el azar, la moira, el destino... Y por eso sufro, lloro, tengo fe, río, y muero cada día.


De La Mala Fe

sábado, 1 de noviembre de 2008

Una clase de historia en el año 3986 (cuento)

sábado, 1 de noviembre de 2008 0
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Hablan crónicas apócrifas de la antigua Grecia, mis queridos alumnos, de un mito hoy olvidado que, sin más pruebas que la tradición y la fe en los informantes, era atribuido al bardo ciego que inventó el Olimpo. Poco se sabe de los cronistas –algunos los consideran siete, otros una docena –, que habiendo recibido el relato de distintas fuentes, lo reprodujeron una y mil veces con sutiles variaciones, contribuyendo a profundizar las dudas actuales y hasta el escepticismo extremo respecto de la veracidad de la especie.

Particularmente yo creo que sí: la fuente original del mito es una página perdida, un eslabón ausente entre La Ilíada y la Odisea. La ausencia del documento escrito favoreció la ambigüedad que suele derivar de toda comunicación oral, de modo que, involuntariamente, sin dudas, se han confundido nombres, tiempos, espacios y circunstancias; sin embargo, más allá de todo error, la sustancia básica del mito ha logrado sobrevivir a cada una de estas crónicas; sorprenden, por otro lado, algunas semejanzas con la letra de los evangelios que narran la vida de nuestra deidad, pero esto es tema para otra lección.

Mejor es regresar a nuestro asunto. Una de las versiones más conocidas del mito, entonces, prescinde de calendarios y geografías, pues el espacio abarca la cima divina y el tiempo es el inmortal de los dioses, aunque en él también los dioses mueran; la que pretendo dar a conocer, sin embargo, tal y como llegó a mí una tarde de invierno regada de buena y helada cerveza, en el puerto de Mykonos, traslada la escena al proscenio terrenal, a la Grecia del autor, y aunque no hace mención del tiempo, de seguro no fue por estos días, el año 3986 de nuestro señor.

Por favor, atiendan mis palabras; luego podrán acusarme de ingenuidad, incluso de falsificador, y con mucha justificación de pereza intelectual, pero jamás de mala fe, aun cuando reconozco haber rastreado los pormenores de la historia habiendo tomado postura y llevando hacia el punto de mejor conveniencia todo documento que logré reunir. He aquí, mis queridos, la saga de Laergos, uno de los tantos hijos de Zeus que ni su padre ni la historia formal han querido reconocer.

Narra la crónica que Zeus, aburrido en su alcázar olímpico, y nervioso por la llama que el titán Prometeo le había logrado birlar, pensaba y repensaba el castigo que habría de darle al héroe por su imprudente atrevimiento. Se le había ocurrido algo así como someterlo de por vida a remontar una cuesta empujando una roca, que por obra de las hasta entonces no descubiertas leyes de la gravedad, caería tantas veces como fuese elevada, calculando la cantidad de viajes de sube y baja en un número no menor al infinito. Quién sabe por qué razón tal castigo le pareció más bien banal y poco feroz para un espíritu como el suyo, cuya reputación vengativa debía defender en cada decisión que fuese a tomar.

Harto ya de la nula inspiración (se lamentaba de que las musas estuviesen tan dispersas y tan lejanas), decidió bajar del monte y entremezclarse con los hombres; tal vez observándolos de cerca –pensó– pudiese comprenderlos mejor y reconocer en ellos sus más profundos temores, con lo cual lograría idear un castigo ejemplar para el entrometido Prometeo. De paso, y ya que tenía todo el tiempo del mundo, herencia de su padre Cronos, vagaría de tribu en tribu para ver de qué modo habían utilizado las bestias groseras la escasa chispa que el traidor les procuró.

Difícil es precisar cuánto estuvo Zeus entre los hombres, ya se sabe de las licencias que se han tomado éste y otros dioses para determinar la extensión de sus jornadas. Tampoco es posible detallar por completo su actividad, aunque los diversos manuscritos apócrifos dan cuenta de unos pocos hechos (pocos en el sistema divino de comensurabilidad, se entiende); es así que Paríamo se explaya sobre todo en lo concerniente al desenfreno voluptuoso del dios y nos deja saber de las andanzas que el supremo protagonizó en fondas y burdeles, desmintiendo, de este modo, a charlatanes como Platón, que por timidez o cobardía, puso en boca del gran Sócrates la absurda creencia de que los dioses estaban más allá de cualquier pasión humana; es que, por si no queda claro, son los humanos quienes padecemos el reflejo de las pasiones divinas.

Otros, como Grofias, tal vez temerosos de la ira del dios, que como todo el mundo sabe, ostentaba y se ufanaba de su ubicuidad, han preferido mostrarlo, paradójicamente, como un visitante preocupado por la psicología social y cultural de los pueblos: lo describen en sus largas noches de observación y meditación, alejado del ruido y de las grandes poblaciones, lo cual, viniendo de alguien acostumbrado al desenfreno y sabedor de antemano de todo lo que es y será en este mundo, nos resulta creíble e increíble a la vez.

Marínaco, por último, y tantos otros que con sutiles variaciones adscribieron a su teoría, sublima la preocupación de Zeus por el plebeyo devenir humano; según este cronista, el dios supremo se aplicó a sembrar los rastros de su divinidad en cuanta hembra apetecible y fértil se cruzó por su camino; el cronista, en un excesivo celo religioso, exalta y agradece la profusión de bastardos nacidos de sangre olímpica; claro que nada menciona de las formas que tomó el dios para presentarse a las mujeres, tal vez sabedor de los remilgos que en los tiempos futuros profanarían la libre sexualidad, de modo que prefiere callar las metamorfosis en toros, culebras, sátiros y vaquitas de San Antonio, entre otros seres reconocidos o mitológicos, de los que yo pude enterarme gracias a mis investigaciones particulares.

Y fue precisamente por ese agotador pero impreciso rastreo personal que logré establecer la unidad discursiva en los hechos ocurridos durante la epifánica aparición pública de nuestro héroe Laergos, bastardo divino que, como tantos otros, fue concebido durante las vacaciones terrenales de Zeus. Muchos son los datos que he logrado reunir; éstos, mayormente, ponen en duda la capacidad intelectual del héroe, lo cual explicaría la decisión materna de inscribirlo prematuramente en una escuela militar de Esparta. La instrucción castrense caía de perlas a sus características psicofísicas, pero se vio obligado a abandonarla a las pocas semanas, debido a que se le declaró una alergia al mejunje negro que se servía de rancho de lunes a lunes, sean tiempos de paz, escaramuzas o guerra. Frustrado en sus nobles aspiraciones guerreras, y en plena crisis espiritual, se inclinó hacia el misticismo pitagórico, vocación que también murió en el intento, pues ya se ha dicho que su intelecto no era de los más poderosos debido a lo cual no congenió con las matemáticas, y si acaso sabía recitar el famoso teorema, según se cuenta, lo repetía como quien reza un Padrenuestro en misa de siete, con la mente en la almohada, sin saber muy bien qué palabras se están diciendo. Nuevamente frustrado en su vocación, o, mejor aclarar, en su errónea vocación, apuntó hacia donde, creyó, encontraría la última oportunidad de justificar su existencia: el atletismo, cuyas máximas competencias se desarrollaban cada cuatro años y se denominaban Olimpíadas, las hoy conocidas como teletones; durante las Olimpíadas, los habitantes de Grecia se reunían en torno a grandes escenarios llamados estadios, desembolsando para el ingreso una cantidad de dinero metálico en concepto de admisión, un símil primitivo de nuestro actual pay pour view.

Sí, mis alumnos, muchos son los aspectos apasionantes en la vida de este semidios, pero es un solo acontecimiento de su casi probada existencia lo que hoy pretendo narrar: el único en el cual la mayoría de los cronistas coincide, aunque no tanto en el hecho como en el lugar.

Diré que me baso en Antípodo, quien sitúa la historia en los arrabales de Atenas, en vísperas de la celebración de los antes mencionados juegos olímpicos, fiestas que los hombres antiguos ofrecían en homenaje a Zeus.

Así como nos resulta improbable, según hemos explicado, que un dios sea salvo de las pasiones mal llamadas humanas, de igual modo ponemos en tela de juicio la aseveración del cronista, que describe a un Zeus histérico delante del frenético movimiento que los hombres desplegaban en su honor. Más apropiado sería suponer un desbordante sentimiento de orgullo, pues estas fiestas determinaban de algún modo el ordenamiento temporal de las polis griegas. Sin embargo Antípodo insiste en que Zeus hubiese preferido para sí unas orgías como las que se celebraban en honor a Dionisos. Envidia en Zeus... En fin, reinterpretando a nuestro cronista, diré que el dios sintió una mezcla de orgullo y repugnancia que lo mantenía al borde de la ira y el perdón, lo cual lo llevaba a reconsiderar la conveniencia de castigar o no al pobre de Prometeo. Tal es así que se vio obligado a mirarse en el reflejo que le devolvía un pequeño curso de agua (algunos dicen que el Leteo) para recordarse el para qué de su estadía entre los hombres, que ya le llevaba varios años, razón por la cual se propuso apurar el trámite, jurándose por sí mismo que aprovecharía el próximo encuentro con un humano para resolver el asunto Prometeo de una buena puta vez.

No había andado mucho desde el juramento, camino a Atenas, cuando se topó con Laergos (en quien encontró rasgos familiares, pero prudentemente prefirió no indagar); el joven atleta iba en peregrinación hacia la ciudad, para participar de los juegos.

Laergos, exhausto por el largo viaje –venía a pie desde Lacedemonia– y apaleado ya por una larga lista de frustraciones, había descuidado el espíritu permitiendo la llegada del miedo y la ansiedad, que en su caso se tradujo en una interminable cagadera, ahí nomás del sendero, detrás de unos arbustos.

El bastardo se sentía debilitado; poco interés tenía ya de llegar a los juegos, seguro de que sus esfuerzos serían inútiles y de que ningún triunfo obtendría en las pruebas para agradar a Zeus.

Zeus, que como ya se ha dicho era un dios, tenía la dudosa capacidad de leer los pensamientos de los hombres; de manera que, sin preguntar y sin saludar siquiera, se acercó y le prometió curar su mal a cambio de un servicio que tendría que prestarle. Laergos, incapaz de sentir pudor con semejante padecimiento, siguió largando las entrañas mientras decía, con voz apagada: “Pedime lo que quieras, troesma, si sos capaz de quitarme este dolor en las tripas, que se siente como si un águila me las estuviera devorando en vida”. Dicen que Zeus alumbró subrepticiamente, gracias a esas palabras, el castigo que Prometeo merecía; aliviado de su carga, sonrió, y al instante le ofreció una manzana dorada del jardín de las hespérides, cuyas propiedades curativas eran de público conocimiento. Como es de suponer, al mordisquear el sabrosísimo fruto, Laergos sanó.

–¿De dónde sacaste esta hesperidina, chabón?

–No te preocupe el cómo, sino el qué.

–Es cierto –reflexionó–, te debo un servicio.

–Ya me lo has prestado, y ha resultado tan bueno que estoy dispuesto a premiarte con algo más.

–¿Quién sos?

–Qué quieres.

Las palabras de Zeus fueron tan aplomadas y apremiantes, que Laergos no dudó en responder:

–Quiero ganar los juegos para agradar a Zeus.

–Y qué necesitas.

–Ya que participaré en lanzamiento de disco y jabalina, necesito las manos de un dios.

–Sea, Laergos, tienes las manos de un dios.

Dicho esto, Zeus desapareció rápidamente, presuroso por poner en práctica cuanto antes el castigo para el titán, dejando perplejo al atleta Laergos, todavía en cuclillas detrás de los arbustos, sin palabras para explicarse aquél absurdo, y lo que era aún peor, sin papel para el menester más urgente.

Laergos, confundido y aún con resabios (en cuerpo y alma) de su antiguo temor, siguió rumbo a Atenas diciéndose en cada paso “en fin, ya estamos en el baile, che, ahora hay que bailar; perdido por perdido, pibe...” Esta técnica de programación mental, que con algunas modificaciones ha llegado hasta nuestros días con el nombre de Método Chifla, le sirvió para vencer los bloqueos internos y finalmente presentarse en los juegos; pero los resultados, mis estimados, los triunfos obtenidos, las coronas de laureles, está de más decirlo, fueron gracias a esas manos divinas que el dios le concedió.

Crónicas más recientes, y por ende menos confiables, difieren en la circunstancias y en la identidad del atleta, al que insisten en denominar Diego Armando Maradona, quien al parecer no sólo hubo recibido las manos, sino que también las piernas de un dios; dichas fuentes dejan entrever la sospecha de que Maradona no era, como Laergos, un hijo no reconocido de Zeus, sino que era el mismísimo Zeus en uno de sus días de peregrinaje, oculto en la figura de un deportista, una de las tantas mutaciones que utilizó para seducir doncellas... Pero esto es difícil de aceptar, aún para el más ingenuo de los historiadores. Sin embargo las sectas maradonianas proliferaron hace un milenio; los integrantes de estos grupos, gentes de una gran espiritualidad, aseguraban que con sus extremidades divinas el héroe obró verdaderos milagros... (Suspiro)... Tan profunda fue la entrega de los integrantes de aquellas sectas que se formaron en torno al mito Maradona, mis alumnos –algo que no sucedió con Laergos–, tan bellas y numerosas las descripciones que de sus hechos atravesaron los siglos, que incluso yo, un escéptico declarado, en mis noches místicas de profundo estudio, me he sentido tentado a rezarle a ese dios... (Suspiro)... Bien, ya es la hora; continuaremos mañana.