lunes, 29 de diciembre de 2008

El aroma de la lluvia

lunes, 29 de diciembre de 2008 2
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Entré por el sector sur, como solía hacerlo entonces. Entre calles se advertía el rumor frío de la próxima lluvia. Siempre sentí algo parecido a las premoniciones cuando reconozco la proximidad de la lluvia. Juego a que no sólo anticipo el agua, sino que también las vidas, el destino. Es un juego tonto, no me deja nada más que la abstracción del momento. Y lo único que llega como lo creo es la lluvia. La vida también, claro, pero como se le canta la regalada gana. De todas las formas que repiten el camino, una de ellas había modificado el marco de mi regreso. En el momento no le di importancia, en realidad no lo había notado porque, como he dicho, estaba jugando, soñando con los destinos. Fue después, cuando até cabos, que noté lo estúpido que fui, tan negligente conmigo mismo. Sí, hubiese debido estar alerta a las señales, todo el mundo habla de las señales, de esa cosa de aviso que tienen algunos hechos, algunas circunstancias que parecen casuales. Sí, debí haber abierto los ojos en lugar de recluirme en las fantasías. ¿No habría pensado mil veces antes de entrar a la casa si hubiese advertido que las ventanas estaban cerradas pero que las luces las traspasaban como si estuviesen abiertas de par en par? Y más aún, ¿no me hubiese bastado con ver luces encendidas en una casa que se suponía vacía? Pero nada de eso, como cada noche abrí la puerta, entré, me quité el abrigo, lo colgué en el perchero y me dirigí hacia la cocina para prepararme un té. Hago una aclaración. Las luces eran visibles desde el exterior, como ahora lo recuerdo y como el señor Ortiz, mi vecino, lo confirma, pero no dentro de la casa. La casa estaba a oscuras. Yo encendí las luces. Vi claramente cómo los focos se iluminaron y replicaron con otras sombras distintas, sombras de los cuerpos y no del espacio: Sí, las luces estaban apagadas cuando entré. Aquí también, me refiero al instante en que encendí las luces, debí haber notado la extravagancia de un haz que cruzaba el ambiente de lado a lado y no de arriba abajo. Hubiese sido natural que las luces de los veladores se izaran en cono hacia el cielo y que los focos de las colgantes se abrieran en círculo sobre la sala y la mesa, lo cual sucedió, en efecto, pero sumado a ese haz que menciono, había una franja amarilla que partía el espacio en dos exactamente en la mitad. Más de una vez noté ese efecto durante el día, cuando la luz del sol se cuela por una franja de los postigos semiabiertos, tal vez por eso no le di importancia entonces. Pero era de noche, pura noche, y las luces estaban apagadas cuando entré. Era de noche y de esto también da fe mi vecino, el señor Ortiz.

Sí, a ver, sí, en efecto, era de noche. Era jueves. Los jueves trabajo hasta muy tarde. Todos los jueves regreso de noche a casa. Era jueves, de manera que era de noche cuando estaba regresando a casa. Además, el señor Ortiz, al menos en estos detalles, no me permite dudar, creo.

Era jueves, era de noche, y estaba solo. Clara, mi mujer, estaba de viaje esa semana. Visitaba a sus padres; ellos son de Trenque Lauquen. Mi mujer estaba en Trenque Lauquen, con sus padres. Había viajado el lunes, con los chicos y no regresaría sino hasta el sábado. Y era jueves, como creo haber mencionado. Y era noche, además. Sí, recuerdo que cuando entré a la casa las luces estaban apagadas. Recuerdo también que las ventanas se veían iluminadas aunque los postigos estuviesen cerrados. Lo recuerdo, lo vi, aunque cuando lo vi venía pensando en otras cosas. Ese jueves, si no me engaña la memoria, llovió. Llovió varias horas después de que yo hube llegado a casa. Y sentí un aroma de lluvia que siempre, siempre, me hace pensar en las premoniciones, y que además me transporta tan tan lejos; cuando huelo el aroma de la lluvia juego a que puedo adivinar los destinos. Sí, todo esto lo recuerdo muy claramente. Y si no, basta con preguntarle al señor Ortiz, mi vecino; un hombre muy amable, vive en la casa enfrentada a la nuestra; el señor Ortiz está dispuesto a decir lo que vio; coincidimos en casi todo; él da fe de que era jueves, y era de noche, y que las ventanas estaban cerradas. Era jueves, sí, porque yo los jueves siempre regreso tarde a casa. Era noche. Estaba solo y las luces de la casa... Sí, estaban apagadas, yo las encendí al ingresar. Primero dejé el abrigo en el perchero y luego encendí las luces. No, primero encendí las luces y luego colgué el abrigo. Sí, ha de haber sido de este modo, porque el perchero está bastante alejado de la puerta; conozco las distancias que hay en los ambientes de mi casa, pero con los chicos, ya se sabe, siempre puede haber algún juguete que quedó en medio del camino y va uno lo pisa y se parte el alma. Siempre ocurren estas cosas cuando uno regresa a casa los jueves a la noche, ocurre si no tiene cuidado, claro. Entonces, como de costumbre, encendí las luces, que sí están cerca de la puerta, a diez centímetros del marco, para ser precisos, y recién después di los quince pasos que me separan del perchero, colgué el abrigo. Clara, mi esposa, estaba de viaje, no sé si lo mencioné. Sus padres viven en trenque Lauquen y ella viajó con los chicos el lunes de esa semana. Fue a visitarlos. Les debía la visita desde hacía diez meses, creo. Yo sabía que era jueves, era noche, y que además llovería (había sentido el aroma del ozono, había experimentado esa ambigua sensación de las premoniciones); y sabía que ni Clara ni los chicos estaban en casa, de manera que no hubiese sido nada extraño que en lugar de encender las luces hubiese aprovechado el descanso que da encontrar la casa de uno en silencio, vacía y a oscuras (algo muy agradable por lo poco frecuente) y dejar la sala a oscuras para habituarme poco a poco a esa paz que no sé si era merecida. Sí, abrí la puerta y crucé la sala a oscuras, me quité el abrigo y luego me dirigí hacia la cocina para prepararme un té. Pero estaban las luces, además; las luces cónicas de los veladores y las luces circulares de las lámparas colgantes. Y estaba esa otra luz horizontal que partía el ambiente en dos, justo a la mitad. Entonces, a ver: abrí la puerta, encendí las luces y me dirigí hacia la cocina a prepararme un té. Me dejé el abrigo puesto. No, no tenía abrigo. Era verano. Hacía calor. Y esa noche se anunciaba en la densidad del aire que habría tormenta. Sentí un aroma de ozono, la sensación de las premoniciones. Hacía calor, las ventanas estaban abiertas por el calor. Yo abrí las ventanas cuando entré; sería una locura dejarlas abiertas durante el día, como están las cosas ahora, se le mete a uno un ladrón y lo deja sin nada. Sin nada. Además, las ventanas estaban cerradas, como puede dar fe mi vecino, el señor Ortiz. Era jueves, noche, a punto de llover, había fantaseado con los destinos, y mi mujer estaba de viaje con los chicos, en casa de mis suegros. Ellos viven en trenque Lauquen. Pero, a ver, un momento: era verano, como quedamos. Era verano y mi mujer viajó a trenque Lauquen en el invierno. Entonces mi mujer estaba en la casa. Lo cual explicaría que las ventanas estuviesen abiertas, y que hubiese luces, tal como afirma mi vecino, el señor Ortiz, un hombre muy amable. Vive en la casa enfrentada a la nuestra. Es el vecino más viejo del barrio. Más viejo no en edad, no me malinterprete, nada me desagradaría más que molestar a mi vecino, el señor Ortiz. Es el vecino que llegó primero al barrio, al menos de los que conozco. Conozco al señor Ortiz. Y al señor Varela, pero con él hablo muy poco; un saludo por las mañanas, cuando nos cruzamos al salir rumbo a nuestros empleos. No sé de qué trabaja el señor Varela. Quizá no trabaja. No lo sé ni me importa. El único vecino que me interesa es el señor Ortiz, un hombre muy amable. Es el vecino de más antigüedad en el barrio, ¿queda mejor decirlo así? No quisiera ofender al señor Ortiz. No, de ninguna manera. El señor Ortiz está de acuerdo conmigo en que esa noche (sí, era de noche) era jueves, las ventanas estaban cerradas y así y todo despedían luz (bueno, él no lo dijo de este modo; él sólo recuerda las luces, pero es lógico confundir ventanas abiertas y cerradas habiendo luces de por medio) y luego, a las diez, un par de horas después de que yo hubiese llegado, se desató una tormenta. Los jueves a la noche llego a casa a las 20. En invierno ya es noche, es noche desde las 18, ya se sabe. Pero en verano todavía agoniza un poco de luz. Yo recuerdo que era noche. De modo que era invierno. Entonces la casa estaba vacía, porque mi mujer viajó a casa de sus padres en el invierno. Es lógico que haya encendido las luces antes de dar los quince pasos que me separaban del perchero. Encendí las luces, colgué mi abrigo (llevaba abrigo, era invierno) y recién después me dirigí a la cocina a prepararme un té. Por supuesto, qué otra cosa más que una bebida caliente se puede uno procurar en los inviernos. Si hubiese sido verano, en lugar de te hubiese ido por una cerveza. Claro que la cerveza también me gusta en el invierno, disfruto más de su sabor que en el verano; de modo que en lugar de té bien pude procurarme una cerveza siendo invierno, como era ese jueves a la noche poco antes de la lluvia. Sí, era invierno porque era noche y mi familia no estaba en la casa. Entonces encendí las luces, colgué el abrigo, me dirigí a la cocina y bebí una cerveza. En invierno acompaño la cerveza con un trago de whisky, tal como hacían los pistoleros en el lejano oeste, bueno, al menos eso es lo que se ve en las películas. Me gustan mucho las películas del oeste, las viejas, no sé si me entiende. Las clásicas. A mi mujer también le gustan. Pero esa noche no vimos ninguna película del oeste; ella estaba en Trenque Lauquen, con los chicos. Viajó el invierno pasado. La película la vi solo. Encendí el televisor luego de los tragos; ahora que lo pienso, la luz horizontal podría haber sido la que despedía la pantalla de TV. Claro que la encendí luego de entrar, colgar mi abrigo, servirme la cerveza y el vaso de whisky, de manera que la luz horizontal debe de haber tenido otro origen. Y si me apura un poco, le diría que sentarme a ver tranquilamente un película después de haber experimentado esa sensación de destino, ese algo de premonición que me da el aroma de la lluvia, después de haber encontrado luces en la casa, bueno, es imposible que yo me eche tan tranquilo a ver televisión. Sin embargo el recuerdo es muy vívido: estaba yo sentado con mi cerveza helada y en calzoncillos, aprovechando que no había nadie en la casa, porque ese verano fue uno de los peores que padecimos en la ciudad; la película era muy buena, una del oeste, A la hora señalada, de eso puedo estar seguro. Hacía mucho calor en la sala, por eso mantuve las luces apagadas y las ventanas abiertas. Mi mujer estaba en casa de mis suegros, había viajado a Trenque Lauquen, que es donde viven mis suegros.

Mi mujer odia que fume en la casa; para fumar debo salir al jardín, así llueva o el sol raje la tierra. Esa noche estaba solo, de modo que nadie me impedía nada, era una bella sensación de libertad la que sentí mientras mi mujer estuvo, con los chicos, en casa de mis suegros. Cuando llegó el corte publicitario, aproveché para ir al baño y tomar los cigarrillos que había dejado en el bolsillo de mi abrigo; el abrigo estaba en el perchero de la sala. Mi mujer me hubiese pedido una y mil veces que lo dejara en la habitación, pero como no estaba, allí quedó, esperando por mí hasta el próximo día. Es un buen abrigo, el mío, y no lo pagué muy caro. Es de lana y tiene piel adentro; es muy, muy abrigado; indispensable: usted sabe cómo son de crudos los inviernos en esta ciudad.

De modo que tomé los cigarrillos, encendí uno, y di una vuelta a la cuadra antes de entrar; mi mujer odia que yo fume dentro de la casa; como escarmiento, siempre fumo un cigarrillo antes de entrar, así ella siente muy fuerte el aroma del tabaco en mis ropas y en el aliento. El señor Ortiz, que no me deja mentir, estaba paseando a su perro, uno pequeñito y bastante ruidoso, le diré, pero no se lo comente a mi vecino, lo que menos quiero es ofenderlo. El señor Ortiz me saludó a lo lejos con la mano y yo le respondí el saludo; seguí caminando, aunque bien podría haberme quedado hablando un rato con él; pero como hacía frío preferí mantenerme en movimiento mientras fumaba mi cigarrillo. Las luces de la casa estaban encendidas, los chicos seguramente estarían bañándose; de modo que decidí dar una vuelta a la cuadra hasta terminar mi cigarrillo y que el baño se desocupara. Sentí un aroma de lluvia; siempre me pasa algo parecido a los presentimientos cuando huelo el aroma de la lluvia. Era invierno, hacía frío y yo estaba resfriado, de modo que el aroma bien pudo ser una falsa percepción, en eso estamos de acuerdo; sin embargo entrada la noche llovió torrencialmente, aunque por breves minutos; unas típica tormenta de verano. Arrojé el cigarrillo antes de terminar la vuelta a la cuadra; la ropa se me adhería al cuerpo a causa del sofocante calor; no veía la hora de llegar y servirme una cerveza helada, o dos, o tres, ahora que mi mujer y los chicos no estaban; ellos habían viajado a Trenque Launquen; estaba a punto de entrar cuando noté que las luces estaban encendidas y traspasaban los postigos como si estos no estuvieran allí; lo primero que pensé es que habían entrado ladrones a mi casa. Tratando de hacer el menor ruido posible, abrí la puerta del garage y saqué del escondite la pistola que reservaba para casos como ese. Crucé la calle y le pedí a mi vecino, el señor Ortiz, que llamara a la policía; le dije que habían entrado ladrones a mi casa. El señor Ortiz me pidió que entrara con él; me negué; él vio que llevaba el arma entre las manos; insistió en que no cometiera ninguna locura; el señor Ortiz es un buen vecino, por eso me cuesta comprender por qué no se apresuraba en cumplir el favor urgente que le había pedido. Se quedaba allí parado, pálido, intentando convencerme de que le diera el arma. Una locura si se tiene en cuenta de que habían entrado ladrones en mi casa y estaban en riesgo las vidas de mi esposa y de mis hijos. Así se lo hice saber; como no entraba en razones, me vi obligado a apuntarle para que de una buena vez cumpliera con lo que le había pedido; el señor Ortiz es un gran hombre, pero es de los que necesitan la violencia para entender algunas cosas. Cuando por fin entró a su casa, yo me dirigí hacia la mía. Era de noche, un jueves; los jueves siempre llego tarde a la casa. Y cansado, además. Abrí la puerta, colgué mi abrigo en el perchero y me dirigí a la cocina para servirme una cerveza; la casa estaba increíblemente acogedora debido al silencio y las ausencias: mi mujer había viajado con los chicos Trenque Launquen, a casa de mis suegros; de modo que aproveché para ponerme a mis anchas: me quité los pantalones y me puse a ver en televisión una película del oeste: A la hora señalada. Una muy buena película, todo un clásico; pero no pude terminar de verla. Llegaron ustedes, derribaron mi puerta, me esposaron y me culparon de no sé qué aberraciones: yo en mi vida había visto a esas gentes, qué se yo cómo entraron a mi casa. El señor Ortiz les dijo que oyó disparos; el señor Ortiz es buen vecino y lejos de mí está el querer ofenderlo, pero en honor a la verdad es un poco sordo y seguramente confundió con disparos lo que en realidad fueron truenos; esa noche llovió a cántaros; yo mismo había apreciado el aroma de la lluvia bastante antes de que se largara; el aroma de la lluvia me de una sensación de destino, de premonición; pero cómo me iba a imaginar que los hechos que intuía tenían que ver con esta absurda acusación; esa no era mi esposa, ni esos mis chiquitos. Ellos estaban en casa de mis suegros, en Trenque Launquen; y al hombre que estaba en brazos de la mujer menos que menos sé quién es. Que cómo entraron, que quién los mató... Cómo saberlo. Las ventanas estaban abiertas, pudo haber sido cualquiera. ¿Hay televisión aquí? Me gustan las películas del oeste, ¿sabe? ¿Hoy tampoco vendrán mis hijos a verme? Por favor, averigüe si ya regresaron a casa; ellos viajaron a lo de mis suegros el invierno pasado, con mi esposa. Los extraño tanto, tanto.

sábado, 20 de diciembre de 2008

¿Pasan los días o pasan los libros?

sábado, 20 de diciembre de 2008 1
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Fragmento de La Mala Fe


¿Pasan los días o pasan los libros? ¿Las horas o las páginas? Ayer era Fuentes, y de esto hace ya casi un mes; tantas noches sin escrituras. Ahora cargo Cortázar, su John Keats (por algún lado escribí algo relacionado a las golondrinas de Keats; pues bien, señores, se trata de ruiseñores), y me siento a delinear más frases que serán nada, una continuidad de hileras silábicas, sin historias, sin novela, sin razones para morir. ¿Leí a Fuentes en casa? ¿O comencé en el cuarto de pensión? ¿Compré Cortázar en Rosario o en la escasa librería de la calle principal? No, no estoy loco, si me detengo en la conciencia una milésima de segundo, sé perfectamente las respuestas de una y otra pregunta; pero es esta sensación de irrealidad, de ahora sin tiempo, o de tiempo sin ahora ni antes ni después. Conozco las respuestas, las sé, pero no las siento. A veces me da por desconfiar también de mi pasado.