lunes, 14 de diciembre de 2009

El aroma de la lluvia

lunes, 14 de diciembre de 2009 0
El Aroma de La Lluvia - Guillermo Paniaga

sábado, 28 de noviembre de 2009

Escrito con luz

sábado, 28 de noviembre de 2009 3

domingo, 15 de noviembre de 2009

Historia escrita con la pluma de un ángel (cuento)

domingo, 15 de noviembre de 2009 0
Historia escrita con la pluma de un ángel - Guillermo Paniaga

lunes, 2 de noviembre de 2009

El Cuate

lunes, 2 de noviembre de 2009 0
El Cuate - Guillermo Paniaga

martes, 27 de octubre de 2009

Ahora que llueve y lo recuerdo

martes, 27 de octubre de 2009 0
Ahora Que Llueve y Lo Recuerdo - Guillermo Paniaga

lunes, 19 de octubre de 2009

Reencuentro

lunes, 19 de octubre de 2009 0
Reencuentro - Guillermo Paniaga

lunes, 12 de octubre de 2009

Primera persona

lunes, 12 de octubre de 2009 1
Primera Persona - Guillermo Paniaga

lunes, 5 de octubre de 2009

Escritores Anónimos (cuento)

lunes, 5 de octubre de 2009 2
Escritores Anónimos - Guillermo Paniaga

Escritores An´

domingo, 20 de septiembre de 2009

Hacerte Feliz

domingo, 20 de septiembre de 2009 2
Hacerte Feliz - Guillermo Paniaga

sábado, 12 de septiembre de 2009

Benditas palabras, malditas mentiras

sábado, 12 de septiembre de 2009 0
Benditas Palabras, Malditas Mentiras

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Compacto en Blue´s

miércoles, 2 de septiembre de 2009 0
Compacto en Blues - Guillermo Paniaga

miércoles, 19 de agosto de 2009

Diez

miércoles, 19 de agosto de 2009 0


Capítulo Diez de la novela El zanjón donde la Luna

Y qué hizo, Luisina, cuando vio al viejo desplomarse sobre ella. Don Javier era un tipo grandote, piensa Manuel; trata de imaginarlo y sin saber muy bien por qué ve que Javier es en realidad Osvaldo Bayer. No es parecido; es Osvaldo Bayer. ¿Qué hacer? Ya ha escrito que el hombre se llama Javier; Javier además está muerto; y la misma Luisina lo reconoció con un pasado en el que también se llama Javier. De modo que Javier de ninguna manera puede ser Osvaldo Bayer; y convengamos que Manuel, lo que menos desea, ni siquiera en esta ficción que nunca va a escribir, o que ya está escribiendo, es que Osvaldo se muera. Por eso busca otra cara, otro nombre, otra figura. Como no la encuentra, decide olvidarse de las formas del viejo y enfoca un poco más allá; busca a Luisina; la observa con cuidado; ella está tendida de espaldas, en la calle; Manuel puede verle la cara perfectamente, es muy bonita. Manuel piensa que todas las mujeres de sus novelas han sido muy bonitas. Y es de una belleza poco convencional. Llora porque ya se dio cuenta de la locura que acaba de cometer. El viejo Javier está sobre ella; sólo le ve la espalda, la nuca, y una mancha de sangre que se expande en la vereda. Luisina llora y, no con poco esfuerzo, se quita de encima el peso muerto del viejo Javier. La ropa de la chica está empapada en sangre. Tibia y pringosa sangre. Huele a sangre. Y a pan que se quema en el horno de barro. Luisina llora. Se para con dificultad; está mareada. Se agacha para recoger el arma, que había soltado, y la mira desde atrás de la cortina de lágrimas. Las manos le tiemblan. Sabe ahora que nunca, jamás debió haber traído con ella el revólver. Mira al viejo, que sigue de espaldas.

Manuel no quiere mirarle la cara, no quiere ver a Bayer, ya se ha dicho, por eso lo deja boca abajo mientras Luisina escapa hacia el norte; no sabe adónde va, ni tampoco es consciente de la huída; porque huye, el instinto le dice que tiene que correr, de lo contrario tendrá problemas con la policía, tendrá que responder preguntas, irá a la cárcel; el instinto se anticipa a los hechos con una precisión asombrosa y en el cálculo de probabilidades suele estar muy acertado; por eso corre Luisina, porque es un animalito libre; y como cualquiera de los de su especie, sería capaz de amoldarse a las limitaciones y hasta podría ser feliz metida en un espacio mínimo de tres por tres, pero siempre y cuando lo haya decidido, o se haya conformado; suele ocurrirle a los animalitos como Luisina que creen ser libres cuando en realidad se están conformando; y, como después le ocurrirá, se someten a los determinismos cuando la verdad es que cada uno de los pasos que ella misma decidió la llevaron hasta allí; ocurre con otros, sin embargo, que creen tener el mando de sus vidas y no han sido otra cosa que hojas secas azotadas por los vientos del azar, que es uno de los alias que utiliza el destino. Extraños los designios que gobiernan a estos bichitos, rarísimas las decisiones que toman. Pero Manuel no quería escribir un tratado sobre el determinismo. Manuel quería encontrar la ruta que usó Luisina para llegar otra vez hasta el zanjón donde la Luna. Cosa de mandinga, piensa Manuel, porque mientras él se quedaba hilvanando frases ingeniosas sobre las contradicciones del azar, llegó al descampado junto con Luisina, pero sin prestar atención de la ruta; no sabe por qué calles anduvo, cuáles fueron las casas que la vieron pasar; qué árboles marcaron el final de la zona urbana; pero lo más extraño de todo es que, si bien Luisina arrancó la carrera en la madrugada cuando empezaba a clarear, y no pudieron correr más de dos horas, ahora que estaban en el zanjón era otra vez de noche. Caramba, dijo a media voz, con la expresión de un personaje de televisión que le resultaba particularmente gracioso. Se pasó la mano por la barba y se preguntó si debía afeitarse; miró hacia la izquierda y, sin preverlo, dejó caer la mirada sobre los lomos de los dos tomos de las obras completas de Césare Pavese. Recordó las imágenes de la campiña italiana que vio mientras leía esos cuentos y novelas. Recordó sólo el campo, no las ciudades. Y lo recordó tanto de día como de noche; vio, también, las fogatas en las colinas; vio a las mujeres de Pavese, un poco caprichosas, un poco ingenuas, un poco manipuladoras; vio a los hombres solitarios. Regresó a la página de la portátil y trató de ver su propia campiña con la luz adecuada a esa hora del día. Pero fue imposible, allí seguía siendo de noche. ¿Y si escribiera “Luisina llegó al zanjón de la Luna; era de día y el sol rebotaba sobre el hilo de agua”?, se preguntó. Tranquilamente podía hacerlo; y dejar que fuese el lector el que viera el descampado y el zanjón a la luz del sol. Claro que, recordó, el no estaba escribiendo ninguna novela, de manera que jamás habría lectores; el único capaz de darle luz al lugar era él, Manuel, y no podía. Entonces Luisina lo miró; era de noche, pero podía verle con claridad las lágrimas que resbalaban pesadas como la savia en el tronco de un árbol herido. Era tan hermosa, no merecía sufrir así. No podía manipular la luz, pero sí los tiempos. Decidió regresar a la noche anterior, cuando ella encontró el arma en el zanjón. Sólo que esta vez hizo que sus pasos siguieran un poco más allá antes de detenerla a orillas del hilo de agua; dejó que observara la Luna, dejó que se lamentara por sus dilemas metafísicos; la vio sufrir, también ahora, pero Manuel entendía que aquél era un sufrimiento que a Luisina le gustaba; era un dolor leve, una molestia casi intelectual que más que atormentarla, le daban un punto de partida para sus especulaciones ontológicas; Luisina, que según el día escribía poesía o dibujaba con carbonilla, reconocía en esos pensamientos la voz de muchas de sus musas. Dejó, entonces, que mantuviera esa melancolía, pero la alejó de la locura. Esperó que se fuera, casi al clarear la madrugada; y cuando la vio perderse entre la línea de álamos que indicaban el comienzo del caserío, el sol asomó despacio y poco a poco se hizo día en el zanjón donde de noche la Luna.

jueves, 13 de agosto de 2009

Ángeles en fuga (Verónica)

jueves, 13 de agosto de 2009 0
Ángeles en fuga (Verónica)

martes, 11 de agosto de 2009

Palomas

martes, 11 de agosto de 2009 1
Fragmento de un cuento largo cuyo título es Ángeles en fuga


Hace dos noches, en lo del Turco, Cecilia atisbó la verdad de una tristeza que poco a poco se ha tornado crónica... Estábamos sumidos en una de esas charlas que comienzan en política, tuercen hacia el fútbol y desembocan en asuntos tan banales –y no menos existenciales– como, por ejemplo, la cantidad cierta de columnas en el frente del Partenón (tema realmente sinuoso y agitado si no se tiene una foto a mano para comprobarlo, como lo ha advertido por ahí Jean-Paul), el color de la parte oscura de los bigotes de Charly García, las propiedades curativas (si no milagrosas) del Aloé Vera, cosas así; en suma, la mejor parte de toda conversación.

Creo que fue recordando la palomita de Poy en la final de 1971 (puñalada certera del Turco para mi abdomen leproso cosecha ídem) que surgió el tema en cuestión: las palomas. Cecilia adoptó una postura apologista y sostuvo que, si bien había millones y se las consideraba plaga, era el ave elegida para simbolizar la paz y como tal debía ser respetada. Yo, nada más que para contraponer el punto, insistí en que no sería nada malo exterminar unas cuantas antes de que terminaran por cubrirnos de mierda, como ya lo habían hecho con el pobre San Martín de la plaza...

–Sos un asesino, cómo se te puede ocurrir matarlas.

–No, no soy un asesino, de hecho, no me atrevería ni siquiera a sacarles una pluma, solamente digo que no estarían mal unos cuantos miles menos... Mirá, palomas eran las de antes, ésas que cuando querías acercarte escapaban. Ahora se te paran descaradamente sobre la cabeza; no es la esencia de una paloma, la paloma debe ser boluda, de ahí el dicho más boluda que una paloma, pero las de ahora no son nada tontas; miralas bien, fijate lo gorditas que están. Los giles somos nosotros que encima las alimentamos. Además, la paloma de la paz es blanca, ¿no? ¿Ese es el símbolo que pretendés defender? ¿Por qué no podría ser un mirlo el pájaro de la paz? ¿O asimismo una paloma negra, o tan siquiera gris? Mirá, la paloma es un bicho que perdió su esencia, y encima me recuerda que hay boludos que siempre piensan que lo bueno es blanco y lo malo negro.

–Sos un charlatán, pretendés convencerme de que apoye tu idea asesina saliéndote por la tangente, como hacés siempre con todo. ¡Qué tiene que ver el color de la paloma en esta discusión! ¡Qué importa si salen volando o se te suben a los hombros! ¿Te das cuenta de que sos incapaz de mantener una conversación racional, que siempre salís con pelotudeces?

–Chechu, linda, te ponés así porque sabés que tengo razón, la paloma ya no es la paloma de antes. Yo amo a las viejas palomas de plaza, esas desconfiadas y boludas. ¿Y sabés por qué las amo? Porque son las palomas de cuando era feliz.

Cecilia me miró en silencio, como cayendo; al fin cayendo:

–¿No sos feliz, Julio?

Tragué saliva, no sabía cómo salir del embrollo; finalmente, mirando el piso, dije:

–Pensándolo bien, creo que sí sería capaz de matar algunas, realmente las detesto.

El turco, que había advertido la tensión (¡como para no!), terció diciendo que las palomas no eran nada comparadas con las cucarachitas de cocina, bichos a los que decididamente sí había que eliminar.

Todos coincidimos. Sonreímos, hicimos algún chiste... Chechu me besó; lo padecí como el beso de una paloma... me sentí una cucaracha.

Carla, la mujer del Turco, anunció que ya estaba lista la cena. Pasamos al comedor. Antes de sentarnos, Cecilia me miró a los ojos; yo la miré y... de pronto no hubo paloma ni cucaracha. Ese instante fue un pequeño tesoro. Nos besamos. Nos quisimos. Pero fue sólo eso: un instante. Una tregua.

La cena fue espantosa; pobre Turco, Carla jamás aprenderá a cocinar ni un huevo frito. Con el postre comencé a sentir sueño y, como siempre en estos casos, enmudecí. Cecilia me pegaba patadas por debajo de la mesa cada vez que el Turco me hablaba. (¿Es obligación hablar cuando ya todo fue dicho? Yo soy de los que creen que no; si no tengo ganas de hablar, no hablo; pero el mundo se ofende o se alarma delante de actitudes semejantes. No, gente, no me pasa nada, sólo que no tengo nada más para decir, ni es interesante lo que ustedes dicen, che.). Cuando entendió que por esa noche no abriría más la boca, sin ganas de andar con sutilezas, casi como un desahogo revanchista (por lo de las palomas, se entiende), me trató de incivil y maleducado entre otros epítetos que prefiero callar para no enchastrar el párrafo.

Salí de la casa del Turco con una cara de bragueta que mejor...mirá. Cecilia también enmudeció. Sabía que hablar en ese momento sería peor. Esperaría hasta la mañana, hasta después de haber hecho un amor culpable, entonces me recriminaría otra vez, pero dulcemente, y me pediría disculpas... Y me diría “te amo”. Y yo dejaría mis ojos clavados en el cielorraso, sabiendo que ella estaría esperando una respuesta que nunca sería sincera. Siempre igual.

¿Cuándo fue que me di cuenta de que el tiempo había estado actuando sin pausa? Antes me sabía inmortal...

Entonces las palabras piedras.

“Cecilia, vos no tenés nada que ver con lo que me pasa, no me preguntes nada, no quiero hacerte más daño del que ya te estoy haciendo. Mi sonrisa, esa sonrisa imbécil que ves cuando saludo a los vecinos, es sólo un caparazón contra preguntas que no deseo responder. Pero vos me conocés muy bien, lograste conocerme y así y todo cometiste el grave error de enamorarte de mí. Cómo no pudiste ver”... Claro que nada de esto salía de mi boca. Ella me besaba debajo de las sábanas blancas y yo apenas si podía devolverle una pequeña parte de la pasión que me brindaba.

–Qué te pasa, Julio.

–¿Por qué habría de pasarme algo, Chechu?

–Te conozco. Sabés que respeto tus desconexiones, pero al menos avisame antes de que me embale.

–Sí, claro... Chechu...

–Qué.

–¿Cuántas palomas te parece que habría que matar para normalizar los tiempos?

domingo, 19 de julio de 2009

Magdalena envenenada

domingo, 19 de julio de 2009 0

Fragmento de la novela El zanjón donde la Luna

…Sentí que había perdido mi tiempo y que nada me lo podría regresar. Y que el aroma del pan de madrugada no hacía más que enrostrarme la interminable sucesión de intrascendencias que había sido mi vida hasta ese momento. Me senté sobre la raíz saliente de uno de los plátanos de la vereda y lloré mi vergüenza con la certeza de que ninguna lágrima podría quitarme ya ese sentimiento de pérdida, de muerte lenta, de agonía en la que había entrado hacía cuánto, no lo sé. Salí de casa con un planteo que me había agrisado la mañana y no fue hasta esa madrugada que descubrí que, al fin de cuentas, mi metafísica era la misma siempre: la muerte que llegaba lenta desde el primer día y yo hasta entonces demorando la vida creyéndome inmortal.

Sentí la presión del hierro en mi abdomen, el frío repentino del metal; no es que me hubiera olvidado que llevaba encima el revólver, pero la crisis de lágrimas abrió algo así como un no tiempo, o un no ahora, un hueco en el cual estaba todo el pasado, y todo el futuro también como pasado, y no había más ahoras, porque en realidad no había vida; en ese lugar, si es que puedo darle categoría de espacio, las cosas no existían; era nadie más que yo y mi angustia; era el lugar donde la conciencia se materializaba; el único objeto presente era mi propio destino malgastado. Yo era quien elegía mis pasos, yo era quien decidía qué hacer y qué no hacer, yo era quien me hacía a mi misma a los ojos de los demás, yo era la que se sometía a las excusas más humillantes para engañarme, aunque sin mentirme; yo era, en definitiva, la materialización de la prédica de Sartre, y pucha que si lo era. Era esclava de mi libertad; había elegido postergar las elecciones, era libre de hacerlo, y porque era libre de elegir temía tanto hacerlo. Si continúo por esta ruta terminaré confesando cuál fue el origen de mi tristeza de aquel día, que si bien derivó en planteos metafísicos, tuvo una causa más que física. Pero es tan vulgar, tan de animalito instintivo, tan recaer en esa paja solitaria a orillas de un zanjón donde la Luna; no quiero, no, no lo voy a contar porque en verdad la vulgaridad me avergüenza, sobre todo si una cosa tan burda termina con la muerte de un pobre viejo. Sentada sobre la raíz, oía a Javier silbar la misma canción de siempre, la exacta melodía de hacía 10, 15, 20 años atrás. El viejo Javier siempre había sido viejo; lo recuerdo con el cabello blanco y ralo desde que tengo memoria; lo recuerdo con Javi; la ausencia de Javi, esa era la única diferencia en el viejo; pero yo… yo no, yo hace 20 años usaba trenzas, y hace quince hacía por primera vez el amor, y hace diez mi novio me dejaba por otra y no me importaba, no me importaba en lo más mínimo, porque yo hacía meses que buscaba excusas para patearlo. Y después cuando se fue lo lloré, lo extrañé horrores, lo busqué, lo perseguí, pero él, que había buscado a otra porque yo no le daba más que excusas, ya no quería saber nada conmigo, me rechazó y hasta me insultó; y con razón, con toda la razón del mundo; y hace diez años, entonces, me salió mi primera cana, y unas arruguitas, como patitas de araña, empezaron a marcarme el borde de los ojos; y las tetas ya no fueron tan firmes, ni mi cola tan redonda. Hace 5 años que me casé, y hace dos que me divorcié; hace un año que pienso en operarme las tetas y que dejé de usar colaless; y durante esos 20 años mi vida sólo fue mi cuerpo deteriorándose; mis días unos tras otros repetidos hasta el hartazgo en el colegio, en la facultad, en la oficina, en los 20 días de vacaciones en Santa Teresita. Y el viejo Javier, el pan de cada día, el aroma, el sabor, y siempre el mismo, siempre un viejo. Él era mi magdalena envenenada; y yo no podría jamás escribir siete libros para contar mi infancia, para excusar mi juventud. El viejo Javier no merecía morir, pero yo tampoco, y estaba bien muerta. Fue entonces cuando sentí el frío del metal en el abdomen, fue un regreso brusco a mi realidad de lágrimas y mocos en la vereda del viejo Javier. Y de pronto ya no era frío el caño, sino que quemaba; me quemaba en las manos la culata, el gatillo, me quemaba en el alma cada lágrima que caía despellejándome la vida, me quemaba el silbido del viejo, me quemaba hasta lo más profundo de mi ser el delicioso aroma del pan, me quemaba la madrugada, me quemaba la vida y los segundos que pasaban zumbando por todos lados, aquí, allá, más atrás, sobre mis ojos, y me quemaban las ideas que no terminaban de aclararse, y me quemaba el zanjón de la luna con L, me quemaban las palabras que me describían, me quemabas vos, Manuel, y entonces ya no pude soportarlo más; apunté a la luna, como había hecho en el descampado y gatillé sabiendo que iba a oír el mismo click seco y apagado de hacía algunas horas, por eso gatillé dos o tres veces seguidas, y no recuerdo si fue la segunda o la tercera vez que se oyó la explosión, como un petardo navideño, un ruido seco y compacto, no era pum, ni pam, ni piuf, fue más bien un taj! Pero que inconfundiblemente era un disparo; me sacudió el hombro, como en las películas, esta vez sí, y caí al piso; el viejo, que había dejado de silbar, espiaba por la mirilla de la puerta de chapa y cuando me vio en el piso abrió y se acercó corriendo hasta mí, trató de levantarme la cabeza, me dijo nena, ¿estás bien? Y yo no estaba bien, no estaba nada bien, me quemaba la vida, me quemaban las manos y el aliento de Javier, nena estás bien, le respondí que no con un movimiento de cabeza lento, los ojos cerrados, las lágrimas y los mocos brotando de mi cara como géiseres mudos, nena estás bien, te hicieron algo, y yo que no, movimiento lento, lágrimas silenciosas y de pronto estallé en un llanto, voy a llamar a la policía, me dijo el viejo; y yo le dije que no, no con palabras, sino con el mismo movimiento convulso, y las lágrimas y los mocos, y el aroma del pan que ya empezaba a quemarse en el horno; te hicieron algo, nena; y yo que no, que no, y lloraba, no podía hablar, pero para qué, qué le iba a decir al pobre viejo. Sí, claro, yo me hice, me cagué la vida, me recontracagué la vida, pero las palabras no salían y el viejo ya me ardía, me ardía al punto del no dolor, y entonces gatillé una vez más, no sé si fue la tercera o cuarta vez, pero gatillé y la cara de Javier era la luna.

sábado, 11 de julio de 2009

Remington Maná Maná Redux

sábado, 11 de julio de 2009 0
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viernes, 10 de julio de 2009

Remington Maná Maná

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miércoles, 1 de julio de 2009

Territorio prohibido

miércoles, 1 de julio de 2009 1
Fragmento de la novela La Mala Fe



Jugaba a los mareados en el patio de su casa. El juego consistía en dar vueltas y vueltas hasta sentir ganas de vomitar. Y esto mismo es lo que ahora hacía. Detuvo bruscamente el giro, miró el tronco de la parra que crecía hacia el fondo del patio; el gris de la corteza salía constantemente de su lugar, iba hacia la derecha, siempre iba hacia la derecha en un desplazarse eterno de apenas centímetros, llegando y volviendo a partir sin que por eso él pudiera advertir el corte y el recomienzo; sintió un cosquilleo en el entrecejo, trastabilló y cayó al piso. Apenas el mareo comenzaba a disiparse, se echó a reír.

–Dejá de hacer eso– le dijo su madre, que lo observaba desde la ventana de la cocina–; te vas a lastimar.

Él se paró y volvió girar con los brazos extendidos, como un molinete, cada vez más rápido, más rápido, los ojos abiertos, las paredes desencajadas, el mundo desencajado y en movimiento, una gran mancha de colores que iba cambiando de intensidad, perdían fuerza los tonos más fuertes, los blancos se acentuaban, la mente alerta al giro y, también ahora, a la madre que lo observaba, que estaba allí aunque estuviese perdida en algún lugar detrás de la mancha en movimiento; era el mismo juego, pero ya no era divertido, no rió al caer de espaldas, al ver el techo girando como antes él, al sentir la mano que lo tomaba del brazo y lo levantaba bruscamente, lo arrastraba hacia el cuarto, lo arrojaba sobre la cama.

–¡Te dije que no volvieras a hacer eso!– gritó su madre antes de cerrar la puerta con furia.

Cuando estuvo seguro de que su madre ya había regresado a la cocina, al otro lado del patio, se asomó a la ventana y observó la parra gris, el rectángulo de tierra donde crecían dos malvones y una planta de hojas grandes y brillantes que ahora estaban algo marchitas y de la que desconocía el nombre, la pistola de plástico y la pelota que había dejado contra la pared, la columna blanca que sostenía el techo de chapas, un caracol que avanzaba lento hacia la zona más húmeda dejando tras de sí una leve estela plateada, la escalera que llevaba a la terraza; en el cuarto hacía frío; el vidrio estaba frío; el parquet estaba frío; y sus manos, sus manos, sus manos; sus manos estaban frías también. En pocos minutos más comenzaría a ocultarse el sol. Apenas un haz amarillo se dibujaba sobre la pared medianera, detrás de la escalera. Pensó que le gustaría jugar al sol, en la terraza; pararse sobre la claraboya y observar, como un vigía en la torre de un fuerte, el enjambre de antenas y cables y copas de árboles que se extendían hasta dónde daban sus ojos. Las copas más altas eran la de los pinos del cementerio. ¿Por qué nunca le habían permitido entrar a ese cementerio? Había ido a ese otro de las afuera de la ciudad, donde estaban enterrados sus abuelos y los abuelos de sus padres, los viejos tíos, primos lejanos, donde el silencio crepitante acentuaba el canto de las aves y los yuyos crecían en las rajaduras de las tumbas más viejas, donde un musgo verde cubría las losas de los nichos solitarios del sector de los judíos, al que se colaba siempre por entre unas rejas de la puerta que lo separaba del sector cristiano. En esa casona del fondo –le habían dicho alguna vez para que ya no molestara con preguntas–, le cortan el pelo y las uñas a los muertos; las uñas y el pelo de los muertos siguen creciendo durante mucho tiempo, y en esa casona del fondo era donde se los cortaban; y él pensaba, trataba de comprender, qué necesidad había de acicalar a un muerto; claro que por entonces no utilizaba palabras como acicalar, ni tampoco sabía que el semiderruido cementerio de los judíos era en verdad el sitio donde iban a parar las pupilas de los quilombos de Pichincha, los macró polacos, las fotos que se iban poniendo amarilla en los bordes y blancas en el centro, en el rostro, los cristales rotos, las tapas rotas, las baldosas rotas, el silencio roto por el canto de las aves. ¿Por qué en los cementerios había ese tipo de aves que en los árboles de la ciudad no? En la cuadra de su casa había gorriones, muchos gorriones que parecían renacer cada vez que caía el sol, como ahora, que los oía desde el cuarto. ¿En todos los cementerios del mundo habría pájaros que en la ciudad no? Cómo saberlo, sólo conocía uno, y ése uno bien podía ser la excepción de toda regla. Y aquél otro, el de los pinos altos que veía desde la terraza, era un sitio prohibido. ¿Por qué? ¿Por qué? En la vereda de ese cementerio, cuya entrada principal daba al bulevar, aprendió a andar en bicicleta. Cada vez que pasaba por el gran portal enrejado, furtivo y fascinado espiaba hacia ese mundo, hacia esa gran plaza verde enclavada en el centro de la ciudad, un gran espacio con palomas blancas y bancos blancos y estatuas blancas, y casitas también blancas, todo era blanco allí adentro, hasta el tronco de los pinos. ¿Por qué? ¿Por qué no podía subir los dos escalones del portal? ¿Por qué no podía investigar el cementerio? ¿Por qué le impedían ver las fotos de los muertos, leer sus nombres, respirar sus muertes, oír las aves que cantaban allí? ¿Por qué su madre a veces lo veía jugar sin interrumpirlo, sin sacarlo bruscamente de su ensueño arrastrándolo al cuarto, arrojándolo a la cama, y otras le recriminaba hasta que hiciese ruido al respirar? ¿Por qué justo esa tarde, con ese frío, con esas ganas de sol, lo encerraban en el cuarto y allá arriba las antenas, las copas de los árboles, y allá a un par de cuadras el cementerio, los pinos, las casitas blancas, las aves cantando? Tuvo ganas de golpear el vidrio hasta quebrarlo en mil pedazos. Pero no lo hizo. No se atrevió. Quizás temió la reacción de su madre; quizá el hacerse daño con las astillas. No lo hizo y una vez más se resignó a esperar la noche recostado en la cama, mirando el cielo raso, pensando que la vida, su vida, no era justa, que afuera había otro mundo del cual él no participaba, que en unas horas llegaría su padre, cenarían y luego se irían a dormir, y un día más habría pasado, y él sin terraza, sin antenas, sin la copa de los árboles, un día desperdiciado porque a su madre se le había antojado levantarse de mal humor, sin el cementerio de troncos blancos y aves desconocidas.

sábado, 20 de junio de 2009

El día que fui Maradona

sábado, 20 de junio de 2009 2

A mi viejo, el mejor de todos.

Puesto a remover la coctelera, la necesidad o el instinto saca del olvido tiempos y rostros que alguna vez nos permitieron una tregua, una sonrisa, una ilusión entre tanto manoseo impúdico; es que en esas lejanas treguas hallamos la excusa para el armisticio presente, ¿o me equivoco? Pero también traen consigo, agazapada, esa ingrata sensación tan ahora, tan contemporánea de que cada segundo desde allá hacia acá fue un paso con pies engrillados sobre un camino cubierto de lodo; pero no le des bola al desánimo, porque esto pretende ser una apología y no una condena a la memoria.

Cuesta, yo sé que cuesta inventarse una alegría, o peor, contagiarse de aquella tan lejana... Y me cuesta ver la forma de tu cruz, peruano; no logro apunarme con tu aire andino, boliviano, y sin embargo sé que aquí en Rosario es igual que en Lima o en La Paz, que en Caracas o en Bogotá, que en Asunción o qué sé yo... Cuesta inventarse una alegría en este Cono que apunta al Sur. Cuesta, todo cuesta. Hay que ser un poco egoísta y encerrarse para zafar; un poco nomás, no sea cosa que te excedas (y es tan fácil pasar de largo en esta existencia sudaca de ahora imposible mañana vemos pero tampoco)... Para mí, la tregua que rescato, es aquella que me regaló el día que fui Maradona.

Perdoname que insista con este blablabla melancólico y dé vueltas como un perro antes de llegar al punto, vos sabrás si querés quedarte, pero yo necesito decir esto, escribir esto. No busco tu permiso, como vos tampoco solicitarás el mío para huir de aquí, si ése es tu deseo... Y nuevamente te pido disculpas, esta vez por mi grosera destemplanza, es que soy así, algo inmaduro, sobre todo ahora, que revivo y me revuelco en la tristeza del fin de la adolescencia. Es que recordar tiene sus riesgos: ahí está lo bueno, ensombrecido por lo feo (adjetivos desmañados pero justos, qué querés).

Lo bueno, Maradona.

Lo feo... ¿No te pasó que, al alejarte de la adolescencia, te diste cuenta de un saque de que John Lennon no siempre había sido Lennon ni que Julio Cortázar, siempre Cortázar? Me juego el alma a que sí. Me juego a que has concebido a, no sé, Charly García, Fito Páez, Woody Allen, Carlos Gardel, o como sea que se haya llamado tu ídolo, como pósters despejados de humanidad (me refiero a una humanidad simple y rutinaria como la tuya); los veías como instantes divinos donde la imagen, la melodía y las palabras se conjugaban eternamente en eso que estaba ahí, en la pared, o descansando en la discoteca, en la memoria, en los anaqueles de una biblioteca, o sobre la mesa de luz, justo al lado de una taza olvidada con borra de café seco y añejo pegada en un fondo ya nunca más blanco, nunca más taza: eso de ahí, de todos los días de nuestras lejanas vidas, tan sólo fueron capítulos de las suyas, tal vez sólo horas, apenas un trámite, una foto por contrato o por favor, una música y una frase resultantes de un destello de inspiración y sin embargo para nosotros, la vida... ahí están, aún en mi entorno, apenas sonriente, con una remera I Love NY, el arquetipo Lennon; serio, trajeado y con un faso mudo colgado de la boca, tan Oliveira a los Ojos de Sara Facio, el ideal Cortázar; ahí están, sin miserias, sin escándalos, sin fallas ni desamores, como juegos de fantasía, infantil deseo de que sigan siendo ídolos, porque en esa existencia fueron (son, Dios mío, deben ser) la extensión palpable de nuestros sueños. ¿Te acordás? Eran los días en que descubrimos a Lennon en Don´t let me down y a Cortázar entre Famas, de modo que John había nacido Beatle, y Julio, Cronopio. ¿Podía existir otra realidad? No, mil veces no.

Sin embargo, antes, durante y después de esos retazos de existencia que sujetábamos a tan mezquinos instantes, hubieron huecos, espacios vedados, minutos enteros perdidos en la contemplación de un verde, en la tibieza dulce de una ducha de verano, días arrojados a las desconexiones del sueño, años apabullados por los temores y las dudas, y también los momentos Criollitas, claro, esos de cosas simples: una caricia de Yoko, una mirada cómplice de Carol... Verdad de perogrullo: hubieron hombres como vos y como yo, además de canciones, libros y pósters. Y son esos huecos desconocidos la verdad de la persona Lennon, de la persona Cortázar o de la que quieras imaginarte; de manera que cuando te diste cuenta de que John Lennon no era Lennon todo el tiempo, ni Julio Cortázar, Cortázar, en realidad adivinabas que Vos, pendejo inmortal, apenas si eras un vos de v minúscula con un sogaca de la madre frente a una vida que te hacía temblar hasta el pescuezo... Cuando entendiste que tu juventud no era un bien adquirido a perpetuidad y que el tiempo volaba con la velocidad del Concorde, te apuraste, te ganó la ansiedad, quisiste hacer algo sin saber muy bien qué, algo impreciso pero ya... Hiciste... ¿Y?

Hoy no sé si la felicidad y la vida de un hombre la constituyen sus obras, porque estas obras son, al fin y al cabo, desembocaduras alquímicas de risas y de llantos, de lamentos y de euforias; de vida y de hechos antecedentes, al fin de cuentas.
Ellos mismos, Lennon y Cortázar, seguramente se desconocían pósters; se mirarían en el espejo y verían a Jhony Long Jhon o a Julito Buffallo Bill, aquellos chicos ansiosos que alguna vez habían deseado ser como Elvis o como Poe, como Carroll o como Parker, y que los habría hecho tan dichosos saberse aprobados por Elvis, Poe, Carroll o Charly Parker... por sus padres (y mirá qué justo vengo a pegarla, te juro que recién ahora lo noto: Lennon y Cortázar buscando la aprobación de sus padres, ellos, abandonados por sus padres); ahí, delante del espejo, después de la foto, seguirían buscando el por qué de sus vidas: por eso Yoko y la paz, por eso Nicaragua y el Che.

¿Habrá sido así en verdad? No sé, es una especulación, la estúpida manía de dar por sentado que el resto del mundo siente y piensa como yo, aún los ídolos inmortalizados por instantes; porque yo, que no soy póster ni nada ni nadie más que para mí, que cargo casi treinta y dos años, hoy, 23 de mayo, me miro en este espejo, en este día donde no llueve porque sería redundante (como escribió Juan Sasturain por algún lado y yo pensé: puta madre... Gracias, Juan) y veo al pibe que alguna vez deseó ser como Lennon, o como Cortázar...

...Y que alguna vez fue (pudo ser) Maradona... ¿Por qué la tristeza, entonces?
Qué ultrajante que tantas penas le quiten lustre a los buenos días. La oscuridad, aún la ineludible, trae consigo estas ingratitudes; el paño cubre todo: lo malo, lo no tan malo, y las pocas, poquísimas cosas que pudieron haber habido buenas (qué ingrato, pero qué ingrato soy).

Tal vez por eso, puesto a pensarme mientras remuevo la coctelera, es que me propuse a soltar este recuerdo; quizá como un desagravio a la vida, o, simplemente, como una excusa para darme ánimos en este día de un gris más que obvio, tardecita de In my Life mientras releo Los Venenos... Tal vez.

...Recuerdo, te veo allá, distante, detrás del árbol de mierda que cubre el muladar; te veo con sol, ahora sé que había sol sobre el potrero -un brillantísimo y poco habitual sol de junio-, que Maíto ya había elegido a Torito y a Maro, y que, sorteando dignamente el pan y queso, me habían adscrito a ese equipo...

...Maíto, Javier, Horacio, yo; y Maro y Torito de nuestro lado, de manera que, aun cuando Cuca jugase para los de Ñandú, contábamos con inmejorables ventajas; es que, jugando en yunta Torito y Maro, o Maro y Cuca, o el resto de las combinaciones posibles, eran imparables (imaginate cuando jugaban los tres juntos, pero eso se daba solamente en los desafíos contra otros barrios); ellos solos prácticamente definían los partidos sin que los demás tuviésemos demasiada participación, mucho menos yo, que jamás me destaqué en el fútbol... En nada, a decir verdad, porque mis hazañas ocurrían siempre cuando no había nadie para testificarlas, puta suerte; aunque eso no me molestaba tanto como el que no me creyeran; y encima la incredulidad estaba más que justificada, porque cada vez que pretendía repetir mis proezas delante de amigos, familia, o quien fuera que sirviera para dar fe, fallaba, invariablemente fracasaba; es un destino que deja huellas: desde entonces cargo con la convicción de que el mundo se ha perdido la realización de un genio solitario, de un prohombre individual; que la civilización seguirá huérfana de la perfecta melodía que toqué y olvidé mientras improvisaba con la guitarra en la soledad del baño, o de los versos más hermosos que pensé o soñé una noche de duermevela sin papel ni lápiz a mano, o de la limpia ejecución de doscientos jueguitos con el pie derecho sin que la pelota tocase el piso ni una vez... y así con todo, viejo, con todo, héroe solitario incapaz de romper los moldes cuando alguien me acompañaba.

Sin embargo aquella mañana fui Maradona, pude ser el Diego, y hoy quiero gritarlo con quien quiera hacerme coro, porque ésta es la puteada que guardaba para las putas sombras que ocultan todo y no la van con gratitudes.

Dejame decirte que el partido fue poca cosa. Goles acá, goles allá, tanteador parejo y ya se iba haciendo la hora de almorzar; el que hacía un gol, ganaba; en eso Javier, el patadura de Javier, no sé cómo va y le quita limpiamente la pelota al estilizado Cuca y se manda derecho hacia el área rival dejando en el camino a tres; viste como son los partidos cuando pibes: todo el mundo corriendo detrás de la pelota, un malón de manos y pies saliendo imprecisos de un humito blanco y compacto, como en los dibujitos animados cuando se dan la biaba... sin embargo yo andaba por la otra punta, solo, y no porque tuviera luces tácticas más desarrolladas que las del resto, sino porque estaba cansado y no tenía ganas de seguir corriendo: la verdad es que ya no veía lo hora de terminar para ir a casa a comer... Pucha, ahora que caigo, si aquello no era más que la misma desidia de todos los días, esos momentos indeseados que te mantienen al margen, un milímetro más allá, como un testigo más que como un protagonista, esa actitud del que analiza todo en la distancia; todo, hasta un orgasmo... En fin, la cosa es que la pelota cayó mansita justo a mis pies luego del desparramo que armó Javier. (Tampoco vayas a creer que por la generosidad de Javier que, viéndome tan libre, me cedía la gloria de convertir el gol decisivo, sino más bien porque en su carrera inusual y desenfrenada la había empujado con más fuerza de lo necesario, tropezando en la arremetida final y cayendo de bruces sin posibilidad de nada). Ahí quedé, entonces, en el borde del área, con la pelota dormida a mis pies; la turbamulta que se acercaba peligrosamente, y yo detenido en un instante de indecisión; la polvareda encima y yo ahí, seco, inmóvil hasta que... No me pregunten cómo, no esperen detalles de esto, sólo sé que eludí un millón de piernas que buscaban tanto la pelota como mis pantorrillas, que quebré cintura y sorteé dos bultos gigantescos que me impedían alcanzar el arco y así, sumido en ese hálito de genialidad que sólo cuando estaba solo, cuando nadie me veía, le pegué de puntín mirando fijamente los ojos del arquero; vi, desenfocada, periférica, la pelota que se elevaba en una sutil diagonal hacia la derecha, y cerré los ojos, como tratando de desengañarme de algo que era demasiado bueno para ser cierto, de un lujoso final que, de otorgarle la credibilidad que da la percepción visual, inexorablemente se desvanecería como en humos de película de Daniel Tinneyre, y transmutaría sus formas en un estanque de aire salado, o en secuencias de autos inmóviles en una carretera hiperveloz, o en edificios derrumbándose o... ¡Gol!, oí que gritaron los de mi equipo. ¡Era cierto! ¡Gol!, seguían gritando, sobre todo Javier, que fue el primero en venir a abrazarme en la actitud de quien reclama los laureles de una gloria que le ha sido injustamente esquiva. Gol, era cierto, era verdad, y no estaba solo, estaban Horacio, Torito, Gustavo, César, estaba la barra de testigo... Yo, el héroe tapado por la adversidad de un destino confabulado con Dios y la existencia, había logrado eludir andá saber a cuántos y la había clavado en el ángulo para euforia de los míos y tristeza de los adversarios... Yo, el cero a la izquierda futbolístico, había generado sendos sentimientos... efímeros, debo admitir, porque enseguida olvidaron el asunto y emprendimos la retirada con rodillas sucias y codos arañados, hablando de discos, de chicas, del colegio, de cualquier cosa menos de los goles, de las fintas de Maro, de las astucias de Cuca, de las delicadezas de Torito... o de mi hazaña, puta madre, la vez que me salía una buena... Tal vez en mitad de camino, alguien se haya destapado con un “che, hoy sí que la rompiste” que sonó más a cachada que a real congratulación, pero ahí quedó; ahí y ya no más, y tampoco estoy seguro...

...Así como le dábamos categoría de instante eterno y absoluto a las maravillas Lennon o Cortázar, yo hubiese querido inmovilizar el tiempo ahí, ojos cerrados y sangre ardiendo, cuando la pelota se escabullía de la puntita de los dedos de Pato y se metía perfecta para ganar el partido. En ese grito de gol hubiese deseado eternizarme; pero ahí estaba, sumido en la triste indiferencia del regreso. Es claro que este sentimiento nos agita a los dotados mediocremente, a quienes sabemos que nos será muy difícil, si no imposible, repetir un instante similar. Hoy, visto en la distancia, me resulta inverosímil que Maro, o Cuca o Torito hayan intentado, como yo, de soslayo, regresar al tema del partido con el sólo fin de recrear una fugaz hazaña. No, los tipos como ellos, como Lennon, o como Cortázar, por más que me emperre en creer lo contrario para excusarme, no se detenían ni se conformaban con el saborcito dulce y vanidoso de un gol bien hecho, de Strowerry Fields Forever o de Circe, sino que seguían, iban por más; dejaban atrás y silenciosos el justo logro, y desgajados de toda soberbia (como ellos, como sólo los grandes) se mandaban al próximo caño, a Imagine, a Rayuela. Pero los tipos que como yo... en fin, la certeza de que ya nunca (con público, se entiende) se repetirá la proeza...

Es feo, es realmente feo ser tan imbécil como para sabotear la propia alegría, porque, como habrás adivinado, regresé a casa con un sabor a derrota parecido a este de hoy (qué feo, qué feo ser tan imbécil), pensando que hubiese sido mejor no haber hecho el puto gol, porque de esa manera me hubiese ahorrado aquel vacío. Era eso, aunque suene a lugar común (no pidan genialidades cuando escribo, mis mejores palabras son aquellas que pienso y olvido), un vacío que me succionaba el ánimo y me dejaba en esa actitud tan mía, tan proféticamente mía. Así llegué a casa, dispuesto a bañarme y salir rumbo al colegio sin almorzar. Cuando entré, ni saludé a mi viejo que me miraba con esa lucecita que tenía en los ojos cada vez que me iba a dar un regalo, era esa alegría por saberme alegre, no sé si entendés... le miré las manos, busqué el paquete, algo, lo que fuese que iba darme y que seguramente no lograría quitarme la pena, pero no encontré nada... y sin embargo esa mirada...

-Recién, cuando venía del taller, pasé con el auto por la canchita...-me dijo.

-¿Sí?-pregunté, sin saber muy bien a qué venía el comentario, porque todos los días pasaba por ahí a la hora del almuerzo.

-Me quedé un rato mirando...¡Qué golazo te mandaste!-me dijo con esa lucecita, ¿entendés lo que te digo? Puta, digo.

Me apoyó una mano en el hombro, me sonrió... y esa mirada, la lucecita, mi corazón latiendo a cien mil por hora... Y ahí, ¿entendés?, ahí... Qué suerte que para hoy tengo ese día. El día que me dice a gritos que, de haberse detenido el tiempo en el instante del golazo, jamás hubiese sido Maradona. Fui Maradona, viejo... El Diego, Lennon y Cortázar, todos juntos. Fui Gardel, por si no te queda claro... Y el mundo siguió andando. Y seguirá, te juro que para mí seguirá; por aquél día, por todos los días... Por eso, cuando me miro en el espejo y veo a ese pibe que se sigue preguntando el por qué de su vida, ya sospecho la respuesta.

jueves, 18 de junio de 2009

Luna Amarilla

jueves, 18 de junio de 2009 2

Luna amarilla, la que yo veo, la de los malos presagios; luna de un sucio amarillo, el alma atravesada por un color que le es impropio; luna de los pobres, luna del dolor, luna de los que no tienen compasión, anoche estabas frente a mí. Luna amarilla, la que yo veo, la que deseo ausente, porque aún deseo; luna que me recuerda que soy movimiento y soy voluntad, que me demuestra lo lejos que estoy de la impasibilidad de los perfectos, de la entrega de los justos, del valor de los que aman. Luna estridente, sucio espejo. Luna. Luna. Luna. Trinidad de los páganos. Hipóstasis; la razón, la necesidad, el temor. La fe. En qué. En qué.

Fumo mi desidia. Noche que regresa. Humo que se esparce anárquico en mi habitación, en mi vida, única noción del albedrío. Mi instinto, como el humo que se eleva, se aquieta, desaparece y deja apenas una huella, un aroma que con el día y las ventanas que se abren, y el amanecer, el nuevo día, lo harán desaparecer hasta el próximo cigarrillo y la próxima luna.

Luna amarilla, la misma que vi de plata reflejada en aquél río; la que me hizo feliz, me mostró lo bello, la necesidad de ella ahí, yo ahí, el mundo a mis pies. Luna ahora amarilla, en el mismo cielo que ha variado, como el río de Heráclito, como los días de la vida, que son iguales y distintos.





Fragmento de la novela Páginas Sepia, Luna Amarilla

martes, 9 de junio de 2009

Trece

martes, 9 de junio de 2009 1


Capítulo trece de la novela corta El zanjón donde la Luna, que terminé hace unos días y ahora estoy corrigiendo.




Un minuto pasan de las dos de la mañana; esta vez Manuel demoró un poco más el momento de sentarse a escribir. No importa, es la madrugada del domingo; podrá luego dormir todo el día, si lo desea. La perspectiva de una noche de frases arrancadas al tiempo lo incentiva, lo relaja. Ha leído, ha visto alguna película, tal vez Operación Valquiria, un filme en el cual se cuenta el último de los quince atentados contra Hitler. En otros tiempos, Manuel no sólo había escrito sobre la Alemania Nazi, sino que además había actuado en ese mundo. Dice bien, Manuel: mundo, porque en aquella novela que fueron tres, el Eje había ganado la Segunda Guerra y Hitler dominaba el mundo occidental. Era en los setentas, Perón gobernaba la Argentina como un virrey del führer y la resistencia peleaba contra la opresión. Tuvo ganas de rever aquellas novelas, necesitaban correcciones, sin dudas; pero ahora estaba con el zanjón, había llegado Antonio, el camino era otro aunque siempre el mismo, y de no mantener la mente centrada en el trabajo presente, terminaría escribiendo, finalmente, otra novela distinta. Ahora era la no novela, era el proyecto de lo que jamás tendría un sentido, una ilación sencilla para el lector inexistente; no había lógica, sólo había un arma, malditas las armas. Manuel se preguntó por qué razón encaraba un proyecto que moriría nonato con un arma como centro. Odiaba las armas, odiaba la violencia. Y sin embargo cuántas de las mejores obras del arte surgieron de una y de la otra. Basta de divagues inconsecuentes. Estaba Antonio desde hacía horas con un arma en la mano, con el sudor en la frente; debía darle otra vez la palabra en lugar de detenerse en tonterías, en escribir cualquier cosa que le viniera en mente, como ahora, que mientras trataba de visualizar a Antonio a orillas del zanjón donde la Luna, se vio a sí mismo en una calle de Banfield, a una hora que había vivido, en un instante intrascendente que por alguna razón se había grabado en su memoria como una fotografía, o más bien un pequeño registro de video; veía el contorno de los anteojos, porque no se veía a él, sino que era él el que veía aquél día, hacía diez años; y era de mañana, era otoño, era lunes y la temperatura agradable.

Como vino, la imagen desapareció. Otra vez soy consciente de mi ahora. Y no sólo del lugar y de mi historia, sino que además de las de cada uno de los que ahora aparecieron por aquí. Conozco la idea central del relato; y sé también que se trata apenas de un proyecto. Puedo ver el cielo, el verde, el zanjón; y también puedo ver las manos de quien en este momento escribe mientras saborea una barra de chocolate semiamargo. Miro el arma, es una 38 larga, tal como me habían indicado; es la que vine a buscar. Ya se cargó varias vidas y sin embargo es tan liviana. Nada más al recogerla supe que yo no iba asesinar a nadie con ella. Le daría un nuevo muerto, una marca más para las cachas, pero yo no iba a asesinar. Me quité el sombrero y lo miré por dentro; estaba manchado y olía a cuero cabelludo sucio. Hacía días que no me lavaba el pelo; y es que estoy en una época donde el cabello no se lava diariamente; y a mí, con un día nomás que no lo enjabone, ya lo tengo engrasado y oliendo a perro. No vale la pena malgastar tanta vida en la descripción de un aroma propio del desaseo. No vale la pena, menos que menos, renegar de lo que ya he escrito. No, no la vale. Por eso, para huir del círculo dialéctico en el que me estaba encerrando, arrojé el sombrero al zanjón; los círculos concéntricos que interrumpía la orilla apenas nacidos, actuaron como la llave que abrió la posibilidad de los próximos pasos. Por eso fui caminando hacia la alameda desde la que, según recordaba, había arrancado desde hacía algunos párrafos atrás. Tuve el impulso de dar media vuelta para ver por última vez el zanjón donde la Luna; pero me detuve apenas iniciado el movimiento; recordé a Sara convertida en estatua de sal; encendí un cigarrillo y seguí avanzando. Al llegar a la alameda, me detuve en el sitio que recordaba como origen. Sentí temor de toparme con algún límite invisible; una pared que me impidiera continuar. No era un temor físico; porque de ningún modo, con el paso lento en el que iba, podría lastimarme si me topaba con un muro; mi temor era de otra especie, y se acrecentó aún más cuando descubrí que, tal como lo había profetizado, los tiempos verbales habían cambiado, y con ello también había cambiado mi propio tiempo. Mi vida eran las palabras, mi presente eran los verbos, la acción, y ahora que había regresado, descubría que no estaba caminando hacia el futuro, sino que había regresado no sólo a un sitio, sino a un recuerdo, los actos pasados, la vida que había muerto. Más allá de donde estaba parado, estaba mi historia; era ésa misma que reconocía mía y desde siempre, pero que había olvidado. No, olvidado no era la palabra. Mi pasado aún no existía. Y darme cuenta de ello me atemorizó todavía más. Palpé el arma en el bolsillo, tantas veces había leído a personajes de otras historias que se tranquilizaban por el sólo hecho de cargar con un revólver, para ellos la sola tenencia era una esperanza, una probable y futura salvación. Sin embargo, yo no iba hacia el futuro, no estaba construyendo un mañana. Avanzaba sobre mi pasado; retrocedía en mi memoria para hacerla; traté de imaginarme con una figura la situación por la que atravesaba, estúpida manía de escritor que me llevó a ver un castillo de naipes construido desde la cima. Casi un mandato zen: construya el castillo de naipes colocando primero la última carta. Temía dar un paso más porque intuía perfectamente hacia donde me dirigía. Comprendí que aquel ahora, era un ahora sobrante; mi vida ya había terminado más allá. Si doy un paso más, sabré. Será como con el fruto del árbol prohibido, me condenaré a errar fuera del paraíso. Tendré conciencia de la muerte y sufriré por saberla mía. Caminaré, gritaré, sudaré, sufriré el mismo desencuentro una vez más. Habrá el día en que volveré a conocerte, y sentiré el mismo deseo de tu piel y de tu aroma. Tomaremos cerveza y saldremos luego a comprar cigarrillos; con una excusa tonta, atarme los cordones, por ejemplo, dejaré que te adelantes algunos pasos para así poder apreciar tu hermoso culo. Lo desearé una vez más, y llegará la noche que serás mía. Me enamoraré, me dirás que me amás también, y luego te irás; te irás lejos, ya puedo verlo, y mientras te alejás me seguirás diciendo que me amás, pero de todos modos te irás y yo permaneceré solo, luchando para olvidarte, pero con esta herida que es ayer y es también ahora; será la herida una vez más, y será doble; sólo que ahora llevo un arma, la palpo y no funciona, no me siento salvo; las armas son ineficaces contra los golpes como lo será el tuyo. Pero de todos modos saldré a caminar, y volveré al zanjón donde la Luna para buscar un arma que allí se esconde; iré vestido un poco extraño, porque serán otras épocas, no serán las nuestras; será una falsa alegoría, el sombrero como un ineficiente disfraz; porque siempre serás ahora, y serás ayer, y será ahora y ayer la aguja que me pincha la nuca y extiende su dolor hasta el corazón; leerás la palabra corazón y no sé qué pensarás al respecto; sólo me queda excusarme: hablo con un lugar común, porque será fácil que así todos lo comprendan. Y no me sentiré culpable por haber acudido a tan recurrente figura, porque, ya sabés, y si no algún día lo sabrás, yo soy la carne misma de toda recurrencia. Encendí un cigarrillo más, y lo fumo. Lo fumo ahora. Lo fumo y siento un mareo. No es por el humo. Me marean el tiempo y los tiempos. Estoy aquí, ahora, estoy mirando hacia adelante, que es atrás, sentado al borde de una alameda que, sin embargo, alcanzo a ver como desde una alta colina.

Y es que ya no era Antonio, sino Manuel el que veía. Antonio permanecía sentado a la sombra de un álamo, que tal vez se llamara Carolina. Lo veía pequeño, como una mancha, una hormiguita; porque Manuel se había distanciado tanto que, efectivamente estaba sobre una colina. Haría mejor en aclarar, Manuel, que no se trataba de una colina literalmente hablando; era más bien una altura en la distancia, una contemplación que pretendía abarcar un todo, pero que en realidad escondía un abrirse de los compromisos. Otra vez había puesto en voz de un personaje el cuerpo de sus propios demonios. Se asustó al verlos, y huyó, se elevó, se apartó del alcance de tiro; tanto les temía; y tanto se conocía que, apenas se justificó pensando en las mejores perspectivas, se obligó a reconocer la mala fe, Jean-Paul. Miró la hora, pasaban de las tres. En una hora exacta había escrito 1.600 palabras.

lunes, 25 de mayo de 2009

La posta

lunes, 25 de mayo de 2009 4
Primera parte, click aquí



Lloraba porque la urgencia por ser, al fin ser, chocaba contra el impasible muro de mi estar ahí, rebelándome en proyectos, atisbando desde su seguro inconformismo de mamá en casa, novio si tengo ganas, del arte academizado, del calor que abolía el nacimiento de aquella semilla. Qué es el arte, le había preguntado algún idiota con pretensiones de gracioso; y ella no respondió de inmediato, porque pensaba en Leonardo ejecutor de planes, en Miguel Ángel demiurgo del caos para desmentir el azar; pensaba en que los dos iban en contra del azar, pensaba en la gubia y el martillo, pero también en telas y pinturas, en palabras en prosa y en verso. Cagarte de frío, remataba el imbécil con una sonrisa de publicidad de dentífrico.

Pero quién lloraba. Ella o yo. Ella lloraba. Ella que soy yo.

La piedra era una piedra y tenía sabor a piedra; y la gubia sabía a gubia. Los pinceles, sin embargo, tenían sabor a rojos y a azules, a amarillos, y a todos los colores que pudieran salir de ahí. Mi universo estaba limitado. Su universo era limitado. Y ahora comprendía por qué. Ella, yo. Comprendíamos por qué. El infinito tenía un límite, y ese límite se lo daba ella, yo, nosotros.

¿Podía plantearle una conversación así al novio cuando tenía ganas? A ése lo único que le importaba eran las motos, mientras más grandes y ruidosas, mejor. ¿Y al idiota con sonrisa de Colinos? Menos que menos, porque era igual de imbécil. ¿Cómo es que caía siempre en brazos de tipos como aquellos?

Quizá la respuesta estuviera en aquél germen que se negaba. En la urgencia de ser chocando con el impasible estar. To be desmembrado, Cástor y Pólux enemistados.

Estaba tan cómoda en su seguro inconformismo. Ella quería arte. Yo quiero arte. Y el arte es cagarte de frío, como decía don dientes perfectos.

-¿No tenías dentista?

-Sí, mamá, pero mejor voy otro día.

-¿Y adónde vas, entonces?

-Salgo.



Santiago del Río me propuso continuar un relato comenzado por él (Click acá) y luego pasarle la posta a quien yo considere que puede interesarle la propuesta. Se la paso a Silvia alias Rayuela, que arma su zigurat en el espacio que enlazo aquí.

domingo, 17 de mayo de 2009

Palabras consuelo

domingo, 17 de mayo de 2009 2

Blasco llegó al bar y, sin saludar, se sentó a mi mesa.

–¿Existen las palabras consuelo? ¿Consuela oírlas, decirlas? ¿Consuela quien las dice? ¿Consuela la fe, el valor que le atribuimos? ¿Existen? Porque yo necesito algunas, ahora. Y si no existen entonces qué; dónde está mi error, cuál de todas las malparidas horas que me tocaron vivir puedo considerarlas dignas de una vida, dónde están las palabras que me respondan con piedad estas preguntas, estas certezas que me ahogan. Soy yo, siempre soy yo, una persona detestable; ni amor ni odio: indiferencia. Ése soy yo: indiferencia.

Soltó todo esto sin aviso; luego giró hacia el patrón y le hizo una seña.

Omar se acercó con una botella de ginebra y dos vasos. Amagó dejar uno para mí, pero lo rechacé con un gesto. Sirvió una medida para Blasco, otra para sí, que tragó sin respirar, y regresó a su puesto detrás del mostrador. La botella quedó en la mesa. Blasco apuró el trago y sirvió otro más. Lo disfrutaba; su rostro, antes pálido, pareció recobrar algo de color; me arrepentí de haber rechazado el convite, pero ni por un segundo se me ocurrió desdecirme.

–¿Me acompaña?–me preguntó.

–Depende.

–No se asuste, compañero; necesito caminar y decir algunas cosas; aunque no me escuche, hágame la caridad de prestarme sus oídos; estoy harto de hablarle a las fotografías; présteme sus oídos antes de que comience a parlotear con aparecidos.

–¿Por qué yo?

–Favor por favor; me anduvo buscando para hacerme hablar, ahora yo lo busco para que me escuche.

–¿Por qué yo, insisto? ¿No tiene amigos; el patrón del bar, sin ir más lejos?

–Ya le dije que necesito caminar mientras hablo; aquél compañero no creería ni media palabra de lo que se dijera afuera del bar, si alguna vez saliera...

–La pura verdad–dijo el patrón que, sin mirarnos, permanecía atento a nuestras palabras.

–Sería imposible sacarlo de acá. Por lo demás, poco me importa que me crea o no. Puedo contarle la mentira más estúpida, y me la va a creer mientras la diga acá adentro.

–Palabra por palabra–acotó el patrón.

–Pero afuera ni la verdad más evidente podría convencerlo.

–Ni la más evidente–consintió el otro.

–Está bien, salgamos.

Caía la noche; sobre el final de la calle, allá donde el pueblo terminaba, se extendían los sembradíos, y más lejos aún, sobre la línea del horizonte, una tenue franja morada, luz rezagada de un sol ya invisible, se apagaba lentamente. Avanzábamos hacia la franja, todavía en silencio. Pensaba en nada, juro por Dios, en nada; tal vez en el tufo alcoholizado que desprendía mi compañero; pero no, pensaba en nada.

–Soy un cobarde–soltó de pronto Blasco.

No respondí.

–Toda mi vida alimenté mi espíritu con ideas e ideales, con las formas del mundo que yo quería y jamás tuve el valor de hacer nada por ellos. Eran los 60, eran los años de la gran joda, qué lo parió. Me llenaba la boca con las palabras amor y paz, y al mismo tiempo con las palabras revolución, lucha armada, reforma agraria. Jamás fui capaz de unas o de otras. Ni amor ni odio: indiferencia. Ni paz ni guerra, temor, siempre temor a perder qué, no sé, porque nada tenía: temor a la vida, a esa vida que tenía y odiaba y sin embargo temía perder. Lucha armada, ja, pobre de mí; me hubiese orinado los pantalones al primer petardeo; reforma agraria, pobre de todos nosotros con las vaquitas ajenas morfando en la tierra de otros –hizo una pausa, se miró las manos, como si ellas guardasen el secreto que necesitaba revelarme, como si ellas sostuvieran entre hilos las respuestas que Blasco buscaba–. He visto, he oído, y he callado. Soy periodista, como usted; somos periodistas, por eso callamos. Lo nuestro, puras palabras, alcahueterías, mierda. Qué es un periodista sino un buchón. No hacemos justicia, no somos vengadores, somos, en el mejor de los casos, simples delatores; por el mango, ¿me explico? Es nuestro laburo, somos delatores profesionales. Hicimos de la alcahuetería una profesión. Nos creímos los grandes árbitros, pero no fuimos más que alcahuetes.

–Mire, no me incluya en sus...

–Lo incluyo; no se ofenda, pero lo incluyo.

Blasco volvió a callar, pero no por mí; poco le importaba que me estuviese ofendiendo; indirectamente, o retrospectivamente, porque yo hacía años que había abandonado el ejercicio del periodismo. Calló porque pasó por su memoria algo que, de momento, seguiría ocultándome, pero que luego me revelaría el porqué de su discurso, de su repentina necesidad de hablarle a alguien que fingiera escucharlo, de confesarse.

–¿Se ha interesado alguna vez por lo espiritual? – me preguntó.

Quise responder; no sé que iba a decir, a veces me avergüenza reconocer que sí, he investigado, he necesitado creer en algo más que mi cuerpo, he creído, y a veces creo. Pero la suya era una pregunta que no esperaba respuesta, era una simple introducción.

“Leí textos herméticos, leí los evangelios apócrifos –dijo–, leí sobre el budismo, el taoísmo, leí sobre la transmigración de las almas, sobre los aprendizajes que debemos enfrentar en cada una de nuestras reencarnaciones; alguna vez tuve deseos de someterme a una terapia de regresión para saber quién fui en mis otras vidas, qué aprendí o quedó en deuda; leí que decidimos cuándo nacer y sabemos cuándo vamos a morir, que tenemos una misión en cada vida, que una vez superada, que una vez aprendida la lección, nos situamos en planos superiores de conciencia; leí tanto y tan devotamente que alguna vez lo creí; pero, al tiempo, uno se da cuenta de que la vida es igual cada día, que ya nada de lo que es podrá modificarse, y se pregunta qué coños hace todavía por acá, dando vueltas sin sentido, leyendo una y otra vez la misma página sin llegar a comprenderla; leer el mismo párrafo con la mente en otro lado; hasta que se levanta los ojos del ombligo y se ven cosas mucho menos comprensibles que la página que se nos niega; uno tiene qué comer y qué beber, tiene una cama donde dormir, un techo debajo del cual cobijarse, y entonces está bien pensar en la vida espiritual y en los ángeles que nos guardan y nos guían; pero qué pasa con esos que están en la calle, con los que sobreviven bajo chapas heladas en invierno, ardientes en verano, qué hay para ellos que necesitan de la violencia para sobrevivir, violencia contra un sistema que los apalea, sistema del que somos parte; somos sus verdugos y somos sus víctimas. Es cierto que por temor no caminaría los pasillos de una villa miseria de ciudad; es cierto que me siento responsable de que todo siga así; y qué hay para ellos, cuál es el ángel que los guarda, cuál es la lección que deben aprender, qué sentimientos deben asimilar, y cómo esperar que lo hagan si en la vida que les tocó en suerte deben aplicar fuerza y mente nada más que para sobrevivir. Qué Dios creador, qué espíritus guías pueden dispensarnos consuelo si permiten lo que permiten en aquéllos. Cómo, habiendo esa miseria, me permito rogarles algo, esperar algo de ellos; cómo es que ellos eligen estar conmigo y no con ellos; cómo es que el mundo es la mierda que es... Cómo es que habiendo guías tan sabios no son lo suficientemente elocuentes para desviarnos del desastre... Desde el primer día equivocamos el rumbo; el paraíso que perdimos jamás podrá ser recuperado. Construimos destruyendo, acumulamos saqueando, uno tanto y otros nada... Me cago en los espíritus; ahí está el pobre Cristo, desde hace dos mil años crucificado, cada día torturado; su carne muerta, su ejemplo tergiversado, de qué espíritu me hablan, de qué ángeles; he amado y me han robado; he actuado y me han pisoteado; no estoy pidiendo recompensa, simplemente una palabra que sea verdadera; no quiero un ángel periodista que me dicte las crónicas del cielo; quise alguna vez conocer la esencia y de lo único que pude estar casi seguro es de que el hombre, por ser humano, ha equivocado el rumbo; si sólo nos hubiésemos conformado con ser hombres, simplemente la especie. Pero no, somos el ser, somos el que piensa, somos los que decimos soy porque pienso y conozco lo que pienso, somos los que reconocemos engaños en nuestros sentidos y seguimos confiados a ellos, somos uno y todos, pero no somos simplemente todos. Tengo un nombre, y tengo un rostro, tengo un número que me identifica y una dirección donde pueden ubicarme; tengo un vicio, tuve un amor, tengo esperanzas, aunque no parezca; tengo la necesidad de una fe; tengo manos y un corazón que se mueve y vive vaya uno a saber por qué; y tengo un sistema de nervios que conecta mi carne al cerebro; tengo una mente; tengo un alma, sin duda; tengo señas que me identifican uno y yo, uno para mí, desde mí, por mí, hacia mí; tengo el deseo hacia una mujer; tengo la potencialidad de un nuevo amor; tengo un pensamiento profundo y otro más superficial; tengo la necesidad de una vida relajada, de una estufa y un aire acondicionado, de una máquina de escribir, de papel, de palabras, de libros, de más palabras, de música y más palabras; tengo la necesidad de estar solo y siento el terror de la soledad; tengo deudas con el mundo que jamás voy a poder saldar; y tengo una deuda con el espíritu, y es la de la incomprensión; es la página que leo una y otra vez sin llegar a develarla; soy yo quien le debo, repito que no pido nada a cambio, salvo entender, saber, creer. Tal vez me sea negado el conocimiento porque soy periodista, un alcahuete; tal vez aquellos prefieran el secreto; pero usted y yo sabemos que nada bueno se oculta detrás del obstinado silencio.

Fragmento de la novela La Mala Fe

jueves, 7 de mayo de 2009

Movimiento

jueves, 7 de mayo de 2009 1

La luz decae; las sombras se alargan. Nos movemos. Se mueve el Polaco en su interminable tarea de pulir copas; se mueve la gente que apura el paso en las veredas del Paseo Colón; me muevo yo, atado al movimiento aunque ese movimiento carezca de acción. Se mueve la Historia, aunque parezca aferrada a la desidia y el desconsuelo. Se mueven las hojas del árbol que también se mueve, enraizado, prisionero, ni desgraciado ni feliz. Se mueven los ideales, el destino, la desesperanza, la fe; se mueven la voluntad, la sumisión. Se mueve el vacío dentro de la nada, y entonces ya no hay vacío, ya no hay nada. Se mueven las palabras, el lápiz que las traza. Se mueven los sentidos, los conceptos, las razones. Corre el zen, dormita Cristo, se agita el Tao. Cambian el centro, y es que ya no hay centro. El centro es el mismísimo movimiento.

Si la Historia fuese un modelo, un prototipo sin alma y sin vida, entonces sí se justificaría la narración como una fotografía, una naturaleza muerta enchastrada y esclava de la tela, los colores, el movimiento del artista que la fotografió, la imprimió, la dibujó. Pero la Historia se mueve, envejece como el retrato de Dorian Gray. Sólo que también envejece Dorian, porque él también se mueve, no está a salvo de la muerte. Nadie lo está. Ni siquiera la muerte. Ella también un día morirá. Cuando yo muera, morirá. Quiero aceptar mis razones, mis excusas para el rodeo. Quiero que mis palabras, ellas, tan sólo palabras, me justifiquen, me den el sentido que ni siquiera ellas mismas son capaces de darse para sí. Digo Araya y estoy diciendo una palabra, y estoy nombrando al capitán, y estoy definiendo mi aventura, y estoy justificando mi día. Digo Lopecito y sucede lo mismo. Diga lo que diga, lo digo en silencio, gritando sobre el papel. Qué diferencias hay entre lo dicho y lo escrito. Nada. O todo. Lo dicho se pierde en el viento, crea un movimiento, el propio, y muere como toda cosa viva. Lo escrito permanece y es prueba, nos ata a los principios, nos obliga a la culpa, nos tienta a romper el pacto como se rompen las promesas, y por último también muere, como toda cosa viva. Las palabras viven, ellas, que son nada, sólo palabras. Viven y mueren. Y tienen movimiento, transforman sus sentidos, sus razones, sus justificaciones. Digo Perón y se me eriza la piel, pero no es la palabra, sino la Historia. Pero no existiría la Historia si no existiesen las palabras. Sólo un recuerdo difuso, algo que podría ser, podría no ser, una verdad a medias, una mentira verdadera. Exactamente como ahora, que escribo esta Historia que no deja de moverse. Digo Hitler y el estómago se cierra, la sangre se espesa y el corazón se acelera, se asfixia mi cerebro. Pero escribo Araya, y escribo Lopecito, escribo Perón, escribo Hitler, escribo Yo, y me siento vivo, carajo. Tan, tan, tan vivo. Vivo y en movimiento, mientras la luz decae, las sombras se alargan, y un día más se apresta a desaparecer.

Vine al Infierno para hablar de los muertos y de la muerte, a tomarme algunas copas, a pensar mientras me muero. Vine después de meses, harto del encierro, la soledad, el miedo a enamorarme. Vine a buscar a Beatriz, vine a hablar de los muertos. Vine con Ella, vine a ver aparecidos. Las páginas se apilan a un costado de la mesa. Humea el cigarrillo, se secan las manchas aureoladas que marcaron los vasos húmedos. Se agrieta mi piel, me arden los ojos, los dedos se endurecen, la mano duele, la tinta se acaba. La luz decae; las sombras desaparecen, y en la barra un irlandés borracho y medio loco refiere historias de campos, de fugas, de amores, de odios, de muerte, de venganza, de absurdo, de al fin nada. Lo miro y veo a la Muerte; lo acompaña, lo mima, y él se deja mimar. En cambio al Polaco lo evita, será porque ya está muerto, o porque le teme tan poco que no se le atreve. El Polaco no brilla como brillan los cadáveres helados. El Polaco es un muerto bastante avispado.

La luz decae y yo siento ganas de caminar, de acción en movimiento, de buscar, de encontrar. Qué, a quién. Lo sé y no lo sé. En el fondo buscamos todos lo mismo, y a lo mismo llegamos todos. Allí está la omnipresente, del brazo del viejo Patrick. Yo deseo caminar, alejarme, llorar, pensar en los muertos, y en los locos, en la Historia, en mi final.

¿Quiero morir? No, no quiero morir. ¿Temo morir? No, no temo morir. ¿Voy a morir? Sí, voy a morir. ¿Es útil rechazar lo inevitable?... No lo sé, pero qué orgullo viejo, qué osadía. Vení, muerte, matame si sos guapa. Y sin dudas me matará. Pero qué furia, che, qué quilombo de la madre le haré cuando me busque. Y espero tanto de ella, la única verdadera, la única confiable. Espero tanto de su honestidad...


Fragmento de la novela Páginas Sepia, Luna Amarilla, alojada aquí

viernes, 24 de abril de 2009

El día que más nos quisimos

viernes, 24 de abril de 2009 3
Hay ciertas calles de Rosario que nos gustaban más que otras. Algunas internas del barrio la Florida, otras de la República de la Sexta, algunos recovecos de Fisherton, una curva antigua de Parque Field, algún tramo de Pellegrini, el último sobre todo, el que debe recorrerse entre paredes y barandas antes de llegar al Parque Urquiza. Nos gustaba la casa de paredes blancas y balcones de madera. Nos gustaba también el parque, y las primeras cuadras de Zeballos, y de San Juan, nos gustaba un par de cuadras de la calle Moreno, antes de llegar a los Tribunales, y también el tramo que bordeaba al Parque Independencia. Nos gustaba Urquiza desde la aduana hasta Laprida. Y nos gustaba la bajada de la calle Buenos Aires, los atelieres de los plásticos, y la casa en el subsuelo de la Av. Belgrano y la bajada Cabral. Nos gustaban los jacarandáes del Bajo y los palos borrachos del Normal 1. Nos gustaban tantos rincones, tantos. Pero nada nos extasiaba como el pasaje Santa Cruz, la casa derruida de mitad de cuadra, el aroma penetrante y eterno del orín de los gatos que la habitaban. Cuántas tardes hemos pasado por ahí, y nos quedamos mirando la casa, imaginando no sé qué historias de sus viejos habitantes. Y fue en esa cuadra donde más nos quisimos. El sol ya había caído, el alumbrado público comenzaba a encenderse con ese tono apenas amarillo, tres o cuatro gatos se habían animado a dejar su guarida y, curiosos, se habían acercado hasta nosotros. Leticia se agachó para acariciar al más atrevido, uno negro que se restregaba entre sus piernas con el rabo erecto y la respiración entrecortada. Alguien cerró una puerta con estrépito y los gatos huyeron espantados. Leticia se irguió y me miró a los ojos. Había un leve matiz de tristeza en su mirada, o de decepción. Se fueron, me dijo, y no fui capaz de ver la lágrima que censuró pero que estuvo allí tanto como nosotros y los gatos y la puerta que los espantó. Se fueron, me dijo, y no fui capaz de comprender cuánto dolor y cuánta historia encerraba la frase. La abracé, nos besamos. Nos quisimos. Ese beso, en esa calle, a esa hora. Ese instante fue cuando más nos quisimos. Nunca te vayas, ¿entendés? Nunca me dejes. Yo sonreí, le juré que jamás la dejaría, pero después de, en chiste, haberla reprendido por ser tan cursi. Ella también sonrió. Apoyó su cabeza sobre mi pecho, y así, abrazados, caminando lento, sin rumbo fijo, sin relojes apresurándonos, regresamos a casa.
Ese fue el día que más nos quisimos.

Fragmento de la novela La Mala Fe