martes, 27 de enero de 2009

Hacerte Feliz (cuento)

martes, 27 de enero de 2009 5


Bastaba con mirarte para saber que las cosas marchaban mal o que directamente no marchaban. Bastaba con mirarme cuando los silencios entre frases hacían tan profundo el pozo rutinario, el repetir las fórmulas de la mutua cordialidad, para recaer en las preguntas de cada día. Bastaba con sospechar una respuesta porque jamás certezas, jamás honesta aceptación de que nuestras vidas no caminaban juntas, ni siquiera próximas, y que ese anticiparnos a las palabras del otro, ese saber las frases del diálogo como se saben el Padrenuestro o el Himno, era una prueba más que evidente del fastidio que había terminado por corrompernos.

Estábamos, simplemente; y con el estar nos atormentábamos... La negación a la que nos sometíamos era en sí misma la tortura y la tierra que caía sobre el sarcófago de nuestro antiguo presente.

Nada nos interesaba del otro, realmente; nada querías saber de mi día, ni yo del tuyo, salvo cuando dejábamos que nuestras fantasías se entretuvieran edificando algunas de esas incongruentes sospechas de infidelidad. Entonces, claro, nos mirábamos con un dejo de perspicacia en nuestros ojos y en nuestra voz, haciendo de cada palabra una ironía, y de cada ironía la chapa que relucíamos para darnos a entender que no éramos los tontos que el otro suponía. Y no eran celos, no. Nada de eso, era el estúpido orgullo que nos atenazaba el alma al creernos engañados como niños, como la mitad harta de un matrimonio desgastado con precipitado entusiasmo (entusiasmo del tiempo que corría a raudales, claro, y de la vida sin remedio).

Pero qué hacer en esos casos, cuando ya se han transcurridos siglos en la rutina, en esa rutina que nos había alejado de nuestros amigos, de nuestras esperanzas y sueños, de nuestra juventud virgen de desengaños; qué hacer frente al miedo que nos provocaba el sabernos solos bajo un mismo techo, tan distantes de nuestras infancias, qué hacer sino recrear esa epifánica inocencia en alguien más, un ser que sería la síntesis de nuestras sangres y nuestras almas, alguien que pudiera alcanzar la felicidad que a nosotros nos había sido negada. Yo también caí en el engaño, no pretendo desligarme de mis culpas...

...y tu espíritu había recobrado tanto interés en la vida cuando comenzamos a hablar de los hijos.

Comenzamos a vernos diferente, y eso también fue parte del engaño. Ya no fuimos el hombre que llegaba cansado por las noches para repetir el ritual de la cena y un amor sin ganas, ni la mujer que gastaba sus horas detrás de unos lienzos y unos pinceles que jamás llegaban a conformarte. Dejamos de lado los libros, los discos, el diario de los domingos; dejamos de lado la antigua rutina para sumergirnos en otra que al menos prometía eso, eso que... mirá cuánto me cuesta decirlo, cuánto dolor... eso que sería nuestra felicidad.

Juro que me costó asumir el cambio.

Hacíamos el amor como siempre, pero ahora sabiendo que detrás de ese acto, detrás del precipitarme con todo mi tibio marfil que antes fobia

(antes detenerse subrepticiamente, cortar el encanto por entender la anticoncepción como lo más importante del caso, y contribuir con esos gestos a la desintegración de nuestro amor, claro, porque siempre así, justo en los mejores momentos, en el desconectarse, abrir grande los ojos y gritar que no, así no, ponete el forro y por qué vos no pastillas, me provocan celulitis, y por tus celulitis interrumpir el goce y derramar bilis perlada sobre las sábanas blancas, que luego mandarías al lavarropas antes de que yo hubiese terminado el cigarrillo y vos de protestar porque estaba fumando en el cuarto)

y ahora descarga y liberación. Claro que la obligación, el saber que estábamos haciendo el amor no por divertirnos ni por real deseo sino porque nos habíamos propuesto concebir, terminó por entorpecer las caricias, los pocos instantes de placer y amor que nos habíamos permitido desde hacía cuánto, decime, Nuria, cuánto.

No recuerdo exactamente cuál fue el día desde el cual el rito se transformó en un trámite, un estampar sellos sobre un formulario, amor burocrático, y frío, tan pero tan frío. Hacer el amor pensando en que después tendría que telefonear a Marcela, asuntos de la oficina, o calculando que si terminábamos pronto alcanzaría a ver el comienzo del partido, estaba en juego la clasificación. Y vos en silencio, aguardando que dejara de balancearme para así por fin recibir el semen y no tener que seguir retozando debajo de mi cuerpo sin sudor, y escandalosamente resistente a un orgasmo que no llegaba, no llegaba, no llegaba, deseando gritar ¡basta, por favor, basta! porque te lastimaba mi piel rozando la tuya seca y desanimada... Pero después no, dale, seguí, dale, porque era mejor ahora que estábamos en el asunto a tener que repetirlo más tarde, con la misma ausencia de pasión.

Tardo, pastoso, como un chicle apelmazado, un cosquilleo doloroso en el glande que no anunciaba un orgasmo, sino una simple eyaculación, fluido sin gracia, sin sentimientos, sin nada, por Dios, sin una puta fracción de amor: así era el final, mi final.

¿Ya está? Sí, ya está. Y un apartarse demasiado pronto para correr al baño a lavarme el pene harto de tu olor. Y encender un cigarrillo mirándome en el espejo, preguntándome qué estaba haciendo, por Dios, qué carajo estaba haciendo. Y vos en la cama con una revista entre las manos, oyendo algunas de esas canciones pedorras que pasaban en las radios, pensando en nada, o en todo, en la posibilidad, estábamos en fecha, la temperatura era la ideal; y yo todavía delante del espejo reclamándome cordura con la misma perplejidad del día en que te dije que te amaba (¿pero qué carajo estás diciendo, boludo?) Y de cuando te pedí que nos casáramos (¿te das una idea de dónde te estás metiendo?) Y después ya nunca más mirarme al espejo para interrogarme nada, porque estaba ahí la vergüenza de saberme traicionado... por mí mismo, traicionado.

Muy bien, supongamos que seguíamos amándonos, por qué entonces el temor, por qué someterme a tus modos si los míos eran para mí divinos... La verdad es que ya no nos amábamos y probablemente jamás nos habíamos amado, sino que habíamos comenzado, continuado y acabado con nuestra relación y con nuestras vidas por un simple acto de rebeldía, un querer demostrarnos que a pesar de nuestras claras diferencias podíamos ser uno solo... Pero hasta entonces habíamos sido vos ahí y yo acá, siempre dos, uno cada uno, individuos bien delimitados y aburridos, por cierto. La unidad entonces, tendría que ser externa, un juego que por lo demás te daría en que entretenerte durante nueve meses, inventarte un nuevo amor, uno que sospechabas verdadero, pero que no sería más que instinto; y yo... está bien, después de todo por qué no, si al fin y al cabo yo también instinto, especie, deseos de perdurar, procrear, simiente esparciéndose junto con el viento que las haría recaer en la buena tierra, la buena madre, yo también obediente de la naturaleza y de la carne, naturalmente carnal, espíritu de la tierra blablablabla.

Ya en el ascensor, Nuria, iba ensayando los gestos con los cuales demostrarte mi interés; y entraba con ese aire de tipo convencido de que al fin lo habíamos logrado, pero vos nunca tan puntual, nunca tan exacta en el almanaque de la luna. Era patético, decime si no; yo abriendo la puerta casi a los golpes, llegar corriendo al cuarto, donde vos tendrías que esperarme sosteniendo ese escarpín celeste que guardabas en el fondo de la cómoda, pero siempre con las manos vacías, mirando el techo con los ojos muy abiertos en la oscuridad de las ventanas cerradas, fingiendo que la tristeza era compartida, concediéndome un falso espacio en tu nueva frustración. Recurrimos hasta a la superstición de las promesas; me obligaste a no cortarme el pelo hasta que vos no quedaras embarazada, y ese día de un tijeretazo nos lo cortaríamos para entregárselo en ofrenda a la Virgen de San Nicolás.

Y cuando pasaron meses iguales, cuando mi cabello negro alcanzó mi espalda, cuando ya estábamos hartos de repetir un amor que además de carente de novedad tenía el agregado de ser una prerrogativa médica, un movernos así o asá a la hora establecida en el día determinado por esa bendita planilla y un termómetro tan tieso y frío como mi pene relleno de mercurio, tímidamente mencionaste la posibilidad de que fuésemos a un especialista, mirándome de reojo, culpándome por tu vientre vacío. Está bien, te respondí, sin decirte que semanas atrás había consultado a un médico, y que me había sometido a esos análisis tan vergonzosos, creéme, tenés que sacudirte encerrado en un cuartucho sabiendo que todos saben que vos estás en ese cuartucho sacudiéndote... Y nada, ¿sabés? Todo perfectamente normal, pero cómo decirtelo todavía, si estabas así, tan... vacía; necesitada de maternidad, y tus repentinos pozos depresivos cada vez que te enterabas del embarazo de una amiga, y un nuevo someterme a sesiones de apurado sexo ortopédico... Y para colmo tu madre, Nuria, que nada sabía de nuestro hastío y tu obsesión, te había llamado para darte la noticia de que tendrías un hermanito (esa vieja de mierda, puta, yegua, embarazarse a esa edad) y que para colmo se burlaba (sin saber de tu terror, claro, cómo saberlo) porque no habías “inaugurado la fábrica”, y ella feliz madre de cuatro hijas y ahora un quinto a semejante edad, yegua puta, vieja de mierda... Pero claro, de nada te valieron mis consuelos torpes y desganados, mi acariciarte la frente cuando en realidad hubiese deseado andar de bares, emborrachándome, creyendo que podría enamorarme otra vez... alguna vez... de verdad. Pero sí, mi amor, ya vendrá, ya vendrá, no te preocupes, y vos nada, aumentando tu odio, mirándome con recelo, culpándome por la desgraciada esterilidad de nuestro lecho.

No creas que no lo supe, me engañaste con cuanto tipo se te cruzó; pero yo estaba más allá del bien y del mal, y además me apenaba tanto por vos, Nuria, por entender lo que sentías, aunque ese sentimiento haya sido tan estúpido.... Hasta que aceptaste que tal vez vos... Y para qué, para qué recordar el día en que comprobaste que sí eras vos, que jamás podrías ser madre, y tu madre embarazada, y tus amigas embarazadas, y tus hermanas empollando sobrinos como si estuviesen compitiendo, y vos seca, vacía, nada...

Qué nos quedaba, desde aquél día. Poco a poco comprendí que la compasión que sentía por vos no era tal, sino que era amor, finalmente un verdadero amor. ¿Podíamos alejarnos ahora, Nuria, cuando finalmente nos amábamos? No, mi amor, tanto vos como yo tuvimos que reinventarnos un plan juntos, esa estúpida necesidad de confirmar nuestra alianza eterna. Sufrías tanto... Nos desquitaríamos; me rogaste que nos armáramos de paciencia porque pronto nos desquitaríamos, sería justicia, y yo te miraba con miedo; estabas pálida, tus labios temblaban, tus ojos fríos atravesándome el alma.

Nos vengaríamos, estaba decidido, y yo no podía menos que acatar tu voluntad.


Nos pasábamos las noches en vela, filosofando sobre las incongruencias que tenía la vida, que le daba hijos a quienes no lo querían y se los negaba a quienes lo deseaban con el alma. Y sí, te decía yo, pasa siempre: ya ves a los afortunados a quienes le caen las cosas de arriba despreciándolas mientras que otro se pela el culo por nada... Y hablábamos de lo mismo, vos de hijos, yo de viejos sueños, retroalimentando nuestro rencor, recuperando el amor que habíamos perdido, o dándole cause al que jamás habíamos sentido... Y dejábamos que las lágrimas se secasen despacio, mientras nos mirábamos con deseo, y nos entregábamos a la pasión. Nos descubrimos amantes, Nuria, supimos de nuestros cuerpos como nunca antes, nos deseábamos de día y chocábamos exquisitamente en las noches, seguros de que allí estábamos uno solo, vos y yo, un mismo cuerpo, un mismo espíritu, justicieros de la humanidad.

Estábamos tan enamorados, tan bobos el uno con el otro, que planeé los pasos sin tu colaboración; quería sorprenderte. Claro que lo mejor hubiese sido profundizar en tus deseos. Pero qué importaban los detalles, si tus palabras de amor eran un bálsamo y mis besos eran tu voz: qué nos importaban las manchas, los descuidos, qué nos importaba nada cuando hacíamos ese amor tan lento y exquisito. Yo me sentía como un adolescente, y te dije que te amaba, y me miré en el espejo, feliz, sin una voz que me recriminara nada. Te dije que estaba dispuesto a hacer lo que sea por vos, eso que planeaba y mucho más también. Y te lo dije porque así lo sentía, y vos lo creíste, porque sabías que no mentía.

Fue tan intenso aquél encontrarnos uno, que desaparecimos de la vida de los pocos amigos que nos quedaban. Pasaban los días, los meses, y nos enterábamos de cómo marchaba el embarazo de tu madre por los llamados telefónicos que primero fueron diarios, luego esporádicos, hasta que finalmente derivó en enojo y visita de tu padre, rogándote que vayas a verla, porque ella no podía moverse, y deseaba verte, y vos que no eras un merengue ni un helado de frutillas, no eras un antojo, caramba, pero cómo se te ocurre, hija, tu madre quiere verte, que venga ella, sabés que no puede, ya te dije, y claro, a esa edad y embarazada, bueno, Nuria, las cosas se dieron así, sabés que no somos partidarios del... dale, decilo, ¿te avergüenza decir aborto? No, no es vergüenza, simplemente un pequeño asco, algo en la nariz, asco hubiese debido darte dejarla embarazada, pero por qué decís eso, ¿estás celosa?, cómo se te ocurre, es lo más hermoso del mundo, ser padres, claro, qué esperan ustedes, todavía somos jóvenes, bueno, pero no se demoren porque, porque qué, eh, porque qué, miráte vos, a tu edad, caramba, bueno pero no te lo tomes así, le digo que vas a ir, sí, sí, decile que mañana voy y le llevo frutillas con crema.

Regresaste pálida, más tarde enrojeciste, después otra vez pálida, y sudorosa; regresaste sabiendo que todo aquello que sobrevolaba en las noches, nuestra venganza, tendría que ser una verdad y no un simple consolarnos; yo lo supe antes que vos, lo supe desde siempre. Nada de lo que decíamos era falso, nada de lo que planeaba caería en saco roto; nuestra venganza era un hecho, y vos sabía y yo sabía nosotros dos uno mismo sabíamos que estaba dispuesto a lo que sea por vos, por mí, por este dos. No fueron necesarias tus palabras para confirmármelo, tu mirada era aquiescente.

No había más que esperar. En tres semanas, como mucho un mes, tu hermanito llegaría al mundo. No había más que esperar. Las cosas, durante esas semanas, se tornaron densas; apenas si cruzábamos palabra por temor al arrepentimiento, un temor que se disfrazaba de vergüenza. Era el tiempo de la venganza, nuestras vidas serían pagadas.

El cuatro de agosto recibimos la noticia. Desistimos, lógicamente, de ir al sanatorio. Tu hermana Gladis llamó para avisarnos. Un varón, el primer hermano varón. De paso, para que no quedaran dudas de los desfasajes del destino, nos daba la buena nueva de que ella estaba encinta del tercero, una nena, si Dios quiere. Tus lagrimas fueron para mí puñales en el alma... Te hundiste otra vez en la cama y dejaste que las miserias regresaran en forma de un puño y un índice apuntándote; así me lo describiste, y fue tan duro: “el mundo me señala, no sirvo para nada si no puedo darte un hijo”. Y me lo decías así, darte, aunque vos sabías, y yo sabía, este dos sabía que no era un darte sino un darme, que para el caso era igual a un darnos; más que una demostración, una necesidad de sentir que si estábamos en el mundo era por algo... y ese algo era el ser padres. Tal vez algunos meses antes hubiese aceptado de buen grado tu propuesta, aunque la hayas pronunciado para despertar mi consuelo. Vos podés, me dijiste, y yo no sirvo para nada, por qué no te vas con alguien que pueda darte un hijo... Pero ahora, después del amor, era tan injusto que me lo dijeras, aunque fuese un dardo buscaconsuelos; era tan absurdo de tu parte decirme que me fuera, que buscara lo que para mí hubiese sido válido nada más que con vos, Nuria. ¿Tan ciega eras como para no comprender que si yo quería ser padre de alguien era de tus hijos? No me interesaba más que tu felicidad, finalmente lo había comprendido. Algunas noches, mientras te besaba en los ojos para sorber tus lágrimas, injustamente pensaba que tu, mi, nuestro sufrimiento había sido un mal necesario, un estímulo para nuestro amor, pero bien pronto me libraba de esas ideas egoístas, ¡cuánto mal te hubiesen hecho!

No fuimos al sanatorio, alegamos una tontería, algo difuso sobre mi fobia a los ambiente asépticos y el decidido odio al aroma de la sopa, y claro, un pequeño resfrío tuyo que podría contagiar al bebé, excusa que para ellos fue más que suficiente para disculparnos y olvidar tan rápido como la habían oído la tontería de la fobia y de la sopa; por supuesto, decías, poco les interesa lo que podamos sentir nosotros, ahora tienen sentimientos nada más que para el bebé. Y lo decías con un fingido puchero para que pareciesen celos de una hijita descuidada, en lugar del reclamo que me hacías para que por fin pusiera un orden justo a nuestra realidad. Fingías para quién, Nuria, si nadie nos veía. Yo sabía exactamente lo que vos sentías y esperabas de mí. Nuria, ya era tiempo de demostrarte mi amor.

Cuando tus padres estuvieron de vuelta a la casa, decidimos visitarlos. Te costó reunir fuerzas, se notaba en tu inercia delante del guardarropas, demorando la mañana en una supuesta indecisión. Que si el vestido azul, que si la blusa blanca, que si los zapatos o los suecos... Después frente al espejo, que cuál perfume y cuál crema, que si sombra y rouge o mejor nada... No deseabas ver a Joaquín,

(te hizo gracia enterarte del nombre, el de tu abuelo, el que hubieses elegido para nuestro hijo; te hizo gracia es un decir, en realidad había lágrimas en tus ojos)

eso estaba claro, aunque fingías interés; incluso habías recorrido las tiendas del centro para comprarle los presentes que hasta ese día habíamos evitado. Toda la tarde, me dijiste, toda la tarde de un lado para el otro tratando de adivinar qué dibujos podían corresponder a los rasgos de Joaquín. Le compraste unas ranitas blancas, una remera con los personajes de Disney, y una camperita de lana azul con la que hubieses deseado vestir a nuestro Joaquín. Claro que no te dije nada, pero sentí que te sometías innecesariamente al dolor; ya demasiadas injusticias nos daba la vida como para que vos ahora te lastimaras peor. Para qué todo aquél teatro, ese fingir interés por el hermanito Joaquín.

Yo estaba nervioso, debo confesarlo, por eso preferí que viajásemos en taxi. Lo de la avería en el coche fue una mentira, claro está. Me temblaban las manos; y no era miedo, Nuria, era ansiedad, era una inusitada emoción, algo que jamás había experimentado; deseaba de una vez complacerte, demostrarte cuanto te amaba y de todo lo que era capaz de hacer por ese amor.

Hicimos el viaje en silencio; pude ver en el reflejo de la ventanilla que sonreías. Acariciabas la cinta de seda con la que habías atado el paquete y sonreías. Y yo, Nuria, yo estaba feliz porque sabía que tu sonrisa era un reflejo de tus pensamientos, tu seguridad de saberme capaz de cumplir tu voluntad. Hacía mucho frío; puedo recordar que me castañetearon los dientes apenas descendí del coche. Era tan distinto, sin embargo, ese frío; tan otro y tan placentero sentirlo en tu compañía y en las puertas de nuestra venganza.

Joaquín iba a morir. Por vos, por mí, por nosotros; por nuestro Joaquín.

Tus padres salieron a recibirnos; tu madre con el bebé en brazos. Vos te abalanzaste sobre él como si fuese nuestro hijo; lo alzaste con un gesto que demostraba una gran alegría (debo confesar que sabés simular muy bien) y lo pusiste junto a tu rostro, y me dijiste “mirá, es igual a mí”. Y sí, por Dios, era tu cara, la cara que ni tu padre ni tu madre ni tus hermanas... ese rostro precioso de algún antepasado olvidado; era tu cara, Dios Santo, las malditas bromas que solía jugarnos el destino. Confieso que en ese instante perdí todo mi valor. Y te veías tan feliz aunque fuese de mentira; parecías tan dichosa por haber conocido a tu hermano. Tu madre lloraba también de felicidad, sólo que la de ella era verdadera, y que pronto sus lágrimas serían de dolor; pero antes debía recuperar las fuerzas, necesitaba tomar el aire frío de agosto, sacarme esa imagen: tu rostro en el cuerpo de un bebé sin futuro. Decidí caminar, dije que para comprar cigarrillos. Me dolía la cabeza, me temblaban los pies. Pero había que hacer lo que había que hacer, caramba; nada de flaquear, todo era por vos, por mí, por nosotros este dos. En la esquina doblé hacia el sur, saqué un cigarrillo, lo puse en mi boca, y descubrí que no llevaba el encendedor. Necesitaba imperiosamente fumar; a mitad de cuadra vi venir un hombre, un sujeto extraño que me miraba fijo y desconfiado. Le pedí fuego y el muy hijo de puta, Dios Santo, Nuria... ¡Me disparó!...

...Y ahora, Nuria, te veo al otro lado de la ventanilla; las sondas están de más, sé que voy a morir, y vos allá, mirándome sin atreverte a mirar, y tus hermanas tratando de consolarte, tu madre con Joaquín, tu padre apoyándote una mano en el hombro, y vos llorando, llorando en silencio unas lágrimas que son tan claras desde aquí, y yo muriendo, Nuria, sin fuerzas para levantarme y arrebatarle el bebé a tu madre, estrangularlo, arrojarlo contra el piso, aplastarlo con los pies, vengarnos, Nuria, hacerte feliz.

domingo, 18 de enero de 2009

Luz

domingo, 18 de enero de 2009 6


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Fragmento de la novela Cosquillas en el Culo de San Minuto de las Horas Simples

Mi nombre es Luz, y si estás de acuerdo te hablaré de mí.

Soy de esas chicas, cómo te diré, que saben perfectamente lo que quieren de los hombres, pero que no siempre quiere lo mismo de cada uno y cada uno le ofrece lo que preferiría en alguno de los otros. Lo peor es que soy consciente de que hay tantas iguales a mí; ni siquiera me queda el consuelo de la originalidad. Puedes decir: eres como todas las mujeres y te puedo responder, ofendida, que soy una mujer y hasta todas las mujeres pero no como todas las mujeres. Y te lo diría, créeme, con el sabor amargo que nos dejan las verdades que a duras penas nos creemos.

Hoy una amiga contándome sus cosas, ayer una conversación oída ocasionalmente entre dos estaciones del metro, antes de ayer las frases leídas en un libro o los diálogos de una película: siempre hay rastros de mis sentimientos en los sentimientos ajenos. Entonces, vale, ni siquiera en mis neurosis soy original.

Oye, dicen que Freud murió sin saber qué querían las mujeres. Pues bien, lo he dicho: sé lo que quiero, sé de quién lo quiero, pero nunca me dan eso que espero. Pongamos por caso Luis, el chico con el cual acabo de romper. De él, créeme, esperaba unas caricias y unas miradas que me hicieran sentir adorada; esperaba palabras tiernas y un amor apasionado pero sin apuros; esperaba que me regalase flores cada vez que nos citábamos, o al menos una golosina. Pero él sólo me daba sexo y apuro, una conversación previa casi de caridad y luego hala, que después quedan cosas por hacer: a un hotel, a follarme como un toro furioso, a despacharse uno o dos whiskys y luego hasta más ver, te llamo y quedamos para el viernes. Entonces, oye, me quedaba en una esquina de la Gran Vía como empapada por un aguacero aunque hiciese un sol de los infiernos, viéndolo alejarse en el coche, triste, enfadada y angustiada por el cosquilleo perdurable de los orgasmos recientes. Se iba, te ibas, Luis, dejándome con ganas de ti. Se iba así, corriendo, y yo, créeme, amándole cada vez más en relación proporcionalmente directa a sus desplantes.

Empecé hablándote de Luis con alguna ambigüedad respecto del fin de la relación; no rompimos, él me dejó. No hubo explicaciones. Y sé que no las habrá. Me llamó diez minutos después de la hora que pactamos para nuestra cita y me dijo que no se presentaría; tampoco lo haría más tarde ni al día siguiente, ni nunca más. Dijo que lo nuestro se había agotado, que ya no lo llamase y concluyó con un adiós, Luz, que seas Feliz. ¿Puedes creerlo? ¡Que sea feliz! ¡Hijo de puta!

De Luis te diré más luego. Ahora te estaba hablando de mí. De la clase de mujer que soy y de lo que espero de los hombres, de cada cual algo distinto y siempre con las expectativas equivocadas.

Ahí está Manuel, por ejemplo. De él, como decirte, no esperaba más que sexo, que me hiciese perder la cabeza, que me exprimiera los jugos hasta secarme cada noche. Deberías ver la cara de pervertido que tiene. Es buen mozo, aunque no bonito; sin embargo despierta eso en mí, el deseo de quitarme la ropa mientras cenamos en un restaurante y que me penetre sin pausa delante de todos los comensales; sin pausa y sin piedad. Que me apriete con las manos hasta hacerme doler, que me muerda y me abofetee. En cambio él es tan torpe en su timidez. Me acaricia horas y horas, me besa con ternura, me mira con veneración y me dice lo hermosa que soy y sólo después de muchos rodeos se decide a ponerme una mano en mis pechos, juega un rato con ellos, como si quisiera calentarme con eso, ahora, a mí, que desde hace horas soy un horno de fundición. Por fin se decide a poner una mano en mi entrepierna, yo aún con las bragas puestas, y rebusca con el dedo medio un lugar debajo de mi slip para descubrir que ardo y que sí, Manuel, vamos, joder, hace rato que estoy lista. Pero él, maldito sea, apenas si comienza a bajar los escalones del púlpito sagrado en el que ha colocado mi imagen. Hacemos el amor y lo hacemos tan lento que exaspera. Quiero que empuje, que venga hacia mí, que me parta, pero él va y viene tan lento y hace círculos y parece que nunca va a terminar; me hace el amor como si estuviésemos meditando en búsqueda del nirvana y yo nada más quiero gritar de una vez; gozar y gritar. Cuando por fin termina, en lugar de hacerse a un lado y encender un cigarrillo, se queda sobre mí demorando las caricias, subiéndome otra vez al púlpito del cual ha osado retirarme, él, pecador, venerándome penitente, repitiéndome una y mil veces lo hermosa que soy; Dios santo ¡enamorándose! Y yo ahora sólo quiero que se vaya.

Antonio, en cambio, el chico que me había gustado de niña, me arrinconó en el ascensor la primera vez que nos vimos después de muchos años; casi me viola allí mismo de no ser por la vieja del 6ºB, que justo empezó a golpear las puertas llamando al ascensor detenido entre dos pisos.

Ya va, grité yo. Antonio no tuvo más remedio que abandonar el intento. Ni siquiera lo dejé llegar a mi departamento; cuando bajé del ascensor y él amagó seguirme, lo detuve mostrándole mi tubo de gas pimienta: tú te vuelves, joputa, y espero no verte nunca más en la vida. Las puertas se cerraron; vi mi cara reflejada en ellas. De él esperaba continuar la relación platónica que siempre incubé.

Y Andrés, estúpido Andrés, que cuando lo atraje hasta mi casa y me abalancé sobre él, me apartó de golpe diciéndome que sólo quería ser mi amigo. Créeme, quedé perpleja. Yo estaba bellísima; mi escote, más pronunciado que nunca. Y llevaba unas faldas sueltas que despertaban hasta la libido de las piedras. ¿Eres gay? le pregunté, esperando que su repuesta fuera sí. No, me respondió; eres hermosa y me gustas, pero sólo quiero que seamos amigos; tengo la cabeza puesta en otra persona, que para peor de males no me quiere y no puedo dejar de pensar en ella; ya lo sabes, estuvimos hablando de eso... Y sí, lo sabía, me hablaba todo el tiempo de esa mujer desconocida pero, qué coños, ella no estaba y yo sí.

Puedo hablarte aún largo rato de los hombres en mi vida y desearía hacerlo, pero no estoy acostumbrada a tanto manuscrito, ya empieza a dolerme la mano.

sábado, 10 de enero de 2009

Juguemos

sábado, 10 de enero de 2009 11
Fragmento de la novela La Mala Fe



Juguemos; juguemos a ser personajes de una mala novela de amor. Juguemos a decirnos maravillas y atrocidades pero con ese lenguaje del que jamás seríamos capaces en la vida ordinaria. Juguemos a hacernos el amor sin las rutinas que nos imponen los relojes y los almanaques, los trabajos, la vida de allá afuera; juguemos a ese amor que seguramente vos también tuviste; ese amor de cuando creías que el amor lo era todo, y era absoluto, y era para siempre. Juguemos a las caricias de palabras; a los días y las tardes y las noches y los días otra vez enroscados sobre el colchón. Juguemos antes de que sea tarde, antes de que nos llamen a tomar la leche; juguemos ahora porque ya vendrá el invierno, juguemos ahora que el sol se pone lento; juguemos a decirnos tonterías. Y digamos que es un juego para no sentirnos tontos.

martes, 6 de enero de 2009

¿Encontraría a la Maga?

martes, 6 de enero de 2009 6

Ana se encerró en el cuarto y abrió Rayuela, que tenía siempre sobre la mesa de luz. Cata parecía dormida, así que abrió un poco más las ventanas para que entrara plena la luz de la luna; ese día era tan llena y tan blanca que no era necesario nada más para poder leer. ¿Encontraría a la Maga?, leyó, y se preguntó, una vez más, por qué Cortázar comenzaba la novela con una potencialidad que presuponía la duda cuando en realidad estaba bien seguro de que no la iba a encontrar. No habría sido la misma novela, sin embargo, si hubiera escrito ¿encontraré a la Maga? O peor: No encontraré a la Maga. En definitiva, pensaba Ana, no le importaba tanto el encuentro como la búsqueda y esta conclusión, la misma que se repetía cada vez, la tranquilizaba y le devolvía el sueño. Pensaba en todas estas cosas cuando se durmió y comenzó a soñar. Soñó que navegaba en barcos ebrios de felicidad y que en cada rincón de cubierta había un hombre sin rostro, un hombre que era todo sentimiento, era un mismo amor hacia ella y eso le hacía sentir muy bien, notaba cómo se le inflamaba el pecho de orgullo por el amor que ese hombre desconocido le profesaba, pero el bienestar duraba apenas nada, un suspiro, porque ella no sentía lo mismo; lo que veía era una cosa, un objeto; el amor era esa cosa y ella era nada más que una observadora incapacitada para poder apropiárselo, y no porque lo tuviera prohibido, no por alguna razón que pudiera identificar; no podía hacerlo suyo y eso era todo. Tampoco había una decisión poderosa de ir y luchar por él; había más bien una desidia. De pronto esos hombres sin rostro, esas cosas, el amor objeto desaparecían y Ana volvía a sentir las mismas ganas y la misma alegría virgen que había sentido al subir al barco. Porque si bien el sueño comenzaba con ella ya en cubierta, recordaba perfectamente el momento del abordaje y recordaba también la expectativa feliz de los primeros pasos hacia ese espacio limitado y desconocido desde donde, sabía, debería emprender la búsqueda. Ahora debía recomenzar esa búsqueda y otra vez se sentía casi feliz, casi en sintonía con la ebriedad de la nave. Daba un paso y se preguntaba ¿Encontraría a…? Y en el momento de pronunciar el nombre, se despertaba.