sábado, 28 de febrero de 2009

Eco (cuento)

sábado, 28 de febrero de 2009 2


Cuando leo, al igual que cuando escribo, me obligo a creer en cada palabra, en cada historia, más allá de que una vez cerrado el libro o estampado el punto final, de mi forzado candor no perdure más que un reflejo. Soy consciente de que mientras dure el hechizo seré un esclavo de las ideas que pueblan el instante: al penetrar en una página seré yo quien crea que son gigantes los molinos y asimismo seré yo quien, sabiendo que se trata de molinos, me dejaré convencer de lo contrario si con ello me aseguro la ínsula prometida....

Esta misma idea la hemos discutido tantas veces en el Club Rosarino de Escritores Inéditos que ya no recuerdo quién de todos nosotros es el autor original; de lo único que puedo dar fe es que, en mi caso, la experiencia es absolutamente cierta, mientras que en mis colegas se trata de una mera pose, pues ellos, almas de piedra y cal, serían incapaces no ya de alucinar como el Quijote, sino al menos de creer interesadamente como lo hacía el bueno de Sancho... La prueba está en lo que escriben...

La referencia al Quijote no es casual: cuando aquel día de mayo me vi caminando por la avenida Pellegrini, cruzando Mitre rumbo al río, temí un desvarío similar al que había sufrido Alonso Quijano como consecuencia del abuso en la lectura. Claro, yo no leía ni leo historias de caballería, pero... Tal vez sea conveniente dar algunos detalles más precisos sobre mis hábitos de lectura: dejo que sea el azar quien me guíe hacia los libros (las puertas son quienes eligen a los hombres, según dicen), sin embargo no tomo todo cuanto llega a mis manos, sino que aplico un sutil método de filtrado consistente en apartar aquello que huela a autor argentino contemporáneo... Confieso, sin mucho entusiasmo, que no siempre me es posible eludir tales engendros, puesto que nuestros colegas, cada vez que publican (y traicionan al club), se empeñan en regalarnos sus libros esperando nuestras críticas y alabanzas con la misma ansiedad del pavo que espera el crecimiento de sus plumas... Pobres infelices. En mi caso, me he propuesto enviar nunca nada a un escritor argentino contemporáneo; no deseo que piensen que los importuno con mi contemporaneidad, no quiero que sientan amenazadas sus carreras por el genio velado que pugna por nacer, y mucho menos deseo que crean que ambiciono su respaldo o sus buenas críticas.

Les estaba hablando de mis lecturas; pues bien, decía que los últimos argumentos que había estado leyendo versaban sobre la existencia de dobles, ya sean estos de naturaleza fantástica o real, de modo que, al verme, no pude reprimir la herejía de sospechar que la literatura había envenenado mi mente de la misma manera que los libros de caballería habían estimulado la metástasis irracional en la conciencia de Quijano. ¡Si hasta de Platón y su caverna blasfemé durante mi breve desvarío...!

No logro encontrar la forma de expresar mis sentimientos; la cantidad de palabras que necesitaría para narrar las distintas reacciones que experimenté en segundos, luego de aquella visión, atenta contra la inmediatez real de los hechos, de manera que me atendré a lo esencialmente literario; para que mejor se comprenda el trabalenguas que exige mi alma, permítanme explicarles que yo sí vivo como enajenado, a un centímetro de la realidad, observándola como si fuese una página escrita. Si comprenden esto (que mis colegas afirman sentir, repitiéndolo en sus disertaciones sin que yo ni nadie se los crea) no les resultará difícil entender por qué, cuando me vi de aquella forma inusual, de inmediato pensé que había enloquecido; luego, que ese presente no era más que un caso de alteración espacio temporal –con quien les habla como protagonista excluyente– dispuesto sólo para que yo pudiese leerlo, disfrutarlo y analizarlo; finalmente acepté que la vida, Dios, el azar, o como quiera que se llame el hado que actuaba, me estaba regalando el argumento de mi próximo relato...

Todo esto en pocos segundos, y en ese escaso tiempo formé un presente imbricando los tres mencionados: debía de ser yo quien estaba delante de mí; esto ocurría para que yo pudiera leerlo; y, tratándose de mí, de mi vida, el permiso tácito para que yo hiciese uso de la historia como mejor me viniera en ganas era más que obvio. Esta fue la mejor manera, la más astuta y juiciosa, de evitar el temido quiebre racional.

Decidí seguirme, entonces, manteniendo entre nosotros una prudente distancia, y sabiendo que, al desviar mi rumbo original, resignaba la puntualidad que me enorgullecía y que era fama entre mis colegas... Sin dudas no podría llegar al club a las cinco para abrir la asamblea semanal con mi disertación sobre la “Influencia de la gripe asiática en la literatura argentina contemporánea: sus consecuencias”. De modo que sobrellevé los primeros pasos de la persecución con una doble culpa: la primera, por la obligación incumplida; la segunda – la más absurda– por la sensación de estar invadiendo mi privacidad... Con el correr de las cuadras, esa culpa se fue diluyendo en las excusas ciertas, reales, poderosas, que el discernimiento me obsequió: primero, la obligación incumplida era un precio exiguo comparado con los resultados literarios y espirituales que alcanzaría; para el segundo, creo, no hace falta explicación...

Mi espectro, que me aventajaba apenas unos metros en el espacio, regresó al centro y repitió el derrotero que había realizado yo minutos antes: se detuvo en las mismas vidrieras, hojeó los mismos libros, miró las piernas de las mismas vendedoras, compró la misma marca de cigarrillos rubios en el mismo quiosco... Luego, fumando, bajó por Santa Fe hacia el río, bordeó el monumento, y subió por Córdoba, arrojando la colilla en el mismo desagüe en que lo había hecho yo; cruzó la plaza, siguió por la peatonal hasta Entre Ríos, donde dobló hacia el sur. Al llegar a la avenida Pellegrini, dobló hacia el río y, repitiendo mis movimientos, se detuvo, sorprendido, antes de llegar a Mitre: mi perseguido había descubierto a un sujeto igual a él y cavilaba sobre si debía perseguirlo o no...

De inmediato comprendí que si continuaba tras él repetiría una y otra vez la misma escena y jamás podría salir de aquel juego de círculos concéntricos y espiralados en el que no sólo la angustia de sentirme prisionero me arrastraría al centro del embudo, sino que también me empujaría el terror de saberme vigilado por alguien que, de ante mano, me habría creído él; encarcelado, paranoico, hubiese deseado morir... sin éxito, porque otros yo más distantes y aún no acaecidos se encargarían de mantener eternamente la secuencia.

En lo que, entiendo, fue la decisión más acertada que el miedo me haya aconsejado en la vida, decidí olvidar a mi doble y encaminé mis pasos hacia mi destino original: la sede del club. Sospechando lo evidente, temiendo la verdad de esa sospecha (un temor que, para peor, parecía ya viejo, usado, como llegando de prestado) evité mirar las espaldas de nadie, acaso caminé sin mirar.

Eran pasadas las siete cuando entré al club: el resto de los miembros había llegado apenas unos minutos antes que yo; cuando traspuse la puerta advertí repetidamente sus miradas ponzoñosas... La asamblea comenzó, entonces, cuando alguien anunció mi disertación; esperé los, obviamente, tibios y celosos aplausos, tomé el micrófono y de mi carpeta saqué las cuarenta páginas oficio setenta líneas a un espacio de mi trabajo sobre ellos, los escritores engripados. Fue entonces cuando el demonio de la perversidad que tantas veces me había atacado (y describí en mis relatos mucho antes de saber que ya lo había hecho Poe en los suyos), me tentó a intercambiar un discurso muy bien documentado y mejor escrito por la improvisación de un ensayo sobre la más fabulosa y excitante vivencia a la que puede aspirar un autor: encontrarse con su alter ego, el real, el de carne y hueso, y seguirlo, y comprobar que la teoría existencial de los espejos enfrentados, que tantos relatos parió, es cierta, irrefutablemente cierta...

No sé a qué atribuir mi repentina inhibición; tal vez al miedo que perduraba... Lo cierto es que, antes que comenzar con estas palabras que hoy he decidido bajar al papel, preferí retomar mi erudito discurso sabiendo que éste no sería escuchado por nadie, como es costumbre entre mis mediocres contemporáneos..

Para el otro, en cambio, hubiera habido más de un oído dispuesto a recibirlo, de una mente lista para analizarlo, y de una lengua viperina al acecho para gritarme que cada una de mis palabras, de mis preciosas y benditas palabras, no habían sido otra cosa que un descarado plagio.

...cosa que un descarado plagio.

...que un descarado plagio.

...un descarado plagio.

...descarado plagio.

...plagio.

viernes, 20 de febrero de 2009

Un día perfecto

viernes, 20 de febrero de 2009 5



Fragmento de la novela Juan Salvador Las Pelotas

Amanece música. Despierto música. Es la melodía sin extremos. Abro los ojos, hay una tenue luz de primera mañana. El ambiente es de un rosa pálido. Las cortinas flotan; no percibo aromas. Clara no está aquí. Sí la música. La melodía es ubicua, proviene de.., no, no, la música está aquí. Clara no. Quisiera levantarme; me faltan fuerzas; quisiera dormir otra vez, pero sé lo inútil del intento. Permanezco recostado; con los ojos semiabiertos me invento un color más hueco, uno sin tantas luces in crescendo; así está mejor, incluso la música parece más definida. Quisiera levantarme, ir hacia ella, pero no es a mí, no; no es a mí a quien llama esta vez.

Este color hueco y esta sensación de dulce abandono me recuerdan una mañana de hace tantos años... No había música, pero sí un locutor vociferando las bondades de no sé qué marca de jabones. Y hay un aroma de tostadas y de café con leche; y hay un cariño, también. Hay una desatención al tiempo que corre, a las obligaciones, a las metas; es que no hay metas, sólo estar, sólo ser, y saber que es casi verano, y que han terminado las clases; puedo dormir un poco más, hasta las once, y luego desayunar sin apuro, calzarme zapatillas, y salir con mi amigos.

Quisiera dormir otra vez y despertar esa mañana; esto es un sueño, un puto sueño. Clara existe y tiene diez años, como yo, y usa trenzas, y frenos en los dientes... Es hermosa, tan hermosa.

Quisiera dormir, pero sé lo inútil del intento. Abro los ojos, la luz es más clara; el sol despeja el rosado de las nubes y las incoherencias de mi despertar. Ahora sí huele; hiede a mierda del demonio, también huele a canela. Y hay la música. Y sé que está Clara.

Está en el extremo del living, los ventanales del balcón permanecen abiertos; ella sigue desnuda, de espaldas, sentada sobre una banqueta de algarrobo. Toca, toca, toca, toca... Las cortinas levitan. No me atrevo a interrumpir su ejecución, me limito a contemplarla desde el comedor. El sol se eleva por sobre los edificios, viene recto hacia mí. La luz es tan poderosa. Clara es apenas una mancha con sus formas, un eclipse; ella y la música son eclipses. Toca, toca, toca, toca... Hay en su mano izquierdo alzándose sobre el traste un movimiento algo brusco que no se condice con la suavidad de la melodía; tampoco con el rítmico vaivén del arco. Sus cabellos negros caen oblicuos hasta la cintura, algunas puntas llegan a la banqueta. Sus pies descalzos se posan de lleno sobre el parqué; las vértebras apenas sobresalen de la recta que dibujan en su espalda; llora, llora en silencio.

Pongo a calentar café; hay pan, lo tuesto... Temo despertar.

Cuando el café y las tostadas están listas, ella deja de tocar, se para. Apoya el violoncelo contra la pared; gira y me sonríe:

–Buen día, Juan a secas –me dice.

–Buen día.

–Hoy será un día perfecto.

sábado, 14 de febrero de 2009

Compulsión cosmogónica obsesiva laboral (cuento)

sábado, 14 de febrero de 2009 7



Trabajo en esta dependencia desde hace un año. La retribución no es mala y el empleo me exige pocas horas de oficina; mis tardes son libres. Soy consciente de la envidia que despierta mi actual posición, sobre todo en el del 4to. B; el pobre infeliz revienta de bronca cada vez que voy a su almacén a comprar los artículos más caros y absurdos que se puedan imaginar. A veces creo que surte su negocio con extravagancias para ver si yo soy capaz de adquirirlas. Nunca esquivo el desafío; después de todo, la gracia que me provoca su expresión de mártir involuntario es la única tregua que me regala mi desdicha... Sí, oyó bien: desdicha; ya ve, Florencia, nada es perfecto; el trabajo que para otros sería ideal, para mí es el mismo infierno.

No precipite sus conclusiones: usted me dirá que las rutinas agrian el ánimo de cualquiera y probablemente tenga razón, pero no es mi caso; la pena no es por el trabajo en sí mismo, sino por mi enfermedad: padezco una severa neurosis, en todo me obligo a la perfección. Puedo aceptar cualquier tarea sin que por ello me sienta mejor o peor, pero todo cuanto emprendo debe ser exacto, completo, sin grietas originadas en la desinformación. Es un mal que arrastro desde la infancia; mis padres advirtieron anomalías en mis años de preescolar y las atribuyeron a un carácter demasiado activo; por las noches diluían licor en mi leche para que el sueño me llegara pronto; todo lo que lograban era desinhibirme aún más y provocarme, al día siguiente, una leve pero persistente migraña. Hablaban entre ellos, refiriéndose a mi mal, del estrés y no fue hasta muchos años después que supe el real significado de una palabra que yo, hasta entonces, había asociado con la leche alcoholizada y las jaquecas matinales.

Lo mío no era estrés, y no fue por un psiquiatra que lo supe (mis padres suponían vergonzosa la visita a un “doctor de locos”); me documenté en una biblioteca pública, gracias a los libros hallé una definición para mi mal: compulsión cosmogónica obsesiva laboral. ¿Le resulta extraña? Lo es, porque define lo extraño. Esta patología supone generalizar, ver, comprender y explicar la realidad circundante desde el plano individual que al sujeto afectado le toca en suerte. Palabras más, palabras menos, podría decirse que para un enfermo que despacha hamburguesas la única explicación del cosmos es un trozo de carne picada y un pan partido al medio.

Esta neurosis es baladí en la mayoría de los casos, pero en otros es altamente perniciosa. Lamento reconocer, Florencia, que estoy en el peor extremo de la escala y sin perspectivas de sanación.

La primera manifestación grave de mi enfermedad ocurrió durante el primer año de universidad. Por aquel tiempo, un amigo de la familia me ofreció un puesto de playero en una estación de servicio de su propiedad. La paga es poca, me dijo, pero con ella podrás costearte algunos libros; guiñándome absurdamente los ojos, agregó: y las noches de estudio con tus compañeritas. Confieso que el argumento me convenció, especialmente, en su promesa de promiscuidad: al día siguiente me calcé el uniforme de la Esso. Trabajé los primeros días con la mente puesta en mi primer quincena y en las piernas de Julia, una preciosura a la que, pronto lo supe, le desagradaban los asalariados. Tal vez por aquel rechazo, mi obsesión compulsiva se desbocó; al poco tiempo, mi mundo y la razón de mi existencia eran los combustibles. Me aboqué al estudio de las propiedades de las naftas y de los aceites; identifiqué en un plano todos los surtidores de la ciudad; aún hoy puedo afirmar sin errores cuál es el más cercano a una determinada intersección, qué distancia promedio existe entre cada uno, cuáles son de una marca y cuáles de otra. Investigué qué empresas destilaban sus productos, y cuáles se dedicaban sólo a la reventa. Orienté mis estudios hasta el mismo origen: el petróleo. En cada oportunidad que se presentaba, no sin una gran cuota de vanidad, apabullaba a mis interlocutores con las más asombrosas anécdotas petroleras. Decididamente me enemisté con todo militante ecologista.

Mis padres, al notar que avanzaba en mis conocimientos petroleros, pero que invariablemente reprobaba los exámenes de abogacía, me aconsejaron que aprovechara mi don (un eufemismo que no es de mi agrado) en asuntos más redituables. Intenté convencerlos sobre la misión que Dios me había encomendado en la Tierra, pero ellos me respondieron que no por conocer el octanaje de las naftas de plaza me ganaba el cielo, ni dejaba de ser un simple despachante que ganaba el mínimo del convenio en la estación de servicio de un amigo al que imprevistamente llamaron “negrero” y al que, desde antes de mi renuncia, dejaron de frecuentar.

Enseguida conseguí emplearme en un pequeño bufete de abogados; la compulsión cosmogónica, en parte, esta vez actuó benéficamente: concluí la carrera en dos años. Claro que para entonces todo mi mundo era la ley. Nada podía ni debía estar fuera de ella, de lo contrario el orden establecido se caía y peligraba, incluso, la armonía de los planetas. Los actos humanos debían ajustarse a las leyes y no las leyes a los actos, como absurdamente filosofaba alguno de mis docentes. Aunque cada artículo tuviera mil años, era claro que el hombre era el mismo desde entonces y sería el mismo siempre: por qué pensar que las leyes debían modificarse. Almacené en mi mente cada palabra, cada coma de los códigos. Con cuanto infractor me cruzaba, lo mandaba al tribunal. Si las ordenanzas viales obligaban una “bocina manual en el lado izquierdo del automóvil, ubicada en lugar visible”, de nada valían los argumentos que aludían al progreso y la modernidad. Mi lucha era contra la anarquía, la anarquía representaba todo mal... Fueron mis padres, otra vez, los que me rescataron de mi última audiencia pública, en la que una foto (hago alusión a la foto porque he olvidado aquel día) me muestra con el torso desnudo, provisto de una cruz que asía con mi mano derecha y de una estaca de madera empuñada en la izquierda.

Los médicos (no hubo otra alternativa que sucumbir a ellos) me recomendaron aire libre y tranquilidad: el campo de mi amigo Nicolás. Bueno, si he de ser franco, diré que mi amigo no era el dueño del campo, sino que trabajaba como casero en el modesto casco.

La casa, aunque humilde, era muy agradable y no carecía de confort. Los eucaliptos del parque nos proporcionaban el aroma y la temperatura ideal por las mañanas; el tanque australiano ubicado detrás de los galpones nos consolaba en las tardes bochornosas. Un cielo regado de estrellas era excusa suficiente para las noches silenciosas. Como yo disponía de un permiso médico para haraganear, y además los dueños no visitarían la estancia sino hasta el otoño, acepté acompañar todo el verano a Nicolás. Para celebrarlo, me llevó al cabaret del pueblo.
Aquello que él llamaba cabaret era un tugurio de mala muerte donde unas cuantas veteranas alternaban con los parroquianos obligándolos a consumir alcohol berreta y a gastar más de la cuenta. Por un par de pesos más, llevaban al cliente a una mísera y hedionda habitación donde practicaban sexo mecánico y veloz; con aquellas mujeres y en aquel sitio, el sexo era un acto de fe. Eran, aquellas, las mujeres más feas (y más bellas, según comprobé después) que jamás había visto, sin embargo el trabajo no les faltaba. Supongo que para los solitarios jornaleros golondrinas que dejan costilla y críos en otros pagos (la suma de los clientes del local), el concepto mujer no alude a algo humano, acaso tampoco estético, sino a un conjunto de grietas y orificios que les permiten inventarse la excusa del placer. Tal vez suene espantosa la descripción, pero lo percibí de ese modo.

Esa primera noche, uno de estos individuos que refiero, debidamente alcoholizado, castigó cruelmente a la Charito; le hizo perder tres dientes de los que presumía –una buena dentadura confería determinados privilegios dentro de aquel harén–. Con cada golpe del sujeto, con cada diente rebotando sobre el mosaico picado, la Charito resignaba un escalafón.

No sé si fue por la ginebra, o porque recordé que mis amigos (entre ellos, Nicolás) me tenían por cobarde, pero reaccioné violentamente contra el salvaje y a golpes los desmayé.

–¡Madre de Dios! –dijo la Charo– ¡Le pegaste al Pardo!

–Le pegué a un hijo de puta que abusa de las mujeres –respondí a lo compadrito.

–Sí, pero ese es el Pardo– dijo la Carmen.– Y al Pardo nadie le hace frente.

–Nadie, excepto yo.

Cuando, borracho de soberbia y vanidad, giré para ver la cara de mi amigo (o para mostrarle la mía, victoriosa y fanfarrona), noté que en las mesas no quedaban ni los vasos; los parroquianos se habían desbandado. Advertí algunas sombras y un rumor consternado en las afueras del local. Detrás del bar, la madama rezaba un rosario y derramaba lágrimas de terror sobre las gastadas cuentas de plástico rosa.

–¿Por qué tanto espamento?- pregunté.

–Porque cuando el Pardo se “dispierte”, nos achura a todos; a usted el primero.

Ese era todo el problema: el despertar del Pardo. Me pregunté por qué razón, si tanto miedo tenían, no procuraban dormirlo para siempre al palurdo ése. Supongo que las mismas razones que me lo impidieron a mí, la víctima segura, después de todo.

Al fin y al cabo no fue tan grave el asunto; resultó que el Pardo había estado tan borracho esa noche, que al despertar no recordó nada, y como esa mañana, según me confió Nicolás, partía hacia la cosecha del maíz en Tres Arroyos, no se lo vio más por el pueblo. Todo el mundo creyó que huía de mí. Las chicas, sin rodeos, me pidieron que yo fuese su protector. La idea, lo confieso, me pareció repugnante, pero cuando mencionaron la cifra que ganaría mensualmente sólo por estar allí (porque, quién se iba a meter contra el vencedor del Pardo), acepté, como es claro.

Aprendí todo respecto del rufianismo, pero mi obsesión se proyectó sobre los aspectos de servicio y organización: jubilé a unas cuantas veteranas a las que les cedí las ganancias de dos meses como compensación y recluté varias paisanitas tiernas, ávidas de brillitos y algún billete. En medio año, el cabaret pudo ser un auténtico cabaret. La vida marchó bien hasta que, en época de elecciones, a las “fuerzas vivas” se les dio por la honestidad y no hubo cifra que me librara de la cárcel.

Cuando recuperé la libertad, me marché a la ciudad. Creí que con el viaje me libraría de la compulsión cosmogónica, pero me equivoqué, y como mi mundo todavía se explicaba y se justificaba con putas y puteríos, me afilié al Partido Populista y me aboqué a la política. Durante diez años fui diputado y aún hoy lo sería si no fuese por la natural volatilidad de los votantes, que se dejan llevar por todo lo que dicen los diarios, aunque ello sea verdad. Mis “socios” me evitaron los juicios y me consiguieron este nombramiento en el Departamento de Defensa al Consumidor.

Y es aquí donde mi mal mostró su peor cara, Florencia. Todo mi mundo recayó en las leyes, con una mezcla de putas y puterío no exenta de ética, pues la ética es fundamental en la defensa del consumidor.

Preví las nefastas consecuencias cuando, hace un mes, usted presentó la demanda contra el laboratorio X. El laboratorio afirma que usted dispuso mal la preparación del veneno, que no siguió las indicaciones del prospecto, por cuanto fue su impericia la que anuló la efectividad del producto.

Este caso me absorbió particularmente. Desde entonces me aboqué al estudio de las ratas y de los venenos para exterminarlas que se comercializan en plaza. Ahora mi mundo son las ratas y los venenos. Sueño con ratas, deliro con venenos. Cada cara que veo me resulta asquerosa como la de un roedor. Mi afán es terminar con todas las ratas del mundo, y todo el mundo es una rata. No sé si es un dato documentado o un delirio provocado por mi enfermedad, lo cierto es que conozco la cifra exacta de las ratas que sitiaron la ciudad. Los hombres son ratas, los gatos son ratas, las palomas son ratas, todo el mundo es una rata, incluso usted, Florencia. Debo terminar con las ratas y paralelamente cumplir éticamente con mi trabajo, por eso le he suministrado el veneno disimulado en el café. He demorado la charla para comprobar los efectos del producto: ya ve, Florencia, usted pierde fuerzas, sus ojos se cristalizan, ahora muestra los primeros síntomas de un ataque epiléptico; en diez minutos morirá. Ya ve, Florencia, el laboratorio tenía razón.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Siempre Cortázar

miércoles, 11 de febrero de 2009 4

jueves, 5 de febrero de 2009

Tanto y tan poco

jueves, 5 de febrero de 2009 4


Engarzás la luna al sol, el sol al miedo, el miedo a mí; soy, entonces, el fuego y la vida, el desierto y la muerte, la inmóvil contemplación del espanto (en movimiento a pesar de todo); soy el hombre que soy, también el que, sin saberlo, sin quererlo, hacés de mí.

Desisto de las injurias, me atrevo al silencio, a la presencia de los dedos que acusan, de los ojos que acusan, de las mentes que acusan, los pensamientos que acusan, los acusados que señalan, miran, piensan. Desisto de las injurias, las mías, las otras.

Es cuando al fin me elevo, abro los ojos, oteo las formas, sigo las huellas, tus huellas marcadas una vez sobre el filo del azul, mar o cielo, no hay diferencias. Las huellas, sin embargo, se han borrado hace tiempo, al momento de haberlas marcado; qué es lo que sigo, entonces, a quién sigo.

Escucho, nada oigo. Miro, nada veo.

En parte decisión, en parte camino forzado por el imperio de las circunstancias, qué es esto si no destino; qué esto si no excusa. Escucho, miro, el horizonte azul, confundido, ¿cielo, océano? Ni él mismo lo sabe, el horizonte. Más allá qué. Más allá vos. Pero nada, nada. Nadaría, y ya sabés cómo terminaría apenas alejado de la costa. Nadaría a pesar de todo.

Las palmas de las manos siguen abiertas, a la espera de unos dones no muy claros, te confieso. Manos abiertas, brazos abiertos, al futuro, que no es tiempo, al presente, que se fuga, al pasado, que ya ha muerto. Manos abiertas, brazos abiertos; seguirán así hasta que, cansados, se resignen al silencio; vayan sabiéndolo, queridas extremidades, no hay resignación sin muerte, eso es lo que creo, lo que pienso; vayan sabiéndolo, mis queridas, no me anden después reclamando nada; si fue inútil al menos fue eso, algo, inútil, algo, una espera, eso, la vida.

Resumiendo...


Tanto y tan poco.