domingo, 22 de marzo de 2009

Recuerdo Intoxicado

domingo, 22 de marzo de 2009 3

No había Tiempo, puedo jurarlo; había, sí, una sucesión de los hechos en el espacio, un estar lo segundo después de lo primero; sin embargo, esta continuidad, sí, continuidad, aunque la misma palabra atente contra la veracidad de mi afirmación, estaba más allá de los parámetros normales de esto que concebimos Tiempo. Las cosas, si bien respetaban un orden lógico, la semilla antes que la planta, el amor antes que el dolor, se daban intermitentes. Había huecos; pedazos de sustancia de todos modos, pero huecos al fin; no me atrevo a decir que faltaban la coherencia y la cohesión, porque si bien estaba esa sospecha, en la reflexión posterior me fue posible determinar que no. Había cohesión, también coherencia, había un orden lógico, había la continuidad, había la sustancia, la extensión y por ende también el espacio; lo que no había era Tiempo.

Cuánto me gustaría decir que, por no haber el Tiempo, tampoco había la Muerte. Había la Muerte, y había la sensación de ir poco a poco (otra vez la aparente incoherencia de las expresiones) muriendo. Tiempo, sólo eso faltaba.

Comencé a caminar la cuadra con millones de ideas rondándome por la cabeza; habían pasado tantas imágenes, tantas palabras, tantas vidas mientras yo, aturdido, avanzaba por la vereda tratando de evitar los desniveles y un porrazo, que cuando levanté la cabeza para ver por dónde andaba descubrí con espanto que apenas si había adelantado veinte metros desde que había comenzado la marcha. Miré hacia el final de la calle y me pareció inconmensurable el tramo que me quedaba para llegar a la esquina, ¿cuántas cosas más vería y oiría en mis fantasías antes de llegar a destino?

Luchaba por mantener los ojos abiertos, la vertical, un paso rectilíneo; era una lucha agotadora, porque la imaginación funcionaba con tanta potencia que más de una vez estuve dispuesto a rendirme, cerrar los ojos y dejar que ese mundo me ganara poco a poco, un mundo oscuro donde yo volaba con los pies sobre la tierra, las carnes como plomo, el alma ansiosa y agitada. Y estaba mareado de un mareo agradable, y estaba inseguro con mis pasos, y era de noche y veía muy poco.

Dos años o dos minutos después, cómo saberlo, llegué a la esquina e hice señas a un taxi. El auto se detuvo, subí y le indiqué el destino al chofer. El sujeto, del que sólo puedo decir que tenía la coronilla calva y canas donde conservaba la cabellera, quiso darme charla; hizo un comentario respecto de los taxis y los colectivos, que a esa hora escaseaban, pero, aunque intenté, no le pude responder. No había forma de que pudiese articular una palabra... palabra que dije bastante después, para responderle; ¿o fue apenas hizo el comentario? Dijo lo que dijo cuando estábamos en el bulevar y yo le respondí mucho después; sin embargo (miré hacia la calle mientras decía con tanto esfuerzo lo que dije para responder al taxista), descubrí que seguíamos parados en el mismo sitio, a la espera de que el semáforo nos concediera el verde.

El viaje transcurrió dentro de ese mismo territorio sin Tiempo. Pasaron horas antes de que el auto y el taxímetro por fin se detuvieran.

Ya en mi casa las cosas parecieron tomar un cariz de normalidad; y digo parecieron porque en realidad, lo que hacía de ese interregno un retorno a lo habitual era la ausencia de parámetros de medición; sólo estaban los relojes, y ellos, inmóviles, mentían su mentira milenaria. Puse música, piano, alguien, no sé quién, ejecutaba Beethoven; entonces el Tiempo volvió a esfumarse entre las notas. Magnífica melodía con un fondo de voces y canto de pájaros que provenía de la calle, y también algo parecido a un rugido; era más bien el respirar ronco de un león en reposo; lo oía con tanta claridad detrás de los acordes...

Fue durante (insisto con palabras que desmienten lo que afirmo; sin embargo cómo hacer de una narración pretenciosa de un destino que prefigure en sí misma la atemporalidad) decía que fue durante el espacio que medió entre la casa de Cintia y mi casa cuándo tuvo que haber aparecido. La conciencia de lo nuevo surgió bastante después, porque mientras estuve en la calle, en el taxi, en la cama oyendo Beethoven y los pájaros, lo soporté como se soportan las viejas heridas, un dolor que de tan tenue y persistente pasa a formar parte de la rutina sensorial. Estaba ahí como estaban las pestañas, nada más natural e insignificante a la conciencia de uno mismo en tanto carne, cuerpo que deambula arrastrando consigo el alma... Sí, lo sé, exagero en las expresiones de tono místico poético; de todos modos me gusta expresarme así cuando escribo en estas páginas; pienso que nada de lo que digo ha sido dicho antes del modo en que yo lo digo, y me hace tan feliz esta mentira... Sí, también lo sé, exagero con las digresiones y demoro la entrada al quid de este asunto, pero me gusta las formas que elijo para mis palabras, me agrada creer que son precisamente ellas el quid, que nada exterior, el cuento, la trama, la historia, pueden ser más interesantes que las frases en sí mismas, y me hace tan feliz esta mentira.

Estaba ahí, entonces, como están las pestañas etc., etc., y recién tuve conciencia de lo nuevo ya pasada la mañana, cuando había recuperado el Tiempo. No puedo decir con certeza que se tratase de algo físico, de todos modos tuve cuidado de no rozarlo con la navaja al afeitarme; tampoco era parte de mi imaginación, un rebote intoxicado, porque tampoco lo fue el grito de espanto que pegó Leticia al verme, en la cocina.

Ella me ha visto en peores circunstancias y ha sabido mantener la calma; incluso me ha asistido en más de una oportunidad, aunque la gravedad no lo justificase. (En secreto Leticia me amaba, y yo a ella; tan secreto era el sentimiento que jamás nos lo decíamos.) Cuando logró habituarse a la sensación de espanto, se acercó y extendió la mano hacia mi rostro, con temor, como si el sólo contacto con eso que allí flotaba pudiese aniquilarle las uñas, la piel, los nudillos, la mano, el brazo, toda ella. Sin embargo, comprobamos, no era algo que pudiese tocarse, tan innecesarios mis cuidados con la navaja. Estaba allí, pero no estaba, al igual que el Tiempo en el viaje que lo trajo al mundo. Creo que estuvo a punto de echarse a llorar. Había en sus ojos el brillo trémulo que antecede las lágrimas; sin embargo, no lo hizo. Se detuvo largo rato en la contemplación de mi estigma, por llamarlo de algún modo, y luego se sentó a la mesa para terminar el almuerzo. Había rencor en cada bocado que apuraba, en cada trago que luego, en la oficina, la obligarían a las Buscapinas y los Alkasltser. No me dirigió la palabra, no me pidió explicaciones, ni me propuso faltar al trabajo para cuidarme en esa especie de convalecencia. Terminó la comida y salió sin saludarme.

Quizá me haya molestado su reacción, sí, es probable, y le habría reclamado algo si yo mismo no hubiese estado demasiado estupefacto con la presencia de mi nueva seña particular... Ahora tendría qué poner en los casilleros que lo preguntan; ¿señas particulares? Pero cómo definirlo en al menos tres palabras si ya llevo dos páginas sin lograr un acuerdo entre nosotros; entre ella, o él, que ahí está, flotando, y yo, que lo padezco algunas noches, y lo disfruto algunas tardes.

Me detengo a espiar lo que llevo escrito y, Dios mío, cuánta diferencia entre Gregorio Samsa despertó una mañana convertido en un insecto y este andar por las páginas sin conceptos claros, sin una idea que me permita resumir lo que siento. Cuánto me ahorraría de sudor si en lugar de un espacio sin tiempo hubiese transitado una noche de transformación progresiva; cuánto si con el simple despertar hubiese descubierto mi estigma; pero no voy a volver sobre lo ya dicho; las cosas fueron como fueron y explicadas están.

Algunas veces, como ahora, su levitar se mueve algunos milímetros y me dificulta la visión; puedo ver a través, es cierto, pero en ese a través está la saturación de los hechos contemporáneos unos a otros, un pequeño bache de la atemporalidad descrita penosamente por no haber sido yo Gregorio ni mi problema una metamorfosis. No, no es un Aleph; aquí no hay todo el universo; se limita al mío presente, al instante que suma los instantes de mi ahora; un ahora constante acumulándose, hastiándose de ahoras, una especie de devorador de futuro. Bastante molesto, les diré, e indiscreto. Basta con esta aclaración para comprender el porqué de la actitud de Leticia.

Cuando esto ocurre debo mirar la página periféricamente; los trazos nacen maltrechos y mueren más allá de las líneas del renglón. Gracias al cielo no se acumulan los pensamientos en mi apéndice flotante, de lo contrario bastaría un pequeño movimiento para que me dejase ciego hasta que se dignase a tomar una posición alejada de mis ojos. Trato de imaginarme en ese estado de ceguera, cierro los ojos para hacer más creíble la hipótesis, y no me sorprende encontrar música en la semioscuridad; es un blues clásico, tal vez no las notas, pero sí el ritmo. Alguna vez deberé aprovechar esos compases y escribir una historia cuyas frases respondan a ellos. Cada palabra un golpe de tambor, un pulsar de las teclas del piano, un deslizarse elástico en el traste de la guitarra. Tal vez estas mismas palabras sean un blues y yo no me doy cuenta.

Fragmento de la novela La Mala Fe

domingo, 15 de marzo de 2009

El absurdo

domingo, 15 de marzo de 2009 2

Cuando, ya con el sol despuntando, me dispuse a dormir, Leticia se levantaba. Nos cruzamos en la puerta del dormitorio; los cabellos revueltos le cubrían la cara; me excitó verla así; se detuvo un instante delante de mí; aunque mis ojos se cerraban y el sueño me vencía, o porque mis ojos se cerraban y el sueño me vencía, con lo cual se me dificultaba pensar y coordinar, intenté besarla. Ella esquivó mis labios y me dejó con el beso suspendido en el aire. Se encerró en el baño. Yo me arrojé sobre la cama y de inmediato me dormí.

Desperté a las cuatro de la tarde; el cuarto estaba en penumbras y la casa en silencio. Todavía dudaba de que fueran las cuatro de la tarde o de la madrugada, pero me dije que no podría haber dormido tanto. Llamé a Leticia, nadie me respondió. Oí que los vecinos festejaban un gol, y entonces me convencí de que era la tarde de un sábado de mierda. Salí de la cama y me dirigí a la cocina; no había rastros de Leticia y todo estaba en orden, también en la sala, salvo sobre mi mesa de trabajo, donde un cenicero rebalsaba de colillas, los libros y los apuntes se amontonaban en los extremos, y un vaso vacío apestaba a whisky. No encontré ningún mensaje de Leticia. Tal vez había ido a casa de su madre, o a lo de Marcia. Decidí darme un baño y salir a caminar. Yo tampoco dejé notas.

Lo de las notas era una costumbre que acentuaba el absurdo de las últimos meses de nuestra convivencia; nos habíamos desgastado al punto de apenas dirigirnos la palabra; nos ignorábamos cuando coincidíamos en la casa, pero jamás habíamos salido sin decir al otro, salvo que fuera obvio –como el trabajo–adónde iríamos, dónde estaríamos. Por qué lo hacíamos, supongo que por costumbre, la inercia de las relaciones. No nos buscaríamos, no teníamos noticias para darnos... Por si ocurre algo grave, claro, la solidaridad de los desesperados, o la lágrima tardía, el arrepentimiento; pero la verdad es que no nos manteníamos informados con afán de tragedias; simplemente obedecíamos a unas leyes que nos impusimos cuando todavía contábamos los segundos que le quedaban al día para reencontrarnos. Eran los buenos tiempos, para llamarlo de algún modo; Leticia era el centro de mis pensamientos; me costaba mantener la concentración en mi trabajo, y cuando escribía, lo hacía para ella; cada una de las palabras que anotaba en el cuaderno, o en las servilletas de papel que a propósito marcaba con las huellas del pocillo del café –por qué lo hacía, no lo sé; tal vez era una firma, la firma de las circunstancias, así como ella besaba y marcaba con rouge las páginas de mi cuaderno–; cada unas de esas palabras, decía, eran nada más que para ellas; tenían un estilo, un cuerpo, había algunos versos que luego serían canciones, y todo para ella, porque mi mundo era ella y no había otro posible. Sí, eran los buenos tiempos. Porque, aunque no creo en los amores perdurables, cuando me enamoro, me enamoro para siempre. ¿Es posible el amor perenne? Me refiero a un amor pasional. Dejemos esto para más adelante, todavía me resta definir si esto que percibo allá en el fondo es el amor que sentí –y tal vez siento– por Leticia.

La calle estaba atestada de gente; en los rostros se notaba el cansancio de una jornada que había comenzado muy temprano y que los había agotado; me sentí un intruso entre todos ellos, un ser a contramano de la realidad. Cada uno iba ocupado de sus propias realidades, evidentemente prácticas y productivas, mientras que yo caminaba absorto, recién amanecido, con la daga de la culpa presionándome el pescuezo y con mi mente jugando a esquivarla inventándose preocupaciones metafísicas. Es tan sencillo huir de la acusación moral cuando los dramas existenciales se hunden en la metafísica (¿Existe otro destino para ellos?).

La vida de los demás se me aparecía como un inmenso sin sentido sólo porque la mía carecía de uno; lo había perdido, o lo había olvidado, o simplemente vi más claro y descubrí que nunca lo tuve. Dice Camus que cuando un hombre percibe lo absurdo, ya nunca más lo abandona. Pues bien, yo hacía tiempo que lo había percibido, pero había horas, días, meses enteros durante los cuales de pronto aparecía algo que pintaba de sentido mi existencia, o al menos le quitaba bastante polvo al aburrimiento. Entonces me sentía feliz porque la novela que escribía se encaminaba hacia donde yo quería, o levantaba vuelo cuando una chica que me interesaba me daba pie para avanzarla, o ese sentimiento al que llamo amor por falta de un mejor nombre me abrumaba de tal modo que me impedía creer que yo alguna vez hubiese desconfiado de él.

Pero ahora, compadre, ahora que me habían dicho que había engendrado un hijo, ahora que deliberábamos la posibilidad de que ese hijo nunca naciera, ahora, compadre, más que nunca veía en los rostros el absurdo de todas las vidas. Generación tras generación, como las hojas de un árbol que se renuevan con las estaciones –algo así, Homero, puso en boca de Néstor, si mal no recuerdo, o de Menelao, o de alguno de estos personajes, si es que alguna vez leí La Ilíada y La Odisea, o todo fue un sueño–, unos están, otros estarán, y millones de millones que ya no están. ¿Quién recuerda al sujeto que vendía frutas a los pies de la Bastilla en los años de la revolución? ¿O al barrendero que juntó los puchos y los papeles del ringside después de una pelea de Monzón? ¿O al pobre penitente judío, que sin ser cambista ni fariseo, se tuvo que aguantar el mal momento de Cristo enfurecido con los comerciantes del templo? ¿Quién lo recuerda gritando que liberaran a Barrabás en lugar de al rey de los judíos? Han muerto Monzón y el barrendero, han muerto Barrabás y Cristo –¡Ha muerto Dios!–y han muerto fariseos y cambistas; y murieron también sus hijos, y los hijos de sus hijos, y todos los que vivieron entre ellos y nosotros; y por ellos fuimos nosotros, y por nosotros serán nuestros hijos, que también engendrarán hijos y también morirán. Nada como que te digan que serás padre para que te des cuenta del paso del tiempo. Nada como tener un niño, para quien los años son eternos, para ver que diez años no son nada, que seguimos siendo los mismos mientras ellos se transforman y nosotros envejecemos, morimos; pero por qué me adelanto a las consecuencias; aún no soy padre, quién soy yo para aseverar nada. Mierda, qué palabra tan pesada: padre. Mi padre siempre fue papá, viejo, con ese apelativo de algo obvio (no sos otra cosa que mi padre, para eso estabas en el mundo); pero ahora, viejo, estoy a un paso de quedar al otro lado del cristal, ahora será mi hijo el que me verá como un apéndice apenas necesario de su propia existencia. Yo, el centro de mi universo, no seré más que el bastón para los años de mi bebé. Padre: qué pinche palabrita, cabrón.

Fragmento de la novela La Mala Fe

domingo, 8 de marzo de 2009

Hoy aún era hoy

domingo, 8 de marzo de 2009 3

Cuando las calles parecen desiertas, cuando las personas son como árboles, parte del paisaje, y los autos dejan de ser esos colores ruidosos y humeantes, cuando afuera es nada más que afuera sin otros, sin conciencias, cuando la red inabarcable abre un hueco y mis actos dejan de ser un nudo, parte del entramado, cuando el sol parece inmóvil en el cielo porque la tierra se ha detenido, cuando mis palabras por fin se callan y el escándalo interior pasa a ser parte del silencio del afuera, cuando todo esto ocurre, las raras veces que esto ocurre, entonces me da por creer que soy feliz.

Cuando recuerdo una mirada de aquella que alguna vez quise, cuando creo que esa mirada, la última que me dedicó, llevaba implícito un te seguiré queriendo a pesar de todo; cuando descubro que también mi mirada llevaba la pesada carga del mismo mensaje, entonces creo que alguna vez pude haber sido feliz. Cuando al fin encuentro ese algo de donde asir mis recuerdos a este lado y quitarles ese halo de ensueño, de fantasía, de nunca ocurrió semejante intensidad, me da por creer que alguna vez tuve algo, y la sola sospecha de que alguna vez lo hube tenido por un segundo me libera del dolor de haberlo perdido.

Cuando esto ocurre, no sé cómo es que llega. Se presenta subrepticiamente, a veces después de haber gastado suelas, otras apenas al dar un paso fuera de mi casa, otras al doblar una esquina, o al cruzar una calle... Miento, jamás sé cuándo ocurre. Sé, y es esto lo que describo, desde cuándo soy consciente del sentimiento; pero no sé cuándo comienza exactamente. Y es tan maravilloso creerme feliz, o al menos creer que alguna vez lo fui.

Me descubrí pensando en ella cuando ya estaba por llegar a Libertador. Esto es lo desconcertante: Libertador no es una calle especialmente ligada a ella; ningún pasado las une. Sin embargo fue allí. Sin ella hubiese rumbeado hacia Palermo, hubiese caminado el cementerio, como tantas veces. Las calles de la Recoleta tienen ese algo de entramado inútil, el deseo de permanencia sublimado en la arquitectura; avenidas principales, calles laterales, plazas de descanso, y al igual que en la ciudad, claramente demarcados los sectores de cada clase. Aquí la familia X, cuyo mérito en vida fue acumular riquezas; allí los J, ilustres patriotas, contrabandistas y negreros; más allá un desalojo por falta de pago; allá un nuevo vecino rodeado de flores, más acá el abandono, las puertas enmohecidas, los cimientos derruidos. Y muchas historias detrás de cada bronce; tus hijos, tu amante esposo, adiós Natalia, madre ejemplar, 1910-1940. Tan joven, tan hermosa, Natalia. Adiós, Natalia, tu foto en sepia, tus ojos negros.

Caminé hacia el puerto, era en las calles de San Telmo el recuerdo que las asociaba. Quería revivirla ahora, encontrarla allí donde sabía que no estaría. Ella no está en el país desde hace años y sin embargo apuré el paso como si me aguardara en el zaguán de la vieja esquina. Qué diferente es caminar así, con un rumbo definido; uno lleva en la expresión grabada la certeza y se hace menos sospechoso a los ojos de los demás. Cuando se camina sin norte, por el solo placer de caminar; cuando son los pies los que deciden el rumbo, en la mirada del caminante se trasluce el ensueño, el deseo, la decepción, la felicidad, lo que fuese que lo obliga a caminar; y avanza como entre algodones, mirando aquí y allá, deteniéndose en los ojos de quienes lo cruzan, sin mirarlo, sin darle entidad siquiera. Uno va como un fantasma, atravesando muros, derribando realidades. Y eso es sospechoso. En cambio ir hacia un punto determinado, con esa seguridad en el paso, con esa velocidad constante... Tiene su contrapartida: no se disfruta del paseo; deja de serlo.

Sabía que no la encontraría, pero no pude evitar la decepción. San Telmo y melancolía, un cóctel peligroso. Caminé por Defensa, sobre el cordón de la vereda; con ella solíamos jugar así los domingos: ella sobre el empedrado, yo como un equilibrista. Las fondas aún estaban vacías, pero ya se sentía el aroma de la comida; en una hora los empleados solitarios dejarían las pensiones para la cena y el vino tinto; luego el regreso, la queda, el silencio, la soledad, las sábanas frías, los colchones duros, el silencio, las paredes amarillas, los techos agrietados, las puertas con vidrios pintados de azul, el silencio, la mesa, una silla, la camisa en el respaldo, el silencio, los zapatos asomando debajo de la cama, el parqué gastado, el aroma a ruda macho que llega desde el patio, el silencio, una foto sobre la mesa de noche, el cigarrillo encendido, el espejo mudo en la luna del ropero, el silencio, una manzana, el termo, el mate frío, la toalla blanca, el jabón perfumado, el peine rojo, el silencio, la lamparita de 25 pendiente de un cable desnuda, el amarillo sofocado, el aire espeso, el silencio, la nostalgia o el deseo, el recuerdo de lo que fue, la certeza de lo que hubiera debido ser, y ahora el silencio, la noche, una lágrima, quién sabe ellos por quién, una carta que se escribe y se reescribe y se tira a la basura, un libro de tapas grises, el diario de la tarde, el reloj despertador, mañana será otro día, el mismo día, el mismo hoy.

Las fondas estaban vacías, hoy aún era hoy.

Fragmento de la novela Páginas Sepia, Luna Amarilla