viernes, 24 de abril de 2009

El día que más nos quisimos

viernes, 24 de abril de 2009 3
Hay ciertas calles de Rosario que nos gustaban más que otras. Algunas internas del barrio la Florida, otras de la República de la Sexta, algunos recovecos de Fisherton, una curva antigua de Parque Field, algún tramo de Pellegrini, el último sobre todo, el que debe recorrerse entre paredes y barandas antes de llegar al Parque Urquiza. Nos gustaba la casa de paredes blancas y balcones de madera. Nos gustaba también el parque, y las primeras cuadras de Zeballos, y de San Juan, nos gustaba un par de cuadras de la calle Moreno, antes de llegar a los Tribunales, y también el tramo que bordeaba al Parque Independencia. Nos gustaba Urquiza desde la aduana hasta Laprida. Y nos gustaba la bajada de la calle Buenos Aires, los atelieres de los plásticos, y la casa en el subsuelo de la Av. Belgrano y la bajada Cabral. Nos gustaban los jacarandáes del Bajo y los palos borrachos del Normal 1. Nos gustaban tantos rincones, tantos. Pero nada nos extasiaba como el pasaje Santa Cruz, la casa derruida de mitad de cuadra, el aroma penetrante y eterno del orín de los gatos que la habitaban. Cuántas tardes hemos pasado por ahí, y nos quedamos mirando la casa, imaginando no sé qué historias de sus viejos habitantes. Y fue en esa cuadra donde más nos quisimos. El sol ya había caído, el alumbrado público comenzaba a encenderse con ese tono apenas amarillo, tres o cuatro gatos se habían animado a dejar su guarida y, curiosos, se habían acercado hasta nosotros. Leticia se agachó para acariciar al más atrevido, uno negro que se restregaba entre sus piernas con el rabo erecto y la respiración entrecortada. Alguien cerró una puerta con estrépito y los gatos huyeron espantados. Leticia se irguió y me miró a los ojos. Había un leve matiz de tristeza en su mirada, o de decepción. Se fueron, me dijo, y no fui capaz de ver la lágrima que censuró pero que estuvo allí tanto como nosotros y los gatos y la puerta que los espantó. Se fueron, me dijo, y no fui capaz de comprender cuánto dolor y cuánta historia encerraba la frase. La abracé, nos besamos. Nos quisimos. Ese beso, en esa calle, a esa hora. Ese instante fue cuando más nos quisimos. Nunca te vayas, ¿entendés? Nunca me dejes. Yo sonreí, le juré que jamás la dejaría, pero después de, en chiste, haberla reprendido por ser tan cursi. Ella también sonrió. Apoyó su cabeza sobre mi pecho, y así, abrazados, caminando lento, sin rumbo fijo, sin relojes apresurándonos, regresamos a casa.
Ese fue el día que más nos quisimos.

Fragmento de la novela La Mala Fe

miércoles, 15 de abril de 2009

Universo yo

miércoles, 15 de abril de 2009 6

Una postura, aquí, bajo las nubes que sellan de frío el aire que busqué tibio. Una postura y un rechazo. Pienso en eso, en las puertas que se cierran, en las otras que permanecen desde siempre cerradas. Y las pienso así, como rechazos. Sin embargo no lo son, sé que no lo son. Si las miro detenidamente, advierto con facilidad los picaportes que esperan por mí; las puertas esperan que por fin me decida por una y abra y atraviese los límites que hoy, ahora, justo ahora me asfixian. Me ahogan con su frío soportable, me incitan, ellas, las puertas y las nubes, y ellos, el viento y el sol ausente, a que opte de una buena vez por todas. Sé perfectamente que no hay rechazo, ni lo habrá, porque la decisión la tomaron ellas de antemano. Ellas saben cuál de todas será la elegida; ellas lo saben porque ya me eligieron, y ríen las que profetizan mi seguro arrepentimiento. Mi estúpido y vano arrepentimiento; como si hubiese sido yo, al fin y al cabo, quien dijo esto o aquello. Lo pienso así; tal vez lo creo.

¿Y si atravieso la puerta señalada? ¿Y si abro y descubro que no fue una entrada, sino una salida? O peor aún: que no fue salida sino entrada. Sí, siempre es entrada se mire por donde se mire y le guste a quien le guste. Los límites se extienden, pero todo tiene un final, incluso la eternidad.

El universo contenido en límites precisos, más allá otro universo, y otro que lo contiene, y otro, y otro, y otro, y otro y tantos como para volverme loco y dudar de mis certezas; tanto que de un modo u otro se hace necesario recurrir a un Dios, un Dios contenido en un espacio infinito pero cuyos límites es esa idea de Dios. Un universo divino dentro de otro universo divino y otro y otro y otro y otro, ampliándose en espiral hasta que el comienzo desciende gradualmente hasta nosotros, uno a uno, hasta mí, que soy el límite de todo lo que veo, siento, sé, existo, soy la mente que ha formado a Dios. Y entonces tan tranquilos, tan salvos de la inmensa nada.

Soy mi génesis. Soy el comienzo y el final del mundo.

Soy Adán, Clara; y vos sos mi Eva. Soy Adán desligado de conceptos, de la conciencia de los sentimientos, de la compasión que nos debilita. Soy una esponja virgen y seca que absorbe el frío, el viento, y la tonta idea (va naciendo, se forma imperfecta, fea y arrugada como todo feto) del pecado y la expulsión. Soy Adán a punto de saber que el suelo que piso se llama Paraíso; y cuando por fin lo sepa, mi castigo será el rechazo, la furia de Dios, la culpa por saber que soy antes que ser. Y entonces, Clara, Eva todavía ausente, alejada de las manzanas: las puertas. La puerta. Salida, entrada, lo que sea. Pero Dolor. Dolor. Ver y llorar. Encontrarnos y sufrir.

Qué universo de porquería.

Fragmento de la novela Páginas Sepia, Luna Amarilla

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domingo, 5 de abril de 2009

Los aromas del mal

domingo, 5 de abril de 2009 1

Para mí, personaje de ficción, ¿es posible la locura? Porque algunas ideas que pergeño son propias de alienados: hoy ronda la teoría de que mi mente es una antena capaz de captar esencias atemporales, impulsos que vagan por el éter y recaen sobre quienes estamos dispuestos a recibirlas.

¡Tiene que ser! ¿Tiene que ser! ¿Qué otra explicación cabe después del asombro?

Quise hablarlo con Laura, pero no se interesó; el Monstro está en otra. Lo cuento aquí: me senté frente al ordenador con la certeza de que la liturgia del poeta me era esquiva, (mujer y amigo presentes, demasiado presentes); mi flojera natural me convenció de la inutilidad de luchar contra un destino irrevocable: apagué el ordenador y me atrincheré en la lectura....Y he aquí (¡oh, demonio de la alienación, materialización de mis miedos!) que hallé en el libro la misma idea que yo había escrito hacía pocos días.

¿Había leído (y olvidado) esas páginas? ¿Las palabras que creí mías ocultaban descarados plagios? ¿O es que, cincuenta años después, o un siglo después, me han sido reveladas por la voz del mismo ángel que les dictó su esencia a los mismos que yo leo?

¿Será una especie de eterno retorno mal compaginado? ¿Seré, tal vez, una reencarnación de aquéllos (ja, bien quisieras, ¿no?)?

¡Trágico descubrimiento, áspero golpe a un ego que se pretendía original (ego dominado por una voluntad ajena, ego rebelde dispuesto a conquistar su libertad)!: Escribo lo ya escrito, leo en otros lo que ya leí. Ego egoísta, causa de tu dolor, Némesis que desciende para castigarme en el fango de mi soberbia...

-¡Eh!-grita el Monstro-¡Bajá el tonito de tu voz interior, viejo; aturde; hay un tufo a vanidad que apesta!

-No soy yo, Monstro, son los aromas del mal..

-Andá a lavarte el culo, entonces.

Fragmento de la novela Los Asesinos de Dios