lunes, 25 de mayo de 2009

La posta

lunes, 25 de mayo de 2009 4
Primera parte, click aquí



Lloraba porque la urgencia por ser, al fin ser, chocaba contra el impasible muro de mi estar ahí, rebelándome en proyectos, atisbando desde su seguro inconformismo de mamá en casa, novio si tengo ganas, del arte academizado, del calor que abolía el nacimiento de aquella semilla. Qué es el arte, le había preguntado algún idiota con pretensiones de gracioso; y ella no respondió de inmediato, porque pensaba en Leonardo ejecutor de planes, en Miguel Ángel demiurgo del caos para desmentir el azar; pensaba en que los dos iban en contra del azar, pensaba en la gubia y el martillo, pero también en telas y pinturas, en palabras en prosa y en verso. Cagarte de frío, remataba el imbécil con una sonrisa de publicidad de dentífrico.

Pero quién lloraba. Ella o yo. Ella lloraba. Ella que soy yo.

La piedra era una piedra y tenía sabor a piedra; y la gubia sabía a gubia. Los pinceles, sin embargo, tenían sabor a rojos y a azules, a amarillos, y a todos los colores que pudieran salir de ahí. Mi universo estaba limitado. Su universo era limitado. Y ahora comprendía por qué. Ella, yo. Comprendíamos por qué. El infinito tenía un límite, y ese límite se lo daba ella, yo, nosotros.

¿Podía plantearle una conversación así al novio cuando tenía ganas? A ése lo único que le importaba eran las motos, mientras más grandes y ruidosas, mejor. ¿Y al idiota con sonrisa de Colinos? Menos que menos, porque era igual de imbécil. ¿Cómo es que caía siempre en brazos de tipos como aquellos?

Quizá la respuesta estuviera en aquél germen que se negaba. En la urgencia de ser chocando con el impasible estar. To be desmembrado, Cástor y Pólux enemistados.

Estaba tan cómoda en su seguro inconformismo. Ella quería arte. Yo quiero arte. Y el arte es cagarte de frío, como decía don dientes perfectos.

-¿No tenías dentista?

-Sí, mamá, pero mejor voy otro día.

-¿Y adónde vas, entonces?

-Salgo.



Santiago del Río me propuso continuar un relato comenzado por él (Click acá) y luego pasarle la posta a quien yo considere que puede interesarle la propuesta. Se la paso a Silvia alias Rayuela, que arma su zigurat en el espacio que enlazo aquí.

domingo, 17 de mayo de 2009

Palabras consuelo

domingo, 17 de mayo de 2009 2

Blasco llegó al bar y, sin saludar, se sentó a mi mesa.

–¿Existen las palabras consuelo? ¿Consuela oírlas, decirlas? ¿Consuela quien las dice? ¿Consuela la fe, el valor que le atribuimos? ¿Existen? Porque yo necesito algunas, ahora. Y si no existen entonces qué; dónde está mi error, cuál de todas las malparidas horas que me tocaron vivir puedo considerarlas dignas de una vida, dónde están las palabras que me respondan con piedad estas preguntas, estas certezas que me ahogan. Soy yo, siempre soy yo, una persona detestable; ni amor ni odio: indiferencia. Ése soy yo: indiferencia.

Soltó todo esto sin aviso; luego giró hacia el patrón y le hizo una seña.

Omar se acercó con una botella de ginebra y dos vasos. Amagó dejar uno para mí, pero lo rechacé con un gesto. Sirvió una medida para Blasco, otra para sí, que tragó sin respirar, y regresó a su puesto detrás del mostrador. La botella quedó en la mesa. Blasco apuró el trago y sirvió otro más. Lo disfrutaba; su rostro, antes pálido, pareció recobrar algo de color; me arrepentí de haber rechazado el convite, pero ni por un segundo se me ocurrió desdecirme.

–¿Me acompaña?–me preguntó.

–Depende.

–No se asuste, compañero; necesito caminar y decir algunas cosas; aunque no me escuche, hágame la caridad de prestarme sus oídos; estoy harto de hablarle a las fotografías; présteme sus oídos antes de que comience a parlotear con aparecidos.

–¿Por qué yo?

–Favor por favor; me anduvo buscando para hacerme hablar, ahora yo lo busco para que me escuche.

–¿Por qué yo, insisto? ¿No tiene amigos; el patrón del bar, sin ir más lejos?

–Ya le dije que necesito caminar mientras hablo; aquél compañero no creería ni media palabra de lo que se dijera afuera del bar, si alguna vez saliera...

–La pura verdad–dijo el patrón que, sin mirarnos, permanecía atento a nuestras palabras.

–Sería imposible sacarlo de acá. Por lo demás, poco me importa que me crea o no. Puedo contarle la mentira más estúpida, y me la va a creer mientras la diga acá adentro.

–Palabra por palabra–acotó el patrón.

–Pero afuera ni la verdad más evidente podría convencerlo.

–Ni la más evidente–consintió el otro.

–Está bien, salgamos.

Caía la noche; sobre el final de la calle, allá donde el pueblo terminaba, se extendían los sembradíos, y más lejos aún, sobre la línea del horizonte, una tenue franja morada, luz rezagada de un sol ya invisible, se apagaba lentamente. Avanzábamos hacia la franja, todavía en silencio. Pensaba en nada, juro por Dios, en nada; tal vez en el tufo alcoholizado que desprendía mi compañero; pero no, pensaba en nada.

–Soy un cobarde–soltó de pronto Blasco.

No respondí.

–Toda mi vida alimenté mi espíritu con ideas e ideales, con las formas del mundo que yo quería y jamás tuve el valor de hacer nada por ellos. Eran los 60, eran los años de la gran joda, qué lo parió. Me llenaba la boca con las palabras amor y paz, y al mismo tiempo con las palabras revolución, lucha armada, reforma agraria. Jamás fui capaz de unas o de otras. Ni amor ni odio: indiferencia. Ni paz ni guerra, temor, siempre temor a perder qué, no sé, porque nada tenía: temor a la vida, a esa vida que tenía y odiaba y sin embargo temía perder. Lucha armada, ja, pobre de mí; me hubiese orinado los pantalones al primer petardeo; reforma agraria, pobre de todos nosotros con las vaquitas ajenas morfando en la tierra de otros –hizo una pausa, se miró las manos, como si ellas guardasen el secreto que necesitaba revelarme, como si ellas sostuvieran entre hilos las respuestas que Blasco buscaba–. He visto, he oído, y he callado. Soy periodista, como usted; somos periodistas, por eso callamos. Lo nuestro, puras palabras, alcahueterías, mierda. Qué es un periodista sino un buchón. No hacemos justicia, no somos vengadores, somos, en el mejor de los casos, simples delatores; por el mango, ¿me explico? Es nuestro laburo, somos delatores profesionales. Hicimos de la alcahuetería una profesión. Nos creímos los grandes árbitros, pero no fuimos más que alcahuetes.

–Mire, no me incluya en sus...

–Lo incluyo; no se ofenda, pero lo incluyo.

Blasco volvió a callar, pero no por mí; poco le importaba que me estuviese ofendiendo; indirectamente, o retrospectivamente, porque yo hacía años que había abandonado el ejercicio del periodismo. Calló porque pasó por su memoria algo que, de momento, seguiría ocultándome, pero que luego me revelaría el porqué de su discurso, de su repentina necesidad de hablarle a alguien que fingiera escucharlo, de confesarse.

–¿Se ha interesado alguna vez por lo espiritual? – me preguntó.

Quise responder; no sé que iba a decir, a veces me avergüenza reconocer que sí, he investigado, he necesitado creer en algo más que mi cuerpo, he creído, y a veces creo. Pero la suya era una pregunta que no esperaba respuesta, era una simple introducción.

“Leí textos herméticos, leí los evangelios apócrifos –dijo–, leí sobre el budismo, el taoísmo, leí sobre la transmigración de las almas, sobre los aprendizajes que debemos enfrentar en cada una de nuestras reencarnaciones; alguna vez tuve deseos de someterme a una terapia de regresión para saber quién fui en mis otras vidas, qué aprendí o quedó en deuda; leí que decidimos cuándo nacer y sabemos cuándo vamos a morir, que tenemos una misión en cada vida, que una vez superada, que una vez aprendida la lección, nos situamos en planos superiores de conciencia; leí tanto y tan devotamente que alguna vez lo creí; pero, al tiempo, uno se da cuenta de que la vida es igual cada día, que ya nada de lo que es podrá modificarse, y se pregunta qué coños hace todavía por acá, dando vueltas sin sentido, leyendo una y otra vez la misma página sin llegar a comprenderla; leer el mismo párrafo con la mente en otro lado; hasta que se levanta los ojos del ombligo y se ven cosas mucho menos comprensibles que la página que se nos niega; uno tiene qué comer y qué beber, tiene una cama donde dormir, un techo debajo del cual cobijarse, y entonces está bien pensar en la vida espiritual y en los ángeles que nos guardan y nos guían; pero qué pasa con esos que están en la calle, con los que sobreviven bajo chapas heladas en invierno, ardientes en verano, qué hay para ellos que necesitan de la violencia para sobrevivir, violencia contra un sistema que los apalea, sistema del que somos parte; somos sus verdugos y somos sus víctimas. Es cierto que por temor no caminaría los pasillos de una villa miseria de ciudad; es cierto que me siento responsable de que todo siga así; y qué hay para ellos, cuál es el ángel que los guarda, cuál es la lección que deben aprender, qué sentimientos deben asimilar, y cómo esperar que lo hagan si en la vida que les tocó en suerte deben aplicar fuerza y mente nada más que para sobrevivir. Qué Dios creador, qué espíritus guías pueden dispensarnos consuelo si permiten lo que permiten en aquéllos. Cómo, habiendo esa miseria, me permito rogarles algo, esperar algo de ellos; cómo es que ellos eligen estar conmigo y no con ellos; cómo es que el mundo es la mierda que es... Cómo es que habiendo guías tan sabios no son lo suficientemente elocuentes para desviarnos del desastre... Desde el primer día equivocamos el rumbo; el paraíso que perdimos jamás podrá ser recuperado. Construimos destruyendo, acumulamos saqueando, uno tanto y otros nada... Me cago en los espíritus; ahí está el pobre Cristo, desde hace dos mil años crucificado, cada día torturado; su carne muerta, su ejemplo tergiversado, de qué espíritu me hablan, de qué ángeles; he amado y me han robado; he actuado y me han pisoteado; no estoy pidiendo recompensa, simplemente una palabra que sea verdadera; no quiero un ángel periodista que me dicte las crónicas del cielo; quise alguna vez conocer la esencia y de lo único que pude estar casi seguro es de que el hombre, por ser humano, ha equivocado el rumbo; si sólo nos hubiésemos conformado con ser hombres, simplemente la especie. Pero no, somos el ser, somos el que piensa, somos los que decimos soy porque pienso y conozco lo que pienso, somos los que reconocemos engaños en nuestros sentidos y seguimos confiados a ellos, somos uno y todos, pero no somos simplemente todos. Tengo un nombre, y tengo un rostro, tengo un número que me identifica y una dirección donde pueden ubicarme; tengo un vicio, tuve un amor, tengo esperanzas, aunque no parezca; tengo la necesidad de una fe; tengo manos y un corazón que se mueve y vive vaya uno a saber por qué; y tengo un sistema de nervios que conecta mi carne al cerebro; tengo una mente; tengo un alma, sin duda; tengo señas que me identifican uno y yo, uno para mí, desde mí, por mí, hacia mí; tengo el deseo hacia una mujer; tengo la potencialidad de un nuevo amor; tengo un pensamiento profundo y otro más superficial; tengo la necesidad de una vida relajada, de una estufa y un aire acondicionado, de una máquina de escribir, de papel, de palabras, de libros, de más palabras, de música y más palabras; tengo la necesidad de estar solo y siento el terror de la soledad; tengo deudas con el mundo que jamás voy a poder saldar; y tengo una deuda con el espíritu, y es la de la incomprensión; es la página que leo una y otra vez sin llegar a develarla; soy yo quien le debo, repito que no pido nada a cambio, salvo entender, saber, creer. Tal vez me sea negado el conocimiento porque soy periodista, un alcahuete; tal vez aquellos prefieran el secreto; pero usted y yo sabemos que nada bueno se oculta detrás del obstinado silencio.

Fragmento de la novela La Mala Fe

jueves, 7 de mayo de 2009

Movimiento

jueves, 7 de mayo de 2009 1

La luz decae; las sombras se alargan. Nos movemos. Se mueve el Polaco en su interminable tarea de pulir copas; se mueve la gente que apura el paso en las veredas del Paseo Colón; me muevo yo, atado al movimiento aunque ese movimiento carezca de acción. Se mueve la Historia, aunque parezca aferrada a la desidia y el desconsuelo. Se mueven las hojas del árbol que también se mueve, enraizado, prisionero, ni desgraciado ni feliz. Se mueven los ideales, el destino, la desesperanza, la fe; se mueven la voluntad, la sumisión. Se mueve el vacío dentro de la nada, y entonces ya no hay vacío, ya no hay nada. Se mueven las palabras, el lápiz que las traza. Se mueven los sentidos, los conceptos, las razones. Corre el zen, dormita Cristo, se agita el Tao. Cambian el centro, y es que ya no hay centro. El centro es el mismísimo movimiento.

Si la Historia fuese un modelo, un prototipo sin alma y sin vida, entonces sí se justificaría la narración como una fotografía, una naturaleza muerta enchastrada y esclava de la tela, los colores, el movimiento del artista que la fotografió, la imprimió, la dibujó. Pero la Historia se mueve, envejece como el retrato de Dorian Gray. Sólo que también envejece Dorian, porque él también se mueve, no está a salvo de la muerte. Nadie lo está. Ni siquiera la muerte. Ella también un día morirá. Cuando yo muera, morirá. Quiero aceptar mis razones, mis excusas para el rodeo. Quiero que mis palabras, ellas, tan sólo palabras, me justifiquen, me den el sentido que ni siquiera ellas mismas son capaces de darse para sí. Digo Araya y estoy diciendo una palabra, y estoy nombrando al capitán, y estoy definiendo mi aventura, y estoy justificando mi día. Digo Lopecito y sucede lo mismo. Diga lo que diga, lo digo en silencio, gritando sobre el papel. Qué diferencias hay entre lo dicho y lo escrito. Nada. O todo. Lo dicho se pierde en el viento, crea un movimiento, el propio, y muere como toda cosa viva. Lo escrito permanece y es prueba, nos ata a los principios, nos obliga a la culpa, nos tienta a romper el pacto como se rompen las promesas, y por último también muere, como toda cosa viva. Las palabras viven, ellas, que son nada, sólo palabras. Viven y mueren. Y tienen movimiento, transforman sus sentidos, sus razones, sus justificaciones. Digo Perón y se me eriza la piel, pero no es la palabra, sino la Historia. Pero no existiría la Historia si no existiesen las palabras. Sólo un recuerdo difuso, algo que podría ser, podría no ser, una verdad a medias, una mentira verdadera. Exactamente como ahora, que escribo esta Historia que no deja de moverse. Digo Hitler y el estómago se cierra, la sangre se espesa y el corazón se acelera, se asfixia mi cerebro. Pero escribo Araya, y escribo Lopecito, escribo Perón, escribo Hitler, escribo Yo, y me siento vivo, carajo. Tan, tan, tan vivo. Vivo y en movimiento, mientras la luz decae, las sombras se alargan, y un día más se apresta a desaparecer.

Vine al Infierno para hablar de los muertos y de la muerte, a tomarme algunas copas, a pensar mientras me muero. Vine después de meses, harto del encierro, la soledad, el miedo a enamorarme. Vine a buscar a Beatriz, vine a hablar de los muertos. Vine con Ella, vine a ver aparecidos. Las páginas se apilan a un costado de la mesa. Humea el cigarrillo, se secan las manchas aureoladas que marcaron los vasos húmedos. Se agrieta mi piel, me arden los ojos, los dedos se endurecen, la mano duele, la tinta se acaba. La luz decae; las sombras desaparecen, y en la barra un irlandés borracho y medio loco refiere historias de campos, de fugas, de amores, de odios, de muerte, de venganza, de absurdo, de al fin nada. Lo miro y veo a la Muerte; lo acompaña, lo mima, y él se deja mimar. En cambio al Polaco lo evita, será porque ya está muerto, o porque le teme tan poco que no se le atreve. El Polaco no brilla como brillan los cadáveres helados. El Polaco es un muerto bastante avispado.

La luz decae y yo siento ganas de caminar, de acción en movimiento, de buscar, de encontrar. Qué, a quién. Lo sé y no lo sé. En el fondo buscamos todos lo mismo, y a lo mismo llegamos todos. Allí está la omnipresente, del brazo del viejo Patrick. Yo deseo caminar, alejarme, llorar, pensar en los muertos, y en los locos, en la Historia, en mi final.

¿Quiero morir? No, no quiero morir. ¿Temo morir? No, no temo morir. ¿Voy a morir? Sí, voy a morir. ¿Es útil rechazar lo inevitable?... No lo sé, pero qué orgullo viejo, qué osadía. Vení, muerte, matame si sos guapa. Y sin dudas me matará. Pero qué furia, che, qué quilombo de la madre le haré cuando me busque. Y espero tanto de ella, la única verdadera, la única confiable. Espero tanto de su honestidad...


Fragmento de la novela Páginas Sepia, Luna Amarilla, alojada aquí