domingo, 19 de julio de 2009

Magdalena envenenada

domingo, 19 de julio de 2009 0

Fragmento de la novela El zanjón donde la Luna

…Sentí que había perdido mi tiempo y que nada me lo podría regresar. Y que el aroma del pan de madrugada no hacía más que enrostrarme la interminable sucesión de intrascendencias que había sido mi vida hasta ese momento. Me senté sobre la raíz saliente de uno de los plátanos de la vereda y lloré mi vergüenza con la certeza de que ninguna lágrima podría quitarme ya ese sentimiento de pérdida, de muerte lenta, de agonía en la que había entrado hacía cuánto, no lo sé. Salí de casa con un planteo que me había agrisado la mañana y no fue hasta esa madrugada que descubrí que, al fin de cuentas, mi metafísica era la misma siempre: la muerte que llegaba lenta desde el primer día y yo hasta entonces demorando la vida creyéndome inmortal.

Sentí la presión del hierro en mi abdomen, el frío repentino del metal; no es que me hubiera olvidado que llevaba encima el revólver, pero la crisis de lágrimas abrió algo así como un no tiempo, o un no ahora, un hueco en el cual estaba todo el pasado, y todo el futuro también como pasado, y no había más ahoras, porque en realidad no había vida; en ese lugar, si es que puedo darle categoría de espacio, las cosas no existían; era nadie más que yo y mi angustia; era el lugar donde la conciencia se materializaba; el único objeto presente era mi propio destino malgastado. Yo era quien elegía mis pasos, yo era quien decidía qué hacer y qué no hacer, yo era quien me hacía a mi misma a los ojos de los demás, yo era la que se sometía a las excusas más humillantes para engañarme, aunque sin mentirme; yo era, en definitiva, la materialización de la prédica de Sartre, y pucha que si lo era. Era esclava de mi libertad; había elegido postergar las elecciones, era libre de hacerlo, y porque era libre de elegir temía tanto hacerlo. Si continúo por esta ruta terminaré confesando cuál fue el origen de mi tristeza de aquel día, que si bien derivó en planteos metafísicos, tuvo una causa más que física. Pero es tan vulgar, tan de animalito instintivo, tan recaer en esa paja solitaria a orillas de un zanjón donde la Luna; no quiero, no, no lo voy a contar porque en verdad la vulgaridad me avergüenza, sobre todo si una cosa tan burda termina con la muerte de un pobre viejo. Sentada sobre la raíz, oía a Javier silbar la misma canción de siempre, la exacta melodía de hacía 10, 15, 20 años atrás. El viejo Javier siempre había sido viejo; lo recuerdo con el cabello blanco y ralo desde que tengo memoria; lo recuerdo con Javi; la ausencia de Javi, esa era la única diferencia en el viejo; pero yo… yo no, yo hace 20 años usaba trenzas, y hace quince hacía por primera vez el amor, y hace diez mi novio me dejaba por otra y no me importaba, no me importaba en lo más mínimo, porque yo hacía meses que buscaba excusas para patearlo. Y después cuando se fue lo lloré, lo extrañé horrores, lo busqué, lo perseguí, pero él, que había buscado a otra porque yo no le daba más que excusas, ya no quería saber nada conmigo, me rechazó y hasta me insultó; y con razón, con toda la razón del mundo; y hace diez años, entonces, me salió mi primera cana, y unas arruguitas, como patitas de araña, empezaron a marcarme el borde de los ojos; y las tetas ya no fueron tan firmes, ni mi cola tan redonda. Hace 5 años que me casé, y hace dos que me divorcié; hace un año que pienso en operarme las tetas y que dejé de usar colaless; y durante esos 20 años mi vida sólo fue mi cuerpo deteriorándose; mis días unos tras otros repetidos hasta el hartazgo en el colegio, en la facultad, en la oficina, en los 20 días de vacaciones en Santa Teresita. Y el viejo Javier, el pan de cada día, el aroma, el sabor, y siempre el mismo, siempre un viejo. Él era mi magdalena envenenada; y yo no podría jamás escribir siete libros para contar mi infancia, para excusar mi juventud. El viejo Javier no merecía morir, pero yo tampoco, y estaba bien muerta. Fue entonces cuando sentí el frío del metal en el abdomen, fue un regreso brusco a mi realidad de lágrimas y mocos en la vereda del viejo Javier. Y de pronto ya no era frío el caño, sino que quemaba; me quemaba en las manos la culata, el gatillo, me quemaba en el alma cada lágrima que caía despellejándome la vida, me quemaba el silbido del viejo, me quemaba hasta lo más profundo de mi ser el delicioso aroma del pan, me quemaba la madrugada, me quemaba la vida y los segundos que pasaban zumbando por todos lados, aquí, allá, más atrás, sobre mis ojos, y me quemaban las ideas que no terminaban de aclararse, y me quemaba el zanjón de la luna con L, me quemaban las palabras que me describían, me quemabas vos, Manuel, y entonces ya no pude soportarlo más; apunté a la luna, como había hecho en el descampado y gatillé sabiendo que iba a oír el mismo click seco y apagado de hacía algunas horas, por eso gatillé dos o tres veces seguidas, y no recuerdo si fue la segunda o la tercera vez que se oyó la explosión, como un petardo navideño, un ruido seco y compacto, no era pum, ni pam, ni piuf, fue más bien un taj! Pero que inconfundiblemente era un disparo; me sacudió el hombro, como en las películas, esta vez sí, y caí al piso; el viejo, que había dejado de silbar, espiaba por la mirilla de la puerta de chapa y cuando me vio en el piso abrió y se acercó corriendo hasta mí, trató de levantarme la cabeza, me dijo nena, ¿estás bien? Y yo no estaba bien, no estaba nada bien, me quemaba la vida, me quemaban las manos y el aliento de Javier, nena estás bien, le respondí que no con un movimiento de cabeza lento, los ojos cerrados, las lágrimas y los mocos brotando de mi cara como géiseres mudos, nena estás bien, te hicieron algo, y yo que no, movimiento lento, lágrimas silenciosas y de pronto estallé en un llanto, voy a llamar a la policía, me dijo el viejo; y yo le dije que no, no con palabras, sino con el mismo movimiento convulso, y las lágrimas y los mocos, y el aroma del pan que ya empezaba a quemarse en el horno; te hicieron algo, nena; y yo que no, que no, y lloraba, no podía hablar, pero para qué, qué le iba a decir al pobre viejo. Sí, claro, yo me hice, me cagué la vida, me recontracagué la vida, pero las palabras no salían y el viejo ya me ardía, me ardía al punto del no dolor, y entonces gatillé una vez más, no sé si fue la tercera o cuarta vez, pero gatillé y la cara de Javier era la luna.

sábado, 11 de julio de 2009

Remington Maná Maná Redux

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viernes, 10 de julio de 2009

Remington Maná Maná

viernes, 10 de julio de 2009 0

miércoles, 1 de julio de 2009

Territorio prohibido

miércoles, 1 de julio de 2009 1
Fragmento de la novela La Mala Fe



Jugaba a los mareados en el patio de su casa. El juego consistía en dar vueltas y vueltas hasta sentir ganas de vomitar. Y esto mismo es lo que ahora hacía. Detuvo bruscamente el giro, miró el tronco de la parra que crecía hacia el fondo del patio; el gris de la corteza salía constantemente de su lugar, iba hacia la derecha, siempre iba hacia la derecha en un desplazarse eterno de apenas centímetros, llegando y volviendo a partir sin que por eso él pudiera advertir el corte y el recomienzo; sintió un cosquilleo en el entrecejo, trastabilló y cayó al piso. Apenas el mareo comenzaba a disiparse, se echó a reír.

–Dejá de hacer eso– le dijo su madre, que lo observaba desde la ventana de la cocina–; te vas a lastimar.

Él se paró y volvió girar con los brazos extendidos, como un molinete, cada vez más rápido, más rápido, los ojos abiertos, las paredes desencajadas, el mundo desencajado y en movimiento, una gran mancha de colores que iba cambiando de intensidad, perdían fuerza los tonos más fuertes, los blancos se acentuaban, la mente alerta al giro y, también ahora, a la madre que lo observaba, que estaba allí aunque estuviese perdida en algún lugar detrás de la mancha en movimiento; era el mismo juego, pero ya no era divertido, no rió al caer de espaldas, al ver el techo girando como antes él, al sentir la mano que lo tomaba del brazo y lo levantaba bruscamente, lo arrastraba hacia el cuarto, lo arrojaba sobre la cama.

–¡Te dije que no volvieras a hacer eso!– gritó su madre antes de cerrar la puerta con furia.

Cuando estuvo seguro de que su madre ya había regresado a la cocina, al otro lado del patio, se asomó a la ventana y observó la parra gris, el rectángulo de tierra donde crecían dos malvones y una planta de hojas grandes y brillantes que ahora estaban algo marchitas y de la que desconocía el nombre, la pistola de plástico y la pelota que había dejado contra la pared, la columna blanca que sostenía el techo de chapas, un caracol que avanzaba lento hacia la zona más húmeda dejando tras de sí una leve estela plateada, la escalera que llevaba a la terraza; en el cuarto hacía frío; el vidrio estaba frío; el parquet estaba frío; y sus manos, sus manos, sus manos; sus manos estaban frías también. En pocos minutos más comenzaría a ocultarse el sol. Apenas un haz amarillo se dibujaba sobre la pared medianera, detrás de la escalera. Pensó que le gustaría jugar al sol, en la terraza; pararse sobre la claraboya y observar, como un vigía en la torre de un fuerte, el enjambre de antenas y cables y copas de árboles que se extendían hasta dónde daban sus ojos. Las copas más altas eran la de los pinos del cementerio. ¿Por qué nunca le habían permitido entrar a ese cementerio? Había ido a ese otro de las afuera de la ciudad, donde estaban enterrados sus abuelos y los abuelos de sus padres, los viejos tíos, primos lejanos, donde el silencio crepitante acentuaba el canto de las aves y los yuyos crecían en las rajaduras de las tumbas más viejas, donde un musgo verde cubría las losas de los nichos solitarios del sector de los judíos, al que se colaba siempre por entre unas rejas de la puerta que lo separaba del sector cristiano. En esa casona del fondo –le habían dicho alguna vez para que ya no molestara con preguntas–, le cortan el pelo y las uñas a los muertos; las uñas y el pelo de los muertos siguen creciendo durante mucho tiempo, y en esa casona del fondo era donde se los cortaban; y él pensaba, trataba de comprender, qué necesidad había de acicalar a un muerto; claro que por entonces no utilizaba palabras como acicalar, ni tampoco sabía que el semiderruido cementerio de los judíos era en verdad el sitio donde iban a parar las pupilas de los quilombos de Pichincha, los macró polacos, las fotos que se iban poniendo amarilla en los bordes y blancas en el centro, en el rostro, los cristales rotos, las tapas rotas, las baldosas rotas, el silencio roto por el canto de las aves. ¿Por qué en los cementerios había ese tipo de aves que en los árboles de la ciudad no? En la cuadra de su casa había gorriones, muchos gorriones que parecían renacer cada vez que caía el sol, como ahora, que los oía desde el cuarto. ¿En todos los cementerios del mundo habría pájaros que en la ciudad no? Cómo saberlo, sólo conocía uno, y ése uno bien podía ser la excepción de toda regla. Y aquél otro, el de los pinos altos que veía desde la terraza, era un sitio prohibido. ¿Por qué? ¿Por qué? En la vereda de ese cementerio, cuya entrada principal daba al bulevar, aprendió a andar en bicicleta. Cada vez que pasaba por el gran portal enrejado, furtivo y fascinado espiaba hacia ese mundo, hacia esa gran plaza verde enclavada en el centro de la ciudad, un gran espacio con palomas blancas y bancos blancos y estatuas blancas, y casitas también blancas, todo era blanco allí adentro, hasta el tronco de los pinos. ¿Por qué? ¿Por qué no podía subir los dos escalones del portal? ¿Por qué no podía investigar el cementerio? ¿Por qué le impedían ver las fotos de los muertos, leer sus nombres, respirar sus muertes, oír las aves que cantaban allí? ¿Por qué su madre a veces lo veía jugar sin interrumpirlo, sin sacarlo bruscamente de su ensueño arrastrándolo al cuarto, arrojándolo a la cama, y otras le recriminaba hasta que hiciese ruido al respirar? ¿Por qué justo esa tarde, con ese frío, con esas ganas de sol, lo encerraban en el cuarto y allá arriba las antenas, las copas de los árboles, y allá a un par de cuadras el cementerio, los pinos, las casitas blancas, las aves cantando? Tuvo ganas de golpear el vidrio hasta quebrarlo en mil pedazos. Pero no lo hizo. No se atrevió. Quizás temió la reacción de su madre; quizá el hacerse daño con las astillas. No lo hizo y una vez más se resignó a esperar la noche recostado en la cama, mirando el cielo raso, pensando que la vida, su vida, no era justa, que afuera había otro mundo del cual él no participaba, que en unas horas llegaría su padre, cenarían y luego se irían a dormir, y un día más habría pasado, y él sin terraza, sin antenas, sin la copa de los árboles, un día desperdiciado porque a su madre se le había antojado levantarse de mal humor, sin el cementerio de troncos blancos y aves desconocidas.