miércoles, 19 de agosto de 2009

Diez

miércoles, 19 de agosto de 2009 0


Capítulo Diez de la novela El zanjón donde la Luna

Y qué hizo, Luisina, cuando vio al viejo desplomarse sobre ella. Don Javier era un tipo grandote, piensa Manuel; trata de imaginarlo y sin saber muy bien por qué ve que Javier es en realidad Osvaldo Bayer. No es parecido; es Osvaldo Bayer. ¿Qué hacer? Ya ha escrito que el hombre se llama Javier; Javier además está muerto; y la misma Luisina lo reconoció con un pasado en el que también se llama Javier. De modo que Javier de ninguna manera puede ser Osvaldo Bayer; y convengamos que Manuel, lo que menos desea, ni siquiera en esta ficción que nunca va a escribir, o que ya está escribiendo, es que Osvaldo se muera. Por eso busca otra cara, otro nombre, otra figura. Como no la encuentra, decide olvidarse de las formas del viejo y enfoca un poco más allá; busca a Luisina; la observa con cuidado; ella está tendida de espaldas, en la calle; Manuel puede verle la cara perfectamente, es muy bonita. Manuel piensa que todas las mujeres de sus novelas han sido muy bonitas. Y es de una belleza poco convencional. Llora porque ya se dio cuenta de la locura que acaba de cometer. El viejo Javier está sobre ella; sólo le ve la espalda, la nuca, y una mancha de sangre que se expande en la vereda. Luisina llora y, no con poco esfuerzo, se quita de encima el peso muerto del viejo Javier. La ropa de la chica está empapada en sangre. Tibia y pringosa sangre. Huele a sangre. Y a pan que se quema en el horno de barro. Luisina llora. Se para con dificultad; está mareada. Se agacha para recoger el arma, que había soltado, y la mira desde atrás de la cortina de lágrimas. Las manos le tiemblan. Sabe ahora que nunca, jamás debió haber traído con ella el revólver. Mira al viejo, que sigue de espaldas.

Manuel no quiere mirarle la cara, no quiere ver a Bayer, ya se ha dicho, por eso lo deja boca abajo mientras Luisina escapa hacia el norte; no sabe adónde va, ni tampoco es consciente de la huída; porque huye, el instinto le dice que tiene que correr, de lo contrario tendrá problemas con la policía, tendrá que responder preguntas, irá a la cárcel; el instinto se anticipa a los hechos con una precisión asombrosa y en el cálculo de probabilidades suele estar muy acertado; por eso corre Luisina, porque es un animalito libre; y como cualquiera de los de su especie, sería capaz de amoldarse a las limitaciones y hasta podría ser feliz metida en un espacio mínimo de tres por tres, pero siempre y cuando lo haya decidido, o se haya conformado; suele ocurrirle a los animalitos como Luisina que creen ser libres cuando en realidad se están conformando; y, como después le ocurrirá, se someten a los determinismos cuando la verdad es que cada uno de los pasos que ella misma decidió la llevaron hasta allí; ocurre con otros, sin embargo, que creen tener el mando de sus vidas y no han sido otra cosa que hojas secas azotadas por los vientos del azar, que es uno de los alias que utiliza el destino. Extraños los designios que gobiernan a estos bichitos, rarísimas las decisiones que toman. Pero Manuel no quería escribir un tratado sobre el determinismo. Manuel quería encontrar la ruta que usó Luisina para llegar otra vez hasta el zanjón donde la Luna. Cosa de mandinga, piensa Manuel, porque mientras él se quedaba hilvanando frases ingeniosas sobre las contradicciones del azar, llegó al descampado junto con Luisina, pero sin prestar atención de la ruta; no sabe por qué calles anduvo, cuáles fueron las casas que la vieron pasar; qué árboles marcaron el final de la zona urbana; pero lo más extraño de todo es que, si bien Luisina arrancó la carrera en la madrugada cuando empezaba a clarear, y no pudieron correr más de dos horas, ahora que estaban en el zanjón era otra vez de noche. Caramba, dijo a media voz, con la expresión de un personaje de televisión que le resultaba particularmente gracioso. Se pasó la mano por la barba y se preguntó si debía afeitarse; miró hacia la izquierda y, sin preverlo, dejó caer la mirada sobre los lomos de los dos tomos de las obras completas de Césare Pavese. Recordó las imágenes de la campiña italiana que vio mientras leía esos cuentos y novelas. Recordó sólo el campo, no las ciudades. Y lo recordó tanto de día como de noche; vio, también, las fogatas en las colinas; vio a las mujeres de Pavese, un poco caprichosas, un poco ingenuas, un poco manipuladoras; vio a los hombres solitarios. Regresó a la página de la portátil y trató de ver su propia campiña con la luz adecuada a esa hora del día. Pero fue imposible, allí seguía siendo de noche. ¿Y si escribiera “Luisina llegó al zanjón de la Luna; era de día y el sol rebotaba sobre el hilo de agua”?, se preguntó. Tranquilamente podía hacerlo; y dejar que fuese el lector el que viera el descampado y el zanjón a la luz del sol. Claro que, recordó, el no estaba escribiendo ninguna novela, de manera que jamás habría lectores; el único capaz de darle luz al lugar era él, Manuel, y no podía. Entonces Luisina lo miró; era de noche, pero podía verle con claridad las lágrimas que resbalaban pesadas como la savia en el tronco de un árbol herido. Era tan hermosa, no merecía sufrir así. No podía manipular la luz, pero sí los tiempos. Decidió regresar a la noche anterior, cuando ella encontró el arma en el zanjón. Sólo que esta vez hizo que sus pasos siguieran un poco más allá antes de detenerla a orillas del hilo de agua; dejó que observara la Luna, dejó que se lamentara por sus dilemas metafísicos; la vio sufrir, también ahora, pero Manuel entendía que aquél era un sufrimiento que a Luisina le gustaba; era un dolor leve, una molestia casi intelectual que más que atormentarla, le daban un punto de partida para sus especulaciones ontológicas; Luisina, que según el día escribía poesía o dibujaba con carbonilla, reconocía en esos pensamientos la voz de muchas de sus musas. Dejó, entonces, que mantuviera esa melancolía, pero la alejó de la locura. Esperó que se fuera, casi al clarear la madrugada; y cuando la vio perderse entre la línea de álamos que indicaban el comienzo del caserío, el sol asomó despacio y poco a poco se hizo día en el zanjón donde de noche la Luna.

jueves, 13 de agosto de 2009

Ángeles en fuga (Verónica)

jueves, 13 de agosto de 2009 0
Ángeles en fuga (Verónica)

martes, 11 de agosto de 2009

Palomas

martes, 11 de agosto de 2009 1
Fragmento de un cuento largo cuyo título es Ángeles en fuga


Hace dos noches, en lo del Turco, Cecilia atisbó la verdad de una tristeza que poco a poco se ha tornado crónica... Estábamos sumidos en una de esas charlas que comienzan en política, tuercen hacia el fútbol y desembocan en asuntos tan banales –y no menos existenciales– como, por ejemplo, la cantidad cierta de columnas en el frente del Partenón (tema realmente sinuoso y agitado si no se tiene una foto a mano para comprobarlo, como lo ha advertido por ahí Jean-Paul), el color de la parte oscura de los bigotes de Charly García, las propiedades curativas (si no milagrosas) del Aloé Vera, cosas así; en suma, la mejor parte de toda conversación.

Creo que fue recordando la palomita de Poy en la final de 1971 (puñalada certera del Turco para mi abdomen leproso cosecha ídem) que surgió el tema en cuestión: las palomas. Cecilia adoptó una postura apologista y sostuvo que, si bien había millones y se las consideraba plaga, era el ave elegida para simbolizar la paz y como tal debía ser respetada. Yo, nada más que para contraponer el punto, insistí en que no sería nada malo exterminar unas cuantas antes de que terminaran por cubrirnos de mierda, como ya lo habían hecho con el pobre San Martín de la plaza...

–Sos un asesino, cómo se te puede ocurrir matarlas.

–No, no soy un asesino, de hecho, no me atrevería ni siquiera a sacarles una pluma, solamente digo que no estarían mal unos cuantos miles menos... Mirá, palomas eran las de antes, ésas que cuando querías acercarte escapaban. Ahora se te paran descaradamente sobre la cabeza; no es la esencia de una paloma, la paloma debe ser boluda, de ahí el dicho más boluda que una paloma, pero las de ahora no son nada tontas; miralas bien, fijate lo gorditas que están. Los giles somos nosotros que encima las alimentamos. Además, la paloma de la paz es blanca, ¿no? ¿Ese es el símbolo que pretendés defender? ¿Por qué no podría ser un mirlo el pájaro de la paz? ¿O asimismo una paloma negra, o tan siquiera gris? Mirá, la paloma es un bicho que perdió su esencia, y encima me recuerda que hay boludos que siempre piensan que lo bueno es blanco y lo malo negro.

–Sos un charlatán, pretendés convencerme de que apoye tu idea asesina saliéndote por la tangente, como hacés siempre con todo. ¡Qué tiene que ver el color de la paloma en esta discusión! ¡Qué importa si salen volando o se te suben a los hombros! ¿Te das cuenta de que sos incapaz de mantener una conversación racional, que siempre salís con pelotudeces?

–Chechu, linda, te ponés así porque sabés que tengo razón, la paloma ya no es la paloma de antes. Yo amo a las viejas palomas de plaza, esas desconfiadas y boludas. ¿Y sabés por qué las amo? Porque son las palomas de cuando era feliz.

Cecilia me miró en silencio, como cayendo; al fin cayendo:

–¿No sos feliz, Julio?

Tragué saliva, no sabía cómo salir del embrollo; finalmente, mirando el piso, dije:

–Pensándolo bien, creo que sí sería capaz de matar algunas, realmente las detesto.

El turco, que había advertido la tensión (¡como para no!), terció diciendo que las palomas no eran nada comparadas con las cucarachitas de cocina, bichos a los que decididamente sí había que eliminar.

Todos coincidimos. Sonreímos, hicimos algún chiste... Chechu me besó; lo padecí como el beso de una paloma... me sentí una cucaracha.

Carla, la mujer del Turco, anunció que ya estaba lista la cena. Pasamos al comedor. Antes de sentarnos, Cecilia me miró a los ojos; yo la miré y... de pronto no hubo paloma ni cucaracha. Ese instante fue un pequeño tesoro. Nos besamos. Nos quisimos. Pero fue sólo eso: un instante. Una tregua.

La cena fue espantosa; pobre Turco, Carla jamás aprenderá a cocinar ni un huevo frito. Con el postre comencé a sentir sueño y, como siempre en estos casos, enmudecí. Cecilia me pegaba patadas por debajo de la mesa cada vez que el Turco me hablaba. (¿Es obligación hablar cuando ya todo fue dicho? Yo soy de los que creen que no; si no tengo ganas de hablar, no hablo; pero el mundo se ofende o se alarma delante de actitudes semejantes. No, gente, no me pasa nada, sólo que no tengo nada más para decir, ni es interesante lo que ustedes dicen, che.). Cuando entendió que por esa noche no abriría más la boca, sin ganas de andar con sutilezas, casi como un desahogo revanchista (por lo de las palomas, se entiende), me trató de incivil y maleducado entre otros epítetos que prefiero callar para no enchastrar el párrafo.

Salí de la casa del Turco con una cara de bragueta que mejor...mirá. Cecilia también enmudeció. Sabía que hablar en ese momento sería peor. Esperaría hasta la mañana, hasta después de haber hecho un amor culpable, entonces me recriminaría otra vez, pero dulcemente, y me pediría disculpas... Y me diría “te amo”. Y yo dejaría mis ojos clavados en el cielorraso, sabiendo que ella estaría esperando una respuesta que nunca sería sincera. Siempre igual.

¿Cuándo fue que me di cuenta de que el tiempo había estado actuando sin pausa? Antes me sabía inmortal...

Entonces las palabras piedras.

“Cecilia, vos no tenés nada que ver con lo que me pasa, no me preguntes nada, no quiero hacerte más daño del que ya te estoy haciendo. Mi sonrisa, esa sonrisa imbécil que ves cuando saludo a los vecinos, es sólo un caparazón contra preguntas que no deseo responder. Pero vos me conocés muy bien, lograste conocerme y así y todo cometiste el grave error de enamorarte de mí. Cómo no pudiste ver”... Claro que nada de esto salía de mi boca. Ella me besaba debajo de las sábanas blancas y yo apenas si podía devolverle una pequeña parte de la pasión que me brindaba.

–Qué te pasa, Julio.

–¿Por qué habría de pasarme algo, Chechu?

–Te conozco. Sabés que respeto tus desconexiones, pero al menos avisame antes de que me embale.

–Sí, claro... Chechu...

–Qué.

–¿Cuántas palomas te parece que habría que matar para normalizar los tiempos?